No sin mi maestra

No sin mi maestra.

 

Corría el mes de mayo del año 2018 y los niños de la guardería de Cabeza del Buey, un pueblecito de la provincia de Badajoz, estaban muy preocupados. Se rumoreaba por el patio, que para el año siguiente tendrían que abandonar su pequeño colegio, en el que tan bien lo pasaban, para ir al cole grande; también conocidos por todos como el de la puerta gigante. Pero lo peor y lo que más les preocupaba a los niños, era que Ana, su querida maestra no iría con ellos.

―Tenemos que hacer algo ―dijo Andrés a Matías durante el recreo, mientras esperaban turno para tirarse por el tobogán.

―Nos vemos detrás de la casita para hablar, díselo a los demás ―le respondió Matías.

En cinco minutos, todos los niños de la clase estaban reunidos en el punto acordado. La maestra, extrañada de que hubiese tanta tranquilidad en el recreo se acercó a ellos y preguntó.

―¿Qué pasa hoy niños?

―Nada, estamos hablando de nuestras cosas ― contestó Amparo poniendo cara de interesante.

La maestra se retiró sonriendo para que hablasen tranquilos.

―Le podemos escribir una carta diciendo que van a cerrar este cole y que tiene que irse al otro urgentemente ―sugirió Carmen.

―Hay un problema; no sabemos escribir ―dijo Diego.

―Es verdad, eso es un problema gordo ―apuntó Alberto.

Quedaron todos en silencio pensando por unos segundos, y de pronto Jesús dijo:

― ¡Ya lo tengo!, podemos traer ranas de la charca y soltarlas en la clase, seguro que le dan miedo y no querrá quedarse aquí.

A todos les pareció muy buena idea. Como era viernes, decidieron pasar el fin de semana cogiendo ranas en las charcas y arroyos del pueblo, y el lunes llevarlas al colegio para poner en marcha su fantástico plan.

Ranita de San Antonio.

Llegó el lunes y todos nerviosos se hacían señas en la fila, guiñándose los ojos y haciendo gestos con las manos. La mayoría traían una rana en su mochila. Una vez en la clase se pusieron de acuerdo para soltarlas todas a la vez.

―Una rana, una rana. ―gritó Carlota subiéndose a su silla.

―Una rana ―gritó Saúl desde el otro lado de la clase.

―Aquí hay otra ―chilló Sofía.

En un momento, La clase se llenó de ranas saltando por todos los rincones y niños corriendo y gritando.

La maestra, que iba de un lado a otro gritando también y cogiendo ranas no sin dificultad, pues, como todo el mundo sabe, esos bichitos son muy escurridizos, acabo despeinada y con la cara muy roja, pero por fin, consiguió meterlas a todas en un bote.

―¿Pero, qué ha pasado aquí? ¿Quién ha traído todas estas ranas? ―preguntó Ana colocándose el pelo en su sitio.

―Han venido ellas solas ―dijo Sofía muy deprisa.

―Entraron por la ventana ―continuó Alberto señalándola.

―Este cole es muy peligroso ―dijo Diego muy serio poniendo cara de preocupación.

―Es mejor que no vuelvas, deberías venirte con nosotros al cole grande ―dijo Andrés.

―Eso, eso, eso ―gritaron todos a la vez.

―Qué tonterías estáis diciendo. Las ranas son inofensivas. Me gustan mucho. Esta tarde las llevaremos al Arroyo de Buey que es donde tienen que estar, vamos a ordenar la clase entre todos, y después saldremos un ratito al patio―dijo Ana, la maestra.

Los niños no se dieron por vencidos, y en el patio siguieron hablando:

―Tenemos que hacer otra cosa, la maestra es muy valiente, lo de las ranas no ha servido ― habló Darío.

―Pero lo hemos pasado muy bien ―dijo Saúl con cara de malo.

―¿Y si le decimos que hay un fantasma? ―exclamó Zacarías.

―¡Claro! Eso es mejor ―dijo Amparo―seguro que los fantasmas sí le asustan.

Se volvieron a juntar detrás de la casita para decidir cómo hacerlo y en poco rato estaba todo planeado.

Al día siguiente en el momento acordado Zacarías se escondió debajo de la mesa y empezó a hacer ruidos como si fuera un fantasma.

―Uuuuhhh

―¿Señorita ha oído eso? ―preguntó Amparo.

―No he oído nada ―dijo la maestra.

―¡Más fuerte! Zacarías, no se oye ―dijo bajito Amparo agachándose y metiendo la cabeza debajo del pupitre.

―UUUUUHHHH― repitió Zacarías tan alto que retumbó en toda la clase.

―¡¡¡Un fantasma!!! ―gritó Alberto.

Entonces todos empezaron a correr gritando; un fantasma, un fantasma, un fantasma… La maestra los miraba asombrada.

―Todos a vuestras sillas ―ordenó.

Lo niños pararon de correr y se fueron colocando en su sitio poco a poco.

―Señorita esta clase es peligrosa hay un fantasma suelto ―dijo Darío sentándose

―Sí, lo hemos oído todos, da mucho miedo ―dijo Saúl

―Es mejor que no se quede aquí sola ―insistió Darío.

―Tiene que venirse con nosotros al cole grande ―dijo Diego.

―Eso, eso, eso ―dijeron todos gritando a la vez.

La maestra que sospechaba lo que pasaba los tranquilizó, y cambiando de tema les dijo:

―Tengo una buena noticia para vosotros, mañana iremos todos de excursión a un sitio muy bonito y os presentaré a alguien muy especial que estoy segura de que os va a gustar mucho.

―¿Dónde iremos? ―preguntaron.

―Es una sorpresa.

Al día siguiente todos los niños estaban preparados en la fila con sus mochilas muy nerviosos e ilusionados por la sorpresa que les había preparado su maestra.

La maestra los llevó dando un paseo hasta cole grande. Pararon justo delante de la gran puerta gris que tan poco les gustaba. La maestra dio unos golpes en ella. Estaban asustados y se sentían muy pequeños junto a esa puerta tan grande, tan seria y tan aburrida. Al cabo de unos minutos la puerta se abrió y todos pasaron agarrados a las piernas y las manos de su maestra mirando para todos lados. Para su sorpresa, detrás de la gran puerta, la cosa era mejor de lo que ellos imaginaban; había un patio con muchos columpios, y un jardín, lleno de árboles y plantas, para jugar. Los niños rápidamente dejaron el susto a un lado, se subieron a los columpios y empezaron a correr y a jugar por el jardín curioseando cada rincón. Después de un rato jugando la maestra los llamó. Formaron una fila y en orden, entraron en una clase muy bonita con ventanas grandes y muchos juguetes, dentro los estaba esperando una maestra muy simpática que los recibió muy contenta dándoles un abrazo a cada uno y llamándolos por su nombre. Los niños anduvieron por toda la clase mirando y tocándolo todo. Había muchos cuentos y puzles, los sacaron y jugaron en las mesas, en el suelo. Por toda la clase se oían risas y gritos. A la hora de marchar y después de recoger la maestra les dijo:

―Este es el cole grande y esta es vuestra nueva maestra. Aquí vendréis el año que viene.  ¿Qué os parece? ―les preguntó.

―Me gusta este cole ―afirmó Carlota.

―Se está muy bien ―dijo Sofía.

―Es muy divertido ―apuntó Alberto.

Lo niños siguieron opinando mientras salían, y todos estaban muy contentos.  Después de la visita no volvieron a tener miedo al nuevo cole y aunque les daba mucha pena separarse de su maestra, sabían que ella no podía ir con ellos, pues, tenía que quedarse en su sitio para enseñar a los niños más pequeños que llegarían a su clase cuanto ellos se fueran.

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