Big Bang

Tana y Coletas estaban aquella tarde soleada de febrero, sentadas en un banco. Haciendo una de las cosas que más les gustaba a las dos; escuchar el sonido de la paz del campo. Coletas decía que los sonidos del campo eran tan suaves y bonitos que no interrumpían el silencio.

-Ya va sonando a primavera –dijo Tana.

-Es normal, está muy cerca –le respondió su amiga.

El espacio sonaba a grillos, pájaros cantando,  abejorros zumbando alrededor de las primeras flores, al agua corriendo por las cañadas, y también de vez en cuando, al fondo se oía un cencerro del rebaño de ovejas que pastaba tranquilamente en un prado no muy lejano.

-¿Hoy no vas a contarme un cuento Coletas? –preguntó Tana después de un rato.

-Pensé que no me lo pedirías –dijo Coletas que le encantaba contar cuentos, y rápidamente se colocó derecha en el banco para comenzar su relato.

-Estoy deseando escucharlo- dijo Tana

-Había una vez dos pueblecitos cercanos muy bien avenidos. Los dos tenían buenas tierras y abundante agua por lo que a sus habitantes no les faltaba de nada. Un día unos señores muy bien vestidos y con unos sombreros negros y altos que les hacían parecer muy importantes, fueron a visitarlos y les ofrecieron poner fábricas; “es el progreso” les dijeron. Las fábricas traerán mucho trabajo, creceréis mucho y seréis más grandes e importantes. Ya no os llamareis pueblos pasareis a la categoría superior de ciudades.

Los dos pueblos amigos no sabían que hacer, en ellos todos los habitantes tenían ocupaciones tranquilas, ya fuera en el campo cultivando las tierras y cuidando a los animales o en el pueblo creando los útiles y la ropa necesaria para su sencilla y tranquila vida en pequeños talleres. Finalmente después de unos días sopesándolo uno de ellos que era más inquieto y ambicioso, decidió aventurarse poniendo fábricas y el otro decidió quedarse como estaba.

Los señores de los sombreros no habían mentido el pueblo que se inclinó por las fabricas empezó a crecer rápidamente, las fábricas  atraían a personas de otros lugares para trabajar en ellas. Pronto ocuparon todo el campo donde antes se cultivaban los alimentos llenándolos de casas y más fábricas Ahora en la nueva gran ciudad, ya no cultivaba la tierra, ni había espacio para los animales, el alimento lo traían del pueblo amigo que había decidido no poner fábricas. En el pueblo también había cambios, pues ahora tenían que producir para ellos y para la nueva ciudad que no paraba de crecer. Cerraron los talleres y todos se fueron a trabajar al campo, para atender la demanda de alimentos. Explotaban la tierra poniéndole abonos y nutrientes extras para que diera cosechas más grandes sin dejarla descansar, como hacían antes. Los animales también notaron los cambios, trabajaban más y vivían hacinados pues eran muchos más en el mismo espacio.

Así estaban las cosas y durante un tiempo todo parecía ir bien. La ciudad crecía y aparecían nuevas fábricas de las que salían muchas más cosas inservibles que los habitantes compraban con una parte del sueldo que les daban por fabricarlos. Crecía más, más, y más, pero el problema era que no podían parar, estaban dentro de un bucle de crecimiento que parecía no tener fin. Necesitaban muchas personas para consumir al ritmo que fabricaban sus máquinas.  Los habitantes iban de un lado a otro muy deprisa, como autómatas, comprando cosas que no necesitaban y trabajando para pagarlas sin parar. Desde fuera parecían haberse vuelto locos. Crecían tanto y tan vertiginosamente que el pueblo amigo empezó a tener problemas para mandarles comida a todos, y así se lo hizo saber: Las tierras, los animales y ellos mismos estaban al límite.

Entonces para asegurarse el suministro, los de la ciudad, decidieron fabricarse su propia comida en grandes laboratorios de alimentos.

El pueblo vecino se alegró mucho pues estaban muy cansados del ritmo frenético al que sin darse cuenta los había sometido. Pronto volvieron a su  antigua y tranquila vida. Reabrieron sus talleres artesanales y sus tierras volvieron a descansar y los animales a vivir en el campo sin jaulas ni hacinamientos.

Mientras la ciudad, aunque las cifras indicaban que las cosas iban bien, pues cada mes crecía más y más como le habían prometido, su aspecto decía todo lo contrario. Desde lejos se observaba como una nube gris la envolvía entera y la coronaba un sombrero de copa negro formado de carbonilla y suciedad. El ruido que salía de ella se oía a muchos kilómetros de distancia, era muy estridente compuesto de sirenas, pitidos, rugir de motores y gritos que no dejaban descansar nadie. Por no hablar del olor y la basura que salía por toda ella y que llenaba sus ríos de plásticos y desperdicios.

Una mañana ruidosa y gris, cuando las cosas no podían ir a peor, la ciudad se empezó a poner roja, roja, muy, muy roja y finalmente explotó. La explosión se vio a muchos kilómetros de distancia y los habitantes que habían ido de otros pueblos a trabajar, salieron despedidos hasta su lugar de origen, donde el aire era puro y no había basura ni ruidos que los molestaran y donde retomaron su antigua vida. Después de la explosión, las calles de la ciudad estaban muy vacías. Las fabricas fueron cerrando al mismo ritmo que abrieron en su día, pues los que quedaron tenían ya acumuladas tantas cosas innecesarias, que no les interesaba seguir comprando lo que salía de ellas, y empezó a invertirse el bucle, decreciendo la población cada año al ritmo que cerraban fábricas. Sus habitantes se fueron repartiendo por los pueblos vecinos, donde eran bien acogidos, hasta que la ciudad volvió a ser como al principio un pueblo pequeño y amable. Por fin desapareció de su cabeza el horrible sombrero negro, y volvieron los huertos, los árboles y los animales a ocupar su lugar en el campo.

Tana que no había abierto la boca durante todo el relato dijo:

-Ha sido precioso Coletas, Menuda aventura la del pueblecito inquieto. Me ha gustado mucho, sobre todo el final. Menos mal que se quitó ese sombrero negro, le sentaba muy mal.

Y riendo se despidieron con un abrazo hasta el siguiente día.

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