la partitura del silencio.

Tana y Coletas aquella tarde se habían sentado en un banco del jardín. De repente Coletas sacó un cuento de su mochila.

-¿Quieres escuchar un cuento? –preguntó.

Tana cogió el libro, su portada estaba cubierta de rosas.

-Que pasta tan bonita, seguro que me va a gustar, empieza ya Coletas –dijo devolviéndole el cuento.

Coletas lo abrió  y aunque el cuento no tenía letras solo paginas llenas de rosas, comenzó su relato como si leyera los bonitos dibujos.

-Había una vez un hermoso jardín, donde crecían rosas de todas las variedades, eran preciosas. El jardín tenía una rosa principal; la directora de orquesta, la encargada de la música que sonaba en el jardín y la responsable de la armonía, que se supone, debe reinar entre las rosas.

 Cuando las rosas eran pequeñas, la directora se dejaba llevar por la música de silencio, que había nacido con ella y ella y todas  bailaban al son. Era bonito verlas bailar con sus torpes movimientos llenos de amor y respeto.

Pero a medida que crecían, la directora empezó a cambiar la partitura original. Al principio solo unos acordes, luego fueron dos, luego tres y así poquito a poquito, sin darse cuenta, inconscientemente, la directora, fue y sustituyendo la partitura del silencio por una de su absoluta invención que sonaba muy mal.

Cuando llevaba un tiempo dirigiendo el jardín, con la nueva partitura, empezó a notar que no le gustaba nada la danza de las rosas. Era un baile violento y descortés con sus compañeros, había muchas luchas por el espacio, se golpeaban entre ellas y se clavaban las espinas.

“No me gusta nada este baile se decía muy triste. Mi jardín es un auténtico caos, no existe la armonía entre las rosas”, se lamentaba sin sospechar de su partitura. Pasaban las semanas y cada día estaba más triste. “¿Por qué bailáis así?” Les preguntaba a las rosas. Un día decidió hablar con ellas una por una y muy seriamente para decirles cómo debían bailar. “Tú no te estires tanto, tú retírate un poco y controla tu tallo, tú no te retuerzas, tú debes tener cuidado con las hojas…” así corregía a todas, pero sus esfuerzos no daban resultado, pues aunque parecía que la obedecían y corregían sus movimientos, como no cambiaba de partitura, en poco tiempo todas volvían al baile violento que les marcaba la partitura. Mientras ella no paraba de ir de un lado a otro corrigiendo a las rosas que estaban fuera,  y dirigiendo su horrible partitura que era la única culpable . La pobre que no entendía que lo que tenía que cambiar estaba dentro de ella  y no fuera,  estaba empezando a enfermar de agotamiento y sus pétalos empezaron a marchitarse y caer.

-Valla lio gordo tiene la directora en su jardín! ¿Cómo lo solucionó?- preguntó Tana.

-Un día, muy cansada y muy triste se rindió, soltó la batuta, y entonces la música dejo de sonar  “¿Qué ha pasado?” Se preguntó. En el jardín reinaba un gran silencio; la música del silencio original. Miró, todo era brillante y bonito en el jardín. Una gran paz inundaba todo. De repente volvió a dirigir con su partitura, y con ella volvió el caos. “¡¡Es mi partitura!!” Se dijo, “¡¡ellas bailan a su son!!. La solución es parar y dejar sonar al silencio.”

-Por fin se dio cuenta, me alegro –dijo Tana.

 -Ella también se puso muy contenta con su descubrimiento. Entonces miro su partitura detenidamente y se preguntó cómo había podido estar tanto tiempo dirigiendo esa música tan horrible, y hasta le entro un poco de risa. Tanto esfuerzo y sufrimiento intentando corregir a todas las rosas del jardín, cuando la solución era tan sencilla.

En los siguientes días, de vez en cuando, por la costumbre le venían acordes de la partitura que había estado dirigiendo los últimos años, pero como la conocía muy bien y estaba muy atenta, enseguida se daba cuenta y paraba. Y así, otra vez poco a poco tal como empezó, pero esta vez conscientemente, la música fue dejándose de oír en el jardín y transformo el baile de todas las rosas y haciendo que la armonía y la paz volvieran a él.

-Todo acabó bien y el jardín está precioso, su directora debe estar muy contenta –dijo Tana. -Ya lo creo, nunca más olvidara su experiencia, y aun se ríe acordándose de esos días de locura que su partitura le hizo pasar.

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