La ciudad triste

DSC_0310

La cuidad Triste

Coletas estaba muy ocupada atendiendo a las plantas del huerto. Iba de un lado a otro sin parar:

―Lo estáis haciendo muy bien ―les decía a las matas de tomates que estaban cargadas.

<<Sujétame esta rama a la caña, se me está cayendo con tanto peso>>, le pidió una de ellas. <<Aquí, Coletas, te necesito>>, la llamaba el calabacín. <<Tápame bien el surco para que no se me escape el agua>>.  << Arráncame estas malas yerbas que no me dejan crecer>>, pedía la mata de la berenjena que era de la más elegantes.

―Tened paciencia ―decía Coletas.

<<Te necesito>>, gritaba la mata de pimientos.  <<A la cola, bonito, yo estoy primero>>, dijo el rábano que llevaba un rato esperando y estaba empezando a impacientarse.

―No os preocupéis, os voy a atender a todas.

Coletas se daba toda la prisa que podía. Cuando más desesperada estaba, oyó llegar a Tana corriendo por el camino.

―Sabía que estabas aquí.

―Menos mal que llegas, necesito que me ayudes, hoy las plantas están un poco estresadas.

―¿Qué les pasa? ―Tana echó un vistazo y dijo ―: ¿Dónde están sus flores?

― Ahora las flores son frutos: pepinos, calabacines, tomates…

― ¡Vaya es verdad!

― Puedes ir soltando el agua de la alberca para que beban mientras las atiendo, estos días son muy especiales para ellas, no creas que es fácil transformar las flores en frutos.

―Voy.

Tana salió corriendo hacia la alberca y a mitad de camino se paró para mirar la huerta. Qué bonita está pensó. De repente en su mente apareció un huerto animado. Le pareció que a sus oídos llegaban las voces alegres de los frutos riendo y jugando y las animadas charlas de las matas madres contándose las gracias y habilidades de sus hijos, interrumpidas por sus típicas advertencias: << tened cuidado con el sol, estaros quietos un ratito, no discutáis, colocaros en vuestro sitio…>>. Era tan clara la visión…

― ¿Qué haces Tana?  ¿Por qué no sueltas el agua?

―Perdona, me he distraído ―dijo la niña girando la llave de paso y volviendo a la realidad.

Después, se fue rápidamente al huerto para ponerse a las órdenes de Coletas, que le dio un azadón para que dirigiera el agua por los surcos. Se separaron para hacer su trabajo y no volvieron a cruzar ni una palabra en toda la tarde.

―Ya he terminado, ¿Te falta mucho? –preguntó Coletas.

Al oír esto, Tana que estaba asegurándose de que el agua había llegado a todas las plantas dijo sorprendida mirando el reloj.

―Qué rápido ha pasado el tiempo. Me gusta mucho esta tarea.

―Me alegro, las plantas necesitan a personas que las cuiden y las quieran.  ¿Conoces la historia de la joroba?

―No, pero me gustaría oírla.

Se fueron caminando hacia la alberca y cerraron la llave del agua, luego bebieron y se refrescaron la cara, en el chorro de agua fría y clara que caía a la alberca directamente desde la sierra.  Después, se sentaron en el brocal a descansar. Tana se descalzó y puso los pies debajo del chorro.

― ¡Que fría! ―exclamó, sacándolos rápidamente―. Este es un buen sitio para contarme tu historia.

―Sí, aquí estaremos bien. Hace muchos, muchos años ―empezó a contar Coletas poniendo voz de contar cuentos muy lejanos en el tiempo― los hombres se volvieron tan sofisticados y egocéntricos, que solo les interesaba la belleza de sus propios cuerpos y dejaron de apreciar y agradecer la belleza del resto de la naturaleza.  Este hombre ya no tenía gusto. Se alimentaba de una sustancia negra que extraían del interior de la tierra, y que contenía todo lo necesario para tener un cuerpo bello.

― ¿Una sustancia negra? ¡Qué asco! ¿Se la comían con cuchara? ―preguntó Tana imaginándose un plato sopero rebosando de papilla negra y maloliente.

―No, la transformaban en pastillas negras en grandes naves de hormigón. Ya no era necesario cultivar la tierra ni recolectar los frutos << No necesitamos a la naturaleza para nada>>, decían orgullosos.  Como nadie cuidaba a las plantas de la huerta, se fueron marchando, y detrás de ellas, poco a poco, el resto de las plantas y todos los animales. Cada día desaparecía una especie nueva. Con el tiempo, llegó un día en que la naturaleza desapareció de toda la ciudad y sus alrededores, refugiándose en los lugares donde habitaban los hombres sabios que no las habían sustituido por pastillas.

― ¿Y qué pasó entonces? ―preguntó Tana.

―Al principio todo parecía marchar bien, pero poco a poco, los ríos, al no tener animales ni plantas en sus orillas a los que dar de beber, se hicieron subterráneos. El paisaje se volvió gris, sin color, como las pastillas de las que se alimentaban. Olía a gasolina.  La mayoría de los días, soplaba un viento fuerte y la tierra, como no tenía plantas donde sujetarse, volaba a gran velocidad por el aire azotando a las personas. Acristalaron las ciudades. Era necesario, usar mascarillas y ropa fuerte para salir de ellas, por lo que nadie lo hacía. Los niños jugaban siempre en casa, con máquinas.

-¿No salían nunca a jugar campo?

No, ni se subían a los arboles ni se bañaban en el rio o el mar, pero lo peor era su tristeza. Se volvieron grises como las pastillas de las que se alimentaban. Sus queridos y mimados cuerpos empezaron a encorvarse y apareció una joroba muy fea en sus espaldas. Esto hizo saltar las alarmas.

-Seguro que todos se fueron al médico.

-Por aquellos entonces existía en la ciudad un grupo de sabios que vivían en sus laboratorios e investigaban y daban solución a todos los problemas. Hasta ellos llegaron miles de quejas por las jorobas. Los científicos, salieron de sus laboratorios para ver que estaba ocurriendo. Pasearon por la ciudad haciendo muchas mediciones con unos aparatos muy raros, después salieron por los alrededores y rápidamente comprendieron cuál era el problema. Decidieron fijar una fecha y reunir a todos los habitantes en la gran plaza de la ciudad para comunicárselo. Llegado el día todos estaban expectantes por conocer que era lo que causaba la molesta joroba.

El problema, dijeron muy serios los sabios, es la falta de belleza. Todos quedaron en silencio. No hay plantas ni animales, todo es feo, triste y gris. Necesitamos que vuelvan las plantas y los animales. Sin su belleza y la paz que desprenden, la vida es una pesada carga y eso hace que nuestras espaldas se encorven formando esa horrible joroba. Todos miraron a su alrededor y estuvieron de acuerdo en que a su perfecta ciudad le faltaba belleza.

―Debe ser muy feo un mundo sin plantas ni animales, no quiero ni imaginármelo ―dijo Tana tapándose los ojos― ¿Cómo lo arreglaron?

―Después de esto, todos salieron corriendo a buscar plantas por todos los lugares, donde se habían refugiado. Volvieron a plantarlas, dentro y fuera de la ciudad para que se extendiesen otra vez.  Poco a poco, volvieron los animales, resurgieron los ríos, y todo volvió a ser como en un principio.

―¡Uff menos mal! ― exclamó Tana, alegrándose del feliz final de la historia.

― ¿Merendamos?  ―propuso Coletas―saltando del brocal y cayendo sobre la yerba mullida que crecía en los bordes de la alberca.

― ¿Qué tal unas moras? ―propuso Tana.

Las niñas rieron caminando descalzas hacia el moral.

Un comentario en “La ciudad triste

Deja un comentario

El nombre y el correo electrónico son necesarios. Tu correo electrónico no será publicado.

15 − seis =