Tana era una adolescente curiosa y divertida. Vivía en una pequeña ciudad. Su vida transcurría entre el colegio, el jardín de su casa y la urbanización en la que vivía. En todas las familias vecinas había niños, y los padres siempre los animaban a salir a jugar. A ella no le importaba, pues le gustaba estar en el jardín y se sentía mejor subida a un árbol que sentada en un sillón.

Esa tarde estaba intranquila, como con ganas de ir a algún lugar que no lograba recordar. Después de merendar, salió al jardín y se tumbó en una hamaca debajo de la palmera. Llevaba en la mano unos macarrones de plástico de colores que había estado trenzando.

Con el balanceo de la hamaca, empezó a quedarse dormida. De repente, entre sueños, oyó una voz que parecía venir del árbol.

Saltó para acercarse y, en el tronco, a media altura, vio un agujero por el que alguien la llamaba con una voz dulce que parecía venir de muy lejos, y que la cautivó como los cantos de sirena.

Sin pensarlo, tiró por el agujero el cordón que llevaba en la mano, después se colgó de él y se deslizó despacio contando con los ojos cerrados: «Uno, dos, tres, cuatro…». Al llegar a diez tocó el fondo con los pies y soltó el plástico.

—¿Hay alguien? —gritó.

Nadie contestó. Miró a su alrededor con mucha curiosidad. Había poca luz, las paredes parecían estar hechas de raíces. «Parece un pequeño nido subterráneo», pensó. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, descubrió una puerta pequeña en la pared.


Se apresuró a abrirla. La puerta daba a un estrecho pasillo iluminado por la potente luz que entraba del exterior. Llena de curiosidad, empezó a caminar muy deprisa. Al llegar al final, la luz la cegó y tuvo que arrugar los ojos y ponerse las manos delante, para protegerlos. Entre los dedos veía algo verde que parecía las ramas de un árbol y un poco de cielo. Cuando por fin pudo abrirlos, se encontró en un gran jardín.

―¡Qué sitio tan bonito! —murmuró para sí misma. Se quedó muy quieta mirándolo todo.

En primer lugar, llamó su atención una fuente de piedra, con un caño grueso que no paraba de echar agua. Junto a ella había cuatro árboles y, debajo del más grande, un banco. Del mismo lugar salía una vereda que llevaban al río y al huerto que se veían al final. Vio también a lo lejos un puente que pasaba a la otra orilla del río, donde había una sierra con olivos, otros árboles, matorrales y rocas.

―Hola. ¿Hay alguien? Estoy aquí. —«Qué raro. Creía que habría alguien esperándome», pensó.

De repente, oyó ruido detrás de la fuente. Iba a acercarse cuando una niña asomó su cara sonriente por detrás de ella.

―¡Hola!

―Uuuuh ―dijo Tana dando un brinco―. ¡Menudo susto me has dado!

―Perdona ―dijo la niña saliendo de su escondite―, no quería asustarte.

Tana, aún un poco sobresaltada, miró fijamente a la niña y su sorpresa fue aún mayor. Se parecía mucho a ella de pequeña, e incluso llevaba su mismo peinado, dos coletas rubias y redonditas detrás de las orejas. Se quedó muda sin saber qué decir.

―Sí, soy tú ―dijo la niña viendo la sorpresa en su cara.

―Pero no has crecido ―dijo Tana con los ojos abiertos como platos―. ¿Por qué te has quedado así?

―Me gusta ―contestó la niña encogiéndose de hombros mientras sonreía.

Tana se quedó quieta por un momento mirándola a los ojos y, finalmente, le devolvió la sonrisa.

―¿Para qué me has llamado? ―preguntó.

―Estás creciendo. Quiero recordarte tu otro mundo antes de que te hagas mayor y lo olvides por completo.

―¡Mi otro mundo! ―dijo Tana abriendo los ojos muchísimo otra vez. «Esta niña dice cosas muy raras», pensó―. No sabía que existiera otro mundo.

―Pues existe. Y está dentro de ti.

―¿Dentro de mí, dices?

 ―Sí, todo derecho hacia abajo, contando diez con los ojos cerrados. Ahí es donde vivo yo ―dijo la niña asintiendo con la cabeza y poniendo esa voz cómica que ponen los niños cuando empiezan a impacientarse por preguntas que consideran absurdas.

A Tana le hizo gracia su forma de responder. Parecía tan segura de lo que decía…

―Vives dentro de mí, ja, ja. Todo derecho hacia abajo ―repitió―. No entiendo, pero no importa. Presiento que vamos a pasarlo muy bien juntas.

―Entonces, ¿vendrás a verme?

―Vendré a verte ―dijo Tana―; pero, si vamos a ser amigas, tendré que llamarte de alguna forma.

―No tengo nombre. Si quieres puedes ponerme uno.

―Te llamaré Coletas.

―¡¡Me gusta!! ―dijo Coletas.

Después dieron un paseo por el jardín, durante el cual Coletas le presentó a algunas de las plantas y flores que encontraron a su paso:

―Este es mandarino y tiene unas mandarinas muy dulces…

―Hola, señor mandarino ―dijo Tana.

―Acércate a oler el romero…

―¿Cómo está, señor romero?

―Mira las margaritas, son muy alegres.

―¿Qué tal, señoras margaritas? Mucho gusto.

―El jazmín está contento, tiene muchas flores este año.

―Qué bien huelen sus flores, señor jazmín.

―Este sauce llorón da una sombra muy fresquita.

―Hola ―dijo Tana apartando sus ramas y metiendo la cabeza dentro―. Qué bien se está aquí…

Las plantas respondían a sus palabras con una sonrisa de bienvenida que ella percibía claramente…

Tana se encontraba tumbada en la hamaca cuando oyó a su madre llamarla para cenar. Estaba contenta. Le gustó tanto el encuentro que fue sencillo cumplir su palabra. A partir de entonces, se reúne con su amiga todos los días cerrando los ojos y contando diez hacia abajo.

Coletas huele a flores y sabe muchas cosas de las plantas y de los árboles, cosas de las que no se aprenden en el colegio. No conoce sus nombres en latín, pero las siente dentro de su corazón con solo mirarlas. Ninguna planta puede esconderse de su olfato y a todas sabe verles su dulzura, a pesar de que pinchen, como las zarzas. Aunque su cuerpo es pequeño, su sabiduría es muy muy grande, y le gusta mucho contar y leer historias. A Tana le encanta oírlas. Espero que a ti te gusten tanto como a ella.

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