La mirada de los perros

 

La montaña mágica

 

 

—Hola —dijo Tana con la voz un poco apagada.

Coletas la estaba esperando, con sus botas de montaña rojas fosforito, en la puerta del jardín.

—Te estaba esperando, quiero que me acompañes a la montaña mágica ―dijo cogiéndola de la mano.

Por el camino Tana iba en silencio. Parecía preocupada por algo.

―Estas muy pensativa. ¿Te pasa algo? ―preguntó Coletas.

―Estoy enfadada con mi compañera de clase, nunca presta nada y siempre está pidiéndome cosas. Me pone muy nerviosa. No sé qué hacer. El otro día me rompió la goma de borrar…No paro de pensar en ella, no sé qué hacer; no le hago caso, cambio de sitio, hablamos y le digo lo que me molesta; quizás me dé la razón y se disculpe, pero puede que sea mucho peor y se enfade más… estoy hecha un lio.

Coletas no dijo nada, continuaron subiendo en silencio y una vez arriba sentadas en una peña Tana exclamó:

—¡Que buena vista!, y que fresquito corre aquí. Ha sido una buena idea subir.

―Todavía, no has visto lo mejor ―dijo Coletas― este lugar es mágico, desde aquí se puede solucionar cualquier problema, sólo tienes que pensar en él y aparecerá una pantalla con el escenario del problema delante de nosotras para solucionarlo.

Tana la miro con los ojos como platos.

―No puede ser.

―Prueba.

Tana cerro los ojos y pensó su clase, al abrirlos la tenía delante de sus ojos.

―¡Pues es verdad! Siempre me sorprendes.

Delante de las niñas en una gran pantalla estaba la clase de Tana.

―La pantalla no está bien, veo la imagen roja ―dijo Tana.

―La ves roja, por el enfado con tu amiga. Cuando lo arregles se verá con todos sus colores.

―Quiero arreglarlo, pero me tendrás que explicar cómo lo hago.

― ¿Ves ese agujerito en la esquina de abajo de la pantalla?

―¿El de la derecha?

Sí, si lo atraviesas apareces en la clase, puedes entrar a probar todas las opciones que piensas que pueden arreglarlo y quedarte con la que más te guste, así cuando llegues mañana a clase todo estará resuelto.

―¿De verdad?

―Pruébalo.

Tana se animó a hacerlo.

―Empezare por la de hablar con ella y decirle lo que me molesta.

Muy decidida, Tana, se dirigió al agujerito de la esquina de abajo a la derecha desapareciendo por él, mientras Coletas esperaba sentada en la roca. Cuando apareció, aunque por su cara se adivinaba que no muy bien, le preguntó:

―¿Cómo te ha ido?

―Bastante mal, ha sido peor, hemos discutido, no estaba de acuerdo conmigo. Esta opción no me gusta, no lo he pasado bien. Ahora está todo peor, el enfado es más grande, veo todo más rojo que cuando baje

―No pasa nada, ya te expliqué qué puedes borrar y probar con otra de tus opciones. Sólo tienes que darle al botón de restaurar y todo volverá a estar como al principio.

―¿Dónde está ese botón? ―Dijo Tana que se moría de ganas de borrarlo todo.

Coletas se lo indico y todo quedo como estaba cuando abrieron la escena. Tana sintió un gran alivio.

―Ufff menos mal.

―¿Quieres probar otra de tus opciones?

―Sí, tratare de no hablarle, la ignorare. Creo que eso será lo mejor. Quizás si la ignoro, ella venga a preguntarme y hagamos las paces.

Tana volvió a bajar al escenario dispuesta a probar su segunda opción, pero a la vuelta tampoco parecía muy contenta.

―¿Qué pasó?

―Esa no es la solución, por mucho que trato de ignorarla el enfado no se me quita, el problema sigue estando ahí. Además, ahora ella tampoco me habla y todo es muy raro. Voy a borrar otra vez.

―Aún te queda una opción.

―Sí, voy a cambiar de sitio, alejándome de ella se arreglarán las cosas.

Por tercera vez Tana atravesó la imagen, aunque algo cansada y con menos ánimos que las veces anteriores.

―¿Por fin quedó solucionado? ―preguntó Coletas cuando la vio de vuelta.

―No ―dijo Tana sentándose a su lado. Estoy muy cansada de subir y bajar intentando arreglar la pantalla, creo que mi problema no tiene solución.

―¿Qué pasó esta vez?

―Me fui lejos de ella, pero también me aleje mis amigas, me gustaba más mi sitio, las echo de menos, y lo peor es que sigo enfadada. No consigo apagar ese enfado. Cada vez que lo intento se aviva más, es como si con cada intento le echara una carga de leña a la hoguera. Me rindo ―dijo borrando su última opción.

Entonces Coletas dijo:

―Quizás exista otra opción.

―No quiero volver a bajar, cada vez que bajo empeoro las cosas.

―No hace falta bajar. Desde aquí podemos ver muchas cosas.

Coletas saco una caja llena de gafas marrones. En la tapa ponía gafas con historias del pasado. Cada una llevaba una etiqueta con un nombre, cada nombre correspondía a una compañera de clase, también estaba la de la profesora.

―Si miras por estas gafas ―dijo dándole la caja a Tana― veras a tu compañera como la ve su propietaria.

―¿Puedo verla con las de  la profesora?

―¡Claro que puedes!

Tana se puso las gafas de la profesora. La veía como una niña simpática, aunque algo despistada, probo con otra, la de su compañera; la veía como una niña muy animada y charlatana…  así fue probando gafas con cada una tenía una visión diferente de su amiga. Después de probarlas todas Tana dijo:

― Ahora sí que tengo un lio, cada gafa cuenta una historia diferente. ¿Cuál es la verdadera?

―Todas son verdad juntas y ninguna por separado.

―No puedo ponerme todas las gafas juntas ―dijo Tana―. ¿Eso significa que nunca poder ver como es mi amiga de verdad?

Coletas saco unas gafas blancas de una caja azul que ponía en su tapa Gafas del Presente, y dándoselas le dijo que mirara la escena a través de ellas. Tana miró a su amiga con las gafas del presente durante unos minutos y solo vio una niña que pintaba y reía feliz en su pupitre, sin historias.

―¿Todo bien?

―Sí,  ¿Qué tienen estas gafas? ¿Dónde está el enfado?

Tana se quitaba y se ponía las gafas comprobando que el enfado desaparecía cuando miraba a través de ellas

―Di mejor qué no tienen.

―¿Qué no tienen?

―El reflejo del pasado. Las cosas son lo que son, no hay enfado en ellas.  El enfado se lo ponemos cuando miramos con el reflejo del pasado. ¿No te alegras de saberlo? Tú puedes decidir cómo mirarlo tienes dos opciones con el reflejo del pasado o sin él.

―¿Quieres bajar otra vez? Preguntó Coletas.

―Claro, pero no para apagar el fuego, ahora no hay fuego que apagar―dijo tana con las gafas del presente puestas― me gustaría baja a jugar con ella.

Tana bajo, pero esta vez sin intención de arreglar nada, hablo a su amiga como si nada hubiera pasado y jugaron juntas. Al subir estaba muy contenta. Se quitó las gafas. La pantalla ya no estaba roja.

―Todo está solucionado, parece muy sencillo, ¿seguro que funciona siempre? ―dijo.

―Solo lo puedes saber si lo pruebas.

―¿Me puedo llevar las gafas del presente?

―Son para ti, te las regalo, yo las llamo apago enfados, espero que apagues tus enfados con ellas.

Estaba empezando a anochecer, las niñas apagaron la pantalla y bajaron al valle charlando.

―Y si practicas mucho, llegara un día en que no necesite ponerte las gafas para quitar de tu mirada el reflejo del pasado, los perros no las usan,  no las necesitan,  solo ven el presente, por eso nunca se enfadan por mucho tiempo…

Iba explicándole Coletas a Tana por el camino.

 

 

 

 

 

El juego del karma

 

Tana y Coletas estaban en el jardín a la sombra de un aliso desde donde escuchaban correr el agua de la fuente.  Llevaban un rato en silencio cuando Tana lo interrumpió con una pregunta:

―¿De dónde vienen los pensamientos,  Coletas?

―¿Por qué quieres saberlo?

―Creo que ellos son los culpables de todo, si todos pensáramos lo mismo no habría discusiones ni guerras entre nosotros.

―Tengo un juego muy bonito que quizás pueda ayudarte ―dijo Coletas levantándose―. Espérame.

A los pocos minutos apareció por el camino arrastrando una bolsa más grande que ella, Tana corrió para ayudarla.

―¡Qué juego tan grande!

Entre las dos lo colocaron sobre el banco. Coletas abrió la bolsa y sacó un tapiz verde del que colgaban miles de flores. Lo extendió con mucho cuidado en el suelo, luego sacó cuatro patas de madera articuladas, clavó la primera y le dijo a Tana:

―Sujeta aquí.

Colocó cada una de las esquinas del tapiz encima de una pata y las fue clavando en el suelo mientras Tana miraba. Cuando terminó, el tapiz quedó sujeto en el aire por las patas.

―¿Puedo soltar ya? ―preguntó Tana que estaba deseando colocarse debajo del tapiz para verlo mejor.

―Sí, ya está listo.

―¡Las flores colgando cabeza abajo! Así se pueden oler mejor ―reía Tana tumbada en el suelo―. ¿Ahora qué?

―Aún faltan dos piezas para completar el juego.

Coletas se dirigió al banco y sacó de la bolsa otro tapiz estampado con millones de estrellas. Entre las dos niñas lo extendieron a modo de alfombra en suelo debajo del tapiz de las flores.

―¡El mundo al revés! Las estrellas en el suelo y las flores en el cielo.

―Ayúdame, vamos a sacar la última pieza ―dijo Coletas.

Entre las dos sacaron un enorme tablero de cartón lleno de casillas parecidas a las de la Oca. Pero este tenía muchos caminos, cada uno con un número y todos morían en la casilla central. Lo sujetaron a las patas con cordones entre los dos tapices.

―Explícame ¿qué tiene que ver este juego con mi pregunta? ―dijo Tana.

―Todo.  Éste ―dijo señalando el gran tapiz lleno de flores― es el campo de los pensamientos, cada flor es un pensamiento, cada uno es diferente.

¿Y cómo se juega?

―Espera Tana, aún falta lo más importante: las fichas.

Coletas sacó de la bolsa un saco de tela blanca atada con un cordón y, con mucho cuidado, vació el contenido sobre el banco.

―Que muñecos tan graciosos. Parecen marcianos.

El aspecto de las fichas era un poco extraño.  El motivo por el que a Tana le parecían marcianos, eran las tres antenas de colores que salían de su cabeza. Además de las antenas todos llevaban mochilas a sus espaldas.

―Sí, son unas fichas muy originales no hay ninguna igual.

―Es verdad, cada una tiene las antenas de un tamaño diferente ―decía Tana con dos fichas en las manos, comparándolas y dándoles vueltas para ver todos los detalles―, y tienen un número en la planta del pie.

―Ten cuidado, son muy delicadas y, aunque no lo parezca, tienen mucha tecnología; son los cazadores de flores-pensamientos.

―¡Cazadores de flores!  ¿Entonces, la mochila es para guardar la caza?

―No preguntes tanto, Tana, lo mejor será que leamos las instrucciones.

Coletas abrió el folleto y comenzó a leer en voz alta.

―<<Las fichas y los caminos están numerados y se colocarán en el tablero todas a la vez, cada una en su punto de salida. El número uno en el camino número uno y así sucesivamente>>

―Eso es fácil ―dijo Tana colocando las fichas en el tablero.

―<<Las estrellas del tapiz al comenzar el juego brillaran con toda su potencia.  A lo largo del recorrido, su intensidad indicará el grado de felicidad de las fichas>>

Tana había terminado de colocar cada ficha en su lugar y el tablero estaba muy bonito. La luz que desprendían las estrellas era tan potente que atravesaba el tablero iluminando todo el espacio.

―<<Cuando estén todas las fichas colocadas se pulsará el botón de la casilla central y el juego comenzará>> Coletas dejó las instrucciones y dijo ―:pulsa el botón, Tana.

Al pulsar el botón la casilla central también se iluminó y las fichas comenzaron a moverse por el tablero. Iban cazando con sus antenas flores/pensamientos por todas las casillas a las que su camino las llevaba.

―Te lo dije, Coletas, la mochila es para guardar la caza ―dijo Tana al observar que se las guardaban en la mochila.

Así era, las fichas guardaban todas las flores, las más bonitas y las que mejor olían las ponían arriba y las que no les gustaba su olor las escondían en el fondo de la mochila para no olerlas. A medida que iban avanzando, sus mochilas iban engordando y cada vez pesaban más.

―Coletas, las luces de las estrellas se están apagando, están perdiendo felicidad ―dijo Tana preocupada al rato de estar mirando el juego.

―Es normal, si gastan toda su energía en arrastrar la mochila no les queda para iluminar la estrella.

Las fichas iban llegando exhaustas al final del camino; a la casilla central. Las estrellas que tenían debajo apenan brillaban.

―Sigue leyendo las instrucciones, quiero saber qué pasa ahora.

―<<Todas las fichas llegaran a la casilla central, sin que exista la posibilidad de que ninguna se quede por el camino. Al llegar, caerá sobre ellas la más bonita de todas las flores-pensamiento que les hará darse cuenta, de que el peso de la mochila gasta toda su energía. A partir de ese momento, comenzaran a hacer el camino hacia atrás, algunos le llaman el camino del karma, volverán a las casillas donde cargaron las flores para soltarlas y así ir vaciando su mochila.  A medida que vayan soltando flores su estrella se irá iluminando y caminarán más ligeras y alegres, pues su mochila será mucho menos pesada de cargar.

―¿Qué pasa si no sueltan la flor? ―preguntó Tana

―Nada, algunas están tan escondidas que no las encuentran a la primera y tienen que volver más veces a la misma casilla hasta que la encuentran y la sueltan.

Las fichas iniciaron el camino de vuelta, pero esta vez iban soltando. Finalmente, la mayoría de las fichas del juego llegaron otra vez a la casilla central sin nada en la mochila. La luz había vuelto a las estrellas.

Tana paro el juego.

―El problema no eran los pensamientos ―dijo.

―No, era la decisión de cargar con ellos en la mochila ―respondió Coletas.

―¿Lo encendemos para ver cómo termina?

―Sí.

Volvieron a encender el juego, quedaban pocas fichas sobre el tablero haciendo el camino de vuelta.  El tapiz de las estrellas brillaba a toda potencia. Cuando llego la última ficha a la casilla central sin nada en la mochila la luz se hizo tan intensa que el juego desapareció ante la mirada de las niñas.

―¡Qué bonito¡ ¿Pero,  donde está el juego?

―No sé, mirare en el libro de instrucciones ―dijo Coletas, y leyendo en voz alta añadió― <<El juego desaparecerá cuando no queden flores-pensamientos en las mochilas de las fichas y la última haya alcanzado la casilla central>>

El libro de instrucciones también desapareció en sus manos al leer la última palabra.

―¡Menudo final! ¡Todos ganan! ―exclamó Tana― no sé cómo te las arreglas para que tus juegos siempre acaben bien.

Coletas se rio y se despidieron con un abrazo hasta un nuevo día.

De oca a oca

-¡Hola Coletas! -saludo Tana al entrar aquella tarde tormentosa en el jardín- ¿Qué te parece si hoy jugamos a La Oca? –continuó hablando mostrándole un tablero a Coletas.

-Qué bonito, cuantos dibujos; no se jugar Tana, pero puedo aprender- dijo Coletas.

-Claro es muy fácil. Vamos al porche te enseñaré, ya verás que divertido es.

Se dirigieron al porche, donde estarían resguardadas de un posible chubasco,  mientras Tana le explicaba en  qué  consistía el juego.

-Tenemos que recorrer un camino formado por  casillas o baldosas en forma de espiral desde aquí -dijo señalando la  casilla de salida, que estaba en la entrada de la espiral-, a la  meta que esta aquí en el centro -dijo señalando el centro del tablero.

La última y meta, era  la más grande y bonita de todas, en ella había un lago azul donde nadaban felices las ocas. El resto de casillas eran muy coloridas y variadas. Había desde un pingüino en el polo a un camello bebiendo en un oasis, pasando por un hotel muy lujoso a un barquito marinero varado en la playa…

-Es como un paseo, pero las que pasean son las fichas; que avanzan según el numero que marque  este dado- le dijo sacándose un dado del bolsillo.

-Parece muy sencillo -dijo Coletas,  sentándose en uno de los pequeños taburetes que rodeaban las mesa que presidia el porche.

-Sí,  lo es -dijo Tana sentándose en frente y colocando encima de la mesa el tablero, las fichas y los dados- Lo primero es lanzar el dado para ver quien empieza.

-Así -dijo Coletas, dejando caer el dado en el tablero, que se quedo en la cara del tres.

-Sí, así –dijo Tana cogiendo el dado y lanzándolo. Un cinco, como es mayor que tu tres empiezo yo Coletas, pero aún tenemos que elegir ficha,  y además,  tengo que explicarte las reglas.

-Mejor me las explicas mientras jugamos;  creo que para empezar, ya sé suficiente. Y bien Tana que ficha vas a ser tú.

Al decir esta última frase,  como si de una frase mágica se tratara, Tana se vio en el aire transformada en la ficha amarilla de la que salía su cabeza brazos y piernas, que agitaba con fuerza. Por suerte, se abrió un pequeño paracaídas,  y aterrizo suavemente  en  la casilla de salida del tablero. A su lado estaba Coletas convertida en la ficha azul.

-Bien ya estamos en la salida- dijo Tana mirando a Coletas- ¿estás preparada?

-Si- respondió Coletas.

Me toca tirar  a mí –dijo Tana

Un ratoncillo que andaba cerca, se ofreció para ser el tirador oficial.

-Va para Tana – dijo agitando el dado y lanzándolo  sobre el tablero.

Tana miraba fijamente al ratón  murmurando,<< un cinco, un cinco>>.  Coletas la miraba y no comprendía nada <<¿Para qué querrá un cinco?>> se preguntaba.

-Un dos,  mala suerte –dijo Tana- dando dos saltos para colocarse en la casilla número dos.

Coletas seguía sin entender y pregunto con curiosidad.

-¿Mala suerte?  ¿Por qué?

-Yo quería que me tocara un cinco, pero me ha salido un dos, por eso digo mala suerte.

<<En este juego cuando no te sale lo que tú quieres se le llama mala suerte, creo que voy entendiendo algo, tomo nota>>. Pensó Coletas.

-Te toca Coletas –dijo Tana.

El ratón lanzo el dado  por Coletas. <<Un cinco>>

Coletas empezó a dar saltos hasta llegar a la casilla número cinco. En ella había una gran  oca blanca muy bonita nadando en un rio. Iba a decirle algo,  cuando Tana la apremio.

-Que suerte has tenido Coletas –dijo, no te pares, ves por lo que yo quería el cinco; de oca a oca y tiras porque te toca, salta a la oca siguiente. Esta es una de las reglas de las que te hablo, las casillas de las ocas son buenas, te hacen correr más, pero no te confíes, también las hay malas.

-¿Tú crees que esta casilla es  buena? A mí no me gusta correr tanto Tana, yo prefiero ir más despacito -le grito Coletas, sofocada por las prisas y  dando un gran salto para alcanzar la siguiente oca. <<Casillas buenas y malas. ¿Quién lo habrá decidido?>> Continúo diciéndose a  ella misma, mientras se secaba el sudor de la frente.

-No te has enterado de nada –dijo Tana- bueno ya aprenderás  de todas formas vas ganándome.

-¿Ganándote? ¿Yo, a ti? Pero  yo no quiero ganarte, además, eso es imposible Tana, nadie puede ganarte -dijo Coletas, que cada vez entendía menos, pues nunca había competido con nadie. ¿Creí que  se trataba de llegar a la meta? ¿Qué más da quien llegue primero?

-Ja ja ja, se rio Tana, pensando que  Coletas solo quería consolarla.

<<Tirada para  Tana>>-dijo el ratón lanzando de nuevo el dado.

-Un cuatro…

Así se fueron sucediendo las jugadas, un dos, un cinco, de oca a oca…

-Mírame Tana estoy en París- gritaba Coletas desde la casilla de la Torre Eiffel-  ¡Cuanta nieve, que frio! -decía desde  unas montañas nevadas-

-¡Hola!  -saludaba Tana desde la playa- ¡Mira cuantos colores Coletas! –exclamaba desde un campo de tulipanes.

Coletas vio un pozo, y como tenia sed pensó que sería una muy buena casilla para caer,  así que cuando el ratón tenía el dado preparado en su turno -pensó <<un tres, un tres>>, que era lo que necesitaba. El ratón lanzó y el dado marcaba un tres, pero antes de poder expresar su alegría oyó a Tana decir:

– Coletas, has caído en el pozo. Esa es una casilla de las malas, ¡¡qué pena!!

-<<¿Mala? ¿Pena?>> -Pensó coletas- ¡quería caer en ella Tana! -exclamo- según las reglas del juego he tenido buena suerte,   me ha salido como yo quería ¿Por qué dices que es mala? ¿De qué te da pena?

-Porque no puedes salir hasta que no corran tres turnos.

-¡¡Qué bien!! –Exclamo- descansare un poco y me refrescare en este pozo tan bonito.

-<<No se entera de nada, se cree que es una casilla de las buenas>> -Pensó Tana-. Coletas así no es el juego, no estás de vacaciones, lo haces todo al revés -le dijo.

-¿Al revés?  Solo estoy jugando. No sé cuál es el revés y el derecho. ¿Acaso tú lo sabes?

-Tana se quedo un rato pensativa y exclamo;

– ¡¡Me gusta como juegas!!  También quiero caer  en el pozo. <<Que me toque un uno, que me toque un uno>> –dijo mirando al ratón.

– ¡¡Un uno para Tana!! -exclamó este. De un salto,  Tana se coloco junto a coletas en la casilla del pozo a descansar y contarse sus aventuras por las variadas casillas en las que habían caído durante el paseo.

-Ya llegaremos –dijo Tana-  Jugar al revés es muy divertido.

Jajajajaja- reían mientas tiraban de la cuerda del cubo que subía lleno de agua clara del pozo.

 

 

 

 

 

Sin conexión

Era un bonito día de primavera, Tana y Coletas caminaba con sus mochilas a la espalda dirección al río. Ese día Coletas le había propuesto a Tana ir hasta allí, porque era primavera, y los nenúfares y los juncos con sus lirios amarillos, adornaban el río poniéndolo especialmente bonito.  Además, los pájaros están muy cantarines añadido, sabiendo que a Tana le gustaba mucho oírlos.  Tana había accedido encantada; nunca había visitado el río en primavera.  Al llegar, pasearon por su orilla, había patos nadando en pareja como enamorados.  También vieron algunas tortugas tomando el sol en las piedras y a peces saltar fuera del agua. Los pájaros, que andaban muy ocupados haciendo sus nidos entre los juncos, árboles y matorrales de la orilla, volaban de un lado a otro sin parar con ramas en sus picos. Coletas, le presentó unas gallinas nadadoras, que vivían en el río, muy simpáticas.  Había tanta actividad, y tantas cosas que ver que se les paso la mañana sin darse cuenta.

―Este es un buen sitio para descansar y tomar el bocadillo ―dijo Coletas parándose bajo las ramas de un gran fresno.

―Sí, ahora que lo dices tengo hambre, con tantas cosas me he olvidado de comer ―dijo Tana.

las dos niñas extendieron una manta bajo las ramas del fresno, entre las que se colaban algunos rayitos de sol. Sacaron sus bocadillos y después de comer se tumbaron boca arriba.

―¿No te parece que este fresno está un poco triste?, Sus hojas no brillan, parece temblar ―dijo Tana― y cerrando los ojos; oyendo el trino de los pájaros, la brisa y el ruido del agua corriendo, se quedó dormida.

Una voz chillona sobresalió de entre los trinos de los pájaros.

―”¡Hola!”

―¿Quién me saluda?  ―dijo Tana, incorporándose a mirar.

―No es a ti ―dijo coletas―  es esa pequeña seta-―dijo señalando al tronco del árbol― está saludando al fresno.

―¿Una seta saludando a un árbol?,  debo estar soñando.

―Eso no importa, escucha ―dijo Coletas.

La seta tenía una voz chillona y alegre, era muy blanquita y pequeña, y hablaba desde una oquedad a media altura del tronco donde se había buscado su acomodo. Las dos niñas se escondieron para escuchar lo que decía.

―¡¡Holaaaaa!! ―volvió a gritar la seta esperando una respuesta. Soy el doctor.

―¡¡Lo que me faltaba una seta!!” ―exclamó el fresno muy bajito― ¿Qué enfermedad me traerá? Seguro que se me caen las hojas, y se secan mis ramas ―dijo el fresno temblando de miedo―. Mejor ni miro.

―No será para tanto señor fresno ―respondió la doctora seta― solo soy una setita de nada. Me han dicho que no te encuentras bien, cuéntame que ocurre por aquí.

―¿Acaso nos conocemos de algo?.  No hablo con desconocidos ―respondió el fresno muerto de miedo.

―Claro que nos conocemos,  nos hemos visto en la China y en Australia, en la Pampa y en hasta en Pekin…

―Creo que te está equivocando, yo nunca he estado en esos lugares ―dijo el árbol cortando el discurso de la parlanchina seta.

―Ja ja, no trates de engañarme, eres tú, te reconozco.  Viajo mucho, he recorrido el mundo entero, y en todos los lugares que he visitado estás tú.

―Estás confundida <<¡lo que me faltaba! una  seta loca, seguro que me pega la locura.  Debe ser de esas que provocan alucinaciones>> ―pensó―. Soy un fresno, un árbol de sombra y vivo en este río, nunca me he movido de aquí ―dijo enfadado.

―Jajajaja ―se río la seta― ¿Me estás gastando una broma?

―¿De qué te ríes? ―dijo el árbol en un alarde de valor y bastante molesto―  no tengo tiempo para bromas, tengo muchas preocupaciones  ―continuo diciendo enfadado.

―¿Preocupaciones? ―dijo la seta― ¿qué es eso?

―¿Acaso crees que cuidar de las ramas, y de  todas mis hojas es fácil? ―dijo el árbol.

―Sí, creo que es muy fácil, solo tienes que dejarlas bailar con el viento y refrescarse con el agua de la lluvia ―respondió la seta.

―Para bailes estoy yo ―dijo el árbol mirando para otro lado, pues,  había decidido acabar definitivamente con esa absurda conversación.

―Escúchame ― le volvió a decir la seta― ¿Hablas en serio? ¿Seguro que no eres un bromista? ¿De verdad no sabes lo grande que eres? ¿Acaso has perdido la memoria?

El árbol no contesto, se había tapado los oídos, no quería seguir escuchando. La doctora seta lo miró asombrada y se dijo así misma:

― ¡Ya sé, creo que lo tengo! me han hablado de casos muy extraños de pérdida de identidad por falta de memoria, pero nunca me había topado con uno. Parece un caso agudo. Qué interesante. Dejare que se tranquilice, prefiero asegurarme antes de intervenir.

Cuando al cavo del rato el fresno se destapó los oídos volvió a hablarle.

―¿Quieres que te cuente una cosa que sé sobre ti? ―dijo para picar su curiosidad.

―¿Qué puedes saber tú de mí que yo mismo no sepa? ―respondió el árbol

―Muchas cosas, vivo junto a tu raíz.

―¿Y qué sabes de mi raíz? ―preguntó con cierta curiosidad.

―Está conectada con todos los arboles del planeta, y es inmensa, estás por todos lados   de norte a sur y de este a oeste, por debajo de la superficie de la Tierra.  Está en la selva, en los oasis del desierto, en los bosques…

―No estoy conectado a nada, déjame trabajar, no estoy aquí de vacaciones, soy un árbol, te repito que tengo mucho trabajo y muchas preocupaciones ―dijo mirando de reojo, pues, aunque no quería reconocerlo le estaba empezando a interesar lo que contaba la seta.

―No tienes que preocuparte ―insistió la seta―  eres muy grande, eres cada uno de los árboles que crecen por todo el mundo. Lo que sale a la superficie no eres tú, es solo una pequeñísima parte de ti.

―Sí tengo que preocuparme, solo dices tonterías. Solo soy un  árbol. Estoy solo. ¿Acaso no lo ves? -dijo muy enfadado.

―Ahora vuelvo, creo que sé dónde está el problema, ―dijo la seta desapareciendo por el tronco.

―Donde ha ido? ―pregunto Tana muy bajito desde su escondite.

―Creo que está en las raíces operando.

Así era la seta se coló por el tronco hasta la raíz y vio que el árbol se había desconectado. Cogió la más gorda de sus raíces y la conecto.

Arriba, se hizo un gran silencio y empezaron a caer todas las hojas de sus ramas al suelo como si fuesen lágrimas.

―¿Le pasa algo? ―preguntó Tana asustada.

                ―Nada malo. Se acaba de conectar, ya no tiene miedo, ahora sabe quién es.

Como por arte de magia sus ramas empezaron a cubrirse otra vez de hojas, y rápidamente comenzaron a bailar con la brisa que repentinamente se levantó aquella tarde en la orilla del río.

―Problema solucionad ―dijo la seta asomando por el tronco. ¿Te encuentras mejor?

El árbol contesto con una inmensa sonrisa. la seta también sonrió.

―Creo que estás curado ―y diciendo esto desapareció.

Coletas fue a despertar a Tana.

―Tana despierta, es tarde.

Tana se levantó y dijo:

―Creo que me he dormido.

―¿Notas algo diferente? ―preguntó Coletas.

―Sí, noto como si el árbol estuviera mucho mejor, más luminoso, ya no parece temblar.

―Yo también me he dado cuenta. Se habrá curado mientras dormíamos ―dijo.

Se despidieron con un abrazo del árbol, agradeciéndole su buena compañía, recogieron todo y se pusieron en marcha de vuelta a casa charlando por el camino.

―Qué bien lo hemos pasado tenemos que volver otro día…

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Respinsar

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Recuerdo muy bien el día que aprendí a “respinsar”, me enseñó Coletas. Ella sabe muy bien lo que necesito en cada momento.

Aquella tarde llegué al jardín un poco nerviosa. Pronto me darían las notas de verano y no podía dejar de pensar en ello. Tenía muchas dudas sobre el examen de matemáticas que había hecho esa misma tarde. Eché un vistazo rápido buscando a Coletas, y, al no verla esperándome como de costumbre, la llamé poniendo las manos en la boca a modo de altavoz:

―¿Dónde estás, Coletas?

―Estoy aquí, Tana —me respondió muy tranquila desde su hamaca de rayas amarillas.

―¿Estabas dormida? Perdona si te he despertado —me disculpé.

―No me has despertado —me dijo―. Estaba “respinsando”.

―¿”Respinsando”? ¿Qué es eso?

―Juntar a Men con Res.

―Qué cosas tan raras dices; hazme un sitio —le dije acomodándome en la hamaca junto a ella―. Cuéntame, ¿qué es eso de juntar a Res con Men? No veo a nadie por aquí. ¿Quiénes son? ¿Las conozco? ―la interrogué dispuesta a averiguar qué era lo que quería contarme con esa nueva palabreja.

—Claro que las conoces, Tana —me dijo sonriendo―. ¿Jugamos a ver si lo adivinas?

― Sí. Dame pistas ―le respondí.

―Res es muy calladita, no hace ruido y trabaja en silencio hasta por la noche —explicó Coletas —. Men es muy activa; es como un torbellino, solo descansa cuando dormimos.  Ayuda mucho con las matemáticas, y con otras cosas. También distrae, hace llorar y reír…

―¿Y dices que las conozco? ―le pregunté extrañada.

―Sí; las conoces muy bien.

―¿Viven cerca de mi casa?

―Viven en tu casa, están siempre contigo.

―¿Son bichillos? ¿Como mosquitos, arañas o grillos? ―aventuré.

―Frío, frío.

―¿Cuántos años tienen?

―Los mismos que tú ―me dijo―, nacisteis el mismo día.

―¿Las veo todos los días?

―Son invisibles —me dijo muy misteriosa.

“¿Invisibles? Esto es demasiado”, pensé.

―Me rindo, Coletas. ¡¡Dímelo ya!! —dije poniendo las manos en alto—. Es tan misterioso que creo que no lo averiguaré en toda la tarde.

―Te lo diré; porque esta tarde te noto un poco despistada ―me dijo―.  Res, es la respiración y Men es la mente, esa que siempre está en el cuarto de los pensamientos atendiéndolos y escuchándolos. Respinsar, como la misma palabra dice, es llevar la mente a la respiración.

―Eso parece muy aburrido ―dije un poco desilusionada―. ¿Para qué sirve?

―Sirve para hacer descansar a Men. Atender pensamientos todo el día es muy trabajoso, sobre todos porque algunos son muy pesados y no sirven para nada.

―¿Y eso cómo se hace? —pregunté un poco harta de los pensamientos del examen de matemáticas.

―Al principio cuesta y parece aburrido, muchas veces Men vuelve al cuarto de los pensamientos porque no está acostumbrada a tanto silencio ―explicó Coletas―. Pero cuando se conocen, se escapa ella sola. A las dos les gusta estar juntas. Men se tranquiliza y descansa de tanta actividad.  Y Res se pone contenta, al fin y al cabo, a todos nos gusta que nos presten atención de vez en cuando.

Me animé a probarlo, total, estar pensando en que iba a suspender matemáticas tampoco era divertido.

Cerré los ojos, la mente estaba atendiendo pensamientos que no paraban de surgir “Seguro que suspendes”, “Tendrás que estudiar este verano”, “Creo que me equivoqué en el ejercicio segundo” …

Entonces, como me había explicado Coletas, saqué a la mente de la sala de los pensamientos de mi cabeza; cerré la puerta despacito y la llevé a mi respiración, donde no había charlas.

Sentí cómo entraba el aire fresquito de la tarde por mi nariz, cómo hinchaba mi barriga y mi pecho y cómo salía por la boca más caliente. Me fijé por lo menos cuatro veces y me sentí muy bien.

“Esto funciona”, pensé. Luego me concentré en relajar mis pies, sentí un hormigueo que subía por mis piernas y relajé también las manos.

No sé cuánto tiempo había pasado cuando Coletas me dijo bajito:

―Tana, ¿jugamos a algo?

Me olvidé por el resto de la tarde de la nota de matemáticas, que resultó ser bastante buena, y la pase jugando con Coletas a veo, veo, adivinanzas, subiendo a los arboles a por fruta… Ahora, muchas veces me sorprendo respinsando; en la parada del autobús, cuando camino, cuando me visto, o cuando espero a alguna amiga tardona. Como siempre, Coletas sabía lo que decía; no es nada aburrido eso de respinsar.

La receta

LA RECETA

 

-¿Dónde estás? –pregunto Tana  mirando a su alrededor.

– Estoy aquí  -contesto Coletas-.

Tana,  la encontró debajo de un gran naranjo   mirando al cielo. Era una tarde de primavera, hacia solo algunos minutos que  había caído un chaparrón. En el suelo  había   charcos. El aire estaba limpio y olía muy bien. 

 -¿Qué miras? -pregunto Tana corriendo a su lado. Quizás este viendo a un  pájaro hacer el nido  pensó-.  ¿Algún pájaro? -Le pregunto.

-No,  solo miro  las ramas de este naranjo, tienen una buena cosecha,  como todos los años.

-Se ve muy bonito – dijo Tana fijándose en  el cielo que asomaba detrás de las ramas-. Pero no veo las naranjas.

-Fíjate bien Tana, están  arropadas por las hojas.

Tana miro  con  atención,  y finalmente dijo:

-¡Ahora sí, ya las veo!, gracias por la pistilla Coletas. ¡Cuántas hay!  -exclamó  expresando  gran asombro-. Son del mismo verde que  la hoja, por eso no las podía ver,  ¡que pequeñas!

 – Ahora, tienen que engordar y cambiar de color. Es época de mucho trabajo para el árbol, por suerte,  luego tendrá sus vacaciones y podrá descansar – dijo Coletas.

-¡¡Vaya!! -Exclamo Tana-, No  sabía que los arboles trabajaban y tenían vacaciones.

 <<Así que, ahora estás trabajando – le dijo al naranjo muy bajito acercándose  a su tronco con curiosidad-,   pues no lo parece,   estas  muy tranquilo –pensó-.  Quizás trabaje por dentro  -se dijo-, y acerco  el oído al tronco   esperando oír algo parecido al  ruido  de maquinas,  cadenas o motores moviéndose.  Pero  para su sorpresa, oyó un murmullo. <<Parecen voces –dijo->>, y bastante más intrigada,  pego la oreja aún más

– ¡¡No puedo creerlo!! – exclamo  retirándose rápidamente-, ¡¡son quejas!!  <<Tanto trabajar, ¡qué gran injusticia!>>- escucho claramente.

Tana,  repuesta un poco del susto y la sorpresa,  comenzó  a darle  vueltas al tronco buscando la manera de  ver qué pasaba dentro. Miro por un agujerito que había a la altura de sus ojos, pero no vio nada, se subió a las ramas, desde  allí tampoco lograba ver.  Al fin,  encontró en el suelo muy cerca del tronco una rendija en la tierra. Agachada, metió el extremo de  una pajita por ella,  y miro  por el  otro  volviéndola en todas las direcciones.  Esto por fin  funciono. Lo veía claramente,  eran las raíces.  Bajo la tierra, se movían  de un lado a otro sin parar de trabajar, y quejándose todo el rato .  Por su derecha tres de ellas se quejaban del suelo.

 -No sé cómo vamos a hacer,  este año el suelo está fatal.

  -Hay muy pocos minerales.

 -¡Así no se puede! –Exclamaba la tercera-, esta muy duro.

Por la izquierda, otras tantas se quejaban del clima.

– Si  nos diera más el sol,

 -Si el aire no fuera tan frío.

 – Si lloviera un poco más.

– Si la lluvia fuese más fina…

 Se movían muy deprisa de un lado a otro,  incluso chocaban  y se hacían nudos.

– Perdona,  ya me quito -decía la del centro.

– Aquí hace falta un semáforo  -Opinaba otra de mal humor-, así no hay quien trabaje.

-Hay que ir con más cuidado. Tenéis que fijaros más – decía  una de las más gordas-, y  no  olvidéis lo más importante –dijo subiendo la voz-:   Seguir LA RECETA al pie de la letra – diciendo esto-,  señalo  hacia la base del tronco estirándose todo lo que pudo.

Tana, dirigió la pajita, no sin esfuerzo,  en la misma dirección, y vio un gran cartel  donde estaba escrita a fuego LA RECETA; En primer lugar los ingredientes con las cantidades exactas,  debajo las instrucciones, explicadas por orden  con todo detalle. Ahora sí que no entendía el motivo de tanta quejas. <<Solo tienen que seguir la receta, para hacer naranjas –pensó-,  parece fácil, entonces, ¿Por qué se quejan tanto? >>. Como era una niña muy curiosa,  decidió averiguarlo.

-Hola, ¿qué hacéis? Pregunto  a modo de saludo para romper el hielo.

-Lo que faltaba,  una curiosa -dijo la raíz más gorda -.  ¿Acaso  no lo ves?   Estamos trabajando. No nos distraigas podemos confundirnos con los cálculos.

-Y, ¿porque os quejáis tanto? ¿Cuál es el problema? ¿Necesitáis algo?

Una de las raíces de la derecha, le contesto muy amablemente.

-Lo que nos pasa, es que siempre tenemos mala suerte. Todos los años trabajamos para nada.  A nadie le gustan nuestras naranjas. Siempre se quedan colgadas en el árbol, y es muy pesado cargar con ellas. Dicen que  no son  dulces y que les falta jugo.  Ahora  tengo que trabajar – dijo mientras se alejaba murmurando-, siete gramos de potasio, 50 de magnesio.

-¿Habéis pensado en cambiar la receta? –Se atrevió Tana a preguntar-. A veces las recetas no están bien,  y hay que hacer cambios:   poner más de esto, menos de lo otro…

-Pero, ¿qué dices?  ¡¡Insensata!! -la interrumpió bruscamente de nuevo la  más gorda-. La receta  está bien y punto. ¡Faltaría más! ¡Qué desfachatez! –dijo bastante molesta y ofendida-. <<Qué locura, cambiar la receta, como se le ha podido ocurrir una cosa así>> -añadió hablando para ella misma-. Luego,  se paró un momento, <<tal vez –se dijo-, sería la solución>>, pero rápidamente cambio de opinión otra vez, << ni pensarlo,  no podemos correr riesgos,  ¿y si  sale peor? ¿Y si  lo perdemos todo? ¡¡No quiero ni pensarlo!!>>. Lárgate ya,  estas molestando -le grito a Tana-,  has conseguido que me enfade.

-Sí, ya me voy,  pero antes respóndeme una sola pregunta;  si no es la receta ¿Cuál crees que es la causa de que las naranjas no sean dulces y jugosas? – Volvió a preguntar Tana. (A ella,  por más que lo pensaba,  no se lo ocurría ninguna otra posible causa)

– Está clarísimo, niña preguntona, son  los demás, los de fuera,  nos quitan sol y agua, además nuestra tierra es más pobre que la suya,   y así no hay manera. Ahora déjanos, aquí dentro,  estamos muy ocupadas,  vete a otra parte, no puedes estar ahí todo el día,  nos estas tapando la entrada de aire.

Tana se levanto un poco mareada. A nadie le agrada escuchar tanto  grito y tanta queja. ¡Qué tardecita¡ –pensó-. ¿Dónde se habrá metido Coletas?

 

 

 

La ciudad triste

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Coletas estaba muy ocupada atendiendo a las plantas del huerto. Iba de un lado a otro sin parar:

―Lo estáis haciendo muy bien ―les decía a las matas de tomates que estaban cargadas.

<<Sujétame esta rama a la caña, se me está cayendo con tanto peso>>, le pidió una de ellas. <<Aquí, Coletas, te necesito>>, la llamaba el calabacín. <<Tápame bien el surco para que no se me escape el agua>>.  << Arráncame estas malas yerbas que no me dejan crecer>>, pedía la mata de la berenjena que era de la más elegantes.

―Tened paciencia ―decía Coletas.

<<Te necesito>>, gritaba la mata de pimientos.  <<A la cola, bonito, yo estoy primero>>, dijo el rábano que llevaba un rato esperando y estaba empezando a impacientarse.

―No os preocupéis, os voy a atender a todas.

Coletas se daba toda la prisa que podía. Cuando más desesperada estaba, oyó llegar a Tana corriendo por el camino.

―Sabía que estabas aquí.

―Menos mal que llegas, necesito que me ayudes, hoy las plantas están un poco estresadas.

―¿Qué les pasa? ―Tana echó un vistazo y dijo ―: ¿Dónde están sus flores?

― Ahora las flores son frutos: pepinos, calabacines, tomates…

― ¡Vaya es verdad!

― Puedes ir soltando el agua de la alberca para que beban mientras las atiendo, estos días son muy especiales para ellas, no creas que es fácil transformar las flores en frutos.

―Voy.

Tana salió corriendo hacia la alberca y a mitad de camino se paró para mirar la huerta. Qué bonita esta pensó. En su mente apareció un huerto animado. Le pareció que a sus oídos llegaban las voces alegres de los frutos riendo y jugando y las animadas charlas de las matas contándose las gracias y habilidades de sus hijos, entre sus típicas advertencias: << tened cuidado con el sol, estaros quietos un ratito, no discutáis, colocaros en vuestro sitio…>>. Era tan clara la visión, que le pareció real.

― ¿Qué haces Tana?  ¿Por qué no sueltas el agua?

―Perdona, me he distraído ―dijo la niña girando la llave de paso y volviendo a la realidad.

Después, se fue rápidamente al huerto para ponerse a las órdenes de Coletas, que le dio un azadón para que dirigiera el agua por los surcos. Se separaron para hacer su trabajo y no volvieron a cruzar ni una palabra en toda la tarde.

―Ya he terminado, ¿Te falta mucho?

Al oír esto, Tana que estaba asegurándose de que el agua había llegado a todas las plantas dijo sorprendida mirando el reloj.

―Qué rápido ha pasado el tiempo.

― Estas muy callada esta tarde ¿En qué piensas?

―No pensaba en nada. Me gusta mucho trabajar el huerto, y cuando algo me gusta no pienso.

―Me alegro, las plantas necesitan que las cuiden para dar frutos.  ¿Conoces la historia de la joroba?

―No, nunca la he oído.

Se fueron caminando hacia la alberca y cerraron la llave del agua, luego bebieron y se refrescaron la cara, en el chorro de agua fría y clara que caía a la alberca directamente desde la sierra.  Después, se sentaron en el brocal a descansar. Tana se descalzó y puso los pies debajo del chorro.

― ¡Que fría! ―exclamó, sacándolos rápidamente―. Este es un buen sitio para contarme tu historia.

―Sí, aquí estaremos bien. Hace muchos, muchos años ―empezó a contar Coletas poniendo voz de contar cuentos muy lejanos en el tiempo― los hombres se volvieron tan sofisticados y egocéntricos, que solo les interesaba la belleza de sus propios cuerpos y dejaron de apreciar y agradecer la belleza del resto de la naturaleza.  Este hombre ya no tenía gusto. Se alimentaba de una sustancia que extraían del interior de la tierra, y que contenía todo lo necesario para tener un cuerpo bello.

― ¿Una sustancia negra? ¡Qué asco! ¿Se la comían con cuchara? ―preguntó Tana imaginándose un plato sopero rebosando de papilla negra y maloliente.

―No, la transformaban en pastillas negras en grandes naves de hormigón. Ya no era necesario cultivar la tierra ni recolectar los frutos << No necesitamos a la naturaleza para nada>>, decían orgullosos.  Como nadie cuidaba a las plantas de la huerta, estas se fueron marchando poco a poco, y detrás de ellas el resto de las plantas y todos los animales. Cada día desaparecía una especie nueva. Con el tiempo, llegó un día en que la naturaleza desapareció de la mayor parte de la superficie del planeta, refugiándose en los lugares donde habitaban los pocos hombres sabios que no las habían sustituido por pastillas.

― ¿Y qué pasó entonces? ―preguntó Tana.

―Al principio todo parecía marchar bien, pero poco a poco, los ríos, al no tener animales ni plantas en sus orillas a los que dar de beber, se hicieron subterráneos. El paisaje se volvió gris, sin color, como las pastillas de las que se alimentaban. Olía a gasolina.  La mayoría de los días, soplaba un viento fuerte y la tierra, como no tenía plantas donde sujetarse, volaba a gran velocidad por el aire azotando a las personas. Acristalaron las ciudades. Era necesario, usar mascarillas y ropa fuerte para salir de ellas, por lo que nadie lo hacía. Pero lo peor era que las personas, incluso los niños, se volvieron tristes y grises como las pastillas de las que se alimentaban. Sus queridos y mimados cuerpos empezaron a encorvarse y apareció una joroba muy fea en sus espaldas. Esto hizo saltar las alarmas.

Por aquellos entonces existía en la ciudad un grupo de sabios que vivían en sus laboratorios e investigaban y daban solución a todos los problemas. Hasta ellos llegaron miles de quejas por las jorobas. Los científicos salieron de sus laboratorios para ver que estaba ocurriendo. Quedaron muy asombrado de lo que vieron y todos estuvieron de acuerdo en cuál era el problema. Decidieron fijar una fecha y reunir a todos los habitantes en la gran plaza de la ciudad para comunicárselo. Llegado el día todos estaban expectantes por conocer que era lo que causaba la molesta joroba. El problema, dijeron muy serios los sabios, es la falta de algo esencial. No puede ser, respondieron algunos, lo tenemos todo, nuestra ciudad es perfecta. Todos empezaron a hacer conjeturas, murmuraban que podía ser y se formó un gran revuelo en la plaza. Los sabios pidieron silencio para volver a hablar: lo que le falta a nuestra ciudad y a sus alrededores es naturaleza dijeron. Todos quedaron en silencio. No hay plantas ni animales, todo es feo, triste y gris. Necesitamos que vuelvan las plantas y los animales. Su tranquila presencia es necesaria para sentirnos felices, sin su belleza y la paz que desprenden, la vida es una pesada carga y eso hace que las espaldas se encorven formando esa horrible joroba. Todos miraron a su alrededor y estuvieron de acuerdo en que a su perfecta ciudad le faltaba belleza.

―Debe ser muy feo un mundo sin plantas ni animales, no quiero ni imaginármelo ―dijo Tana tapándose los ojos― ¿Cómo lo arreglaron?

―Después de esto, todos salieron corriendo a buscar plantas en rincones e islas perdidas del planeta, donde se habían refugiado. Volvieron a plantarlas, para que se extendiesen otra vez por toda la tierra.  Poco a poco, volvieron los animales, resurgieron los ríos, y todo volvió a ser como en un principio.

―¡Uff menos mal! ― exclamó Tana, alegrándose del feliz final de la historia.

― ¿Merendamos?  ―propuso Coletas―saltando del brocal y cayendo sobre la yerba mullida que crecía en los bordes de la alberca.

― ¿Qué tal unas moras? ―propuso Tana.

Las niñas rieron caminando descalzas hacia el moral.