los dos caminos

Los dos caminos

Tana y Coletas estaban paseando por la sierra. Era verano y a la sombra de los árboles se estaba muy bien.

―Lo que más me gusta de la naturaleza —le iba diciendo Tana a Coletas— es que no necesitan comprar nada para sentirse bien. Por ejemplo, las plantas; ellas lo tienen todo sin trabajar.

―Ellas sí trabajan, todas dan su fruto, Puede ser comida o refugio para los animales, sombra, madera, corcho… Cada una tiene una misión importante para que todo funcione, por muy pequeñitas que sean. Como esta plantita de trébol que da de comer a los ciervos, o esta que alimenta a la mariquita que transporta polen en sus patas; ellas también son necesarias, su trabajo es importante.

―El alcornoque da bellotas para los animales y corcho para los humanos. Tiene dos empleos, será muy rico ―dijo Tana apoyándose en el tronco de un gran alcornoque que crecía en un margen del camino.

―Ja, ja. Aquí no funciona así Tana. Ellos cogen todo lo que necesitan gratis: el agua, el sol, el aire, la tierra… Lo transforman y entregan su fruto a los que lo necesitan sin cobrar nada por ello.

―Pues en mi mundo hay que tener dinero, todo se compra y se vende, y todos, los niños y los mayores, quieren tener mucho éxito y dinero para ser felices.

―Si lo que quieren es ser felices y tener éxito siguiendo el camino del dinero, están en el camino equivocado.

―¿El camino equivocado?

―Sí. Te contaré una historia que pasó hace mucho mucho tiempo. Sentémonos en esta roca —dijo Coletas.

En un lejano país, todos los habitantes tenían lo necesario para vivir, pero sufrían mucho sin saber cuál podía ser el motivo, y esto les hacía perder la Paz.

Todos los habitantes sin excepción buscaban dejar de sufrir y sentirse bien y deseaban lo mismo para sus seres queridos. El día en que dejaban la casa de sus padres para vivir en la suya propia tenían que tomar una decisión muy importante. Ante ellos aparecían dos caminos, el de la mente y el del corazón. El de la mente era largo y tenía muchas cuestas y curvas, pero al final, en lo más alto, había mansiones, fiestas, coches bonitos… El del corazón era una senda llana y tranquila entre árboles y plantas. Al final no se veía nada especial. Este parecía tan soso y aburrido que no lo elegía casi nadie. Los jóvenes elegían el camino de la mente, que era el que le recomendaban sus mayores, ya que estaban convencidos de que la riqueza calmaría su sufrimiento.

Por estos motivos, el camino de la mente estaba muy muy transitado. No todos conseguían llegar al final, muchos se quedaban por las cuestas y no lograban alcanzar la meta. Solo unos cuantos, con mucho esfuerzo, lo conseguían, y todos los admiraban y los veían como triunfadores y personas de éxito, pues no era fácil llegar al final.

Un día, un señor que había llegado al final del camino de la mente y que era un ejemplo que seguir para muchos de los que querían lograrlo, sorprendió a todos reconociendo públicamente su dolor y su infelicidad: «A pesar de haber logrado llegar al final, no soy feliz, sigo sufriendo», confesó a todos. Nadie entendía cómo no podía serlo teniendo tantas cosas. «Pero ¿cómo puedes ser infeliz si lo tienes todo: coches, casas, viajes, joyas…?», le preguntaban. «¡Lo has conseguido!, eres un hombre de éxito, todos te admiramos». Él dijo: «Estoy muy cansado de fingir. En realidad, nada de lo que tengo me calma el sufrimiento, creo que me equivoqué de camino». Y sin decir más, dejó todas sus pertenencias y se dio la vuelta para andar el otro camino.

Cuando empezó a transitar por el camino que había descartado por soso y aburrido, encontró mucho silencio y la compañía de árboles y plantas que le proporcionan alimento, y pájaros y demás animales que le daban compañía y a los que observaba durante horas. Pasaba el tiempo, y cada día se encontraba mejor y más tranquilo, aunque de vez en cuando, sobre todo durante la noche, venía a visitarlo el sufrimiento. Era un malestar del que no lograba averiguar su origen. A pesar de eso, no sentía ganas de volver a su antiguo camino y siempre siguió hacia adelante; hasta que un día, casi sin esperarlo, llegó al final y encontró una misteriosa caja azul.

―Qué emoción ―dijo Tana, a quien gustaban muchos las sorpresas.

Coletas prosiguió con su narración:

El señor abrió con calma la caja. Dentro había un sobre con su nombre completo. Lo abrió y leyó una sola frase que había escrita en una hoja con una letra muy bonita y que decía: «Tu recompensa es el fin del sufrimiento». Al terminar de leer la frase, los zapatos se cambiaron solos de pie sin que él se diera ni cuenta, y sintió un alivio y una paz muy grandes. «¡El problema estaba en mí!», dijo sorprendido. «¡Eran los zapatos!».

―Pero ¿por qué los llevaban al revés? ¿Acaso eran tontos? —preguntó Tana.

―No, no lo eran, pero como siempre se había hecho así; los padres, los abuelos los tatarabuelos…, nadie recordaba que se hubiese hecho de otra forma, no consideraban otra opción. En ese país lo normal era llevar los zapatos del revés. A los niños se los colocaban así desde pequeños sin que se dieran cuenta. Pero volvamos a la historia Tana ―continuó Coletas.

El señor dejó pasar unos días y comprobó que, como prometía la nota, el sufrimiento había desaparecido para siempre. Se puso tan contento que fue corriendo al otro camino para contar a todos su gran descubrimiento. «Estáis equivocados, no es por aquí. El otro camino es el que calma el sufrimiento». Al principio, nadie lo creía y lo tomaban por loco. Solo con el paso del tiempo, se dieron cuenta de que él andaba mucho mejor, que no tropezaba y que todo le salía bien, sin problemas y con menos esfuerzo. Entonces, algunos empezaron a imitarlo y cambiaron de camino. Cuando llegaban al final, en la caja encontraban el sobre con su nombre y se les cambiaban los zapatos de pie. Cada día había más personas en el camino del corazón y menos en el de la mente. Finalmente, todos se convencieron, consiguieron su regalo y acabaron con los zapatos bien puestos. Así fue como acabó en ese país el sufrimiento.

―Era tan fácil y tan sencillo que nadie se lo podía imaginar ―dijo Tana―. Un día fui a un parque de atracciones muy chulo, con unos zapatos chicos y no pude disfrutar nada.

―Eso mismo les pasaba a ellos. Sus zapatos del revés seguían causándoles mucho sufrimiento, a pesar de sus riquezas, pero lo disimulaban porque los demás los veían como triunfadores ―dijo Coletas.

Se estaba haciendo tarde y las niñas se levantaron y continuaron charlando por el camino de vuelta a casa.

―¡Otro cuento con final feliz!―exclamó Tana―. En mi mundo también hay sufrimiento, creo que vamos por el camino de la mente. Quizás, si hiciésemos un cambio dentro de nosotros mismos y pusiésemos delante de la mente el corazón para que él dirija nuestros pasos… Estoy segura de que nos llevaría a la felicidad…

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