Guerra en el rio

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Tana y coletas estaban regando las plantas del jardín. Coletas les hablaba y les cantaba canciones; decía que así crecían más sanas.

―A ellas les encanta que les hable.

―¿Cómo lo sabes? ―preguntó Tana.

―Porque están contentas ―respondió Coletas.

―Ja, ja, ja, ―rió Tana― nunca he visto a una planta reír ni saltar de alegría, las plantas no se mueven.

―A su manera ríen y se mueven ―dijo Coletas― conozco plantas muy viajeras, tanto, que han llegado a otros continentes.

―Ja, ja, ja ― Tana volvió a reírse al imaginar a las plantas con sus maletas viajando por el mundo.

―Ja, ja, ja― rio Coletas junto a Tana cuando le contó la imagen que le había venido a la cabeza.

―Ellas no llevan maletas―dijo Coletas―conozco una que viajó dentro de una pecera y en ella atravesó todo el mar hasta caer en un rio de otro continente.

―¿Y qué le paso?

―Es una historia muy bonita ―dijo Coletas comenzando su increíble relato:

―Esta planta era acuática y se llamaba Macatelo.

El fruto de Macatelo eran sus hojas verdes y carnosas, que servían como abono y fertilizante para la tierra. Además, entre ellas acogía a muchos insectos pequeños y peces que a su vez servían de alimento a las aves. Sus hojas también depuraban el aire, y las raíces se encargaban de filtrar el agua para que llegase limpia al mar. Su flor azul decoraba el río,  pues era muy bonita y combinaba muy bien con el color amarillo de los lirios.

Cuando Macatelo llego del nuevo continente no conocía a nadie.  Pero como era muy servicial y tenía tantas habilidades, pronto se hizo amigo de muchos bichitos, insectos y aves que vivían en el río. Se encontraba tan a gusto en su nuevo hogar, que crecía y crecía sin parar y se puso muy, muy grande, tan, tan, grande que algunos empezaron a asustarse mucho y por todo el río se oían frases como estas; “ Si sigue creciendo nos va a dejar sin espacio. Hay que terminar con él. Tenemos que echarlo de aquí. Este no es su lugar, nos está molestando. Debe volver a su país aquí hace mucho daño. Va a ocupar todo el espacio, es un peligro.  Acabará haciéndose el dueño del río. No queremos plantas de otros lugares. Este es nuestro río…”

Y así fue como éstos, llenos de miedo e incapaces de ver más allá del espacio que ocupaba Macatelo,  convencieron a los demás para echarlo y comenzaron una guerra contra el pobre Macatelo.  Se armaron con barcos que recorrían el río cortando y arrojando a sus orillas al pobre Macatelo.

” Vaya” ―pensó Macatelo sin sospechar nada― “se ve que hace falta más abono para la tierra” y mientras más hojas le cortaban, más crecía y con más fuerza aun para que no faltase abono. “Deben estar muy contentos conmigo” ,“no quiero que piensen que soy un roñoso”- se decía a el mismo mientras crecía sin parar para reponer todas las hojas que le arrancaban.

Y así estaba la cosa; por falta de entendimiento, mientras más lo cortaban, él más y más se reproducía.

Los que habían empezado la lucha, viendo que no podían acabar con él a pesar del esfuerzo que estaban haciendo empezaron a desesperarse.

Uno de ellos conocía a varias gallinas acuáticas que hablaban muy bien de Macatelo,  y un día decidió hablar con ellas para saber que opinaban de la situación.

Las gallinas de agua, insistían en las bondades de Macatelo y en que no tenía ninguna intención de hacerles daño, y los animaron a hablar con él.  Haciéndoles caso, pues no veían otra salida, una mañana, decidieron armarse de valor e ir  a verlo para convencerlo de que abandonase el río por el bien de todos.

“Debes marcharte” ―le dijeron muertos de miedo y muy serios.

Macatelo, que no entendía nada preguntó: “¿Por qué, acaso no os doy lo suficiente?, puedo producir mucho más”

“No, no queremos más, queremos que te vayas. Ocupas demasiado espacio y molestas a otras especies, no hay sitio para ti” ―respondió el bando de los asustados.

” Si es así me iré” ―dijo Macatelo muy triste empezando a recoger sus raíces.

” Pero, él tiene derecho a vivir en este río, a mí me gusta su compañía” ―dijo una gallina―, “no quiero que se vaya”. “Ni yo, ni yo” ―dijeron otros muchos habitantes del río como los cangrejos, los galápagos, las ranas y las libélulas.

Entonces, se formó una gran algarabía, todos hablaban al mismo tiempo y solo se oía ruido, la gallina tuvo que poner paz para que todos se calmasen y pudieran dar su opinión por turnos. Un agricultor que pasaba por allí se sumó a la reunión y dijo que a él le venían muy bien sus hojas para abonar sus tomates. Así charlando y después de un rato de debate, los que estaban asustados entendieron que había espacio para todos y reconocieron que Macatelo era útil y bueno como cualquier planta, aunque fuese extranjera y llegaron a un acuerdo; al principio del año le dirían a Macatelo cuantas hojas iban a necesitar como fertilizante de los campos, para que no produjese más de las necesarias y llegado el verano las cosecharían. Así fue como dejaron la lucha y desde entonces todos en el río viven felices y comen lombrices.

 

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