El olivo Peloche.

 

Coletas y Tana estaban paseando por el bosque, allí las plantas crecían libremente, dejando apenas espacio para pasar entre ellas.

—Quiero que conozcas los matorrales, estas plantas sirven de refugio a los animales que viven en el bosque. Este se llama Lentisco ―explicó Coletas.

―Apártate lento, lentisco que me estas retrasando ―dijo Tana apartando una rama para pasar.

―Este se llama Coscoja.

―Como pincha. Dijo tana al tocar sus hojas. ¡Cómo te coja coscoja!

Coletas explico que era para defenderse de los animales que comen sus hojas como el ciervo o la cabra.

―Pues se defiende muy bien ―dijo Coletas frotándose el dedo

―Este árbol con hojas como agujas, se llama enebro. Cuidado que también pincha―continuo Coletas.

―Este me lo aprendo fácil; enebro la aguja.

Coletas advirtió a Tana otra vez al ver que se acercaba mucho a una jara.

―Ten cuidado no te manches con la jara pringosa.

―¡Como brilla! ¿Para que se pone ese pringue, es para estar más guapa?

―No es para que las demás plantas no crezcan cerca de ellas y así tener mas terreno.

Hablando sobre las plantas y recordando sus nombres caminaron mucho sin darse cuenta.

―Es hora de volver, el bosque se ha cerrado tanto que no podemos continuar ―dijo Coletas.

De vuelta vieron un clarito con un agujero en el centro y decidieron descansar un rato.

Las niñas se sentaron en el borde del agujero

―¿Quién hizo este agujero tan grande? ―preguntó Tana.

―Es el agujero que dejo el acebuche Peloche cuando se fue del bosque ―contestó Coletas.

―¿Por qué se fue? ¿Dónde vive ahora?

―Se marchó al valle, porque decía que el bosque le sentaba mal. Se pasaba el día quejándose; “tanto bicho y tantas plantas raras a mi alrededor me provocan muchos picores”  decía rascándose sin parar, así que un buen día, muy cansado de su situación, recogió todas sus raíces y se fue a un valle, donde había un gran olivar con sus calles bien trazadas, en las que todos estaban en línea y donde se hizo llamar Olivoche.

―¿Se curó?

Al principio todo marchaba bien, en su nuevo hogar había agua abundante y le araban la tierra y no crecían plantas extrañas, como el decía, a su alrededor .  Sus aceitunas se pusieron más gordas y carnosas,  pero pronto aparecieron de nuevo los picores.

―Pobre Peloche ¿Por qué iba al médico?

―Eso le recomendó su vecino, pero él no hizo caso. “Yo sé lo que me pasa, es por el clima, tanta humedad no me conviene” decía. Así que otra vez recogió sus raíces y se marchó huyendo de sus picores a un olivar de Sierra. “Aquí corre aire fresco, seguro que estaré mejor”. Pero como la vez anterior, al poco tiempo de estar instalado los picores volvieron a aparecer.

―!Qué pesados los picores¡―dijo Tana.

―Otra vez sus vecinos le recomendaron que visitara a un experto. Esta vez, Peloche, que ya estaba muy cansado de cargar con sus raíces de un lado a otro, decidió hacerles caso y fue a visitarlo. “Me siento mal, tengo muchos picores” le explicó. El experto, después de mirarlo muy bien, dijo que sabía dónde estaba el problema.

―¡Que alegría! ¿Dónde estaba? Preguntó Tana que escuchaba muy atenta.

―Estaba dentro de él, eran unos bichitos muy pequeño que vivían en su tronco, escondidos bajo su corteza, “puedes irte donde quieras”, dijo el experto,” la causa de tus picores no está fuera, está dentro de ti; viaja contigo a todas partes”. El olivo no quiso creerlo. “Eso no puede ser, estoy muy sano, el problema está fuera”, dijo. El experto le presentó todas las pruebas que confirmaban su diagnóstico. “Es una enfermedad muy común”, le dijo: “conozco muchos casos como el tuyo y tiene fácil solución” y le mando un tratamiento para su interior: solo tienes que mirarlos, ellos quieren que los tengas en cuenta. El olivo, al principio de resistía a creer al médico, pero poco a poco fue observando los bichitos que no paraban de moverse de un lado a otro, y afinando el oído los podía oír quejarse: “no queremos estar aquí, no queremos estar aquí” . Poco a poco a base de observarlos días tras días se tranquilizaron mucho,  hasta que ceso totalmente el ruido y las protestas.  Y así  fue como los picores desaparecieron por completo y Peloche está bien siempre donde esté.

―¿Cómo sabes que está bien? ¿Quién te lo ha contado?

―Lo sé por los pajarillos que lo visitan, dicen que es muy feliz y que es muy amable con todos los que viven junto a él.

―¿Crees que nos visitara algún día Coletas?

―No sé Tana, quizás.

Las niñas continuaron su camino de vuelta charlando sobre Peloche y sus picores y esa misma noche, a las pocas horas, Peloche volvió a ocupar su lugar en el bosque donde todos sus compañeros lo recibieron muy contentos.

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