La montaña mágica

 

La montaña mágica

 

 

—Hola —dijo Tana con la voz un poco apagada.

Coletas la estaba esperando, con sus botas de montaña rojas fosforito, en la puerta del jardín.

—Te estaba esperando, quiero que me acompañes a la montaña mágica ―dijo cogiéndola de la mano.

Por el camino Tana iba en silencio. Parecía preocupada por algo.

―Estas muy pensativa. ¿Te pasa algo? ―preguntó Coletas.

―Estoy enfadada con mi compañera de clase, nunca presta nada y siempre está pidiéndome cosas. Me pone muy nerviosa. No sé qué hacer. El otro día me rompió la goma de borrar…No paro de pensar en ella, no sé qué hacer; no le hago caso, cambio de sitio, hablamos y le digo lo que me molesta; quizás me dé la razón y se disculpe, pero puede que sea mucho peor y se enfade más… estoy hecha un lio.

Coletas no dijo nada, continuaron subiendo en silencio y una vez arriba sentadas en una peña Tana exclamó:

—¡Que buena vista!, y que fresquito corre aquí. Ha sido una buena idea subir.

―Todavía, no has visto lo mejor ―dijo Coletas― este lugar es mágico, desde aquí se puede solucionar cualquier problema, sólo tienes que pensar en él y aparecerá una pantalla con el escenario del problema delante de nosotras para solucionarlo.

Tana la miro con los ojos como platos.

―No puede ser.

―Prueba.

Tana cerro los ojos y pensó su clase, al abrirlos la tenía delante de sus ojos.

―¡Pues es verdad! Siempre me sorprendes.

Delante de las niñas en una gran pantalla estaba la clase de Tana.

―La pantalla no está bien, veo la imagen roja ―dijo Tana.

―La ves roja, por el enfado con tu amiga. Cuando lo arregles se verá con todos sus colores.

―Quiero arreglarlo, pero me tendrás que explicar cómo lo hago.

― ¿Ves ese agujerito en la esquina de abajo de la pantalla?

―¿El de la derecha?

Sí, si lo atraviesas apareces en la clase, puedes entrar a probar todas las opciones que piensas que pueden arreglarlo y quedarte con la que más te guste, así cuando llegues mañana a clase todo estará resuelto.

―¿De verdad?

―Pruébalo.

Tana se animó a hacerlo.

―Empezare por la de hablar con ella y decirle lo que me molesta.

Muy decidida, Tana, se dirigió al agujerito de la esquina de abajo a la derecha desapareciendo por él, mientras Coletas esperaba sentada en la roca. Cuando apareció, aunque por su cara se adivinaba que no muy bien, le preguntó:

―¿Cómo te ha ido?

―Bastante mal, ha sido peor, hemos discutido, no estaba de acuerdo conmigo. Esta opción no me gusta, no lo he pasado bien. Ahora está todo peor, el enfado es más grande, veo todo más rojo que cuando baje

―No pasa nada, ya te expliqué qué puedes borrar y probar con otra de tus opciones. Sólo tienes que darle al botón de restaurar y todo volverá a estar como al principio.

―¿Dónde está ese botón? ―Dijo Tana que se moría de ganas de borrarlo todo.

Coletas se lo indico y todo quedo como estaba cuando abrieron la escena. Tana sintió un gran alivio.

―Ufff menos mal.

―¿Quieres probar otra de tus opciones?

―Sí, tratare de no hablarle, la ignorare. Creo que eso será lo mejor. Quizás si la ignoro, ella venga a preguntarme y hagamos las paces.

Tana volvió a bajar al escenario dispuesta a probar su segunda opción, pero a la vuelta tampoco parecía muy contenta.

―¿Qué pasó?

―Esa no es la solución, por mucho que trato de ignorarla el enfado no se me quita, el problema sigue estando ahí. Además, ahora ella tampoco me habla y todo es muy raro. Voy a borrar otra vez.

―Aún te queda una opción.

―Sí, voy a cambiar de sitio, alejándome de ella se arreglarán las cosas.

Por tercera vez Tana atravesó la imagen, aunque algo cansada y con menos ánimos que las veces anteriores.

―¿Por fin quedó solucionado? ―preguntó Coletas cuando la vio de vuelta.

―No ―dijo Tana sentándose a su lado. Estoy muy cansada de subir y bajar intentando arreglar la pantalla, creo que mi problema no tiene solución.

―¿Qué pasó esta vez?

―Me fui lejos de ella, pero también me aleje mis amigas, me gustaba más mi sitio, las echo de menos, y lo peor es que sigo enfadada. No consigo apagar ese enfado. Cada vez que lo intento se aviva más, es como si con cada intento le echara una carga de leña a la hoguera. Me rindo ―dijo borrando su última opción.

Entonces Coletas dijo:

―Quizás exista otra opción.

―No quiero volver a bajar, cada vez que bajo empeoro las cosas.

―No hace falta bajar. Desde aquí podemos ver muchas cosas.

Coletas saco una caja llena de gafas marrones. En la tapa ponía gafas con historias del pasado. Cada una llevaba una etiqueta con un nombre, cada nombre correspondía a una compañera de clase, también estaba la de la profesora.

―Si miras por estas gafas ―dijo dándole la caja a Tana― veras a tu compañera como la ve su propietaria.

―¿Puedo verla con las de  la profesora?

―¡Claro que puedes!

Tana se puso las gafas de la profesora. La veía como una niña simpática, aunque algo despistada, probo con otra, la de su compañera; la veía como una niña muy animada y charlatana…  así fue probando gafas con cada una tenía una visión diferente de su amiga. Después de probarlas todas Tana dijo:

― Ahora sí que tengo un lio, cada gafa cuenta una historia diferente. ¿Cuál es la verdadera?

―Todas son verdad juntas y ninguna por separado.

―No puedo ponerme todas las gafas juntas ―dijo Tana―. ¿Eso significa que nunca poder ver como es mi amiga de verdad?

Coletas saco unas gafas blancas de una caja azul que ponía en su tapa Gafas del Presente, y dándoselas le dijo que mirara la escena a través de ellas. Tana miró a su amiga con las gafas del presente durante unos minutos y solo vio una niña que pintaba y reía feliz en su pupitre, sin historias.

―¿Todo bien?

―Sí,  ¿Qué tienen estas gafas? ¿Dónde está el enfado?

Tana se quitaba y se ponía las gafas comprobando que el enfado desaparecía cuando miraba a través de ellas

―Di mejor qué no tienen.

―¿Qué no tienen?

―El reflejo del pasado. Las cosas son lo que son, no hay enfado en ellas.  El enfado se lo ponemos cuando miramos con el reflejo del pasado. ¿No te alegras de saberlo? Tú puedes decidir cómo mirarlo tienes dos opciones con el reflejo del pasado o sin él.

―¿Quieres bajar otra vez? Preguntó Coletas.

―Claro, pero no para apagar el fuego, ahora no hay fuego que apagar―dijo tana con las gafas del presente puestas― me gustaría baja a jugar con ella.

Tana bajo, pero esta vez sin intención de arreglar nada, hablo a su amiga como si nada hubiera pasado y jugaron juntas. Al subir estaba muy contenta. Se quitó las gafas. La pantalla ya no estaba roja.

―Todo está solucionado, parece muy sencillo, ¿seguro que funciona siempre? ―dijo.

―Solo lo puedes saber si lo pruebas.

―¿Me puedo llevar las gafas del presente?

―Son para ti, te las regalo, yo las llamo apago enfados, espero que apagues tus enfados con ellas.

Estaba empezando a anochecer, las niñas apagaron la pantalla y bajaron al valle charlando.

―Y si practicas mucho, llegara un día en que no necesite ponerte las gafas para quitar de tu mirada el reflejo del pasado…

Iba explicándole Coletas por el camino.

 

 

 

 

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