El encuentro

Tana era una adolescente alegre e inquieta, vivía con su familia en una ciudad de provincias. Su vida transcurría sin más entre el colegio, el enorme jardín de su casa y la calle donde jugaba con sus amigas. En esos años, en todas las familias había muchos niños y siempre los están mandando  fuera a jugar. A ella no le importaba, pues le gusta estar en el jardín y se sentía mejor subida a un árbol que sentada en un sillón.

Esa tarde, estaba intranquila como con ganas de ir a algún lugar que no lograba recordar.

Después de merendar, salió al jardín y se tumbó en una hamaca debajo de la palmera. Llevaba en la mano unos macarrones de plástico de colores que había estado trenzando.

Con el balanceo de la hamaca, empezó a entrarle sueño, cuando, de repente, oyó claramente una voz que la llamaba desde la palmera.

Bajó de un salto para acercarse, y en el tronco cerca del suelo vio un agujero por el que alguien la llamaba con una voz dulce y lejana que la atraía como los cantos de sirena. Sin pensarlo tiró por el agujero el cordón que llevaba en la mano. Después se metió dentro, y abrazada a él con los brazos y las piernas se deslizó hacia abajo por el interior de la palmera despacio contando con los ojos cerrados; “uno, dos, tres, cuatro…”  al llegar a diez tocó fondo con los pies y soltó el plástico. “¿Hay alguien?” preguntó asustada. Nadie contestó. Miró a su alrededor, las paredes curvas estaban cubiertas de raíces. El lugar parecía un pequeño nido subterráneo. Cuando sus ojos se acostumbraron a la poca luz, descubrió una puerta pequeña. Se apresuró a abrirla. Detrás de ella apareció un hermoso jardín. Lo primero que llamó su atención, fue una fuente de piedra con un caño gordo que no paraba de echar agua, caminó hacia ella. Junto a la fuente había dos mandarinos y un banco de piedra. Rodeó la fuente y de detrás, salia una vereda franqueada de árboles con una suave pendiente que llevaban a la vega de un río. En la otra orilla, había sierras con muchos olivares y más arriba rocas, alcornoques, pinos y muchos matorrales. Era un lugar precioso.

―Hola ― dijo mirando a todos lados buscando a alguien que respondiera a la voz que la habia llamado―estoy aquí.

―Hola. ―le respondió una niña que apareció de repente de detrás de la fuente.

Tana se quedó muda, La niña se parecía mucho a ella de pequeña, e incluso llevaba su mismo peinado; dos coletas rubias y redonditas asomando por detrás de sus orejas.

―Sí, soy tú ― dijo la niña viendo su cara de asombro.

―Pero, ¡no has crecido!―dijo Tana. ¿Por qué te has quedado así?

―Me gusta ― le contestó la niña.

― ¿Para qué me has llamado?

―Quiero que no te olvides de mi ni de tu otro mundo.

―¿Mi otro mundo?

―Sí, el que está dentro de ti, donde vivo yo.

Tana la miraba, le parecía tan familiar que no tenía miedo, pero estaba confundida y llena de preguntas, al fin y al cavo decía cosas muy raras.

―¿Podré volver a mi casa? preguntó.

―Esta también es tu casa.

―Ya lo veo, es preciosa, pero…

―Podrás irte cuando quieras. Pero ahora que me conoces, espero que vengas a verme.

―¿Por qué me has llamado?

―Estas creciendo, y como te he dicho, no quiero que te olvides de que sigo aquí.

―Vendré a verte―dijo Tana muy segura―si vamos a ser amigas tendré que llamarte de alguna forma.

―No tengo nombre. Pero si quieres puedes ponerme uno.

―Te llamare Coletas.

Después de un paseo por el jardín, durante el cual Coletas le hablo de muchas plantas y flores  las niñas se despidiéndose hasta otro día.

Tana cumplió su palabra, y a partir de entonces, baja al jardín casi todos los días.

Coletas huele a flores, y sabe muchas cosas de las plantas y de los árboles, cosas de esas que no se aprenden en el colegio. Ella tiene una sensibilidad especial. Escucha y aprende del bosque y ninguna planta puede esconderse de su olfato, a todas sabe verles su dulzura a pesar de que pinchen, como las zarzas. Ella siente una gran emoción cuando descubre una flor nueva, o escucha correr un arroyo, o el vuelo de un pato o una perdiz o un abejorro… Coletas no tiene muchos conocimientos técnicos ni sabe los nombres de las plantas en latín, pero las siente dentro su corazón con solo mirarlas. A Tana le encanta oír sus historias.  Espero que a ti te gusten tanto como a ella.

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