El juego

Tana y Coletas estaban en el jardín a la sombra de un aliso desde donde escuchaban correr el agua de la fuente.  Llevaban un rato en silencio cuando Tana lo interrumpió con una pregunta:

―¿De dónde vienen los pensamientos,  Coletas?

―¿Por qué quieres saberlo?

―Creo que ellos son los culpables de todo, si todos pensáramos lo mismo no habría discusiones ni guerras entre nosotros.

―Tengo un juego muy bonito que quizás pueda ayudarte ―dijo Coletas levantándose―. Espérame.

A los pocos minutos apareció por el camino arrastrando una bolsa más grande que ella, Tana corrió para ayudarla.

―¡Qué juego tan grande!

Entre las dos lo colocaron sobre el banco. Coletas abrió la bolsa y sacó un tapiz verde del que colgaban miles de flores. Lo extendió con mucho cuidado en el suelo, luego sacó cuatro patas de madera articuladas, clavó la primera y le dijo a Tana:

―Sujeta aquí.

Colocó cada una de las esquinas del tapiz encima de una pata y las fue clavando en el suelo mientras Tana miraba. Cuando terminó, el tapiz quedó sujeto en el aire por las patas.

―¿Puedo soltar ya? ―preguntó Tana que estaba deseando colocarse debajo del tapiz para verlo mejor.

―Sí, ya está listo.

―¡Las flores colgando cabeza abajo! Así se pueden oler mejor ―reía Tana tumbada en el suelo―. ¿Ahora qué?

―Aún faltan dos piezas para completar el juego.

Coletas se dirigió al banco y sacó de la bolsa otro tapiz estampado con millones de estrellas. Entre las dos niñas lo extendieron a modo de alfombra en suelo debajo del tapiz de las flores.

―¡El mundo al revés! Las estrellas en el suelo y las flores en el cielo.

―Ayúdame, vamos a sacar la última pieza ―dijo Coletas.

Entre las dos sacaron un enorme tablero de cartón lleno de casillas parecidas a las de la Oca. Pero este tenía muchos caminos, cada uno con un número y todos morían en la casilla central. Lo sujetaron a las patas con cordones entre los dos tapices.

―Explícame ¿qué tiene que ver este juego con mi pregunta? ―dijo Tana.

―Todo.  Éste ―dijo señalando el gran tapiz lleno de flores― es el campo de los pensamientos, cada flor es un pensamiento, cada uno es diferente.

¿Y cómo se juega?

―Espera Tana, aún falta lo más importante: las fichas.

Coletas sacó de la bolsa un saco de tela blanca atada con un cordón y, con mucho cuidado, vació el contenido sobre el banco.

―Que muñecos tan graciosos. Parecen marcianos.

El aspecto de las fichas era un poco extraño.  El motivo por el que a Tana le parecían marcianos, eran las tres antenas de colores que salían de su cabeza. Además de las antenas todos llevaban mochilas a sus espaldas.

―Sí, son unas fichas muy originales no hay ninguna igual.

―Es verdad, cada una tiene las antenas de un tamaño diferente ―decía Tana con dos fichas en las manos, comparándolas y dándoles vueltas para ver todos los detalles―, y tienen un número en la planta del pie.

―Ten cuidado, son muy delicadas y, aunque no lo parezca, tienen mucha tecnología; son los cazadores de flores-pensamientos.

―¡Cazadores de flores!  ¿Entonces, la mochila es para guardar la caza?

―No preguntes tanto, Tana, lo mejor será que leamos las instrucciones.

Coletas abrió el folleto y comenzó a leer en voz alta.

―<<Las fichas y los caminos están numerados y se colocarán en el tablero todas a la vez, cada una en su punto de salida. El número uno en el camino número uno y así sucesivamente>>

―Eso es fácil ―dijo Tana colocando las fichas en el tablero.

―<<Las estrellas del tapiz al comenzar el juego brillaran con toda su potencia.  A lo largo del recorrido, su intensidad indicará el grado de felicidad de las fichas>>

Tana había terminado de colocar cada ficha en su lugar y el tablero estaba muy bonito. La luz que desprendían las estrellas era tan potente que atravesaba el tablero iluminando todo el espacio.

―<<Cuando estén todas las fichas colocadas se pulsará el botón de la casilla central y el juego comenzará>> Coletas dejó las instrucciones y dijo ―:pulsa el botón, Tana.

Al pulsar el botón la casilla central también se iluminó y las fichas comenzaron a moverse por el tablero. Iban cazando con sus antenas flores/pensamientos por todas las casillas a las que su camino las llevaba.

―Te lo dije, Coletas, la mochila es para guardar la caza ―dijo Tana al observar que se las guardaban en la mochila.

Así era, las fichas guardaban todas las flores, las más bonitas y las que mejor olían las ponían arriba y las que no les gustaba su olor las escondían en el fondo de la mochila para no olerlas. A medida que iban avanzando, sus mochilas iban engordando y cada vez pesaban más.

―Coletas, las luces de las estrellas se están apagando, están perdiendo felicidad ―dijo Tana preocupada al rato de estar mirando el juego.

―Es normal, si gastan toda su energía en arrastrar la mochila no les queda para iluminar la estrella.

Las fichas iban llegando exhaustas al final del camino; a la casilla central. Las estrellas que tenían debajo apenan brillaban.

―Sigue leyendo las instrucciones, quiero saber qué pasa ahora.

―<<Todas las fichas llegaran a la casilla central, sin que exista la posibilidad de que ninguna se quede por el camino. Al llegar, caerá sobre ellas la más bonita de todas las flores-pensamiento que les hará darse cuenta, de que el peso de la mochila gasta toda su energía. A partir de ese momento, volverán a hacer el camino hacia atrás soltando en cada casilla las flores que habían cazado.  A medida que vayan soltando flores su estrella se irá iluminando y caminarán más ligeras y alegres.  Podrán recorrer el camino las veces que necesiten hasta que no quede ninguna flor en su mochila y la luz de las estrellas vuelva a brillar como al principio>>

Las fichas iniciaron el camino de vuelta, pero esta vez iban soltando. Algunas flores les costaban mucho soltarlas, porque les gustaba mucho su olor, y otras estaban tan escondidas que tardaban mucho en encontrarlas. Finalmente todas, cada una a su ritmo, las fichas del juego llegaron otra vez a la casilla central sin nada en la mochila. La luz había vuelto a las estrellas.

Tana paro el juego.

―El problema no eran los pensamientos ―dijo.

―No, era la decisión de cargar con ellos en la mochila ―respondió Coletas.

―¿Lo encendemos para que den una vueltecita por el tablero sin mochila?

―Sí.

Volvieron a encender el juego, pero esta vez las fichas no cargaban con las flores de una casilla a otra. Soltaban las flores en la casilla donde las atrapaban y se aseguraban muy bien de no dejarse ninguna por error en la mochila antes de seguir su camino. El tapiz de las estrellas brillaba a toda potencia y las fichas iban cada vez más deprisa, tanto que llegó un momento en el que no se podían apreciar a simple vista, en su lugar se veían rastros de luz que atravesaban el tablero de un lado a otro sin parar.  La luz que era muy intensa. Cuando cayó la última flor, la más luminosa, el juego se desvaneció ante la mirada de las niñas.

―¡Qué bonito¡ ¿Pero,  donde está el juego?

―<<El juego desaparecerá cuando no queden flores-pensamientos por oler- sentir>> ―dijo Coletas cerrando el libro de instrucciones.

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