Sancho y su abuelo cortan el césped.
Todo empezó un caluroso día de verano.
Sancho y su abuelo estaban en el jardín pasando la tarde cuando el abuelo dijo:
—El césped está muy alto, necesita un corte.
—Vamos a cortarlo, abuelo —dijo Sancho rápidamente—. Traeré la máquina.
Sancho y su abuelo fueron a buscar la máquina cortadora, que estaba guardada en el garaje, y Sancho empezó a estirar el cable blanco que estaba enrollado para enchufarla.
—Tranquilo, tranquilo —le dijo el abuelo—. Hay que hacerlo despacito y con cuidado para que no se hagan nudos.
Una vez que el cable estuvo bien estirado, Sancho corrió al enchufe y, con la ayuda de un taburete, conectó la máquina.
—¿Por dónde empezamos, abuelo?
—Empezaremos por esta esquina e iremos haciendo líneas rectas.
Sancho cogió la máquina mientras su abuelo vigilaba que todo estuviera correcto. Las líneas estaban saliendo muy rectas; Sancho no se torcía y estaba muy atento. De repente, se paró en seco.
—Abuelo, creo que algo se ha movido delante de la máquina.
Sancho soltó la máquina y se agachó a mirar entre la hierba.
—¡Aquí está! Abuelo, era una tortuga. La he visto de reojo. Hay que quitarla de aquí rápidamente.
La tortuga, que estaba pasando la tarde fresquita en el césped, al oír la máquina acercarse empezó a correr todo lo que sus patitas le permitían. Sancho, que estaba muy atento, la vio salir corriendo entre la hierba. La cogió con las dos manos y, después de tranquilizarla, la puso debajo del ficus.
—Quédate aquí mientras cortamos el césped. La máquina puede hacerte daño.
Después de este pequeño incidente y una vez que hubo puesto a la tortuga a salvo, Sancho continuó con su tarea. Cuando llevaban la mitad del césped recortado, la máquina empezó a fallar.
—Pof, pof, pof…
—¿Qué pasa? Algo no funciona, abuelo.
Sancho se detuvo y el abuelo le dio la vuelta a la máquina para inspeccionar el mecanismo.
—Ve a buscar la caja de herramientas que está en el garaje, Sancho —dijo el abuelo.
Sancho corrió a buscarla, pero como pesaba mucho y no podía con ella, tuvo que llamar al abuelo.
—Abuelo, necesito ayuda para subir las escaleras, pesa mucho.
La caja estaba llena de llaves, tornillos, martillos, alicates y destornilladores, además de muchas herramientas muy pesadas. Entre los dos subieron la caja y la abrieron cerca de la máquina cortadora.
—Creo que ya sé lo que es, Sancho —dijo el abuelo—. Es esta pequeña tuerca que está un poco floja. Necesito una llave inglesa.
Sancho buscó entre todas las herramientas hasta dar con la llave inglesa.
—Toma, abuelo, aquí la tienes —dijo acercándosela.
El abuelo le dijo que fuera Sancho quien apretara la tuerca, mientras él sujetaba bien la máquina para que no se moviera. Así, entre los dos, hicieron el trabajo.
—Ahora hay que volver a poner en marcha la máquina y comprobar si ese era el problema.
El abuelo le dio la vuelta a la máquina para probarla y, antes de darle al botón de encendido, los dos cruzaron los dedos.
—Rummmm, rummmm…
—¡Funciona!
Gritaron los dos a la vez, muy contentos. El abuelo y el nieto siguieron con su trabajo hasta que por fin acabaron con toda la superficie.
—Ha quedado muy bonito, abuelo —dijo Sancho, mirando la pradera con los brazos en jarras—. Ya hemos terminado. ¡Vamos a merendar!
—No, aún no hemos terminado, Sancho —respondió el abuelo—. Falta una cosa muy importante: hay que recoger el cable y dejar la máquina guardada y preparada para la próxima vez que la necesitemos. Hasta que no quede todo recogido, no estará finalizada la tarea.
Sancho fue corriendo a desenchufar la máquina y empezó a enrollar el cable, que era muy largo y de color blanco. Cuando lo tuvo bien enrollado, lo colocó sobre la máquina. Después limpiaron bien la parte inferior para quitar los restos de hierba y, ayudado por su abuelo, llevaron la máquina de vuelta al garaje y la cubrieron con un trapo para que descansara hasta la próxima vez.
—Ahora sí. ¡Vamos a merendar!
Y abuelo y nieto se fueron cogidos de la mano a la cocina para prepararse una merecida merienda.