El tobogán de la tristeza

Tana y Coletas estaban pasando la tarde en los columpios.

―Hoy no tengo muchas ganas de columpiarme ―dijo Tana bajándose de sube y baja.

―Está bien, nos sentaremos en este banco ―respondió coletas.

Una vez sentadas en el banco y después de unos minutos en silencio a Tana se le escapó una lagrima.

―Estoy triste coletas. Nada me sale bien. He vuelto a suspender y mi mejor amiga no me llama los sábados para ir al cine como antes.

Coletas no respondió.

―¿Por qué no me dices nada? ― pregunto Tana que esperaba unas palabras de consuelo o algún consejo.

―No tengo nada que decirte Tana ―respondió Coletas― pero si quieres puedo contarte un cuento.

―Sí, sabes que me encantan.

Coletas mirándola muy fijamente comenzó su relato:

Había una niña, llamada Luz. A esta niña le gustaba mucho sentir sensaciones de esas que te erizan la piel, te ponen los pelos de punta, o te encogen el estómago, te dan vértigo… Por su cumpleaños sus padres la llevaron a un gran parque de atracciones y quedo tan maravillada con lo que había sentido, que se lo ocurrió la gran idea de crear su propio parque de atracciones para sentir todas las sensaciones una y otra vez. Le pareció tan buena idea que le entraron muchas ganas de empezar y se puso rápidamente a trabajar en él pensando y diseñando cada atracción minuciosamente para que fuesen muy seguras.

Cuando lo tenga listo, se decía así misma mientras lo construía, me entregare a mí misma, antes de pasar, un taco de entradas para sentir esas sensaciones tantas veces como yo quiera y no saldré del parque hasta que no se me acaben todas las papeletas…

En Poco tiempo el parque estuvo terminado. En él había muchas atracciones algunas tan, tan altas que se veía el fin. Otras eran oscuras y enrevesadas, pero todas estaban perfectamente construidas con todos los detalles imaginables y eran totalmente seguras.

Por fin llego el gran día señalado en el que estrenaría su parque. Luz estaba muy nerviosa recogió de la taquilla de entrada un taco muy gordo de papeletas para subir en todas las atracciones.

―¡Qué suerte! ―Exclamo Tana que escuchaba muy atenta.

―Los primeros días, los paso todo el rato en sus columpios preferido; el sube y baja y el tiovivo. Pero las papeletas de estos se le estaban agotando y debía probarlos todos. De vez en cuando subía por las escaleras de las atracciones más grandes con la intención de tirarse, pero una vez arriba las vistas desde allí le daban mucho miedo y se daba la vuelta.

―Pero, ella dijo no saldría del parque sin gastar todas las papeletas.

―Ese era el problema; si no las gastaba todas no podría salir del parque, y llego un momento que se sintió atrapada en su propia creación y se pasaba todo el día subiendo las escaleras de las atracciones más fuertes y cuando llegaba a la plataforma para lanzarse se bajaba muerta de miedo pues no se atrevía a dar el último paso. Así, iba de una en otra atracción sin atreverse a tirarse de ninguna. El parque de atracciones ya no le parecía tan divertido.

 

Un día había subido a la plataforma de la atracción que más miedo le daba estaba muy cansada. Cuando pensaba en darse la vuelta, la atracción le hablo; Luz tírate, no me tengas miedo, recuerda que me creaste tú, soy muy segura nada malo te puede pasar, es solo una sensación, no temas, atrévete a sentirla. Luz pensó que se estaba volviendo loca, pero estaba tan cansada de ir de un lado para otro, que sin pensar nada se lanzó con los ojos cerrados. Una vez abajo comprobó que estaba bien, el viaje había sido muy emocionante y no había ningún peligro en tirarse. Desde ese día empezó a usar todas las papeletas y se tiraba una y otra vez a sentir la sensación que cada una de ellas le producía. Otra vez el parque era divertido. Poco a poco el taco de papeletas fue acabándose y las atracciones empezaron a desvanecerse hasta desaparecer y Luz despertó.

―Entonces, ¿todo había sido un sueño?

―Sí, una ilusión ―dijo Coletas y añadió ―¿estas oyendo?

―No, no oigo nada.

―Es el tobogán, dice que es el tobogán de la tristeza, quiere que te lances por él para sentirla.

―No me gusta sentir tristeza ―respondió Tana.

―Pero, es solo una sensación, siéntela, atrévete ―la animo Coletas.

Tana se levantó y fue al tobogán, sin pensarlo subió y se tiró por él, al llegar abajo la tristeza no estaba.

―¡Funciona! ―dijo contenta despidiéndose de su amiga Coletas con un abrazo.

Guerra en el rio

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Tana y coletas estaban regando las plantas del jardín. Coletas les hablaba y les cantaba canciones; decía que así crecían más sanas.

―A ellas les encanta que les hable.

―¿Cómo lo sabes? ―preguntó Tana.

―Porque están contentas ―respondió Coletas.

―Ja, ja, ja, ―rió Tana― nunca he visto a una planta reír ni saltar de alegría, las plantas no se mueven.

―A su manera ríen y se mueven ―dijo Coletas― conozco plantas muy viajeras, tanto, que han llegado a otros continentes.

―Ja, ja, ja ― Tana volvió a reírse al imaginar a las plantas con sus maletas viajando por el mundo.

―Ja, ja, ja― rio Coletas junto a Tana cuando le contó la imagen que le había venido a la cabeza.

―Ellas no llevan maletas―dijo Coletas―conozco una que viajó dentro de una pecera y en ella atravesó todo el mar hasta caer en un rio de otro continente.

―¿Y qué le paso?

―Es una historia muy bonita ―dijo Coletas comenzando su increíble relato:

―Esta planta era acuática y se llamaba Macatelo.

El fruto de Macatelo eran sus hojas verdes y carnosas, que servían como abono y fertilizante para la tierra. Además, entre ellas acogía a muchos insectos pequeños y peces que a su vez servían de alimento a las aves. Sus hojas también depuraban el aire, y las raíces se encargaban de filtrar el agua para que llegase limpia al mar. Su flor azul decoraba el río,  pues era muy bonita y combinaba muy bien con el color amarillo de los lirios.

Cuando Macatelo llego del nuevo continente no conocía a nadie.  Pero como era muy servicial y tenía tantas habilidades, pronto se hizo amigo de muchos bichitos, insectos y aves que vivían en el río. Se encontraba tan a gusto en su nuevo hogar, que crecía y crecía sin parar y se puso muy, muy grande, tan, tan, grande que algunos empezaron a asustarse mucho y por todo el río se oían frases como estas; “ Si sigue creciendo nos va a dejar sin espacio. Hay que terminar con él. Tenemos que echarlo de aquí. Este no es su lugar, nos está molestando. Debe volver a su país aquí hace mucho daño. Va a ocupar todo el espacio, es un peligro.  Acabará haciéndose el dueño del río. No queremos plantas de otros lugares. Este es nuestro río…”

Y así fue como éstos, llenos de miedo e incapaces de ver más allá del espacio que ocupaba Macatelo,  convencieron a los demás para echarlo y comenzaron una guerra contra el pobre Macatelo.  Se armaron con barcos que recorrían el río cortando y arrojando a sus orillas al pobre Macatelo.

” Vaya” ―pensó Macatelo sin sospechar nada― “se ve que hace falta más abono para la tierra” y mientras más hojas le cortaban, más crecía y con más fuerza aun para que no faltase abono. “Deben estar muy contentos conmigo” ,“no quiero que piensen que soy un roñoso”- se decía a el mismo mientras crecía sin parar para reponer todas las hojas que le arrancaban.

Y así estaba la cosa; por falta de entendimiento, mientras más lo cortaban, él más y más se reproducía.

Los que habían empezado la lucha, viendo que no podían acabar con él a pesar del esfuerzo que estaban haciendo empezaron a desesperarse.

Uno de ellos conocía a varias gallinas acuáticas que hablaban muy bien de Macatelo,  y un día decidió hablar con ellas para saber que opinaban de la situación.

Las gallinas de agua, insistían en las bondades de Macatelo y en que no tenía ninguna intención de hacerles daño, y los animaron a hablar con él.  Haciéndoles caso, pues no veían otra salida, una mañana, decidieron armarse de valor e ir  a verlo para convencerlo de que abandonase el río por el bien de todos.

“Debes marcharte” ―le dijeron muertos de miedo y muy serios.

Macatelo, que no entendía nada preguntó: “¿Por qué, acaso no os doy lo suficiente?, puedo producir mucho más”

“No, no queremos más, queremos que te vayas. Ocupas demasiado espacio y molestas a otras especies, no hay sitio para ti” ―respondió el bando de los asustados.

” Si es así me iré” ―dijo Macatelo muy triste empezando a recoger sus raíces.

” Pero, él tiene derecho a vivir en este río, a mí me gusta su compañía” ―dijo una gallina―, “no quiero que se vaya”. “Ni yo, ni yo” ―dijeron otros muchos habitantes del río como los cangrejos, los galápagos, las ranas y las libélulas.

Entonces, se formó una gran algarabía, todos hablaban al mismo tiempo y solo se oía ruido, la gallina tuvo que poner paz para que todos se calmasen y pudieran dar su opinión por turnos. Un agricultor que pasaba por allí se sumó a la reunión y dijo que a él le venían muy bien sus hojas para abonar sus tomates. Así charlando y después de un rato de debate, los que estaban asustados entendieron que había espacio para todos y reconocieron que Macatelo era útil y bueno como cualquier planta, aunque fuese extranjera y llegaron a un acuerdo; al principio del año le dirían a Macatelo cuantas hojas iban a necesitar como fertilizante de los campos, para que no produjese más de las necesarias y llegado el verano las cosecharían. Así fue como dejaron la lucha y desde entonces todos en el río viven felices y comen lombrices.

 

los platanitos mimosos

 

Esa tarde de verano Tana y Coletas paseaban por el campo, pasaron cerca de la familia de los plataneros de sombra compuesta por la madre y dos hijos. Los jóvenes tenían muy mal aspecto.

―¿Qué les ha pasado? El año pasado estaban llenos de hojas, ¿están enfermos? ―preguntó Tana.

―Es una historia un poco larga -dijo Coletas

―Quiero oírla -le respondió Tana

Coletas se sentó debajo de las ramas de la madre y Tana hizo lo mismo dispuesta a escucharla atentamente.

― Hace cinco años este platanero― dijo señalando a la madre―tuvo cuatro hijos. Estas dos semillas fueron a caer junto a ella, las otras dos las alejó el viento llevándolas al otro lado del cerro. Aunque no podía verlos, la madre nunca abandonó a sus otros dos hijos, y a través de las raíces tenía contacto con ellos, sabía que estaban bien y les mandaba de vez en cuando regalos y algunas chucherías que éstos agradecían mucho.

―Pero los que crecieron a su lado, siempre fueron más grandes que sus hermanos ¿Qué les pasó este año?

― A los que tenía cerca, la madre todos los días los llenaba de atenciones y mimos, estaba muy pendiente de ellos y les desviaba el agua de los arroyos para que nunca les faltase. Con tanta agua y cuidados crecieron muy fuertes y la madre estaba muy orgullosa; presumía de sus hojas grandes y de sus troncos robustos. En sus adentros, sabía que no debía mimarlos tanto, pero no podía evitar hacerlo; los tenía tan cerca y eran tan bonitos… En los primeros años casi doblaban en tamaño a sus hermanos.

―Sí, el año pasado los del otro lado parecían raquíticos a su lado, sin embargo, ahora están muy bonitos.

―No todo es lo que parece Tana. Por fuera los cercanos a la madre estaban más adelantados, pero debajo de la tierra sus raíces eran pequeñas y superficiales como los ríos de los que su madre les desviaba el agua,  mientras que sus hermanos raquíticos en apariencia, escondía bajo la tierra unas raíces fuertes y grandes que llegaban hasta los ríos subterráneos que nunca se agotan. Así estaban las cosas cuando al cuarto año vino una sequía muy grande que dejo secos los arroyos superficiales.

―Qué mala suerte.

― “Tenemos sed” gritaban los arbolillos, cercanos a la madre, pero esta nada podía hacer, pues los arroyos de donde solía desviar el agua para ellos estaban secos. Los arbolillos entonces empezaron a buscar agua con sus raíces, pero eran muy pequeñas y no encontraron nada cerca. Se pusieron muy nerviosos; “vamos a morir de sed” gritaban asustados. Sus raíces tuvieron que trabajar mucho, y con tanta fuerza para profundizar en la tierra, que sus ramas y hojas quedaron medio secas.  La madre estaba muy preocupada por ellos, pero finalmente, encontraron el agua que necesitan en las profundidades de la tierra y ahora están recuperándose poco a poco del gran esfuerzo que hicieron para encontrarla.

―Menudo susto por poco se mueren de sed ―dijo Tana.

―Sí, pero ahora gracias a la sequía, no necesitan que su madre les desvíe el agua, porque ellos solos han aprendido a conseguirla como sus hermanos que no notaron la sequía y ya no son tan raquíticos.

Es verdad ―dijo Tana poniéndose de pie y mirando hacia ellos― desde aquí se pueden ver sus copas, si siguen así van a alcanzar a sus hermanos.

―Los mimados aún no se han recuperado del esfuerzo por eso tienen tan mal aspecto, pero están muy contentos y satisfechos porque ahora tienen las raíces fuertes y para el año que viene volverán a tener sus hojas verdes y grandes como antes y todos crecerán a la par.

Así terminó la historia y con ella terminó la tarde. Las dos niñas se despidieron con un abrazo hasta el cuento siguiente.

El paraíso de juegos

 

―Coletas, ― preguntó Tana― ¿Por qué los mayores están siempre serios?

―No sé, a lo mejor les paso como a los personajes de una historia que conozco.

―¿Qué les paso a esos personajes?

―Se olvidaron de jugar.

―¿Cómo ocurrió?.  ¿Me lo cuentas?

―Claro que sí Tana.

Coletas se quitó una pulsera de aro que llevaba puesta, y la puso encima de la tierra. Tana la escuchaba atentamente.

― En esta pulsera ocurre toda la historia.

―¿Dentro de una pulsera? Vaya historia rara ―dijo Tana

―¿Entonces, no quieres oírla?

―Sí, pero no sé qué puede pasar en una pulsera.

―Pues escucha y veras.

―Un día el Dios que vivía en esta pulsera creo un paraíso para jugar dentro de su reino.

―Dame tu anillo ―pidió Coletas a Tana.

Tana le dio su añillo y Coletas lo puso en un rinconcito dentro de la pulsera y dijo:

―Ese es su paraíso de juegos mágico―dijo señalando el anillo dentro de la pulsera.

―¿Porque es mágico?

―Porque dentro él se observaba convertido en miles de millones de personajes diferentes con el único propósito de jugar entre ellos.

―Serán muy pequeñitos.

―Como puntas de alfiler

―¿Dices que todos los personajes son él mismo?

―Sí, debajo de cada disfraz estaba siempre él.

―Pues se ha hecho un montón de disfraces para jugar.

―Sí, eso parece.

―Empieza a contarme la historia ya Coletas ―dijo Tana impaciente.

Coleta comenzó su increíble historia:

El cuarto de sus juegos era un inmenso jardín con ríos, mares, montañas, animales de todas las especies inimaginables y plantas de todas las formas, colores y tamaños.

―Parece bonito el cuarto de juegos que se ha creado ―dijo Tana imaginándose el lugar.

―Solo tenía un pequeño problema, estaba prohibido dejar de comportarse como niños. Al principio todo era muy bonito― continuo Coletas― todos los personajes eran niños y jugaban todo el tiempo sin ningún problema, como juegan los niños, sus enfados duraban unos segundos, y convivían con las plantas y los animales. Pero a medida que fue avanzando la historia, los personajes, pasaron de ser niños a ser adolescentes. Su inteligencia crecía con ellos, y hacía grandes descubrimientos. Poco a poco se fueron diferenciando y alejando de los animales y plantas, se creyeron superiores y se olvidaron de quien eran y de cuál era su único propósito.

―¿Se olvidaron de que estaban jugando en su paraíso mágico?

―Sí, y fue entonces cuando apareció un nuevo personaje en forma de voz en su cabeza. Esa voz era muy peligrosa pues los hacia comportarse como mayores y eso podía traer muchos problemas al paraíso, pues como te explique, este había sido diseñado para jugar y los mayores nunca tienen tiempo para eso.

La voz no paraba de sonar ni un momento y como no recordaban nada, muchos le hicieron caso. Así poco a poco muchos empezaron a comportarse como mayores y estos iban contagiando a otros,  hasta que sin darse cuenta, todos en el jardín dejaron de jugar y se comportaban como los mayores; pasaban todo el día trabajando y corriendo de un lado a otro sin tiempo para nada más.

La voz cada vez era más fuerte y todos la obedecían. Esta gobernaba en el paraíso desde sus propias cabeza. les dictaba sin parar a cada uno lo que estaba bien y lo que estaba mal y los hacia enfrentarse entre ellos para imponer sus propias opiniones creando fuertes discusiones. El anillo de juegos, dirigido por la voz, se convirtió en un campo de batalla del que salía un ruido infernal que dejaba claro que el paraíso de juegos no era para adultos: “Yo tengo la razón” “Me has hecho daño” “Déjame en paz” “lo estás haciendo mal” y muchas frases como estas, con las que se culpaban y juzgaban unos a otros, salían del anillo.  Se hacían mucho daño, incluso entre hermanos y amigos. A pesar de ello, se producían grandes inventos y progresos técnicos que hacían que se sintieran cada vez más poderosos.

―De nada les sirve ser tan listos si no saben quererse y dejar de discutir. El juego se está poniendo un poco feo. Los mayores no saben jugar, lo han estropeado todo.

―Así es Tana, pero por suerte, en el anillo quedaban algunos personajes que no obedecían a la voz. Estaban distribuidos por todo el jardín y todos los conocían o habían oído hablar de ellos. Estos personajes, los animaban a  volver a ser como niños, pero nadie los entendía, y eran tratados por muchos de raros, locos y vagos.

―Como a los niños, nadie nos hace caso, los mayores siempre mandan.

―Pasaba el tiempo ―continuo Coletas― y el paraíso iba a peor. Los personajes, era tan poderosos como infelices. Había muchas guerras y conflictos por todas partes. Muchos de los personajes se preguntaban, cómo siendo tan inteligentes se hacían tanto daño, y temían que ellos mismos acabasen destruyéndose. Tratando de poner paz , algunos crearon sitios para castigar a los más violentos, y organizaciones para proteger a los débiles; pero nada de esto parecía acabar con la injusticia, la violencia y los conflictos entre ellos. Estaban muy ocupados apagando todo tipo de conflictos y otros nuevos aparecían e incluso algunos que creían haber sofocado volvían a prenderse.

―Hay que volver a ser niños ―dijo Tana― el cuarto de juegos está a punto de explotar.

―Esta era la única solución. La voz era tan incómoda y creaba tanto sufrimiento, que algunos personajes mayores, cansados de luchar y viendo que sus acciones no daban resultado, empezaron escuchar a los pocos personajes que quedaban siendo niños. Sus palabras daban mucha paz. Poco a poco se corrió la voz y se hicieron muy famosos, cada vez más personajes los escuchaban y los seguían, y como por contagio, uno tras otro, dejaron de obedecer la voz de su cabeza y volvieron a comportarse como niños. Ya no querían imponer sus opiniones ni querían tener razón, solo querían jugar. Y así fue como desaparecieron todos los conflictos y el anillo volvió a ser el paraíso de juegos original donde todos los días eran una gran fiesta.

―¿Y qué paso con la voz?

―Desapareció para siempre.

―Crees que si los mayores de la tierra jugaran más y trabajaran menos seriamos todos más felices?

―Creo que sí.

―Adiós Coletas, voy corriendo a contarle este cuento a mi papa.

No sin mi maestra

No sin mi maestra.

 

Corría el mes de mayo del año 2018 y los niños de la guardería de Cabeza del Buey, un pueblecito de la provincia de Badajoz, estaban muy preocupados. Se rumoreaba por el patio, que para el año siguiente tendrían que abandonar su pequeño colegio, en el que tan bien lo pasaban, para ir al cole grande; también conocidos por todos como el de la puerta gigante. Pero lo peor y lo que más les preocupaba a los niños, era que Ana, su querida maestra no iría con ellos.

―Tenemos que hacer algo ―dijo Andrés a Matías durante el recreo, mientras esperaban turno para tirarse por el tobogán.

―Nos vemos detrás de la casita para hablar, díselo a los demás ―le respondió Matías.

En cinco minutos, todos los niños de la clase estaban reunidos en el punto acordado. La maestra, extrañada de que hubiese tanta tranquilidad en el recreo se acercó a ellos y preguntó.

―¿Qué pasa hoy niños?

―Nada, estamos hablando de nuestras cosas ― contestó Amparo poniendo cara de interesante.

La maestra se retiró sonriendo para que hablasen tranquilos.

―Le podemos escribir una carta diciendo que van a cerrar este cole y que tiene que irse al otro urgentemente ―sugirió Carmen.

―Hay un problema; no sabemos escribir ―dijo Diego.

―Es verdad, eso es un problema gordo ―apuntó Alberto.

Quedaron todos en silencio pensando por unos segundos, y de pronto Jesús dijo:

― ¡Ya lo tengo!, podemos traer ranas de la charca y soltarlas en la clase, seguro que le dan miedo y no querrá quedarse aquí.

A todos les pareció muy buena idea. Como era viernes, decidieron pasar el fin de semana cogiendo ranas en las charcas y arroyos del pueblo, y el lunes llevarlas al colegio para poner en marcha su fantástico plan.

Ranita de San Antonio.

Llegó el lunes y todos nerviosos se hacían señas en la fila, guiñándose los ojos y haciendo gestos con las manos. La mayoría traían una rana en su mochila. Una vez en la clase se pusieron de acuerdo para soltarlas todas a la vez.

―Una rana, una rana. ―gritó Carlota subiéndose a su silla.

―Una rana ―gritó Saúl desde el otro lado de la clase.

―Aquí hay otra ―chilló Sofía.

En un momento, La clase se llenó de ranas saltando por todos los rincones y niños corriendo y gritando.

La maestra, que iba de un lado a otro gritando también y cogiendo ranas no sin dificultad, pues, como todo el mundo sabe, esos bichitos son muy escurridizos, acabo despeinada y con la cara muy roja, pero por fin, consiguió meterlas a todas en un bote.

―¿Pero, qué ha pasado aquí? ¿Quién ha traído todas estas ranas? ―preguntó Ana colocándose el pelo en su sitio.

―Han venido ellas solas ―dijo Sofía muy deprisa.

―Entraron por la ventana ―continuó Alberto señalándola.

―Este cole es muy peligroso ―dijo Diego muy serio poniendo cara de preocupación.

―Es mejor que no vuelvas, deberías venirte con nosotros al cole grande ―dijo Andrés.

―Eso, eso, eso ―gritaron todos a la vez.

―Qué tonterías estáis diciendo. Las ranas son inofensivas. Me gustan mucho. Esta tarde las llevaremos al Arroyo de Buey que es donde tienen que estar, vamos a ordenar la clase entre todos, y después saldremos un ratito al patio―dijo Ana, la maestra.

Los niños no se dieron por vencidos, y en el patio siguieron hablando:

―Tenemos que hacer otra cosa, la maestra es muy valiente, lo de las ranas no ha servido ― habló Darío.

―Pero lo hemos pasado muy bien ―dijo Saúl con cara de malo.

―¿Y si le decimos que hay un fantasma? ―exclamó Zacarías.

―¡Claro! Eso es mejor ―dijo Amparo―seguro que los fantasmas sí le asustan.

Se volvieron a juntar detrás de la casita para decidir cómo hacerlo y en poco rato estaba todo planeado.

Al día siguiente en el momento acordado Zacarías se escondió debajo de la mesa y empezó a hacer ruidos como si fuera un fantasma.

―Uuuuhhh

―¿Señorita ha oído eso? ―preguntó Amparo.

―No he oído nada ―dijo la maestra.

―¡Más fuerte! Zacarías, no se oye ―dijo bajito Amparo agachándose y metiendo la cabeza debajo del pupitre.

―UUUUUHHHH― repitió Zacarías tan alto que retumbó en toda la clase.

―¡¡¡Un fantasma!!! ―gritó Alberto.

Entonces todos empezaron a correr gritando; un fantasma, un fantasma, un fantasma… La maestra los miraba asombrada.

―Todos a vuestras sillas ―ordenó.

Lo niños pararon de correr y se fueron colocando en su sitio poco a poco.

―Señorita esta clase es peligrosa hay un fantasma suelto ―dijo Darío sentándose

―Sí, lo hemos oído todos, da mucho miedo ―dijo Saúl

―Es mejor que no se quede aquí sola ―insistió Darío.

―Tiene que venirse con nosotros al cole grande ―dijo Diego.

―Eso, eso, eso ―dijeron todos gritando a la vez.

La maestra que sospechaba lo que pasaba los tranquilizó, y cambiando de tema les dijo:

―Tengo una buena noticia para vosotros, mañana iremos todos de excursión a un sitio muy bonito y os presentaré a alguien muy especial que estoy segura de que os va a gustar mucho.

―¿Dónde iremos? ―preguntaron.

―Es una sorpresa.

Al día siguiente todos los niños estaban preparados en la fila con sus mochilas muy nerviosos e ilusionados por la sorpresa que les había preparado su maestra.

La maestra los llevó dando un paseo hasta cole grande. Pararon justo delante de la gran puerta gris que tan poco les gustaba. La maestra dio unos golpes en ella. Estaban asustados y se sentían muy pequeños junto a esa puerta tan grande, tan seria y tan aburrida. Al cabo de unos minutos la puerta se abrió y todos pasaron agarrados a las piernas y las manos de su maestra mirando para todos lados. Para su sorpresa, detrás de la gran puerta, la cosa era mejor de lo que ellos imaginaban; había un patio con muchos columpios, y un jardín, lleno de árboles y plantas, para jugar. Los niños rápidamente dejaron el susto a un lado, se subieron a los columpios y empezaron a correr y a jugar por el jardín curioseando cada rincón. Después de un rato jugando la maestra los llamó. Formaron una fila y en orden, entraron en una clase muy bonita con ventanas grandes y muchos juguetes, dentro los estaba esperando una maestra muy simpática que los recibió muy contenta dándoles un abrazo a cada uno y llamándolos por su nombre. Los niños anduvieron por toda la clase mirando y tocándolo todo. Había muchos cuentos y puzles, los sacaron y jugaron en las mesas, en el suelo. Por toda la clase se oían risas y gritos. A la hora de marchar y después de recoger la maestra les dijo:

―Este es el cole grande y esta es vuestra nueva maestra. Aquí vendréis el año que viene.  ¿Qué os parece? ―les preguntó.

―Me gusta este cole ―afirmó Carlota.

―Se está muy bien ―dijo Sofía.

―Es muy divertido ―apuntó Alberto.

Lo niños siguieron opinando mientras salían, y todos estaban muy contentos.  Después de la visita no volvieron a tener miedo al nuevo cole y aunque les daba mucha pena separarse de su maestra, sabían que ella no podía ir con ellos, pues, tenía que quedarse en su sitio para enseñar a los niños más pequeños que llegarían a su clase cuanto ellos se fueran.

Narciso y su reflejo

 

 

 

 

El moral Narciso

 

En el huerto, al lado de la alberca, brillando al sol como una estrella de cine, había un moral muy bonito.

― Me dijiste que un día me contarías la historia del “árbol guapo”, Coletas.

Así era como todos, en la huerta, llamaban a ese árbol.

―¿Por qué crees que te he traído hasta aquí?

― Pues empieza, tengo ganas de escucharla ―dijo Tana sentándose en el banco de piedra que había bajo el árbol.

Coletas se sentó a su lado y bebió un poco de agua antes de empezar a hablar.

―Desde muy pequeño, Narciso, que así se llama este moral, destacó entre sus compañeros ―comenzó Coletas―; su tronco era alto y recto y sus ramas estaban muy proporcionadas. Siendo joven, descubrió su reflejo en la alberca, y le gustó mucho, tanto que se pasaba muchas horas al día contemplándose en él y acabo enamorándose de el mismo.

―¿Se volvió loco?

―Un poco loco si estaba ―continuo Coletas―. Pensaba que eso era la realidad. En el reflejo no solo aparecía él, en la alberca, se reflejaba todo el huerto como si fuese una pantalla de cine, Y lo más asombroso eran las voces. El reflejo hablaba. Narciso estaba totalmente hechizado.

― ¿Qué le decía?

―Lo comparaba con los demás y le decía que era el más apuesto, también le daba consejos para cuidar sus ramas y tener las mejores moras, y le contaba muchos chismes y chascarrillos. Siempre había mucho ruido en el reflejo. Hablaban todos a la vez.  A veces también se enfadaba. Todo este ruido lo tenía tan abstraído que se olvidó de su o parte real. Tan solo su vecino un árbol viejo al que le faltaba una rama le advertía “Narciso pasas mucho tiempo aquí, te estas olvidando de la parte de ti que no sale en el reflejo; tus raíces, debes cuidarte” pero él no atendía a razones.

Cuando dio su primera cosecha esperaba, secretamente, que siendo un árbol tan bonito su cosecha sería la mejor, pero no fue así; sus moras eran muy corrientes, y para su sorpresa entre ellas había algunas secas y pellejudas que no servían para nada.

―Qué disgusto se llevaría al verlas ―dijo Tana.

―Sí, pero como eran pocas, no le dio mucha importancia ―continuo Coletas―.  Al año siguiente creció el número de moras pellejudas, pero Narciso seguía escondiéndolas. Así año a año llego un momento que Narciso tenia tantas moras malas pudriéndose en sus ramas que no podía seguir ocultándolas. Pero lo peor era que sus ramas empezaron a secarse por las puntas. Su reflejo ya no era tan bonito. Además, tenia fuertes retortijones. Narciso se puso muy triste.

―Lo entiendo ―dijo Tana―  debió ser muy duro para el verse estropeado.

―Sí, por eso fue a buscar consuelo en su vecino el anciano manco, pero ya no estaba allí, se había ido hacía dos años y él ni siquiera se había enterado.  En su lugar había un naranjo muy joven al que no conocía. Al preguntarle por el anciano, este le dijo que había dejado un sobre para él.

Narciso lo abrió, y leyó la carta que venía dentro con mucha atención. En ella explicaba que sus moras eran malas porque estaba empachado de su reflejo; las ramas y el tronco, y que estaba desatendiendo lo que no salía en el reflejo; las raíces, la parte más importante.

Al terminar la carta, Narciso cerró los ojos y entro en su tronco hasta sus raíces, al rato se calmaron sus retortijones y su tristeza. Su nuevo amigo le explicó, que al principio debía recordar entrar tres veces al día, desayuno comida y cena hasta que su adicción al reflejo desapareciera por completo.

―Tan solo era un empacho ―dijo Tana.

―Sí, se empacho de su reflejo, era tan bonito y le gustaba tanto que se volvió adicto y se olvidó de atender sus raíces.  Por suerte se curó rápidamente y ahora da muy buenas moras.

―Ya no se mira en el reflejo.

―Sí, pero ya no le hace tanto caso, aprendió la lección, ahora sabe que es dentro donde ocurre todo lo importante.

El gran olvido

 

―Hoy es el día de los enamorados, en mi colegio hemos tenido que escribir cartas de amor ―dijo Tana.

―¡Qué bonito!

―Sí, es bonito, pero, ¿qué pasa cuando te pones triste porque quieres a alguien y ese alguien no te quiere a ti?

―Te lo explicare con un cuento para que lo entiendas mejor. Dime algo que haga muy feliz a todo el mundo que tú conozcas.

―Las chuches ―dijo Tana rápidamente.

―Había una arbolita naranjo ―comenzó Coletas―  que le gustaban mucho las chuches, porque al comerlas sentía mucha felicidad. Su padre, que la quería mucho, le regalo una bolsa mágica llena de chuches que nunca se agotaba. Un día, la arbolita, decidió esconderla en un lugar seguro, y la escondió tanto, que se olvidó de ellas. Entonces empezó a pedir chuches a todos los arbolitos del huerto.

―¿No se acordaba de donde había puesto su bolsa?

―No, lo había olvidado por completo ―continuo Coletas― por eso pedía a los demás. Un día se fijó en un arbolito que crecía junto a ella y empezaron a hacerse arrumacos con las ramas formando corazones. Eran una pareja muy bonita y le daba muchas chuches. “Que feliz me haces” le repetía continuamente la naranja al naranjo. Pero un día, el naranjo, empezó a rozar sus ramas con otra naranjita que pedía menos, pasaban mucho tiempo charlando, hasta que poco a poco la abandono y se fue con ella. La naranja se llenó de tristeza. “Soy muy infeliz” le decía a su padre, un viejo naranjo que vivía a su lado. En naranjo padre que tenía el tronco lleno de corazones atravesados con flechas, se limitaba a abrazarla pues sabía que algún día encontraría sus propias chuches.

Sus amigos, al enterarse fueron a visitarla y como no querían verla triste, la animaron a salir para distraerse. Entonces, nuestra amiga, hizo un agujero en la tierra y escondió dentro su tristeza, después, se recompuso y empezó a dar largos paseos por el jardín.  Durante uno de ellos, conoció a otro naranjo con el que, aunque con mucho miedo, comenzó una nueva relación. “No quiero que me pase como antes”, pensaba. Poco a poco sus ramas se volvieron a rozar formando nuevos corazones, y otra vez, con las dulces chuches que intercambiaban volvieron las mariposas al estómago. “Que feliz me haces” le repetía, “no me abandones nunca, sin ti no podría vivir”.

Parecía que todo iba bien, pero, a los pocos meses se rompió la amistad, las chuches se volvieron amargas, y otra vez apareció la tristeza.  La naranjita volvió a esconderla en el agujero. Y siguió buscando.

Así pasaron muchas veces más y cada vez que, por una razón u otra, tenía un desencuentro o un abandono aparecía la tristeza y ella la guardaba en el agujero y seguía buscando fuera incansablemente.

El agujero estaba a punto de rebosar de tristeza, cuando Naranjita encontró a su verdadero amor. Esta vez nada podía fallar; era perfecto y tenía las chuches más dulces que había probado nunca. Pero un día, su amigo, se levantó con muy mal color de ramas y en muy poco tiempo murió. Una gran tristeza invadió a la naranja.

―¡La guardo otra vez en el agujero? ―preguntó Tana.

―En el agujero no cabía tanta tristeza, rebosaba por todos lados. La naranjita no tenía ganas de comer, ni de hablar, todo le daba igual; “no me importa lo que suceda”, decía. Sus amigos, preocupados, fueron a visitarla y la animaron a buscar otro arbolito que le diera chuches, como había hecho siempre, pero la naranjita no podía; estaba inundada de tristeza, solo quería estar con su padre, no le interesaba buscar más chuches fuera. “No sé qué hacer ” le dijo muy apenada a su padre. Su padre que sabía que había llegado el momento, le dio una pala y le dijo; cava y saca toda la tristeza que has escondido entre tus raíces, y cuando lo tengas todo limpio y ordenado, encontraras un tesoro.

La naranjita se puso a cavar, tenía muchas capas de tristeza, le dolía cada palada de tristeza que sacaba, pero siguió y siguió limpiando su interior, hasta que un buen día, después de mucho cavar y limpiar, se encontró con sus raíces formando un inmenso corazón, y en el centro, su bolsa de chuches brillando como un tesoro. Entonces recordó todo.  Las comió; eran muy, muy dulces, y sintió como la felicidad, subía por el tronco y llegaba hasta la más pequeñita de sus hojas.

Desde ese día nunca más necesitó pedir chuches a los demás para ser feliz, Su vida es diferente, ahora solo sabe dar. Encontró un nuevo amigo con el que es muy feliz y la tristeza nunca más volvió.

 

El olivo Peloche.

 

Coletas y Tana estaban paseando por el bosque, allí las plantas crecían libremente, dejando apenas espacio para pasar entre ellas.

—Quiero que conozcas los matorrales, estas plantas sirven de refugio a los animales que viven en el bosque. Este se llama Lentisco ―explicó Coletas.

―Apártate lento, lentisco que me estas retrasando ―dijo Tana apartando una rama para pasar.

―Este se llama Coscoja.

―Como pincha. Dijo tana al tocar sus hojas. ¡Cómo te coja coscoja!

Coletas explico que era para defenderse de los animales que comen sus hojas como el ciervo o la cabra.

―Pues se defiende muy bien ―dijo Coletas frotándose el dedo

―Este árbol con hojas como agujas, se llama enebro. Cuidado que también pincha―continuo Coletas.

―Este me lo aprendo fácil; enebro la aguja.

Coletas advirtió a Tana otra vez al ver que se acercaba mucho a una jara.

―Ten cuidado no te manches con la jara pringosa.

―¡Como brilla! ¿Para que se pone ese pringue, es para estar más guapa?

―No es para que las demás plantas no crezcan cerca de ellas y así tener mas terreno.

Hablando sobre las plantas y recordando sus nombres caminaron mucho sin darse cuenta.

―Es hora de volver, el bosque se ha cerrado tanto que no podemos continuar ―dijo Coletas.

De vuelta vieron un clarito con un agujero en el centro y decidieron descansar un rato.

Las niñas se sentaron en el borde del agujero

―¿Quién hizo este agujero tan grande? ―preguntó Tana.

―Es el agujero que dejo el acebuche Peloche cuando se fue del bosque ―contestó Coletas.

―¿Por qué se fue? ¿Dónde vive ahora?

―Se marchó al valle, porque decía que el bosque le sentaba mal. Se pasaba el día quejándose; “tanto bicho y tantas plantas raras a mi alrededor me provocan muchos picores”  decía rascándose sin parar, así que un buen día, muy cansado de su situación, recogió todas sus raíces y se fue a un valle, donde había un gran olivar con sus calles bien trazadas, en las que todos estaban en línea y donde se hizo llamar Olivoche.

―¿Se curó?

Al principio todo marchaba bien, en su nuevo hogar había agua abundante y le araban la tierra y no crecían plantas extrañas, como el decía, a su alrededor .  Sus aceitunas se pusieron más gordas y carnosas,  pero pronto aparecieron de nuevo los picores.

―Pobre Peloche ¿Por qué iba al médico?

―Eso le recomendó su vecino, pero él no hizo caso. “Yo sé lo que me pasa, es por el clima, tanta humedad no me conviene” decía. Así que otra vez recogió sus raíces y se marchó huyendo de sus picores a un olivar de Sierra. “Aquí corre aire fresco, seguro que estaré mejor”. Pero como la vez anterior, al poco tiempo de estar instalado los picores volvieron a aparecer.

―!Qué pesados los picores¡―dijo Tana.

―Otra vez sus vecinos le recomendaron que visitara a un experto. Esta vez, Peloche, que ya estaba muy cansado de cargar con sus raíces de un lado a otro, decidió hacerles caso y fue a visitarlo. “Me siento mal, tengo muchos picores” le explicó. El experto, después de mirarlo muy bien, dijo que sabía dónde estaba el problema.

―¡Que alegría! ¿Dónde estaba? Preguntó Tana que escuchaba muy atenta.

―Estaba dentro de él, eran unos bichitos muy pequeño que vivían en su tronco, escondidos bajo su corteza, “puedes irte donde quieras”, dijo el experto,” la causa de tus picores no está fuera, está dentro de ti; viaja contigo a todas partes”. El olivo no quiso creerlo. “Eso no puede ser, estoy muy sano, el problema está fuera”, dijo. El experto le presentó todas las pruebas que confirmaban su diagnóstico. “Es una enfermedad muy común”, le dijo: “conozco muchos casos como el tuyo y tiene fácil solución” y le mando un tratamiento para su interior: solo tienes que mirarlos, ellos quieren que los tengas en cuenta. El olivo, al principio de resistía a creer al médico, pero poco a poco fue observando los bichitos que no paraban de moverse de un lado a otro, y afinando el oído los podía oír quejarse: “no queremos estar aquí, no queremos estar aquí” . Poco a poco a base de observarlos días tras días se tranquilizaron mucho,  hasta que ceso totalmente el ruido y las protestas.  Y así  fue como los picores desaparecieron por completo y Peloche está bien siempre donde esté.

―¿Cómo sabes que está bien? ¿Quién te lo ha contado?

―Lo sé por los pajarillos que lo visitan, dicen que es muy feliz y que es muy amable con todos los que viven junto a él.

―¿Crees que nos visitara algún día Coletas?

―No sé Tana, quizás.

Las niñas continuaron su camino de vuelta charlando sobre Peloche y sus picores y esa misma noche, a las pocas horas, Peloche volvió a ocupar su lugar en el bosque donde todos sus compañeros lo recibieron muy contentos.

Tarde de setas

 

 

Tana y Coletas habían salido recoger setas. La semana pasada había llovido mucho y ahora hacia sol.

―Este es el momento de salir a buscarlas ―le dijo Coletas a Tana.

Las dos niñas salieron por la tarde con una cesta de mimbre y un bastón, también llevaban botas de agua por si se encontraban algún charco no perder la ocasión de chapotear un rato en él.

Coletas llevó a Tana hasta un cerro bajito donde crecían muchas setas juntas.

― ¿Se pueden comer?

―Ahora sí, pero tiempo atrás una bruja las hechizó y se volvieron venenosas. Es una historia muy bonita, ¿quieres escucharla?

―Claro Coletas, ya sabes lo que me gustan tus historias.

―Primero quiero explicarte que las setas son una parte muy curiosa del inmenso hongo que vive debajo de la tierra.

―Si algo he oído en el colegio.

―El hongo es el padre de todas y es muy poderoso y todas son hermanas curiosas y traviesas que se han alejado un poco de su padre para ver qué pasa fuera.

―Ja,ja, Coletas, nunca lo había visto así. Me gusta el comienzo.

―Bueno pues ya puestos en situación te cuento la historia. Hubo un tiempo en que en una zona del hongo surgieron a la superficie a la vez miles de hermanas setas juntas ,que disfrutaban felices del sol, el viento y la lluvia.  Un día paso por allí una bruja hechicera buscando setas para una pócima y quiso gastarles una pequeña broma haciéndoles olvidar de dónde venían y que todas eran hermanas. Con la pócima olvidaron su origen y a su padre. Al poco tiempo, las setas al verse separadas y solas en la superficie empezaron a tener miedo de todo lo que veían y a culparse unas a otras de su malestar. Esta desconfianza las hacia enfadarse unas con otras. Hicieron varios bandos, para sentirse más protegidas y luchaban entre ellos; la colonia se convirtió en un caos horrible donde no había ni un poquito de paz. Todo era agitación y ruido que se oía a miles de km. a la redonda.

―Me imagino el jaleo, que lio más grande, pobres setas.

―El padre hongo ―continuó Coletas―  que se suponía que eso podía pasar ,hizo salir a la superficie varias setas repartidas por la colonia para recordarles a todas que eran hermanas, pero nadie entendía a estas setas, parecía como si hablasen chino. Cuando la cosa estaba muy muy fea, una de las setas más influyentes en la colonia que había intentado por todos los medios posibles poner paz entre los bandos enfrentados de setas, visitó a las setas sabias que había enviado el padre y que estaban recluidas en un rincón de la colonia fuera del ruido.

Estuvo varios días hablando con ellas y le dijeron que el único problema era que actuaban como si fueran setas solitarias, y que la solución era pararse todas y sentir dentro de ellas mismas que eran una sola un rato al día.  A más tiempo mejor. Ella no entendió muy bien, pero algo le decía que no perdía nada por probar.

Esta seta convocó a todas para comunicarles la solución, y bien alto para que todas oyeran dijo: no podemos seguir viviendo así, si continuamos luchando unas con otras vamos a desaparecer. Me han dicho las sabias que tiene fácil remedio y que tenemos que trabajar todas.

“¿Qué hay que hacer? Yo no sé si podré hacerlo”, “¿Dónde hay que ir?”, “¿y si no sé?”

Esa es la buena noticia, todo el mundo puede y sabe hacerlo y no hay que ir a ningún sitio. No hay trabajo que hacer fuera, el trabajo hay que hacerlo dentro de cada una.  Al parecer es un hechizo y para deshacerlo tenemos que seguir un tratamiento.  La medicación consiste en que durante un tiempo nos quedemos todas quietas a la vez, durante media hora como mínimo una vez al día, respirando, sin hacer nada solo sintiendo que todas somos una.  Y en pocos días, me han asegurado que notaremos los resultados.

“Menuda tontería, y para eso hemos perdido el tiempo”, decían algunas retirándose.” “Pero esa no puede ser la solución, habrá que hacer algo”, gritaban otras. Otras, las menos decidieron probar, “total no parece que sea nada malo.”

Así, algunas se unían todos los días para hacer el tratamiento y poco a poco fueron cambiando su aspecto y parecían más felices, y dejaron de discutir y de juzgar a las demás.  Poco a poco otras se sumaron a ellas hasta que todas juntas consiguieron romper el hechizo de la bruja y volver a la paz y a la calma que les da saber que son un solo Ser.

―Qué bonito coletas ―dijo Tana― ya no son venenosas, ahora no están enfadadas, son felices. Me parecen tan bonitas que no tengo ganas de arrancarlas, mejor las compramos en el supermercado.

-Como prefieras Tana.

Las niñas se levantaron y siguieron su paseo, felices saltando de charco en charco.

La mirada de los perros

 

La montaña mágica

 

 

—Hola —dijo Tana con la voz un poco apagada.

Coletas la estaba esperando, con sus botas de montaña rojas fosforito, en la puerta del jardín.

—Te estaba esperando, quiero que me acompañes a la montaña mágica ―dijo cogiéndola de la mano.

Por el camino Tana iba en silencio. Parecía preocupada por algo.

―Estas muy pensativa. ¿Te pasa algo? ―preguntó Coletas.

―Estoy enfadada con mi compañera de clase, nunca presta nada y siempre está pidiéndome cosas. Me pone muy nerviosa. No sé qué hacer. El otro día me rompió la goma de borrar…No paro de pensar en ella, no sé qué hacer; no le hago caso, cambio de sitio, hablamos y le digo lo que me molesta; quizás me dé la razón y se disculpe, pero puede que sea mucho peor y se enfade más… estoy hecha un lio.

Coletas no dijo nada, continuaron subiendo en silencio y una vez arriba sentadas en una peña Tana exclamó:

—¡Que buena vista!, y que fresquito corre aquí. Ha sido una buena idea subir.

―Todavía, no has visto lo mejor ―dijo Coletas― este lugar es mágico, desde aquí se puede solucionar cualquier problema, sólo tienes que pensar en él y aparecerá una pantalla con el escenario del problema delante de nosotras para solucionarlo.

Tana la miro con los ojos como platos.

―No puede ser.

―Prueba.

Tana cerro los ojos y pensó su clase, al abrirlos la tenía delante de sus ojos.

―¡Pues es verdad! Siempre me sorprendes.

Delante de las niñas en una gran pantalla estaba la clase de Tana.

―La pantalla no está bien, veo la imagen roja ―dijo Tana.

―La ves roja, por el enfado con tu amiga. Cuando lo arregles se verá con todos sus colores.

―Quiero arreglarlo, pero me tendrás que explicar cómo lo hago.

― ¿Ves ese agujerito en la esquina de abajo de la pantalla?

―¿El de la derecha?

Sí, si lo atraviesas apareces en la clase, puedes entrar a probar todas las opciones que piensas que pueden arreglarlo y quedarte con la que más te guste, así cuando llegues mañana a clase todo estará resuelto.

―¿De verdad?

―Pruébalo.

Tana se animó a hacerlo.

―Empezare por la de hablar con ella y decirle lo que me molesta.

Muy decidida, Tana, se dirigió al agujerito de la esquina de abajo a la derecha desapareciendo por él, mientras Coletas esperaba sentada en la roca. Cuando apareció, aunque por su cara se adivinaba que no muy bien, le preguntó:

―¿Cómo te ha ido?

―Bastante mal, ha sido peor, hemos discutido, no estaba de acuerdo conmigo. Esta opción no me gusta, no lo he pasado bien. Ahora está todo peor, el enfado es más grande, veo todo más rojo que cuando baje

―No pasa nada, ya te expliqué qué puedes borrar y probar con otra de tus opciones. Sólo tienes que darle al botón de restaurar y todo volverá a estar como al principio.

―¿Dónde está ese botón? ―Dijo Tana que se moría de ganas de borrarlo todo.

Coletas se lo indico y todo quedo como estaba cuando abrieron la escena. Tana sintió un gran alivio.

―Ufff menos mal.

―¿Quieres probar otra de tus opciones?

―Sí, tratare de no hablarle, la ignorare. Creo que eso será lo mejor. Quizás si la ignoro, ella venga a preguntarme y hagamos las paces.

Tana volvió a bajar al escenario dispuesta a probar su segunda opción, pero a la vuelta tampoco parecía muy contenta.

―¿Qué pasó?

―Esa no es la solución, por mucho que trato de ignorarla el enfado no se me quita, el problema sigue estando ahí. Además, ahora ella tampoco me habla y todo es muy raro. Voy a borrar otra vez.

―Aún te queda una opción.

―Sí, voy a cambiar de sitio, alejándome de ella se arreglarán las cosas.

Por tercera vez Tana atravesó la imagen, aunque algo cansada y con menos ánimos que las veces anteriores.

―¿Por fin quedó solucionado? ―preguntó Coletas cuando la vio de vuelta.

―No ―dijo Tana sentándose a su lado. Estoy muy cansada de subir y bajar intentando arreglar la pantalla, creo que mi problema no tiene solución.

―¿Qué pasó esta vez?

―Me fui lejos de ella, pero también me aleje mis amigas, me gustaba más mi sitio, las echo de menos, y lo peor es que sigo enfadada. No consigo apagar ese enfado. Cada vez que lo intento se aviva más, es como si con cada intento le echara una carga de leña a la hoguera. Me rindo ―dijo borrando su última opción.

Entonces Coletas dijo:

―Quizás exista otra opción.

―No quiero volver a bajar, cada vez que bajo empeoro las cosas.

―No hace falta bajar. Desde aquí podemos ver muchas cosas.

Coletas saco una caja llena de gafas marrones. En la tapa ponía gafas con historias del pasado. Cada una llevaba una etiqueta con un nombre, cada nombre correspondía a una compañera de clase, también estaba la de la profesora.

―Si miras por estas gafas ―dijo dándole la caja a Tana― veras a tu compañera como la ve su propietaria.

―¿Puedo verla con las de  la profesora?

―¡Claro que puedes!

Tana se puso las gafas de la profesora. La veía como una niña simpática, aunque algo despistada, probo con otra, la de su compañera; la veía como una niña muy animada y charlatana…  así fue probando gafas con cada una tenía una visión diferente de su amiga. Después de probarlas todas Tana dijo:

― Ahora sí que tengo un lio, cada gafa cuenta una historia diferente. ¿Cuál es la verdadera?

―Todas son verdad juntas y ninguna por separado.

―No puedo ponerme todas las gafas juntas ―dijo Tana―. ¿Eso significa que nunca poder ver como es mi amiga de verdad?

Coletas saco unas gafas blancas de una caja azul que ponía en su tapa Gafas del Presente, y dándoselas le dijo que mirara la escena a través de ellas. Tana miró a su amiga con las gafas del presente durante unos minutos y solo vio una niña que pintaba y reía feliz en su pupitre, sin historias.

―¿Todo bien?

―Sí,  ¿Qué tienen estas gafas? ¿Dónde está el enfado?

Tana se quitaba y se ponía las gafas comprobando que el enfado desaparecía cuando miraba a través de ellas

―Di mejor qué no tienen.

―¿Qué no tienen?

―El reflejo del pasado. Las cosas son lo que son, no hay enfado en ellas.  El enfado se lo ponemos cuando miramos con el reflejo del pasado. ¿No te alegras de saberlo? Tú puedes decidir cómo mirarlo tienes dos opciones con el reflejo del pasado o sin él.

―¿Quieres bajar otra vez? Preguntó Coletas.

―Claro, pero no para apagar el fuego, ahora no hay fuego que apagar―dijo tana con las gafas del presente puestas― me gustaría baja a jugar con ella.

Tana bajo, pero esta vez sin intención de arreglar nada, hablo a su amiga como si nada hubiera pasado y jugaron juntas. Al subir estaba muy contenta. Se quitó las gafas. La pantalla ya no estaba roja.

―Todo está solucionado, parece muy sencillo, ¿seguro que funciona siempre? ―dijo.

―Solo lo puedes saber si lo pruebas.

―¿Me puedo llevar las gafas del presente?

―Son para ti, te las regalo, yo las llamo apago enfados, espero que apagues tus enfados con ellas.

Estaba empezando a anochecer, las niñas apagaron la pantalla y bajaron al valle charlando.

―Y si practicas mucho, llegara un día en que no necesite ponerte las gafas para quitar de tu mirada el reflejo del pasado, los perros no las usan,  no las necesitan,  solo ven el presente, por eso nunca se enfadan por mucho tiempo…

Iba explicándole Coletas a Tana por el camino.