Manos de colores

Era una tarde fresquita de junio. Aquel año, el calor se estaba retrasando y las flores estaban especialmente bonitas. Tana bajó al jardín como todas las tardes. Coletas estaba esperándola.

―Quiero enseñarte una flor nueva ―le dijo muy contenta nada más verla.

Las niñas se dirigieron a un rincón del jardín donde vivía una gran mata de margaritas amarillas. Ese año entre ellas había nacido una de color rojo.

—Nació ayer —dijo Coletas mostrándosela orgullosa con los brazos en jarras.

―Es muy bonita, pero…, ¿por qué es diferente a sus compañeras? —dijo Tana acercándose para verla mejor. Me recuerda a un niño de mi clase, él también es muy extraño.

―¿Extraño? —preguntó Coletas abriendo mucho los ojos.

―Sí, se pinta las uñas de colores, y se pone ropa muy rara ―dijo Tana bajito como si estuviera diciendo algo malo.

―¿Eso es extraño? A mí me parece divertido —dijo riendo Coletas.

―Pero no es normal, ningún niño va vestido como él.

Mira las flores —dijo Coletas agachándose para acercarse más a ellas―. Esta ha preferido vestirse de rojo, aunque sus compañeras lleven un vestido amarillo. A cada una le gusta una cosa diferente ―continuó diciendo Coletas―. Por ejemplo, a estas les gusta vestirse solo de blanco; sin embargo, a estas les gusta combinar muchos colores. A esta solo le gusta el rojo, y a esta el azul. Esta otra tiene espinas y crece muy derecha, sin embargo, a esta le gusta enredarse en los árboles y a esta trepar por las paredes y a esta vivir sobre el agua.

―¡¡Es verdad, todas son diferentes!! Las hay con muchos pétalos, y esta solo tiene cuatro…

Las niñas estuvieron viendo las diferencias y pasaron un rato muy divertido.

―Qué bonitas y diferentes son todas —dijo Tana.

―Sí, son muy diferentes, a las flores no les importa, no se fijan en eso. Ellas cuando se miran unas a otras lo hacen desde el corazón

—Aunque… ahora que me acuerdo, un día me contó la mata de margaritas, que no hace mucho tiempo, en un jardín nació una flor muy parlanchina que tenía la costumbre de mirar a sus compañeras con los ojos de la mente.

—¿Quieres conocer su historia? —preguntó Coletas.

—¡Claro que sí! —respondió Tana.

—Según me contaron —empezó Coletas— esa flor estaba a todas horas hablando de los vestidos de las flores y de lo que hacían: «Qué extravagante es la petunia». «Qué mal gusto tiene la begonia, esos colores no combinan». «Mira esa loca, no para de enrollarse en los árboles, eso no está bien». «Una señorita bien educada no trepa por las paredes ni se arrastra por el suelo».

―Parece un poco pesada esa flor ―dijo Tana— no se debe hablar tanto de tus compañeras.

―No solo hablaba de las demás, también hablaba sobre ella misma, su propio vestido; tampoco le gustaba. «Mi vestido es horrible, está pasado de moda ―decía levantando sus pétalos con sus hojasmanos―, este color no destaca nada ―se quejaba mientras miraba su reflejo en las gotas del rocío…». Las otras flores no la entendían, ellas nunca habían conocido una flor así. Cuando opinaba todas las miraban extrañadas sin saber que decir. Ella al sentirse tan incomprendida empezó a encontrarse muy mal.

―Pobre flor ―dijo Tana imaginando la escena—. ¿Qué pasó con ella?

―Según me conto la señora mata de margaritas, un cardo borriquero muy observador que crecía cerca y que sabía mucho, le dijo: «Creo que sé lo que te pasa; esos ojos tan analíticos con los que miras no valen entre las flores. Ellas no entienden tus opiniones y juicios sobre los vestidos ni las formas de vivir. Esa manera de mirar a las demás es muy extraña en una flor. Ellas miran con el corazón. Si quieres sentirte bien entre ellas tienes que empezar a mirarlas así». La flor se quedó muy pensativa, y como era muy lista, hizo algunas pruebas para comprobar que lo que decía el cardo era cierto. Pronto se dio cuenta de que era verdad. Cuando miraba desde el corazón, no salía el ruido de las palabras cargadas de opiniones de su boca y había mucha paz. Entonces se propuso poner todo su esfuerzo en dejar esa costumbre. «Desde hoy estaré muy atenta y voy a mirar siempre a mis compañeras con el corazón ―le dijo al cardo». Algunas veces se le olvidaba y cuando se le escapaban las primeras palabras y veía la cara de asombro de sus compañeras se callaba rápidamente tapándose la boca con sus hojasmanos. «Por poco se me escapa ―se decía». Pronto aprendió y mirar a sus compañeras con el corazón, y ahora es muy feliz entre ellas.

Tana se quedó en silencio por un momento y luego dijo:

—¿Y si mirásemos como las flores?

Y sin esperar respuesta, cerró los ojos y vino a su mente una escena en la que, su compañero y ella eran flores de diferentes colores. Estaban felices en un prado verde, al sol jugando con el viento y charlando con los insectos que se posaban en ellas. El traje de su amigo era diferente Se miraban con el corazón y no había juicios, solo alegría y paz.

Después, las niñas se despidieron y Tana abandonó el jardín con muchas ganas de reencontrarse con su compañero para charlar y jugar con él.

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