La ranita vergonzosa

La ranita vergonzosa

—¿Qué traes en el bolsillo? —dijo Coletas tocando con la mano la pierna de Tana.

—¿Esto? Es una máquina para jugar —contestó Tana sacando de su bolsillo una maquina con una pantalla pequeña y botones a ambos lados.

—¿Jugar? ¿A qué? —preguntó Coletas.

—Tiene muchos juegos. Lo mejor es verlo. ¿Quieres que juguemos? —dijo Tana.

—Sí. Jugar es lo que más me gusta.

Se sentaron en un banco cerca de la fuente y encendieron la máquina. Después de un rato jugando, Coletas dijo:

―Es divertida esta maquinita. Es muy simpática. Cuando pierdes o te equivocas, no se burla ni regaña, solo dice vuelve a intentarlo, vuelve a intentarlo, vuelve a intentarlo, una y otra vez. Ella sabe que a nadie le gusta que se rían cuando no le sale algo bien.

―A mí tampoco me gusta, también me da vergüenza hacer las cosas mal delante de mis amigas y que se rían de mí ―dijo Tana.

―¡Anda, y a mí!, pero si encima tienes fama de lista como mi amiga la rana es aún peor… Apaga la máquina y ven conmigo te voy a contar su historia.

―¡Una historia! ¡Voy como un cohete! ―exclamó Tana, y rápidamente soltó la máquina para seguir a Coletas.

Las dos se dirigieron a la orilla del río. Coletas se sentó en una piedra a contar su historia.

Hace tiempo, conocí a una ranita muy lista. Eso, al menos, le decía todo el mundo. Tanto se lo dijeron que le daba vergüenza equivocarse. «Siendo tan lista, tengo que hacerlo todo bien a la primera no vaya a ser que los demás me vean equivocarse y se burlen de mí diciendo: «Mira la lista, mira la lista; pues no era tan lista»».

Cuando se hizo mayor tuvo que empezar a cazar y, como todas, las primeras veces fallo. «Huy, huy, huy. ¡Qué vergüenza me da! Esto no me gusta nada. Me buscaré una excusa para no hacerlo. ¡Ya está!», pensó. «Diré que cazar es muy aburrido para mí y no lo haré más».

―Cazar mosquitos parece muy difícil ―dijo Tana.

―Solo al principio. Hay que practicar mucho, pero cuando aprendes es muy fácil. El problema era que su vergüenza a hacerlo mal. Así que, en lugar de hacerlo, les pedía a sus hermanos y a su mamá los insectos.

―Era un poco carota, ¿no crees? ―dijo Tana sentándose junto a ella.

―Sí, todos estaban cansados de alimentarla. Por eso…

La madre rana, antes de que fuera demasiado tarde, decidió no darle más insectos y todos los hermanos estuvieron de acuerdo. La ranita vergonzosa suplicaba mucho, y hasta lloraba, para que se apiadasen de ella y le diesen una mosquita: «Solo una, por favor», decía soltando lagrimones. Pero todos fueron muy firmes. «¿Por qué sois tan malos conmigo? Tengo tanta hambre que me voy a desmayar. Mirad lo flaquita que me estoy quedando». «No seas tan quejica y ponte a cazar», le decían sus hermanos. «Mañana empiezo, de verdad, os lo prometo». «Mañana no, tiene que ser ahora», le decía su madre.

―Da un poco de pena ―dijo Tana.

Coletas asintió en silencio y prosiguió:

A la mamá rana, que era muy lista y la quería mucho, no le daba pena, porque sabía que ella era capaz de cazar como todos sus hermanos. Después de dos días sin comer, por fin, la rana venció su vergüenza y empezó a sacar la lengua para cazar. Se la oía protestar por todo el charco: «¿Ves como no puedo? Todos se me escapan. Estos mosquitos no se dejan». Pero nadie le hacía caso. «Aprenderás», decía la madre rana. «Aprenderás». Pasaron varios días y la ranita tenía tanta hambre que ya no se acordaba de su vergüenza, y practicaba sin parar, hasta que una tarde cuando menos lo esperaba; cazó el primer mosquito.

«¡Lo conseguí!», gritó llena de alegría. «Está muy rico», les dijo a sus hermanos, que corrieron a felicitarla.

Después vinieron el segundo, el tercero y todos los demás. Ahora es feliz, caza como todas las ranas y no necesita que nadie lo haga por ella.

―No hay que tener vergüenza a fallar, para aprender hay que equivocarse muchas veces como la rana, ¿verdad Coletas? ―dijo Tana muy contenta al despedirse esa tarde de su amiga.

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