los platanitos mimosos

 

Esa tarde de verano Tana y Coletas paseaban por el campo, pasaron cerca de la familia de los plataneros de sombra compuesta por la madre y dos hijos. Los jóvenes tenían muy mal aspecto.

―¿Qué les ha pasado? El año pasado estaban llenos de hojas, ¿están enfermos? ―preguntó Tana.

―Es una historia un poco larga -dijo Coletas

―Quiero oírla -le respondió Tana

Coletas se sentó debajo de las ramas de la madre y Tana hizo lo mismo dispuesta a escucharla atentamente.

― Hace cinco años este platanero― dijo señalando a la madre―tuvo cuatro hijos. Estas dos semillas fueron a caer junto a ella, las otras dos las alejó el viento llevándolas al otro lado del cerro. Aunque no podía verlos, la madre nunca abandonó a sus otros dos hijos, y a través de las raíces tenía contacto con ellos, sabía que estaban bien y les mandaba de vez en cuando regalos y algunas chucherías que éstos agradecían mucho.

―Pero los que crecieron a su lado, siempre fueron más grandes que sus hermanos ¿Qué les pasó este año?

― A los que tenía cerca, la madre todos los días los llenaba de atenciones y mimos, estaba muy pendiente de ellos y les desviaba el agua de los arroyos para que nunca les faltase. Con tanta agua y cuidados crecieron muy fuertes y la madre estaba muy orgullosa; presumía de sus hojas grandes y de sus troncos robustos. En sus adentros, sabía que no debía mimarlos tanto, pero no podía evitar hacerlo; los tenía tan cerca y eran tan bonitos… En los primeros años casi doblaban en tamaño a sus hermanos.

―Sí, el año pasado los del otro lado parecían raquíticos a su lado, sin embargo, ahora están muy bonitos.

―No todo es lo que parece Tana. Por fuera los cercanos a la madre estaban más adelantados, pero debajo de la tierra sus raíces eran pequeñas y superficiales como los ríos de los que su madre les desviaba el agua,  mientras que sus hermanos raquíticos en apariencia, escondía bajo la tierra unas raíces fuertes y grandes que llegaban hasta los ríos subterráneos que nunca se agotan. Así estaban las cosas cuando al cuarto año vino una sequía muy grande que dejo secos los arroyos superficiales.

―Qué mala suerte.

― “Tenemos sed” gritaban los arbolillos, cercanos a la madre, pero esta nada podía hacer, pues los arroyos de donde solía desviar el agua para ellos estaban secos. Los arbolillos entonces empezaron a buscar agua con sus raíces, pero eran muy pequeñas y no encontraron nada cerca. Se pusieron muy nerviosos; “vamos a morir de sed” gritaban asustados. Sus raíces tuvieron que trabajar mucho, y con tanta fuerza para profundizar en la tierra, que sus ramas y hojas quedaron medio secas.  La madre estaba muy preocupada por ellos, pero finalmente, encontraron el agua que necesitan en las profundidades de la tierra y ahora están recuperándose poco a poco del gran esfuerzo que hicieron para encontrarla.

―Menudo susto por poco se mueren de sed ―dijo Tana.

―Sí, pero ahora gracias a la sequía, no necesitan que su madre les desvíe el agua, porque ellos solos han aprendido a conseguirla como sus hermanos que no notaron la sequía y ya no son tan raquíticos.

Es verdad ―dijo Tana poniéndose de pie y mirando hacia ellos― desde aquí se pueden ver sus copas, si siguen así van a alcanzar a sus hermanos.

―Los mimados aún no se han recuperado del esfuerzo por eso tienen tan mal aspecto, pero están muy contentos y satisfechos porque ahora tienen las raíces fuertes y para el año que viene volverán a tener sus hojas verdes y grandes como antes y todos crecerán a la par.

Así terminó la historia y con ella terminó la tarde. Las dos niñas se despidieron con un abrazo hasta el cuento siguiente.

Deja un comentario

El nombre y el correo electrónico son necesarios. Tu correo electrónico no será publicado.

7 − 2 =