Nueve reyes desterrados

 

Había un país que estaba dividido en nueve bandos gobernado por nueve reyes. Estos reyes dictaban las normas de conducta a sus súbditos a través de un micrófono implantado en la cabeza de estos al nacer. Entre los reyes tenían un acuerdo para repartirse a los habitantes equitativamente sin que ellos lo supieran.

Cada jefe tenía una doctrina diferente. Como en ese país no estaba bien visto decir a quien servías, todos lo llevaban en secreto, así que estaban todos muy mezclados, y en un mismo bloque de pisos, e incluso en una misma familia, cada vecino o cada miembro podía servir a un rey diferente.

Primero estaba el bando del rey obsesionado con parecer perfecto y justo. Hay que ser justo. Era bastante mandón y quería tenerlo todo controlado. Sus seguidores odiaban la mentira exigían justicia e imponían sus métodos como los mejores.

En segundo lugar estaba el bando de los ayudadores. Ayudar a los demás es nuestra misión en la vida. Aparentan ser útiles y necesarios para los demás. Sus miembros estaban muy orgullosos de ellos mismos y se consideraban los mejores en todos los casos.

En tercer lugar estaba el bando de los triunfadores. Tener éxito, ser admirado por los demás eso era lo único importante para ellos. Sus miembros perseguían el éxito sin importarles las personas y muchos lo conseguían.

En el cuarto lugar estaba el bando de los especiales y únicos. Distinguirse de los demás ser originales no queremos ser borregos era su frase favorita. Les gustaba el arte y entre sus miembros había muchos artistas y extravagantes.

En el quinto grupo estaba el bando de los estudiosos, nunca sabían bastante, lo importante es tener mucha información, muchos conocimientos. Ellos nunca estaban preparados para actuar.

En el sexto era el bando de los obsesionados con la seguridad, hay que estar seguros todas las precauciones son pocas.

En el séptimo bando todos buscaban la diversión, la parte positiva de la vida, la vida no tiene sentido si no te diviertes decían, para ellos era muy importante aparentar que lo estaban pasando bien.

En el octavo grupo estaba el bando de los duros, pensaban que para vivir bien había que infundir respeto, ser fuerte y dominar la situación todo el tiempo. Les gustaba liderar a los grupos y llevarlos a la acción.

Y por último el bando de los tranquilos. Para ellos lo más importante era aparentar tranquilidad y calma, como si nada pasara. Que todos pensaran que ellos estaban bien. Eran especialistas en posponerlo todo para mañana.

Todos los habitantes del país, independientemente del rey al que obedeciesen tenían una vida muy dura; pues hacer el papel de fuerte, único, exitoso, divertido… todo el tiempo no era nada fácil. Pero lo más duro era las relaciones. Entre ellos había mucha división desconfianza y competitividad. Todos defendían la doctrina de su rey queriendo imponerla en cualquier situación y lugar como la mejor, la única y la verdadera. El país estaba lleno de micro frentes donde continuamente se libraban millones de batallas,  algunas aunque pequeñas, muy dolorosas.

Así estaban las cosas en ese curioso país, cuando un día sin saber porque un súbdito del rey cuatro, otro del uno, y otro del siete, muy cansados de tanta lucha decidieron dejar de hacer caso a sus respectivos reyes. Los tres tenían mucho miedo a la libertad pero era tan grande el sufrimiento que les suponía seguir obedeciendo y defendiendo las doctrinas y órdenes de sus reyes que se lanzaron de cabeza a lo desconocido.

Su sorpresa fue que a medida que pasaban los días y más negaban y desobedecían la voz de su rey, ellos estaban mejor y más fuertes y su rey más débil, hasta que finalmente el micrófono de su rey dejo de sonar en sus cabezas y dejo de molestarlos. Al desaparecer el ruido de la voz, ahora en sus cabezas había un silencio que los llenaba de paz. Ellos pensaron que mientras más personan apagaran su voz, más paz habría en el país, así que corrieron a desvelar su descubrimiento a los demás.

Los respectivos reyes de estos individuos, al observar que habían sido desobedecidos y desterrados, y viendo sus intenciones, convocaron una reunión urgente de los nueve. Estaban muy preocupados, pues si los demás seguían el ejemplo, y anulaban sus micrófonos, sus reinados estaban en serio peligro. Opinaron que era como un cáncer y que había que luchar y exterminar a las células cancerígenas si no querían acabar siendo expulsados del país para siempre.

Intentaron combatirlos por todos los medios, se volvieron mucho más agresivos e hicieron campañas muy fuertes en contra de los desertores;  los metieron en la cárcel, los tacharon de locos, e incluso asesinaron a algunos de ellos, pero de nada sirvió. Los desertores fueron contagiando a los que tenían más cerca y estos a otros, hasta que finalmente se contagió el país entero. Entre los habitantes ahora, se hablaban sin miedo de sus reyes, y  era voz populi que para desactivar su voz y librarse de ellos, solo tenían que dejar de darle energía desobedeciéndola e ignorándola cuantas más veces mejor.

Ahora todo es diferente, todos son libres no tienen que soportar la pesada carga que les imponía sus reyes y no hay desconfianza ni competición entre ellos, sino todo lo contrario. Ahora,  el país era más próspero y todos se sienten satisfechos y viven felices. Ahora todo es paz.

 

 


 

 

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