El niño luciérnaga

Flores en otoño

 

Este era un día soleado de otoño. Tana y Coletas estaban sentadas en un banco viendo caer las hojas de un olmo. De pronto Coletas preguntó.

―¿Qué pensara el árbol cuando se le caen las hojas? ¿Sentirá miedo o vergüenza al quedarse desnudo?

―El olmo no piensa, las plantas y los animales no pueden pensar ―respondió Coletas.

―Es verdad. A mí a veces me gustaría ser un árbol o un animal parar dejar de pensar. Sobre todo, cuando lo que pienso me hace sentir mal, pero no sé cómo hacerlo.

―En uno de mis viajes ―dijo Coletas―, conocí un pequeño país aislado dentro de un volcán apagado, en el que todos aprendieron a dejar de pensar, es una historia muy bonita.

―Quiero oirla Coletas.

Tana se puso cómoda y Coletas empezó su relato.

―Este era un país aislado totalmente del resto del mundo, no tenía contacto con ningún otro ni tampoco conocía la existencia de ellos.

―Entonces creían que estaban solos en la tierra.

―Sí, así era. Los habitantes de este volcán eran verdes, no sé bien por qué, y eran muy inteligentes. Conocían muchas leyes físicas y tenían todos los adelantos que puedas imaginar.

―¿Sabían más que nosotros? ―pregunto Coletas.

―Sí mucho más, ellos estaban más avanzados en todos los terrenos que nosotros. Sus ciudades eran muy bonitas, no tenían atascos y los médicos disponían de máquinas asombrosas para ver lo que pasaba dentro del cuerpo. Vivian muchos años y estaban muy sanos, pero había una cosa que no habían logrado; la paz.

―¿Quieres decir que  a pesar de lo listos que eran también se enfadaban entre ellos como nosotros?

―Así era ―dijo Coletas― Un día ―continúo contando― , nació un niño entre ellos con una rara enfermedad; brillaba mucho, era como si dentro tuviese una bombilla encendida. Lo dejaron en el hospital para estudiarlo.  A las pocas semanas después de muchas pruebas sin ningún resultado, lo mandaron a casa y decidieron observar como evolucionaba la enfermedad con el crecimiento. A los padres les dijeron que era una enfermedad rara y desconocida, a la que bautizaron como el síndrome de la luciérnaga.

Así pasaron los años. Todos se habían acostumbrado a verlo y a nadie le extrañaba su rara enfermedad. El niño luciérnaga se hizo famoso en todo el país. Era muy querido y admirado entre sus vecinos, pero no por su rara enfermedad.

―­¿Por qué se hizo famoso, Coletas?

―Por su Felicidad. Era considerado por muchos como el hombre más feliz del universo. Algunos científicos se fijaron en él y decidieron estudiarlo para ver si esto estaba relacionado con el síndrome de luciérnaga.

“Tenemos que hacerte unas pruebas”, le dijeron. Él accedió con mucho gusto, pues era muy amable y siempre estaba dispuesto a colaborar. Después de varios días de pruebas descubrieron que la única diferencia con el resto, era que en su cerebro había un pequeño error: la conexión neuronal con la que se emiten los juicios y las opiniones estaba desconectada, por lo que el niño luciérnaga carecía de pensamientos acerca de las situaciones y las personas. “No puede hacer juicios”, concluyeron los científicos, “su cerebro no le permite opinar”.

Algunos dijeron que para saber si esa era la causa de su felicidad deberían cortar esa conexión en personas tristes y deprimidas y ver si mejoraban. “Antes de dar ese paso, deberíamos hacer más pruebas”, dijo el más anciano. Todos estuvieron de acuerdo en seguir investigando.

Para ello inventaron unos cascos lectores de pensamientos conectados por ondas a una impresora.  Le pusieron uno al niño luciérnaga y otro a una persona normal para que se imprimiera todo lo que ocurría dentro de sus cabezas.

Nada más salir del hospital con sus cascos, se encontraron con un conocido al que estuvieron saludando. Al despedirse, mientras que el casco del niño luciérnaga no detectaba pensamientos,  el otro estaba echando humo; pensamientos  sobre la persona que habían saludado, su aspecto, la conversación que habían mantenido, su estado de ánimo… no paró hasta que llegó a la cola del supermercado donde habían entrado a comprar y entonces allí cambió los pensamientos por los de esa nueva situación; que si el cajero era torpe, que si la señora que tenía delante era una pesada… esa cabeza no paraba de crear opiniones mientras que la del niño luciérnaga seguía totalmente tranquila y quieta. Al final del día la impresora conectada al casco de la persona normal, se había quedado sin tinta y sin papel mientras que el del niño luciérnaga solo tenía algunos pensamientos prácticos y ninguna opinión.

Hasta los científicos quedaron asombrados de la cantidad de opiniones que se podían emitir en unas horas y decidieron probar con otras personas diferentes por si ese fuera un caso anormal. Después de varias pruebas comprobaron que todos tenían una cantidad alarmante de pensamientos.

Los científicos lo tenían claro que la falta de juicios y opiniones era la causa de la felicidad del niño Luciérnaga.

―¿El síndrome de la luciérnaga era una enfermedad buena?

―Sí, hacia a las personas felices, por eso decidieron pasar a la acción cortando la conexión neuronal a las personas más tristes y deprimidas. La operación fue un éxito y en todos los casos las personas, comenzaban a brillar como el niño luciérnaga.

―Todos pensando que el niño luciérnaga estaba enfermo y los que estaban enfermos eran todos menos él ―dijo Tana.

―Así fue,  nació un niño sano en un país donde todos estaban enfermos y no lo sabían.

“Gracias al síndrome de la luciérnaga hemos descubierto la cura de la tristeza”, dijeron los científicos. Pasaron un tiempo operando a todas las personas tristes y en poco tiempo la ciudad se llenó de personas luciérnagas, y como si de una epidemia se tratara, rápidamente se extendió la nueva forma de vivir por toda la ciudad. Ahora lo raro en el País del volcán era no brillar.

Las niñas se despidieron hasta otro día con un largo abrazo.

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