La ciudad triste

La cuidad Triste.

Coletas estaba muy ocupada atendiendo a las plantas del huerto. Iba de un lado a otro sin parar:

―Lo estáis haciendo muy bien ―les decía a la mata de tomates, que estaba cargadas, mientras ataba una de sus ramas a la caña.

“Aquí, Coletas”, la llamaba el calabacín. “Tápame bien el surco que tiene un agujero”. “Ponme derecha que me estoy cayendo para un lado”, pedía la mata de la berenjena que era de la más elegantes.

―Tened paciencia ―decía Coletas.

“Te necesito”, gritaba la mata de pimientos. “A la cola, bonito, yo estoy primero”, dijo el rábano que llevaba un rato esperando y estaba empezando a ponerse rojo de impaciencia.

―No os preocupéis, os voy a atender a todas.

Coletas se daba toda la prisa que podía. Cuando más desesperada estaba, oyó llegar a Tana corriendo por el camino.

―Sabía que estabas aquí.

―Menos mal que llegas, necesito que me ayudes, hoy las plantas están un poco estresadas.

―¿Qué les pasa? ―Tana echó un vistazo y dijo ―: ¿Dónde están sus flores?

― Ahora las flores son frutos: pepinos, calabacines, tomates…

― ¡Vaya es verdad! ¡Que pequeñitos son! ―dijo Tana agachándose para verlos.

―Puedes ir soltando el agua de la alberca para que beban mientras las atiendo, estos días son muy especiales para ellas, no creas que es fácil dar fruto.

―Voy. –dijo Tana echando a correr.

Cuando llegó a la alberca, giro la llave de paso rápidamente, y volvió al huerto para ponerse a las órdenes de Coletas, que le dio un azadón para que dirigiera el agua por los surcos. Se separaron para hacer su trabajo y no volvieron a cruzar ni una palabra en toda la tarde.

―Ya he terminado  ―dijo Coletas interrumpiendo el silencio.

Al oír esto, Tana, que estaba asegurándose de que el agua había llegado a todas las plantas dijo sorprendida mirando el reloj.

―Qué rápido ha pasado el tiempo. Me gusta mucho esta tarea.

―Me alegro, las plantas necesitan a personas que las cuiden y las quieran. ¿Conoces la historia de la ciudad triste?

―No, pero me gustaría oírla.

Se fueron caminando hacia la alberca y cerraron la llave de paso, luego bebieron y se refrescaron la cara, en el chorro de agua fría y clara que caía a la alberca directamente desde la sierra. Después, se sentaron en el brocal a descansar. Tana se descalzó y puso los pies debajo del chorro.

― ¡Que fría! ―exclamó, sacándolos rápidamente―. Este es un buen sitio para contarme tu historia.

―Sí, aquí estaremos bien. Hace muchos, muchos años ―empezó a contar Coletas poniendo voz de contar cuentos muy lejanos en el tiempo― los hombres se volvieron tan sofisticados y egocéntricos, que solo les interesaba la belleza de sus propios cuerpos y dejaron de apreciar y agradecer la belleza del resto de la naturaleza. Este hombre ya no tenía gusto. Se alimentaba de una sustancia negra que extraían del interior de la tierra, y que contenía todo lo necesario para tener un cuerpo bello.

― ¿Una sustancia negra? ¡Qué asco! ¿Se la comían con cuchara? ―preguntó Tana imaginándose un plato sopero rebosando de papilla negra y maloliente.

―No, la transformaban en pastillas negras en grandes fábricas de hormigón. Ya no era necesario cultivar la tierra ni recolectar los frutos. “No necesitamos a la naturaleza para nada”, decían orgullosos.

―Esto no puede acabar bien, se está poniendo muy feo ―vaticino Tana.

Y tan feo ―asintió Coletas―. Fue pasando el tiempo y como nadie cuidaba a las plantas de la huerta, se fueron marchando una a una. Las primeras fueron las tomateras y los pimientos y detrás, poco a poco, las berenjenas los repollos y todas las demás. También se unieron a ellas los frutales del huerto con el señor granado a la cabeza El resto de las plantas y matorrales del campo y todos los animales salvajes siguieron el mismo camino. Con el tiempo, llegó un día en que la naturaleza desapareció de toda la ciudad y sus alrededores, refugiándose en los lugares donde habitaban hombres más sabios

― ¿Y qué pasó entonces? ―preguntó Tana.

―Al principio todo parecía marchar bien, pero poco a poco, los ríos, al no tener animales ni plantas en sus orillas a los que dar de beber, se hicieron subterráneos. El paisaje se volvió gris, sin color, como las pastillas de las que se alimentaban. Olía a gasolina. La mayoría de los días, soplaba un viento fuerte y la tierra, como no tenía plantas donde sujetarse, volaba a gran velocidad por el aire azotando a las personas. Acristalaron las ciudades. Era necesario, usar mascarillas y ropa fuerte para salir de ellas, por lo que nadie lo hacía. Los niños jugaban siempre en casa, con máquinas.

-¿No salían nunca a jugar campo?

 No, ni se subían a los arboles ni se bañaban en el rio o el mar, pero lo peor  estaba por venir. Se volvieron pálidos y grises como las pastillas de las que se alimentaban. Sus queridos y mimados cuerpos empezaron a encorvarse y apareció una joroba muy fea en sus espaldas. Esto hizo saltar las alarmas.

―Una joroba ¡¡¡Qué horror¡¡¡ Seguro que todos se fueron al médico corriendo ―interrumpió Tana.

―Por aquellos entonces existía en la ciudad un grupo de sabios que vivían en sus laboratorios e investigaban y daban solución a todos los problemas. Hasta ellos llegaron miles de quejas por las jorobas. Los científicos, salieron de sus laboratorios para ver que estaba ocurriendo. Pasearon por la ciudad haciendo muchas mediciones con unos aparatos muy raros, después salieron por los alrededores y rápidamente comprendieron cuál era el problema. Decidieron fijar una fecha y reunir a todos los habitantes en la gran plaza de la ciudad para comunicárselo. Llegado el día todos estaban expectantes por conocer que era lo que causaba la molesta joroba.

El problema, dijeron muy serios los sabios, es falta de paz y belleza. Todos quedaron en silencio. No hay plantas ni animales, todo es feo, triste y gris. Necesitamos que vuelvan. La vida sin ellos es una pesada carga y eso hace que nuestras espaldas se encorven formando esa horrible joroba. Todos miraron a su alrededor y estuvieron de acuerdo en que a su perfecta ciudad llena de máquinas y ruidos le faltaba la belleza y la paz de la naturaleza.

―Debe ser muy feo un mundo sin plantas ni animales, no quiero ni imaginármelo ―dijo Tana tapándose los ojos― ¿Cómo lo arreglaron?

―Después de esto, todos salieron corriendo a buscar plantas por todos los lugares donde se habían refugiado. Les pidieron que volviesen: “Os necesitamos” les dijeron. Las plantas volvieron y se extendieron por dentro y fuera de la ciudad. Poco a poco, detrás de ellas, fueron llegando los animales, resurgieron los ríos, y todo volvió a ser como en un principio.

―¿Y las jorobas?

―También desaparecieron.

―¡Uff menos mal! ― exclamó Tana, alegrándose del feliz final de la historia.

 ― ¿Merendamos? ―propuso Coletas―saltando del brocal y cayendo sobre la yerba mullida que crecía en los bordes de la alberca.

― ¿Qué tal unas moras? ―propuso Tana.

Las niñas rieron caminando descalzas hacia el moral.

3 Comentarios en “La ciudad triste

  1. Que cierto es!! No nos damos cuenta de lo importante que es el entorno que nos rodea! La naturaleza trae paz y belleza a nuestras vidas, sin ella todo es gris y hormigón, y eso afecta a nuestro estado de ánimo.

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