Respinsar

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Recuerdo muy bien el día que aprendí a “respinsar”, me enseñó Coletas. Ella sabe muy bien lo que necesito en cada momento.

Aquella tarde llegué al jardín un poco nerviosa. Pronto me darían las notas de verano y no podía dejar de pensar en ello. Tenía muchas dudas sobre el examen de matemáticas que había hecho esa misma tarde. Eché un vistazo rápido buscando a Coletas, y, al no verla esperándome como de costumbre, la llamé poniendo las manos en la boca a modo de altavoz:

―¿Dónde estás, Coletas?

―Estoy aquí, Tana —me respondió muy tranquila desde su hamaca de rayas amarillas.

―¿Estabas dormida? Perdona si te he despertado —me disculpé.

―No me has despertado —me dijo―. Estaba “respinsando”.

―¿”Respinsando”? ¿Qué es eso?

―Juntar a Men con Res.

―Qué cosas tan raras dices; hazme un sitio —le dije acomodándome en la hamaca junto a ella―. Cuéntame, ¿qué es eso de juntar a Res con Men? No veo a nadie por aquí. ¿Quiénes son? ¿Las conozco? ―la interrogué dispuesta a averiguar qué era lo que quería contarme con esa nueva palabreja.

—Claro que las conoces, Tana —me dijo sonriendo―. ¿Jugamos a ver si lo adivinas?

― Sí. Dame pistas ―le respondí.

―Res es muy calladita, no hace ruido y trabaja en silencio hasta por la noche —explicó Coletas —. Men es muy activa; es como un torbellino, solo descansa cuando dormimos.  Ayuda mucho con las matemáticas, y con otras cosas. También distrae, hace llorar y reír…

―¿Y dices que las conozco? ―le pregunté extrañada.

―Sí; las conoces muy bien.

―¿Viven cerca de mi casa?

―Viven en tu casa, están siempre contigo.

―¿Son bichillos? ¿Como mosquitos, arañas o grillos? ―aventuré.

―Frío, frío.

―¿Cuántos años tienen?

―Los mismos que tú ―me dijo―, nacisteis el mismo día.

―¿Las veo todos los días?

―Son invisibles —me dijo muy misteriosa.

“¿Invisibles? Esto es demasiado”, pensé.

―Me rindo, Coletas. ¡¡Dímelo ya!! —dije poniendo las manos en alto—. Es tan misterioso que creo que no lo averiguaré en toda la tarde.

―Te lo diré; porque esta tarde te noto un poco despistada ―me dijo―.  Res, es la respiración y Men es la mente, esa que siempre está en el cuarto de los pensamientos atendiéndolos y escuchándolos. Respinsar, como la misma palabra dice, es llevar la mente a la respiración.

―Eso parece muy aburrido ―dije un poco desilusionada―. ¿Para qué sirve?

―Sirve para hacer descansar a Men. Atender pensamientos todo el día es muy trabajoso, sobre todos porque algunos son muy pesados y no sirven para nada.

―¿Y eso cómo se hace? —pregunté un poco harta de los pensamientos del examen de matemáticas.

―Al principio cuesta y parece aburrido, muchas veces Men vuelve al cuarto de los pensamientos porque no está acostumbrada a tanto silencio ―explicó Coletas―. Pero cuando se conocen, se escapa ella sola. A las dos les gusta estar juntas. Men se tranquiliza y descansa de tanta actividad.  Y Res se pone contenta, al fin y al cabo, a todos nos gusta que nos presten atención de vez en cuando.

Me animé a probarlo, total, estar pensando en que iba a suspender matemáticas tampoco era divertido.

Cerré los ojos, la mente estaba atendiendo pensamientos que no paraban de surgir “Seguro que suspendes”, “Tendrás que estudiar este verano”, “Creo que me equivoqué en el ejercicio segundo” …

Entonces, como me había explicado Coletas, saqué a la mente de la sala de los pensamientos de mi cabeza; cerré la puerta despacito y la llevé a mi respiración, donde no había charlas.

Sentí cómo entraba el aire fresquito de la tarde por mi nariz, cómo hinchaba mi barriga y mi pecho y cómo salía por la boca más caliente. Me fijé por lo menos cuatro veces y me sentí muy bien.

“Esto funciona”, pensé. Luego me concentré en relajar mis pies, sentí un hormigueo que subía por mis piernas y relajé también las manos.

No sé cuánto tiempo había pasado cuando Coletas me dijo bajito:

―Tana, ¿jugamos a algo?

Me olvidé por el resto de la tarde de la nota de matemáticas, que resultó ser bastante buena, y la pase jugando con Coletas a veo, veo, adivinanzas, subiendo a los arboles a por fruta… Ahora, muchas veces me sorprendo respinsando; en la parada del autobús, cuando camino, cuando me visto, o cuando espero a alguna amiga tardona. Como siempre, Coletas sabía lo que decía; no es nada aburrido eso de respinsar.

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