tres maneras de mirar

 

 

¿Si todos somos hermanos, por qué no nos llevamos bien y nos queremos?
Siempre estamos discutiendo y veo muchas guerras y muertes en la televisión.

-Para llevarte bien con tus hermanos tienes que mirarlos de una forma
determinada.

-¿Cómo? Dímelo Coletas, que yo quiero llevarme bien con todos.

-Cuentan que los árboles al principio de los tiempos tenían ese mismo
problema; sus frutos no se querían y por eso aunque nacían cada año, por
distintos motivos, nunca llegaban a dar cosechas buenas, dulces y comestibles como las que dan ahora. 

-¿Y cómo lo solucionaron?

-Te contare la historia:

 

En el primer árbol, los frutos estaban divididos en dioses
y siervos. Los de la copa eran los dioses y el resto sus
siervos.  

Los dioses eran muy pocos y todo lo bueno era para ellos. A los no dioses
los consideraban sus esclavos. Los hacían trabajar a base de latigazos, los
cazaban para sacrificarlos, e incluso se los comían.

Creían que los hijos de los dioses, que nacían en la copa, volverían a ser
dioses y los de los esclavos, esclavos por toda la eternidad. Los de las ramas
bajas no se revelaban pues, aunque eran más numerosos y estaban cansados del trato que recibían, ellos mismos se creían inferiores ante los dioses que los deslumbraban, desde su posición superior  llenos de riquezas y conocimientos que no compartían con ellos.

Sus frutos eran tan pequeños y ácidos que no podían comerse y finalmente se secó.

 

En el segundo árbol, Se miraban todos como hermanos. Creian que 
todos eran hijos de un mismo Padre que no estaba en el árbol, estaba fuera, en el cielo y desde allí todo lo veía.

El padre Dios dictó unas normas y se las entrego escritas en una tabla a los
frutos de la copa encargándoles, a ellos de que fueran
cumplidas por todos los frutos del árbol.

En las normas decian que tenian que amarse como hermanos y no hacerse daño unos a otros.

Los de la copa que eran los únicos
que supuestamente hablaban con el Padre, dijeron que este los juzgaría el día de su muerte, y  amenazaban con el infierno, que era un lugar lleno de llamas, a los que no cumplieran dichas normas durante su vida. 

A pesar de la vigilancia, las amenazas y los castigos, los frutos del segundo árbol seguían siendo malos, pues tenian miedo y desconfiaban unos de otros.

En el árbol no paraban de surgir
conflictos entre los hermanos frutos y entre ramas con puntos de vista diferentes que aseguraban que Dios estaba de su parte.
La copa no podía poner orden, los frutos del arbol estaban descontrolados y divididos por sus opiniones. Todos creian tener la razon, el árbol era un caos en el que se amontonaban las guerras y miles de conflictos entre hermanos.

-Lo de ser todos hermanos parecía mejor idea que la primera –dijo Tana.

-Sí, pero tampoco funcionaba,  los frutos de este árbol eran tan
amargos que no podían comerse.

-En el tercer árbol  creían que todos eran pedacitos de el mismo Dios aprendiendo a amarse estando separados y que para aprender tendrían todas las vidas necesarias, no solo una como los del segundo árbol,  además, nadie vendría a juzgarlos al final, pues todos eran uno solo manifestandose de infinitas maneras y si cometían faltas en una vida lo podían arreglar en la siguiente.

-¿Y cómo eran sus frutos?

Los frutos de este árbol nunca maduraban, no tenían prisa por aprender a
amar y a tratar a su compañero como si fuera el mismo y siempre lo dejaban para la siguiente cosecha. Año tras año caían del árbol sin madurar pensando que madurarían en la siguiente.

-¿Y cómo llegaron los arboles a dar buen fruto?

-Injertaron una rama del segundo árbol en el tercero y una rama del tercero
en el segundo.

-¿para qué?

-Para que se mezclasen a ver si por fin aprendían entre los dos.

-¿Y dio resultado?

-Por suerte funciono, aprendieron unos de otros y por fin dan buenas
cosechas.

Los del segundo árbol dejaron de juzgarse y tener miedo unos de otros pues
comprendieron que todos eran el mismo Dios y al juzgarse se juzgaban ellos
mismos,  y los del tercer árbol decidieron que ya era el momento de
madurar y que no tenían que seguir dejándolo para la siguiente cosecha, 
pues existía el perdón, y podían arrepentirse de sus faltas para sanarlas en el mismo momento sin tener que vivir otra vida para corregirlas.

Ahora todos los árboles dan  fruto dulce y sabroso.

-Tendremos que fijarnos en los árboles para aprender –dijo Tana.

-Sí, ellos tienen mucho que contarnos –respondió Coletas sonriendo.

Las niñas se despidieron con un abrazo.

Deja una respuesta

El nombre y el correo electrónico son necesarios. Tu correo electrónico no será publicado.

diecinueve + diecisiete =