El gran olvido

 

―Hoy es el día de los enamorados, en mi colegio hemos tenido que escribir cartas de amor ―dijo Tana.

―¡Qué bonito!

―Sí, es bonito, pero, ¿qué pasa cuando te pones triste porque quieres a alguien y ese alguien no te quiere a ti?

―Te lo explicare con un cuento. Había una arbolita naranjo ―comenzó Coletas―  que le gustaban mucho que le dieran amor. Su padre, que la quería mucho, le regalo una bolsa mágica llena de amor que nunca se agotaba. Un día, la arbolita, decidió esconderla en un lugar seguro, y la escondió tanto, que se olvidó de ellas. Entonces empezó a pedir amor a todos los arbolitos del huerto.

―¿No se acordaba de donde había puesto su bolsa?

―No, lo había olvidado por completo ―continuo Coletas― por eso pedía a los demás. Un día se fijó en un arbolito que crecía junto a ella y empezaron a hacerse arrumacos con las ramas formando corazones. Eran una pareja muy bonita y le daba muchos amor. “Que feliz me haces” le repetía continuamente la naranja al naranjo. Pero un día, el naranjo, empezó a rozar sus ramas con otra naranjita que pedía menos, pasaban mucho tiempo charlando, hasta que poco a poco la abandono y se fue con ella. La naranja se llenó de tristeza. “Soy muy infeliz” le decía a su padre, un viejo naranjo que vivía a su lado. En naranjo padre que tenía el tronco lleno de corazones atravesados con flechas, se limitaba a abrazarla pues sabía que algún día encontraría su propios amor.

Sus amigos, al enterarse fueron a visitarla y como no querían verla triste, la animaron a salir para distraerse. Entonces, nuestra amiga, hizo un agujero en la tierra y escondió dentro su tristeza, después, se recompuso y empezó a dar largos paseos por el jardín.  Durante uno de ellos, conoció a otro naranjo con el que, aunque con mucho miedo, comenzó una nueva relación. “No quiero que me pase como antes”, pensaba. Poco a poco sus ramas se volvieron a rozar formando nuevos corazones, y otra vez, con el amor que intercambiaban volvieron las mariposas al estómago. “Que feliz me haces” le repetía, “no me abandones nunca, sin tu amor no podría vivir”.

Parecía que todo iba bien, pero, a los pocos meses se rompió la amistad, y otra vez apareció la tristeza.  La naranjita volvió a esconderla en el agujero, y pasado un tiempo siguió buscando.

Así pasaron muchas veces más y cada vez que, por una razón u otra, tenía un desencuentro o un abandono aparecía la tristeza y ella la guardaba en el agujero y seguía buscando fuera el amor de otros incansablemente.

El agujero estaba a punto de rebosar de tristeza, cuando Naranjita encontró a su verdadero naranjo. Esta vez nada podía fallar; era perfecto y la amaba como ninguno. Pero un día, su amigo, se levantó con muy mal color de ramas y en muy poco tiempo murió. Una gran tristeza invadió a la naranja.

―¡La guardo otra vez en el agujero? ―preguntó Tana.

―En el agujero no cabía tanta tristeza, rebosaba por todos lados. La naranjita no tenía ganas de comer, ni de hablar, todo le daba igual; “no me importa lo que suceda”, decía. Sus amigos, preocupados, fueron a visitarla y la animaron a buscar otro arbolito como había hecho siempre, pero la naranjita no podía; estaba inundada de tristeza, solo quería estar con su padre, no le interesaba nada. “No sé qué hacer ” le dijo muy apenada a su padre. Su padre que sabía que había llegado el momento, le dio una pala y le dijo; cava y saca toda la tristeza que has escondido entre tus raíces, y cuando lo tengas todo limpio y ordenado, encontraras un tesoro.

La naranjita se puso a cavar, tenía muchas capas de tristeza, le dolía cada palada de tristeza que sacaba, pero siguió y siguió limpiando su interior, hasta que un buen día, después de mucho cavar y limpiar, se encontró con sus raíces formando un inmenso corazón lleno de amor. Entonces recordó todo. Todo el amor que buscaba fuera estaba allí.   Sintió como la felicidad, subía por el tronco y llegaba hasta la más pequeñita de sus hojas.

Desde ese día nunca más necesitó pedir amor a los demás para ser feliz, Su vida es diferente, ahora que ha descubierto su propio amor, solo sabe dar. Encontró un nuevo amigo con el que es muy feliz y la tristeza nunca más volvió.

 

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