elijo la paz

En un rincón a la orilla del río, rodeada de otras flores y plantas, vivía una pequeña flor con mucho carácter. A esta florecilla siempre le gustaba ser el centro y llevar la razón en todo, y por culpa de su fuerte carácter, se veía envuelta en frecuentes riñas y enfados con el resto de sus compañeras.

-Siempre me están molestando, no me gusta cómo me tratan.

Se quejaba a sus padres y a su abuela, que la aconsejaban cada uno a su manera.

Su Madre la consolaba:

-Eres muy buena, no mereces que te traten así, esas compañeras no te convienen, son malas, no vayas más con ellas. La florecilla le gustaba oír esto y abrazaba a su madre.

Su Padre siempre le decía:

-Tontos y malas personas hay en todos lados, tienes que aprender a ignorarlos, no los necesitas para nada. La florecilla salía muy reconfortada de los brazos de su padre.

-Tú compañera es como es, no tienes que gustarle siempre a todo el mundo, no te enfades con ella, no la juzgues y acepta su comportamiento, no te lo tomes como una ofensa hacia ti, pásalo por alto y mañana no recordareis lo que ha pasado. Le aconsejaba su abuela.

A la florecilla le gustaban más los consejos de sus padres pues, siempre le daban la razón a ella y no quería oír a su abuela, pues a su modo de entender siempre se ponía de parte de sus compañeras, así que dejó de hablar con ella y  decidió seguir los consejos de sus padres.

Pasado un tiempo las cosas no mejoraban y la florecilla que era muy lista, empezó a darse cuenta de que algo no funcionaba, pues ya apenas le quedaban amigos.

“Ese niño es un mal educado, tú no tienes que aguantarlo; eres muy sensible y buena para juntarte con esas niñas tan malas; lo que pasa es que te tienen envidia…”

A la florecilla, que estaba cada vez más sola, ya no le reconfortaba hablar con ellos, sabía que siempre le darían la razón, pero ya no necesitaba tener la razón, ahora prefería tener amigos. Entonces recordó los consejos de su abuela y decidió ponerlos en práctica.

Ahora, cada vez que algo de lo que hacían las demás flores le molestaba, veía las dos opciones: ofenderse, enfadarse y dejar de jugar con ellos, o pasarlo por alto como decía su abuela. Aunque a veces le costaba mucho soltar su razón, siempre acababa haciendo caso a su abuela y elegía la paz,  pues sabía por experiencia que tener la razón no servía de nada. Así poco a poco fue recuperando a todos sus amigos y ahora es feliz en su bonito rincón junto al río.

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