La ranita vergonzosa

La ranita vergonzosa

—¿Qué traes en el bolsillo? —dijo Coletas tocando con la mano la pierna de Tana.

—¿Esto? Es una máquina para jugar —contestó Tana sacando de su bolsillo una maquina con una pantalla pequeña y botones a ambos lados.

—¿Jugar? ¿A qué? —preguntó Coletas.

—Tiene muchos juegos. Lo mejor es verlo. ¿Quieres que juguemos? —dijo Tana.

—Sí. Jugar es lo que más me gusta.

Se sentaron en un banco cerca de la fuente y encendieron la máquina. Después de un rato jugando, Coletas dijo:

―Es divertida esta maquinita. Es muy simpática. Cuando pierdes o te equivocas, no se burla ni regaña, solo dice vuelve a intentarlo, vuelve a intentarlo, vuelve a intentarlo, una y otra vez. Ella sabe que a nadie le gusta que se rían cuando no le sale algo bien.

―A mí tampoco me gusta, también me da vergüenza hacer las cosas mal delante de mis amigas y que se rían de mí ―dijo Tana.

―¡Anda, y a mí!, pero si encima tienes fama de lista como mi amiga la rana es aún peor… Apaga la máquina y ven conmigo te voy a contar su historia.

―¡Una historia! ¡Voy como un cohete! ―exclamó Tana, y rápidamente soltó la máquina para seguir a Coletas.

Las dos se dirigieron a la orilla del río. Coletas se sentó en una piedra a contar su historia.

Hace tiempo, conocí a una ranita muy lista. Eso, al menos, le decía todo el mundo. Tanto se lo dijeron que le daba vergüenza equivocarse. «Siendo tan lista, tengo que hacerlo todo bien a la primera no vaya a ser que los demás me vean equivocarse y se burlen de mí diciendo: «Mira la lista, mira la lista; pues no era tan lista»».

Cuando se hizo mayor tuvo que empezar a cazar y, como todas, las primeras veces fallo. «Huy, huy, huy. ¡Qué vergüenza me da! Esto no me gusta nada. Me buscaré una excusa para no hacerlo. ¡Ya está!», pensó. «Diré que cazar es muy aburrido para mí y no lo haré más».

―Cazar mosquitos parece muy difícil ―dijo Tana.

―Solo al principio. Hay que practicar mucho, pero cuando aprendes es muy fácil. El problema era que su vergüenza a hacerlo mal. Así que, en lugar de hacerlo, les pedía a sus hermanos y a su mamá los insectos.

―Era un poco carota, ¿no crees? ―dijo Tana sentándose junto a ella.

―Sí, todos estaban cansados de alimentarla. Por eso…

La madre rana, antes de que fuera demasiado tarde, decidió no darle más insectos y todos los hermanos estuvieron de acuerdo. La ranita vergonzosa suplicaba mucho, y hasta lloraba, para que se apiadasen de ella y le diesen una mosquita: «Solo una, por favor», decía soltando lagrimones. Pero todos fueron muy firmes. «¿Por qué sois tan malos conmigo? Tengo tanta hambre que me voy a desmayar. Mirad lo flaquita que me estoy quedando». «No seas tan quejica y ponte a cazar», le decían sus hermanos. «Mañana empiezo, de verdad, os lo prometo». «Mañana no, tiene que ser ahora», le decía su madre.

―Da un poco de pena ―dijo Tana.

Coletas asintió en silencio y prosiguió:

A la mamá rana, que era muy lista y la quería mucho, no le daba pena, porque sabía que ella era capaz de cazar como todos sus hermanos. Después de dos días sin comer, por fin, la rana venció su vergüenza y empezó a sacar la lengua para cazar. Se la oía protestar por todo el charco: «¿Ves como no puedo? Todos se me escapan. Estos mosquitos no se dejan». Pero nadie le hacía caso. «Aprenderás», decía la madre rana. «Aprenderás». Pasaron varios días y la ranita tenía tanta hambre que ya no se acordaba de su vergüenza, y practicaba sin parar, hasta que una tarde cuando menos lo esperaba; cazó el primer mosquito.

«¡Lo conseguí!», gritó llena de alegría. «Está muy rico», les dijo a sus hermanos, que corrieron a felicitarla.

Después vinieron el segundo, el tercero y todos los demás. Ahora es feliz, caza como todas las ranas y no necesita que nadie lo haga por ella.

―No hay que tener vergüenza a fallar, para aprender hay que equivocarse muchas veces como la rana, ¿verdad Coletas? ―dijo Tana muy contenta al despedirse esa tarde de su amiga.

Tana era una adolescente curiosa y divertida. Vivía en una pequeña ciudad. Su vida transcurría entre el colegio, el jardín de su casa y la urbanización en la que vivía. En todas las familias vecinas había niños, y los padres siempre los animaban a salir a jugar. A ella no le importaba, pues le gustaba estar en el jardín y se sentía mejor subida a un árbol que sentada en un sillón.

Esa tarde estaba intranquila, como con ganas de ir a algún lugar que no lograba recordar. Después de merendar, salió al jardín y se tumbó en una hamaca debajo de la palmera. Llevaba en la mano unos macarrones de plástico de colores que había estado trenzando.

Con el balanceo de la hamaca, empezó a quedarse dormida. De repente, entre sueños, oyó una voz que parecía venir del árbol.

Saltó para acercarse y, en el tronco, a media altura, vio un agujero por el que alguien la llamaba con una voz dulce que parecía venir de muy lejos, y que la cautivó como los cantos de sirena.

Sin pensarlo, tiró por el agujero el cordón que llevaba en la mano, después se colgó de él y se deslizó despacio contando con los ojos cerrados: «Uno, dos, tres, cuatro…». Al llegar a diez tocó el fondo con los pies y soltó el plástico.

—¿Hay alguien? —gritó.

Nadie contestó. Miró a su alrededor con mucha curiosidad. Había poca luz, las paredes parecían estar hechas de raíces. «Parece un pequeño nido subterráneo», pensó. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, descubrió una puerta pequeña en la pared.


Se apresuró a abrirla. La puerta daba a un estrecho pasillo iluminado por la potente luz que entraba del exterior. Llena de curiosidad, empezó a caminar muy deprisa. Al llegar al final, la luz la cegó y tuvo que arrugar los ojos y ponerse las manos delante, para protegerlos. Entre los dedos veía algo verde que parecía las ramas de un árbol y un poco de cielo. Cuando por fin pudo abrirlos, se encontró en un gran jardín.

―¡Qué sitio tan bonito! —murmuró para sí misma. Se quedó muy quieta mirándolo todo.

En primer lugar, llamó su atención una fuente de piedra, con un caño grueso que no paraba de echar agua. Junto a ella había cuatro árboles y, debajo del más grande, un banco. Del mismo lugar salía una vereda que llevaban al río y al huerto que se veían al final. Vio también a lo lejos un puente que pasaba a la otra orilla del río, donde había una sierra con olivos, otros árboles, matorrales y rocas.

―Hola. ¿Hay alguien? Estoy aquí. —«Qué raro. Creía que habría alguien esperándome», pensó.

De repente, oyó ruido detrás de la fuente. Iba a acercarse cuando una niña asomó su cara sonriente por detrás de ella.

―¡Hola!

―Uuuuh ―dijo Tana dando un brinco―. ¡Menudo susto me has dado!

―Perdona ―dijo la niña saliendo de su escondite―, no quería asustarte.

Tana, aún un poco sobresaltada, miró fijamente a la niña y su sorpresa fue aún mayor. Se parecía mucho a ella de pequeña, e incluso llevaba su mismo peinado, dos coletas rubias y redonditas detrás de las orejas. Se quedó muda sin saber qué decir.

―Sí, soy tú ―dijo la niña viendo la sorpresa en su cara.

―Pero no has crecido ―dijo Tana con los ojos abiertos como platos―. ¿Por qué te has quedado así?

―Me gusta ―contestó la niña encogiéndose de hombros mientras sonreía.

Tana se quedó quieta por un momento mirándola a los ojos y, finalmente, le devolvió la sonrisa.

―¿Para qué me has llamado? ―preguntó.

―Estás creciendo. Quiero recordarte tu otro mundo antes de que te hagas mayor y lo olvides por completo.

―¡Mi otro mundo! ―dijo Tana abriendo los ojos muchísimo otra vez. «Esta niña dice cosas muy raras», pensó―. No sabía que existiera otro mundo.

―Pues existe. Y está dentro de ti.

―¿Dentro de mí, dices?

 ―Sí, todo derecho hacia abajo, contando diez con los ojos cerrados. Ahí es donde vivo yo ―dijo la niña asintiendo con la cabeza y poniendo esa voz cómica que ponen los niños cuando empiezan a impacientarse por preguntas que consideran absurdas.

A Tana le hizo gracia su forma de responder. Parecía tan segura de lo que decía…

―Vives dentro de mí, ja, ja. Todo derecho hacia abajo ―repitió―. No entiendo, pero no importa. Presiento que vamos a pasarlo muy bien juntas.

―Entonces, ¿vendrás a verme?

―Vendré a verte ―dijo Tana―; pero, si vamos a ser amigas, tendré que llamarte de alguna forma.

―No tengo nombre. Si quieres puedes ponerme uno.

―Te llamaré Coletas.

―¡¡Me gusta!! ―dijo Coletas.

Después dieron un paseo por el jardín, durante el cual Coletas le presentó a algunas de las plantas y flores que encontraron a su paso:

―Este es mandarino y tiene unas mandarinas muy dulces…

―Hola, señor mandarino ―dijo Tana.

―Acércate a oler el romero…

―¿Cómo está, señor romero?

―Mira las margaritas, son muy alegres.

―¿Qué tal, señoras margaritas? Mucho gusto.

―El jazmín está contento, tiene muchas flores este año.

―Qué bien huelen sus flores, señor jazmín.

―Este sauce llorón da una sombra muy fresquita.

―Hola ―dijo Tana apartando sus ramas y metiendo la cabeza dentro―. Qué bien se está aquí…

Las plantas respondían a sus palabras con una sonrisa de bienvenida que ella percibía claramente…

Tana se encontraba tumbada en la hamaca cuando oyó a su madre llamarla para cenar. Estaba contenta. Le gustó tanto el encuentro que fue sencillo cumplir su palabra. A partir de entonces, se reúne con su amiga todos los días cerrando los ojos y contando diez hacia abajo.

Coletas huele a flores y sabe muchas cosas de las plantas y de los árboles, cosas de las que no se aprenden en el colegio. No conoce sus nombres en latín, pero las siente dentro de su corazón con solo mirarlas. Ninguna planta puede esconderse de su olfato y a todas sabe verles su dulzura, a pesar de que pinchen, como las zarzas. Aunque su cuerpo es pequeño, su sabiduría es muy muy grande, y le gusta mucho contar y leer historias. A Tana le encanta oírlas. Espero que a ti te gusten tanto como a ella.

Manos de colores

Era una tarde fresquita de junio. Aquel año, el verano no quería llegar. Tana bajó al jardín como todas las tardes. Coletas estaba esperándola. Después de saludarse, le propuso ir a ver las flores del jardín.

―Están muy bonitas en esta época —le dijo.

Las niñas se dirigieron hacia las flores charlando.

―Quiero enseñarte una flor nueva ―iba diciendo Coletas.

En un rincón del jardín había una gran mata de margaritas amarillas, y entre ellas había nacido una de color rojo.

―En mi clase también un niño muy extraño —dijo Tana mirando la flor roja.

―¿Extraño? —preguntó Coletas.

―Sí, se pinta las uñas de colores, y se pone ropa muy rara ―dijo Tana bajito como si estuviera diciendo algo malo.

―¿Eso es extraño? A mí me parece divertido —dijo riendo Coletas.

―Pero no es normal, ningún niño va vestido como él.

―Mira las flores —dijo Coletas agachándose para acercarse más a ellas―.Esta ha preferido vestirse de rojo, aunque sus compañeras lleven todas un vestido amarillo. A cada una le gusta una cosa diferente. Por ejemplo, a estas les gusta vestirse solo de blanco; sin embargo, a estas les gusta combinar muchos colores. A esta solo le gusta el rojo, y a esta el azul. Esta otra tiene espinas y crece muy derecha, sin embargo, a esta le gusta enredarse en los árboles y a esta trepar por las paredes y a esta vivir sobre el agua.

―¡¡Es verdad, todas son diferentes!! Las hay con muchos pétalos, y esta solo tiene cuatro…

Las niñas estuvieron viendo las diferencias y pasaron un rato muy divertido.

―Qué bonitas y diferentes son todas —dijo Tana.

―Sí, son muy diferentes, a las flores no les importa, no se fijan en eso. Ellas cuando se miran unas a otras lo hacen desde el corazón

—Aunque… ahora que me acuerdo, un día me contó la mata de margaritas, que no hace mucho tiempo, en un jardín nació una flor muy parlanchina que tenía la costumbre de mirar a sus compañeras con los ojos de la mente y no usaba lo del corazón.

—¿Quieres conocer su historia? —preguntó Coletas.

—¡Claro que sí! —respondió Tana.

—Según me contaron —empezó Coletas— esa flor estaba a todas horas  hablando de los vestidos de las flores y de lo que hacían: «Qué extravagante es la petunia». «Qué mal gusto tiene la begonia, esos colores no combinan». «Mira esa loca, no para de enrollarse en los árboles. Eso no está bien». «Una señorita bien educada no trepa por las paredes ni se arrastra por el suelo».

―Parece un poco pesada esa flor ―dijo Tana— no se debe hablar de tus compañeras.

―No solo hablaba de las demás, también hablaba sobre ella misma, su propio vestido; tampoco le gustaba. «Mi vestido es horrible, esta pasado de moda ―decía levantando sus pétalos con sus hojasmanos―, este color no destaca nada ―se quejaba mientras miraba su reflejo en las gotas del rocío…». Las otras flores que siempre estaban contentas con sus colores y respetaban todas las maneras de ser, no la entendían. Nunca habían conocido una flor así. Cuando opinaba todas las miraban extrañadas sin saber que decir. Entonces, ella empezó a sentirse muy mal.

―Pobre flor ―dijo Tana imaginando la escena—. ¿Qué pasó con ella?

―Según me conto la señora mata de margaritas, un cardo borriquero muy observador que crecía cerca y que sabía mucho, le dijo: «Creo que sé lo que te pasa; esos ojos con los que miras no valen entre las flores. Ellas no entienden tus opiniones y juicios sobre los vestidos ni las formas de vivir. Esa manera de mirar a las demás es muy extraña en una flor. Ellas se miran de corazón a corazón Si quieres sentirte bien entre ellas, tienes que empezar a mirarlas así». Como era muy lista, hizo algunas pruebas y pronto se dio cuenta de que, lo que le decía el cardo, era cierto. Cuando miraba desde el corazón, no salía el ruido de las palabras y había mucha paz. Entonces se propuso poner todo su esfuerzo en dejar esa costumbre. «Desde hoy estaré muy atenta y voy a mirar siempre a mis compañeras con el corazón ―le dijo al cardo». Algunas veces se le olvidaba y cuando se le escapaban las primeras palabras y veía la cara de asombro de sus compañeras se callaba rápidamente tapándose la boca con sus hojasmanos. «Por poco se me escapa ―se decía». Pronto aprendió y mirar a sus compañeras con el corazón, y ahora es muy feliz entre ellas.

Tana se quedó en silencio por un momento y luego dijo:

¿Y si miramos como las flores?

Y sin esperar  respuesta, Tana cerró los ojos y vino a su mente una escena en la que, su compañero y ella eran flores de diferentes colores. Estaban felices en un prado verde, al sol jugando con el viento y charlando con los insectos que se posaban en ellas. El traje de su amigo era diferente Se miraban con el corazón y no había juicios, solo alegría y paz.

Después, las niñas se despidieron y Tana abandonó el jardín con muchas ganas de reencontrarse con su compañero para charlar y jugar con él.

El juego

El juego

 Tana y Coletas estaban en el jardín a la sombra de un aliso desde donde escuchaban correr el agua de la fuente. Llevaban un rato en silencio cuando Tana lo interrumpió con una pregunta:

―¿De dónde vienen los pensamientos, Coletas?

―¿Por qué quieres saberlo?

―Creo que ellos son los culpables de todo. Si todos pensáramos lo mismo no habría discusiones ni guerras entre nosotros.

―Tengo un juego muy bonito que quizás pueda ayudarte ―dijo Coletas levantándose―. Espérame.

A los pocos minutos apareció por el camino arrastrando una bolsa más grande que ella. Tana corrió para ayudarla.

―¡Qué juego tan grande!

Entre las dos lo colocaron sobre el banco. Coletas abrió la bolsa y sacó un tapiz verde del que colgaban miles de flores. Lo extendió con mucho cuidado en el suelo, luego sacó cuatro patas de madera articuladas, clavó la primera y le dijo a Tana:

―Sujeta aquí.

Colocó cada una de las esquinas del tapiz encima de una pata y las fue clavando en el suelo mientras Tana miraba. Cuando terminó, el tapiz quedó sujeto en el aire por las patas.

―¿Puedo soltar ya? ―preguntó Tana, que estaba deseando colocarse debajo del tapiz para verlo mejor.

―Sí, ya está listo.

―¡Las flores colgando cabeza abajo! Así se pueden oler mejor. ―Reía Tana tumbada en el suelo―. ¿Ahora qué?

―Aún faltan dos piezas para completar el juego.

Coletas se dirigió al banco y sacó de la bolsa otro tapiz estampado con millones de estrellas. Entre las dos niñas lo extendieron a modo de alfombra en suelo debajo del tapiz de las flores.

―¡El mundo al revés! Las estrellas en el suelo y las flores en el cielo.

―Ayúdame, vamos a sacar la última pieza ―dijo Coletas.

Entre las dos sacaron un enorme tablero de cartón lleno de casillas parecidas a las de la Oca. Pero este tenía muchos caminos, cada uno con un número y todos acababan en la casilla central. Lo sujetaron a las patas con cordones entre los dos tapices.

―Explícame, ¿qué tiene que ver este juego con mi pregunta? ―dijo Tana.

―Todo. Este ―dijo señalando el gran tapiz lleno de flores― es el campo de los pensamientos; cada flor es un pensamiento, cada uno es diferente.

—¿Y cómo se juega?

―Espera, Tana, aún falta lo más importante: las fichas.

Coletas extrajo de la bolsa un saco de tela blanca atada con un cordón y, con mucho cuidado, vació el contenido sobre el banco.

―Qué muñecos tan graciosos. Parecen marcianos.

El aspecto de las fichas era un poco extraño. El motivo por el que a Tana le parecían marcianos eran las tres antenas de colores que salían de su cabeza. Además de las antenas, todos llevaban mochilas a sus espaldas.

―Sí, son unas fichas muy originales; no hay ninguna igual.

―Es verdad, cada una tiene las antenas de un tamaño diferente ―decía Tana con dos fichas en las manos, comparándolas y dándoles vueltas para ver todos los detalles―. Y tienen un número en la planta del pie.

―Ten cuidado, son muy delicadas. Además, aunque no lo parezca, tienen mucha tecnología; son los cazadores de flores-pensamientos.

―¡Cazadores de flores! Entonces, ¿la mochila es para guardar la caza?

―Lo mejor será que leamos las instrucciones.

Coletas abrió el folleto y comenzó a leer en voz alta.

―«Las fichas y los caminos están numerados y se colocarán en el tablero todas a la vez, cada una en su punto de salida. El número uno en el camino número uno y así sucesivamente».

―Eso es fácil ―dijo Tana colocando las fichas en el tablero.

―«Las estrellas del tapiz al comenzar el juego brillarán con toda su potencia. A lo largo del recorrido, su intensidad indicará el grado de felicidad de las fichas».

Tana había terminado de colocar cada ficha en su lugar y el tablero estaba muy bonito. La luz que desprendían las estrellas era tan potente que atravesaba el tablero iluminando todo el espacio.

―«Cuando estén todas las fichas colocadas se pulsará el botón de la casilla central y el juego comenzará». —Coletas dejó las instrucciones y dijo―: pulsa el botón, Tana.

Al pulsar el botón, la casilla central también se iluminó y las fichas comenzaron a moverse por el tablero. Iban cazando con sus antenas flores‑pensamientos por todas las casillas a las que su camino las llevaba.

―Te lo dije, Coletas, la mochila es para guardar la caza ―dijo Tana al observar que se las guardaban en la mochila.

Así era, las fichas guardaban todas las flores. Las más bonitas y las que mejor olían las ponían arriba y aquellas de las que no les gustaba su olor las escondían en el fondo de la mochila para no olerlas. A medida que iban avanzando, sus mochilas iban engordando y cada vez pesaban más.

―Coletas, las luces de las estrellas se están apagando, están perdiendo felicidad ―dijo Tana preocupada al rato de estar mirando el juego.

―Es normal, si gastan toda su energía en arrastrar la mochila no les queda para iluminar la estrella.

Las fichas iban llegando exhaustas al final del camino; a la casilla central. Las estrellas que tenían debajo apenas brillaban.

―Sigue leyendo las instrucciones, quiero saber qué pasa ahora.

―«Todas las fichas llegarán a la casilla central sin que exista la posibilidad de que ninguna se quede por el camino. Al llegar, caerá sobre ellas la más bonita de todas las flores‑pensamiento que les hará darse cuenta de que el peso de la mochila gasta toda su energía. A partir de ese momento, comenzaran a hacer el camino hacia atrás. Volverán a las casillas donde cargaron las flores para soltarlas e ir vaciando su mochila. A medida que vayan soltando flores, su estrella se irá iluminando y caminarán más ligeras y alegres, pues su mochila será mucho menos pesada de cargar.

―¿Qué pasa si no sueltan la flor? ―preguntó Tana.

―Nada. Algunas están tan escondidas que no las encuentran a la primera y tienen que volver más veces a la misma casilla hasta que la encuentran y la sueltan.

Las fichas iniciaron el camino de vuelta, pero esta vez iban soltando. Finalmente, la mayoría de las fichas del juego llegaron otra vez a la casilla central sin nada en la mochila. La luz había vuelto a las estrellas.

Tana paró el juego.

―El problema no eran los pensamientos ―dijo.

―No, era la decisión de cargar con ellos en la mochila ―respondió Coletas.

―¿Lo encendemos para ver cómo termina?

―Sí.

Volvieron a encender el juego. Quedaban pocas fichas sobre el tablero haciendo el camino de vuelta. El tapiz de las estrellas brillaba a toda potencia. Cuando llego la última ficha a la casilla central sin nada en la mochila, la luz se hizo tan intensa que el juego desapareció ante la mirada de las niñas.

―¡Qué bonito! Pero ¿dónde está el juego?

―No sé, miraré en el libro de instrucciones ―dijo Coletas. Y, leyendo en voz alta añadió―: «El juego desaparecerá cuando no queden flores‑pensamientos en las mochilas de las fichas y la última haya alcanzado la casilla central».

El libro de instrucciones también desapareció en sus manos al leer la última palabra.

―¡Menudo final! ¡Todos ganan! ―exclamó Tana―. No sé cómo te las arreglas para que tus juegos siempre acaben bien.

Coletas se rio y se despidieron con un abrazo hasta un nuevo encuentro.

El fresno sin conexión.

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-El fresno sin conexión.

Era un bonito día de primavera, Tana y Coletas caminaba con sus mochilas a la espalda dirección al río. Ese día Coletas le había propuesto a Tana ir hasta allí, porque era primavera, y los nenúfares y los juncos con sus lirios amarillos, adornaban el río poniéndolo especialmente bonito.  Además, los pájaros están muy cantarines añadido, sabiendo que a Tana le gustaba mucho oírlos.

Al llegar, pasearon por su orilla, había parejas patos nadando en pareja como novios. También vieron algunas tortugas tomando el sol en las piedras y a peces saltar fuera del agua. Los pájaros, que andaban muy ocupados haciendo sus nidos entre los juncos, árboles y matorrales de la orilla, volaban de un lado a otro sin parar con ramas en sus picos. Coletas, le presentó unas gallinas nadadoras, que vivían en el río, muy simpáticas. Había tanta actividad, y tantas cosas que ver que se les paso la mañana sin darse cuenta.

―Este es un buen sitio para descansar y tomar el bocadillo ―dijo Coletas parándose bajo las ramas de un gran fresno.

―Sí, ahora que lo dices tengo hambre―dijo Tana.

Las dos niñas extendieron una manta bajo las ramas del fresno, entre las que se colaban algunos rayitos de sol. Sacaron sus bocadillos y después de comer se tumbaron boca arriba.

―¿No te parece que este fresno está un poco triste?, Sus hojas no brillan, parece temblar ―dijo Tana.

―Creo que está enfermo, se queja mucho.

―¿Cómo lo sabes?

Entonces Coletas sacó de su mochila una trompetilla de esas que usaban los abuelos.

―Toma, escucha por aquí ―dijo Coletas alargándole la trompetilla.

―¿Es otra de tus herramientas mágicas? ―preguntó Tana.

―Sí, con ella escucharas a los árboles, los pájaros…―pruébalo.

Tana se puso la trompetilla en la oreja rápidamente.

Lo primero que oyó fue un saludo con voz chillona.

―»¡Hola!»

―¿Quién me saluda? ―dijo Tana, incorporándose a mirar.

―No es a ti, esa pequeña seta-―dijo señalando al tronco del árbol― está saludando al fresno.

―¿Una seta saludando a un árbol?, que emocionante ―dijo Tana llena de curiosidad y nervios.

―Tú solo escucha ―dijo .

La seta tenía una voz chillona y alegre, era muy blanquita y pequeña, y hablaba desde una oquedad a media altura del tronco. Las dos niñas se quedaron muy quietas para escuchar lo que decía.

―¡¡Holaaaaa!! ―volvió a gritar la seta esperando una respuesta. Soy el doctor.

―¡¡Lo que me faltaba una seta!!» ―dijo el fresno entre dientes― ¿Qué enfermedad me traerá? Seguro que se me caen las hojas, y se secan mis ramas,  mejor ni miro.

―No será para tanto señor fresno ―respondió la doctora seta―que lo había oído todo―  solo soy una setita de nada. Me han dicho que no se encuentra bien, cuénteme ¿que le ocurre?

―¿Acaso nos conocemos de algo? Yo no lo he llamado. No hablo con desconocidos ―respondió el fresno muerto de miedo.

―Claro que nos conocemos, nos hemos visto en la China y en Australia, en la Pampa y en hasta en Pekín…

―Creo que te está equivocando, yo nunca he estado en esos lugares ―dijo el árbol cortando el discurso de la parlanchina seta.

―Ja, ja, no trates de engañarme, eres tú, te reconozco. Viajo mucho, he recorrido el mundo entero, y en todos los lugares que he visitado estás tú.

―No sabía que los árboles viajaran tanto ―dijo Tana dirigiéndose a Tana y retirando la trompetilla de su oreja.

―Para la seta solo existe un árbol con una inmensa raíz y muchas ramas diferentes que salen a la superficie por todo el mundo, por eso dice que lo ha visto en tantos sitios.

―ahhhh―dijo ―y volvió a colocarse la trompetilla para escuchar al árbol que seguía hablando.

―…estás muy confundida ―“¡lo que me faltaba! Una  seta loca, seguro que me pega la locura. Debe ser de esas raras que provocan alucinaciones” pensó―. Soy un fresno, un árbol de sombra y vivo en este río, nunca me he movido de aquí.

―Jajajaja ―se río la seta― ¿Me estás gastando una broma?

―¿De qué te ríes? ―dijo el árbol en un alarde de valor y bastante molesto― no tengo tiempo para bromas, tengo muchas preocupaciones.

―¿Preocupaciones? ―dijo la seta― ¿qué es eso?

―¿Acaso crees que cuidar de las ramas, y de todas mis hojas es fácil? ―dijo el árbol.

―Sí, creo que es muy fácil, solo tienes que dejarlas bailar con el viento y refrescarse con el agua de la lluvia ―respondió la seta.

―Para bailes estoy yo ―dijo el árbol mirando para otro lado. Dando a entender que no quería seguir escuchándola.

―Está muy mal ―dijo la seta dirigiéndose a Coletas―veremos qué puedo hacer.

―Sí, lleva varias semanas quejándose mucho, por eso la llame.

La doctora seta sacó un libro gordo de su maletín. Árbol  enfermo con miedo y preocupaciones… decía mientras buscaba por sus páginas

―¡Ya lo tengo! Coletas. Creo que es un caso de pérdida de memoria agudo por desconexión. Existen muy pocos casos como este, pero creo que tiene todos los síntomas, de todas formas me asegurare antes de intervenir. Volveré a hablar con él.

―Creo que sé lo que le pasa.

―No me pasa nada.

―Creo que te has desconectado. Quizás tenga que operar.

―¿Operar?, déjame trabajar, no estoy aquí de vacaciones, soy un árbol, te repito que tengo mucho trabajo y muchas preocupaciones

―No tienes que preocuparte ―insistió la seta― Todos los arboles de la tierra están unidos a ti, no tienes nada que temer.

―Sí tengo que preocuparme, solo dices tonterías. Solo soy un árbol. Estoy solo. ¿Acaso no lo ves? -dijo muy enfadado.

Esto confirmo el diagnóstico de la seta.

―Ahora vuelvo, creo que sé dónde está el problema, ―dijo desapareciendo por el tronco en dirección a las raíces.

Cuando llego a la raíz comprobó que su diagnóstico era cierto, cogió la más gorda y la conecto a la red de árboles del planeta.

Arriba, se hizo un gran silencio y empezaron a caer todas las hojas de sus ramas al suelo como si fuesen lágrimas.

―¿Le pasa algo? ―preguntó Tana asustada

―Nada malo. Se acaba de conectar, ya no tiene miedo, ahora sabe quién es.

Como por arte de magia sus ramas empezaron a cubrirse otra vez de hojas, y rápidamente comenzaron a bailar con la brisa que repentinamente se levantó aquella tarde en la orilla del río.

―Problema solucionad ―dijo la seta asomando por el tronco. ¿Se encuentras mejor?

El árbol contesto con una inmensa sonrisa, la seta también sonrió.

―Creo que ya está curado Coletas, si me necesitas llámame ―y despidiéndose desapareció por las raíces.

Tana se quitó la trompetilla y dijo:

―Gracias Coletas, me ha gustado mucho esta trompetilla,  espero que me la preste más veces.

Se despidieron con un abrazo del árbol, recogieron la manta, doblándola entre las dos y se pusieron en marcha de vuelta a casa charlando por el camino.

―Qué bien lo hemos pasado, tendremos que volver otro día a visitarlo…