El tobogán de la tristeza

Tana y Coletas estaban pasando la tarde en los columpios.

―Hoy no tengo muchas ganas de columpiarme ―dijo Tana bajándose de sube y baja.

―Está bien, nos sentaremos en este banco ―respondió coletas.

Una vez sentadas en el banco y después de unos minutos en silencio a Tana se le escapó una lagrima.

―Estoy triste coletas. Nada me sale bien. He vuelto a suspender y mi mejor amiga no me llama los sábados para ir al cine como antes.

Coletas no respondió.

―¿Por qué no me dices nada? ― pregunto Tana que esperaba unas palabras de consuelo o algún consejo.

―No tengo nada que decirte Tana ―respondió Coletas― pero si quieres puedo contarte un cuento.

―Sí, sabes que me encantan.

Coletas mirándola muy fijamente comenzó su relato:

Había una niña, llamada Luz. A esta niña le gustaba mucho sentir sensaciones de esas que te erizan la piel, te ponen los pelos de punta, o te encogen el estómago, te dan vértigo… Por su cumpleaños sus padres la llevaron a un gran parque de atracciones y quedo tan maravillada con lo que había sentido que aquella noche se acostó pensando en que algún día tendría su propio parque.

Luz tenía un hada madrina y  como pronto seria su cumpleaños decidió pedírselo como regalo. .

El hada Madrina le concedió el deseo con la condición de que ella misma lo construyera.

Luz no lo dudo, y se puso rápidamente a trabajar en él pensando y diseñando cada atracción minuciosamente.

Cuando lo tengas listo, le había dicho su Hada yo te hare pequeñita para que puedas entrar y jugar en él.

 Me entregare a mí misma, antes de pasar, un taco de entradas para sentir esas sensaciones tantas veces como yo quiera, le dijo Luz al Hada.

De acuerdo dijo el Hada pero no podrás salir de hasta que no se me acaben todas las papeletas.

Eso es fácil de cumplir dijo Luz.

En Poco tiempo el parque estuvo terminado. En él había muchas atracciones algunas tan, tan altas que se veía el fin. Otras eran oscuras y enrevesadas, pero todas eran totalmente seguras.

Por fin llego el gran día. Luz estaba muy nerviosa, El Hada como prometió después de ver el gran trabajo de la niña,  la hizo pequeñita y Luz entro en el parque con un taco muy gordo de papeletas para subir en todas las atracciones.

―¡Qué suerte! ―Exclamo Tana que escuchaba muy atenta.

―Los primeros días, los paso todo el rato en sus columpios preferido; el sube y baja y el tiovivo. Pero las papeletas de estos se le estaban agotando y debía probarlos todos. De vez en cuando subía por las escaleras de las atracciones más grandes con la intención de tirarse, pero una vez arriba las vistas desde allí le daban mucho miedo y se daba la vuelta.

―Pero, ella dijo no saldría del parque sin gastar todas las papeletas.

―Ese era el problema; si no las gastaba todas no podría salir del parque, y llego un momento que se sintió atrapada en su propia creación y se pasaba todo el día subiendo las escaleras de las atracciones más fuertes y cuando llegaba a la plataforma para lanzarse se bajaba muerta de miedo pues no se atrevía a dar el último paso. Así, iba de una en otra atracción sin atreverse a tirarse de ninguna. El parque de atracciones ya no le parecía tan divertido.

Un día había subido a la plataforma de la atracción que más miedo le daba estaba muy cansada. Cuando pensaba en darse la vuelta, la atracción le hablo; Luz tírate, no me tengas miedo, recuerda que me creaste tú, soy muy segura nada malo te puede pasar, es solo una sensación, no temas, atrévete a sentirla. Luz pensó que se estaba volviendo loca, pero estaba tan cansada de ir de un lado para otro, que sin pensar nada se lanzó con los ojos cerrados. Una vez abajo comprobó que estaba bien, el viaje había sido muy emocionante y no había ningún peligro en tirarse. Desde ese día empezó a usar todas las papeletas y se tiraba una y otra vez a sentir la sensación que cada una de ellas le producía. Otra vez el parque era divertido. Poco a poco el taco de papeletas fue acabándose y las atracciones empezaron a desvanecerse hasta desaparecer y Luz despertó.

―Entonces, ¿todo había sido un sueño?

―Sí, una ilusión ―dijo Coletas y añadió ―¿estas oyendo?

―No, no oigo nada.

―Es el tobogán, dice que es el tobogán de la tristeza, quiere que te lances por él para sentirla.

―No me gusta sentir tristeza ―respondió Tana.

―Pero, es solo una sensación, siéntela, atrévete ―la animo Coletas.

Tana cerró los ojos y se tiró por él tobogán sintiendo su tristeza con todas sus fuerzas.

―¡Funciona! ―dijo al abrir los ojos y comprobar que la tristeza había desaparecido.

Guerra en el río Tana

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