La ranita vergonzosa

La ranita vergonzosa

—¿Qué traes en el bolsillo? —dijo Coletas tocando con la mano la pierna de Tana.

—¿Esto? Es una máquina para jugar —contestó Tana sacando de su bolsillo una maquina con una pantalla pequeña y botones a ambos lados.

—¿Jugar? ¿A qué? —preguntó Coletas.

—Tiene muchos juegos. Lo mejor es verlo. ¿Quieres que juguemos? —dijo Tana.

—Sí. Jugar es lo que más me gusta.

Se sentaron en un banco cerca de la fuente y encendieron la máquina. Después de un rato jugando, Coletas dijo:

―Es divertida esta maquinita. Es muy simpática. Cuando pierdes o te equivocas, no se burla ni regaña, solo dice vuelve a intentarlo, vuelve a intentarlo, vuelve a intentarlo, una y otra vez. Ella sabe que a nadie le gusta que se rían cuando no le sale algo bien.

―A mí tampoco me gusta, también me da vergüenza hacer las cosas mal delante de mis amigas y que se rían de mí ―dijo Tana.

―¡Anda, y a mí!, pero si encima tienes fama de lista como mi amiga la rana es aún peor… Apaga la máquina y ven conmigo te voy a contar su historia.

―¡Una historia! ¡Voy como un cohete! ―exclamó Tana, y rápidamente soltó la máquina para seguir a Coletas.

Las dos se dirigieron a la orilla del río. Coletas se sentó en una piedra a contar su historia.

Hace tiempo, conocí a una ranita muy lista. Eso, al menos, le decía todo el mundo. Tanto se lo dijeron que le daba vergüenza equivocarse. «Siendo tan lista, tengo que hacerlo todo bien a la primera no vaya a ser que los demás me vean equivocarse y se burlen de mí diciendo: «Mira la lista, mira la lista; pues no era tan lista»».

Cuando se hizo mayor tuvo que empezar a cazar y, como todas, las primeras veces fallo. «Huy, huy, huy. ¡Qué vergüenza me da! Esto no me gusta nada. Me buscaré una excusa para no hacerlo. ¡Ya está!», pensó. «Diré que cazar es muy aburrido para mí y no lo haré más».

―Cazar mosquitos parece muy difícil ―dijo Tana.

―Solo al principio. Hay que practicar mucho, pero cuando aprendes es muy fácil. El problema era que su vergüenza a hacerlo mal. Así que, en lugar de hacerlo, les pedía a sus hermanos y a su mamá los insectos.

―Era un poco carota, ¿no crees? ―dijo Tana sentándose junto a ella.

―Sí, todos estaban cansados de alimentarla. Por eso…

La madre rana, antes de que fuera demasiado tarde, decidió no darle más insectos y todos los hermanos estuvieron de acuerdo. La ranita vergonzosa suplicaba mucho, y hasta lloraba, para que se apiadasen de ella y le diesen una mosquita: «Solo una, por favor», decía soltando lagrimones. Pero todos fueron muy firmes. «¿Por qué sois tan malos conmigo? Tengo tanta hambre que me voy a desmayar. Mirad lo flaquita que me estoy quedando». «No seas tan quejica y ponte a cazar», le decían sus hermanos. «Mañana empiezo, de verdad, os lo prometo». «Mañana no, tiene que ser ahora», le decía su madre.

―Da un poco de pena ―dijo Tana.

Coletas asintió en silencio y prosiguió:

A la mamá rana, que era muy lista y la quería mucho, no le daba pena, porque sabía que ella era capaz de cazar como todos sus hermanos. Después de dos días sin comer, por fin, la rana venció su vergüenza y empezó a sacar la lengua para cazar. Se la oía protestar por todo el charco: «¿Ves como no puedo? Todos se me escapan. Estos mosquitos no se dejan». Pero nadie le hacía caso. «Aprenderás», decía la madre rana. «Aprenderás». Pasaron varios días y la ranita tenía tanta hambre que ya no se acordaba de su vergüenza, y practicaba sin parar, hasta que una tarde cuando menos lo esperaba; cazó el primer mosquito.

«¡Lo conseguí!», gritó llena de alegría. «Está muy rico», les dijo a sus hermanos, que corrieron a felicitarla.

Después vinieron el segundo, el tercero y todos los demás. Ahora es feliz, caza como todas las ranas y no necesita que nadie lo haga por ella.

―No hay que tener vergüenza a fallar, para aprender hay que equivocarse muchas veces como la rana, ¿verdad Coletas? ―dijo Tana muy contenta al despedirse esa tarde de su amiga.

Tana era una adolescente curiosa y divertida. Vivía en una pequeña ciudad. Su vida transcurría entre el colegio, el jardín de su casa y la urbanización en la que vivía. En todas las familias vecinas había niños, y los padres siempre los animaban a salir a jugar. A ella no le importaba, pues le gustaba estar en el jardín y se sentía mejor subida a un árbol que sentada en un sillón.

Esa tarde estaba intranquila, como con ganas de ir a algún lugar que no lograba recordar. Después de merendar, salió al jardín y se tumbó en una hamaca debajo de la palmera. Llevaba en la mano unos macarrones de plástico de colores que había estado trenzando.

Con el balanceo de la hamaca, empezó a quedarse dormida. De repente, entre sueños, oyó una voz que parecía venir del árbol.

Saltó para acercarse y, en el tronco, a media altura, vio un agujero por el que alguien la llamaba con una voz dulce que parecía venir de muy lejos, y que la cautivó como los cantos de sirena.

Sin pensarlo, tiró por el agujero el cordón que llevaba en la mano, después se colgó de él y se deslizó despacio contando con los ojos cerrados: «Uno, dos, tres, cuatro…». Al llegar a diez tocó el fondo con los pies y soltó el plástico.

—¿Hay alguien? —gritó.

Nadie contestó. Miró a su alrededor con mucha curiosidad. Había poca luz, las paredes parecían estar hechas de raíces. «Parece un pequeño nido subterráneo», pensó. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, descubrió una puerta pequeña en la pared.


Se apresuró a abrirla. La puerta daba a un estrecho pasillo iluminado por la potente luz que entraba del exterior. Llena de curiosidad, empezó a caminar muy deprisa. Al llegar al final, la luz la cegó y tuvo que arrugar los ojos y ponerse las manos delante, para protegerlos. Entre los dedos veía algo verde que parecía las ramas de un árbol y un poco de cielo. Cuando por fin pudo abrirlos, se encontró en un gran jardín.

―¡Qué sitio tan bonito! —murmuró para sí misma. Se quedó muy quieta mirándolo todo.

En primer lugar, llamó su atención una fuente de piedra, con un caño grueso que no paraba de echar agua. Junto a ella había cuatro árboles y, debajo del más grande, un banco. Del mismo lugar salía una vereda que llevaban al río y al huerto que se veían al final. Vio también a lo lejos un puente que pasaba a la otra orilla del río, donde había una sierra con olivos, otros árboles, matorrales y rocas.

―Hola. ¿Hay alguien? Estoy aquí. —«Qué raro. Creía que habría alguien esperándome», pensó.

De repente, oyó ruido detrás de la fuente. Iba a acercarse cuando una niña asomó su cara sonriente por detrás de ella.

―¡Hola!

―Uuuuh ―dijo Tana dando un brinco―. ¡Menudo susto me has dado!

―Perdona ―dijo la niña saliendo de su escondite―, no quería asustarte.

Tana, aún un poco sobresaltada, miró fijamente a la niña y su sorpresa fue aún mayor. Se parecía mucho a ella de pequeña, e incluso llevaba su mismo peinado, dos coletas rubias y redonditas detrás de las orejas. Se quedó muda sin saber qué decir.

―Sí, soy tú ―dijo la niña viendo la sorpresa en su cara.

―Pero no has crecido ―dijo Tana con los ojos abiertos como platos―. ¿Por qué te has quedado así?

―Me gusta ―contestó la niña encogiéndose de hombros mientras sonreía.

Tana se quedó quieta por un momento mirándola a los ojos y, finalmente, le devolvió la sonrisa.

―¿Para qué me has llamado? ―preguntó.

―Estás creciendo. Quiero recordarte tu otro mundo antes de que te hagas mayor y lo olvides por completo.

―¡Mi otro mundo! ―dijo Tana abriendo los ojos muchísimo otra vez. «Esta niña dice cosas muy raras», pensó―. No sabía que existiera otro mundo.

―Pues existe. Y está dentro de ti.

―¿Dentro de mí, dices?

 ―Sí, todo derecho hacia abajo, contando diez con los ojos cerrados. Ahí es donde vivo yo ―dijo la niña asintiendo con la cabeza y poniendo esa voz cómica que ponen los niños cuando empiezan a impacientarse por preguntas que consideran absurdas.

A Tana le hizo gracia su forma de responder. Parecía tan segura de lo que decía…

―Vives dentro de mí, ja, ja. Todo derecho hacia abajo ―repitió―. No entiendo, pero no importa. Presiento que vamos a pasarlo muy bien juntas.

―Entonces, ¿vendrás a verme?

―Vendré a verte ―dijo Tana―; pero, si vamos a ser amigas, tendré que llamarte de alguna forma.

―No tengo nombre. Si quieres puedes ponerme uno.

―Te llamaré Coletas.

―¡¡Me gusta!! ―dijo Coletas.

Después dieron un paseo por el jardín, durante el cual Coletas le presentó a algunas de las plantas y flores que encontraron a su paso:

―Este es mandarino y tiene unas mandarinas muy dulces…

―Hola, señor mandarino ―dijo Tana.

―Acércate a oler el romero…

―¿Cómo está, señor romero?

―Mira las margaritas, son muy alegres.

―¿Qué tal, señoras margaritas? Mucho gusto.

―El jazmín está contento, tiene muchas flores este año.

―Qué bien huelen sus flores, señor jazmín.

―Este sauce llorón da una sombra muy fresquita.

―Hola ―dijo Tana apartando sus ramas y metiendo la cabeza dentro―. Qué bien se está aquí…

Las plantas respondían a sus palabras con una sonrisa de bienvenida que ella percibía claramente…

Tana se encontraba tumbada en la hamaca cuando oyó a su madre llamarla para cenar. Estaba contenta. Le gustó tanto el encuentro que fue sencillo cumplir su palabra. A partir de entonces, se reúne con su amiga todos los días cerrando los ojos y contando diez hacia abajo.

Coletas huele a flores y sabe muchas cosas de las plantas y de los árboles, cosas de las que no se aprenden en el colegio. No conoce sus nombres en latín, pero las siente dentro de su corazón con solo mirarlas. Ninguna planta puede esconderse de su olfato y a todas sabe verles su dulzura, a pesar de que pinchen, como las zarzas. Aunque su cuerpo es pequeño, su sabiduría es muy muy grande, y le gusta mucho contar y leer historias. A Tana le encanta oírlas. Espero que a ti te gusten tanto como a ella.

Manos de colores

Era una tarde fresquita de junio. Aquel año, el calor se estaba retrasando y las flores estaban especialmente bonitas. Tana bajó al jardín como todas las tardes. Coletas estaba esperándola.

―Quiero enseñarte una flor nueva ―le dijo muy contenta nada más verla.

Las niñas se dirigieron a un rincón del jardín donde vivía una gran mata de margaritas amarillas. Ese año entre ellas había nacido una de color rojo.

—Nació ayer —dijo Coletas mostrándosela orgullosa con los brazos en jarras.

―Es muy bonita, pero…, ¿por qué es diferente a sus compañeras? —dijo Tana acercándose para verla mejor. Me recuerda a un niño de mi clase, él también es muy extraño.

―¿Extraño? —preguntó Coletas abriendo mucho los ojos.

―Sí, se pinta las uñas de colores, y se pone ropa muy rara ―dijo Tana bajito como si estuviera diciendo algo malo.

―¿Eso es extraño? A mí me parece divertido —dijo riendo Coletas.

―Pero no es normal, ningún niño va vestido como él.

Mira las flores —dijo Coletas agachándose para acercarse más a ellas―. Esta ha preferido vestirse de rojo, aunque sus compañeras lleven un vestido amarillo. A cada una le gusta una cosa diferente ―continuó diciendo Coletas―. Por ejemplo, a estas les gusta vestirse solo de blanco; sin embargo, a estas les gusta combinar muchos colores. A esta solo le gusta el rojo, y a esta el azul. Esta otra tiene espinas y crece muy derecha, sin embargo, a esta le gusta enredarse en los árboles y a esta trepar por las paredes y a esta vivir sobre el agua.

―¡¡Es verdad, todas son diferentes!! Las hay con muchos pétalos, y esta solo tiene cuatro…

Las niñas estuvieron viendo las diferencias y pasaron un rato muy divertido.

―Qué bonitas y diferentes son todas —dijo Tana.

―Sí, son muy diferentes, a las flores no les importa, no se fijan en eso. Ellas cuando se miran unas a otras lo hacen desde el corazón

—Aunque… ahora que me acuerdo, un día me contó la mata de margaritas, que no hace mucho tiempo, en un jardín nació una flor muy parlanchina que tenía la costumbre de mirar a sus compañeras con los ojos de la mente.

—¿Quieres conocer su historia? —preguntó Coletas.

—¡Claro que sí! —respondió Tana.

—Según me contaron —empezó Coletas— esa flor estaba a todas horas hablando de los vestidos de las flores y de lo que hacían: «Qué extravagante es la petunia». «Qué mal gusto tiene la begonia, esos colores no combinan». «Mira esa loca, no para de enrollarse en los árboles, eso no está bien». «Una señorita bien educada no trepa por las paredes ni se arrastra por el suelo».

―Parece un poco pesada esa flor ―dijo Tana— no se debe hablar tanto de tus compañeras.

―No solo hablaba de las demás, también hablaba sobre ella misma, su propio vestido; tampoco le gustaba. «Mi vestido es horrible, está pasado de moda ―decía levantando sus pétalos con sus hojasmanos―, este color no destaca nada ―se quejaba mientras miraba su reflejo en las gotas del rocío…». Las otras flores no la entendían, ellas nunca habían conocido una flor así. Cuando opinaba todas las miraban extrañadas sin saber que decir. Ella al sentirse tan incomprendida empezó a encontrarse muy mal.

―Pobre flor ―dijo Tana imaginando la escena—. ¿Qué pasó con ella?

―Según me conto la señora mata de margaritas, un cardo borriquero muy observador que crecía cerca y que sabía mucho, le dijo: «Creo que sé lo que te pasa; esos ojos tan analíticos con los que miras no valen entre las flores. Ellas no entienden tus opiniones y juicios sobre los vestidos ni las formas de vivir. Esa manera de mirar a las demás es muy extraña en una flor. Ellas miran con el corazón. Si quieres sentirte bien entre ellas tienes que empezar a mirarlas así». La flor se quedó muy pensativa, y como era muy lista, hizo algunas pruebas para comprobar que lo que decía el cardo era cierto. Pronto se dio cuenta de que era verdad. Cuando miraba desde el corazón, no salía el ruido de las palabras cargadas de opiniones de su boca y había mucha paz. Entonces se propuso poner todo su esfuerzo en dejar esa costumbre. «Desde hoy estaré muy atenta y voy a mirar siempre a mis compañeras con el corazón ―le dijo al cardo». Algunas veces se le olvidaba y cuando se le escapaban las primeras palabras y veía la cara de asombro de sus compañeras se callaba rápidamente tapándose la boca con sus hojasmanos. «Por poco se me escapa ―se decía». Pronto aprendió y mirar a sus compañeras con el corazón, y ahora es muy feliz entre ellas.

Tana se quedó en silencio por un momento y luego dijo:

—¿Y si mirásemos como las flores?

Y sin esperar respuesta, cerró los ojos y vino a su mente una escena en la que, su compañero y ella eran flores de diferentes colores. Estaban felices en un prado verde, al sol jugando con el viento y charlando con los insectos que se posaban en ellas. El traje de su amigo era diferente Se miraban con el corazón y no había juicios, solo alegría y paz.

Después, las niñas se despidieron y Tana abandonó el jardín con muchas ganas de reencontrarse con su compañero para charlar y jugar con él.

El brillo del silencio.

Coletas estaba sentada en el banco que había junto la fuente. Estaba muy quietecita escuchando el sonido del agua y observando a los pájaros que se acercaban a beber cuando apareció Tana.

–Hola coletas, hoy vengo un poco tarde –dijo sentándose a su lado — me he entretenido viendo un video de mi barrio.

–¿De tu barrio? –preguntó Coletas.

–Sí, lo han tomado desde un avión. Se ve todo muy pequeñito –dijo tana poniendo delante de sus ojos la yemas de los dedos pulgar e índice muy juntitas– Las personas van de un lado a otro como hormiguitas de colores. No sé que tiene, pero me gusta mucho mirarlo.

–Quizás, sea por lo que no tiene –dijo Coletas mirándola– ¿Notas si le falta algo?

–No — dijo Tana cogiéndose la barbilla con la mano– no se me ocurre nada… ¿Qué puede faltarle?

-La voz de Men –dijo Coletas.

–¿Men la parlanchina?

–Sí, la parlanchina. Ella es como un ordenador. Esta conectada a nuestros ojos y cuando miramos algo, sin que nadie se lo pida, suelta toda la información que tiene guardada en sus archivos. Nunca para de trabajar. La mayoría de las veces la información que da no sirve para nada, hace ruido y molesta, pero a ella la da igual. Desde lejos, como no distingue lo que ve, no dice nada. Creo que lo que te gusta tanto de ese video es el silencio de Men.

Coletas sacó de su mochila unos prismáticos.

–Mira por aquí –dijo.

–¡¡Unos prismáticos!! –dijo Tana– colocándoselos en los ojos–. Pero…¡¡Si es el mismo video!! La imagen se está acercando, ahora se ve muy bien a las personas.

Al mirar de cerca la escena. Men reconoció a las personas, y empezó a soltar toda la información que almacenaba en sus archivos sobre ellas y ahora esta información salía por la boca de Tana.

–Esa que está en el parque es mi amiga Julia comiéndose un helado y está con Macarena ¡Podían haberme avisado! Anda, pero si esa es la vecina del quinto que nunca saluda… Y esa me suena… pero… si esa es mi profesora de mates, la más gruñona que he conocido. Quítala, quítala de mi vista mañana tengo examen, no quiero ni pensarlo… Con esa niña del vestido rojo estoy enfadada desde la semana pasada…

Con los recuerdos de la voz , aparecieron emociones como el enfado con su compañera, la preocupación por el examen y la culpa por no haber estudiado a tiempo. Tana aparto los prismáticos de sus ojos.

–Verlo así no es lo mismo. Hay mucho ruido. La paz se ha ido –dijo Tana apenada.

– No se ha ido. Sigue ahí, pero el ruido de las palabras y etiquetas de Men no te deja sentirla.

–¿Cómo puedo hacer para no oír la voz de Men cuando miro de cerca? –dijo Tana mostrándole los prismáticos a Coletas ¿Se puede silenciar este aparato?

–Sí, se puede.  Si no le haces caso, la voz de Men desaparece y la escena se queda muda.

–¿Cómo se hace? ¿Dónde está el botón del caso?

——Ja, ja, ja –rio Coletas—El botón del caso está en tu mirada. Solo tienes mirar con mucha atención, y en cuanto aparezca la voz, la dejas decir todo lo que quiera, pero sin atenderla. Quédate muy quieta. Siente la respiración del espacio en tu cuerpo, fíjate en la luz, en los contornos, en los colores… entonces la voz dejará de sonar.

Parece fácil —dijo Tana ¡Voy a probar!

Tana se puso lo prismáticos e intento hacer lo que le dijo Coletas pero Men era muy lista y la entretenía con sus charlas llevándola de un lado a otro sin parar: Cuando la vea le voy a decir… en cuanto llegue a casa me tengo que poner a… no voy a ser capaz de… es que Julia… estoy agobiada tengo muchas tareas… no me va a dar tiempo a …

–No puedo callarla –dijo tana un poco decepcionada después de varios intentos sin conseguirlo.

—Inténtalo más veces, acuérdate de la rana, no importa como te salga, todos los intentos son necesarios para conseguirlo –le dijo Coletas.

Tana lo intento una vez más, sin esperar ningún resultado y entonces ocurrió. Miró por los prismáticos otra vez, poniendo mucha atención en los detalle. Las hojas de los árboles se movían con la brisa, dejando pasar la luz entre ellas, los bandos de gorriones jugaban y se perseguían volando de un árbol a otro. Un gato paseaba despacito por los tejados. Entre las flores, las abejas zumbaban alegremente propagando los granos de polen por el aire y ellas trataban de atraerlas gritándoles sus colores y su perfume. En la plaza los niños jugaban con una pelota, algunas personas caminaban, otras sentadas en los bancos, tomaban el sol en silencio, otras observaban a las palomas que andaban por el suelo buscando migas de pan…

La voz de Men tardo tres segundos en aparecer. Esta vez no la pillo desprevenida, la estaba esperando y como le dijo Coletas, la dejo hablar. Tana se concentró en la respiración, en las imágenes en sus formas, en sus colores… y la dejó parlotear sin prestarle atención, como si todo lo que decía fuesen tonterías. Al dejar de prestarle atención, la voz se apagó dando paso al silencio y durante unos segundos, la escena brilló iluminada por la propia luz de sus ojos y una paz inmensa lleno su cuerpo.

Cuando el video terminó Tana se quito los prismáticos. Y después de unos minutos dijo:

–¿Sabes Coletas? Cuando Men se calla, todo brilla.

–Es el brillo del silencio –dijo Coletas sonriendo.

–Me gustaría ser una experta callando a Men –dijo Tana muy contenta por el descubrimiento de la nueva forma de mirar– ¡voy a seguir practicando!

—Debería existir un botón para callarla. Por ejemplo, en la nariz… –dijo Coletas apretándosela con el dedo— Te imaginas Tana…

Ja, ja, ja, ja, ja, las risas de las niñas, que se habían levantado del banco y bajaban corriendo por el camino del huerto, se sumaron a los trinos de los pájaros y al sonido del agua de la fuente sin romper el silencio de la tarde.

los dos caminos

Los dos caminos

Tana y Coletas estaban paseando por la sierra. Era verano y a la sombra de los árboles se estaba muy bien.

―Lo que más me gusta de la naturaleza —le iba diciendo Tana a Coletas— es que no necesitan comprar nada para sentirse bien. Por ejemplo, las plantas; ellas lo tienen todo sin trabajar.

―Ellas sí trabajan, todas dan su fruto, Puede ser comida o refugio para los animales, sombra, madera, corcho… Cada una tiene una misión importante para que todo funcione, por muy pequeñitas que sean. Como esta plantita de trébol que da de comer a los ciervos, o esta que alimenta a la mariquita que transporta polen en sus patas; ellas también son necesarias, su trabajo es importante.

―El alcornoque da bellotas para los animales y corcho para los humanos. Tiene dos empleos, será muy rico ―dijo Tana apoyándose en el tronco de un gran alcornoque que crecía en un margen del camino.

―Ja, ja. Aquí no funciona así Tana. Ellos cogen todo lo que necesitan gratis: el agua, el sol, el aire, la tierra… Lo transforman y entregan su fruto a los que lo necesitan sin cobrar nada por ello.

―Pues en mi mundo hay que tener dinero, todo se compra y se vende, y todos, los niños y los mayores, quieren tener mucho éxito y dinero para ser felices.

―Si lo que quieren es ser felices y tener éxito siguiendo el camino del dinero, están en el camino equivocado.

―¿El camino equivocado?

―Sí. Te contaré una historia que pasó hace mucho mucho tiempo. Sentémonos en esta roca —dijo Coletas.

En un lejano país, todos los habitantes tenían lo necesario para vivir, pero sufrían mucho sin saber cuál podía ser el motivo, y esto les hacía perder la Paz.

Todos los habitantes sin excepción buscaban dejar de sufrir y sentirse bien y deseaban lo mismo para sus seres queridos. El día en que dejaban la casa de sus padres para vivir en la suya propia tenían que tomar una decisión muy importante. Ante ellos aparecían dos caminos, el de la mente y el del corazón. El de la mente era largo y tenía muchas cuestas y curvas, pero al final, en lo más alto, había mansiones, fiestas, coches bonitos… El del corazón era una senda llana y tranquila entre árboles y plantas. Al final no se veía nada especial. Este parecía tan soso y aburrido que no lo elegía casi nadie. Los jóvenes elegían el camino de la mente, que era el que le recomendaban sus mayores, ya que estaban convencidos de que la riqueza calmaría su sufrimiento.

Por estos motivos, el camino de la mente estaba muy muy transitado. No todos conseguían llegar al final, muchos se quedaban por las cuestas y no lograban alcanzar la meta. Solo unos cuantos, con mucho esfuerzo, lo conseguían, y todos los admiraban y los veían como triunfadores y personas de éxito, pues no era fácil llegar al final.

Un día, un señor que había llegado al final del camino de la mente y que era un ejemplo que seguir para muchos de los que querían lograrlo, sorprendió a todos reconociendo públicamente su dolor y su infelicidad: «A pesar de haber logrado llegar al final, no soy feliz, sigo sufriendo», confesó a todos. Nadie entendía cómo no podía serlo teniendo tantas cosas. «Pero ¿cómo puedes ser infeliz si lo tienes todo: coches, casas, viajes, joyas…?», le preguntaban. «¡Lo has conseguido!, eres un hombre de éxito, todos te admiramos». Él dijo: «Estoy muy cansado de fingir. En realidad, nada de lo que tengo me calma el sufrimiento, creo que me equivoqué de camino». Y sin decir más, dejó todas sus pertenencias y se dio la vuelta para andar el otro camino.

Cuando empezó a transitar por el camino que había descartado por soso y aburrido, encontró mucho silencio y la compañía de árboles y plantas que le proporcionan alimento, y pájaros y demás animales que le daban compañía y a los que observaba durante horas. Pasaba el tiempo, y cada día se encontraba mejor y más tranquilo, aunque de vez en cuando, sobre todo durante la noche, venía a visitarlo el sufrimiento. Era un malestar del que no lograba averiguar su origen. A pesar de eso, no sentía ganas de volver a su antiguo camino y siempre siguió hacia adelante; hasta que un día, casi sin esperarlo, llegó al final y encontró una misteriosa caja azul.

―Qué emoción ―dijo Tana, a quien gustaban muchos las sorpresas.

Coletas prosiguió con su narración:

El señor abrió con calma la caja. Dentro había un sobre con su nombre completo. Lo abrió y leyó una sola frase que había escrita en una hoja con una letra muy bonita y que decía: «Tu recompensa es el fin del sufrimiento». Al terminar de leer la frase, los zapatos se cambiaron solos de pie sin que él se diera ni cuenta, y sintió un alivio y una paz muy grandes. «¡El problema estaba en mí!», dijo sorprendido. «¡Eran los zapatos!».

―Pero ¿por qué los llevaban al revés? ¿Acaso eran tontos? —preguntó Tana.

―No, no lo eran, pero como siempre se había hecho así; los padres, los abuelos los tatarabuelos…, nadie recordaba que se hubiese hecho de otra forma, no consideraban otra opción. En ese país lo normal era llevar los zapatos del revés. A los niños se los colocaban así desde pequeños sin que se dieran cuenta. Pero volvamos a la historia Tana ―continuó Coletas.

El señor dejó pasar unos días y comprobó que, como prometía la nota, el sufrimiento había desaparecido para siempre. Se puso tan contento que fue corriendo al otro camino para contar a todos su gran descubrimiento. «Estáis equivocados, no es por aquí. El otro camino es el que calma el sufrimiento». Al principio, nadie lo creía y lo tomaban por loco. Solo con el paso del tiempo, se dieron cuenta de que él andaba mucho mejor, que no tropezaba y que todo le salía bien, sin problemas y con menos esfuerzo. Entonces, algunos empezaron a imitarlo y cambiaron de camino. Cuando llegaban al final, en la caja encontraban el sobre con su nombre y se les cambiaban los zapatos de pie. Cada día había más personas en el camino del corazón y menos en el de la mente. Finalmente, todos se convencieron, consiguieron su regalo y acabaron con los zapatos bien puestos. Así fue como acabó en ese país el sufrimiento.

―Era tan fácil y tan sencillo que nadie se lo podía imaginar ―dijo Tana―. Un día fui a un parque de atracciones muy chulo, con unos zapatos chicos y no pude disfrutar nada.

―Eso mismo les pasaba a ellos. Sus zapatos del revés seguían causándoles mucho sufrimiento, a pesar de sus riquezas, pero lo disimulaban porque los demás los veían como triunfadores ―dijo Coletas.

Se estaba haciendo tarde y las niñas se levantaron y continuaron charlando por el camino de vuelta a casa.

―¡Otro cuento con final feliz!―exclamó Tana―. En mi mundo también hay sufrimiento, creo que vamos por el camino de la mente. Quizás, si hiciésemos un cambio dentro de nosotros mismos y pusiésemos delante de la mente el corazón para que él dirija nuestros pasos… Estoy segura de que nos llevaría a la felicidad…

la partitura.

La partitura.

Tana llegó con bastante retraso aquella tarde y se sentó junto a Coletas en el banco del jardín.

-Hola Coletas, menudo día llevo. He perdido el libro de matemáticas, tampoco me acordaba donde había puesto el compás y se me olvido que tenía que presentar un trabajo, mi vida es un caos –dijo dejándose caer en el banco junto a Coletas.

-Ja, ja, eso pasa cuando no estás donde estas.

-Pero yo siempre estoy donde estoy.

-Tú estás aquí pero tu atención puede estar fuera. Cuando te vas con Mente al pasado y al futuro no estás en el presente. En tu lugar se queda el piloto automático haciendo lo que quiere, y luego no te lo cuenta, por eso no te acuerdas de donde pones las cosas, y se te olvida todo.

-Y qué puedo hacer.

-Debes preguntarte frecuentemente donde estas.

-¿Yo? Pero yo siempre se dónde estoy.

-Ja, ja, es verdad tú eres la única que sabes dónde estás, pero ya te he dicho que puedes estar en dos sitios; aquí al mando de todo lo que ocurre o de paseo con Mente, Lo de no saber dónde pones las cosas es solo una de las consecuencias de estar distraída con Mente, Aún pueden pasarte cosas peores cuando abandonas el puesto de mando, te contare lo que le paso a una rosa que andaba siempre fuera de su lugar de mando.

-Ella vivía en un hermoso jardín, donde crecían rosas bailarinas de todas las variedades, eran preciosas. Era la directora de orquesta, la encargada de interpretar la partitura con su batuta y la responsable de la armonía, que se supone, debía reinar en la danza de todas las rosas.

Cuando eran pequeñas, interpretaba la partitura, que había nacido con ella y todas bailaban a su son. Era bonito verlas con sus tutus de colores dando sus primeros pasos de danza.

Pero a medida que crecían, la directora, empezó a dejar el jardín solo. Fuera había muchas distracciones que llamaban su atención y cada vez con más frecuencia pasaba más tiempo fuera que dentro del jardín. Mientras ella no estaba, un impostor le cambio la partitura poco a poco, metiéndole sus notas sin que la rosa se diese cuenta de nada. Al principio solo unos acordes, luego fueron dos, luego tres hasta que, la partitura original fue sustituida por la del impostor sin que la rosa sospechase nada. La nueva partitura era muy distinta y sonaba muy mal.

Cuando llevaba un tiempo interpretando la nueva partitura. La directora, empezó a notar que no le gustaba nada la danza de las rosas. Era un baile feísimo, las rosas saltaban y daban patadas sin ningún orden ni concierto y se molestaban unas a otras.

“No me gusta nada este baile se decía. Mi jardín es un auténtico caos, no entiendo porque se portan así”, se lamentaba sin sospechar nada.

Un día, decidió intervenir para poner orden se metió entre ella les hablo muy seriamente para decirles a una por una cómo debían bailar. “Tú no te estires tanto, tú retírate un poco y controla tu tallo, tú no te retuerzas, tú debes tener cuidado con las hojas…” así corregía a todas, pero sus esfuerzos no daban resultado, y la cosa empeoró, las rosas no entendían nada, estaban hechas un lio; la directora decía una cosa y la partitura otra. Mientras más trataba de corregirlas peor se portaban. Algunas le contestaban mal, ellas también estaban enfadadas y en el jardín había todo tipo de conflictos. La pobre rosa no entendía lo que pasaba

-¡Vaya lio gordo tiene en su jardín! Me imagino a todas saltando descontroladas, como locas con los pétalos desordenados –dijoTana.

-Sí, era un gran lio. Entre tanta agitación –continuo Coletas- la rosa tropezó con el  tallo de una rosa y salió disparada .Por el aire abrió las manos para frenar el golpe en el suelo y al hacerlo se le cayó la batuta, en ese  momento la música dejo de sonar “¿Qué ha pasado?” Se preguntó. Tumbada en el suelo. En el jardín reinaba un gran silencio. Se levantó, todo era brillante y bonito. Una gran paz inundaba el jardín y las rosas bailaban delicadamente. Buscó su batuta y se agacho para recuperarla, comenzó a dirigir la partitura y con ella volvió el caos. Soltó la batuta dando un salto asustada y todo se volvió a calmar. “¿Qué música estoy interpretando?”’ Enseguida se puso a revisar la partitura. “¡¡Es la partitura!!” gritó llena de alegría por el descubrimiento.

Se preguntó cómo había podido estar tanto tiempo dirigiendo esa música tan horrible, y hasta le entro un poco de risa.” Ahora entiendo lo que le pasaba a las rosas, Tanto esfuerzo intentando corregir a todas las rosas del jardín… Ellas no tenían culpa de nada. La solución era tan sencilla”. Se colocó en su puesto de mando con su partitura original y el impostor al ser descubierto salió corriendo.

Ahora estaba más presente en el jardín, para que el impostor no entrase. De vez en cuando se distraía, y salía por la costumbre, entonces se le colaba el impostor, pero como lo conocía muy bien y ya estaba atenta, enseguida se daba cuenta y volvía corriendo a su lugar. Y así, poco a poco, la rosa con su partitura original, fue teniendo más presencia en el jardín y el impostor cansado de que siempre lo sorprendiera dejo de intentarlo.

Ahora las rosas están tranquilas, todas se respetan y su baile es muy bonito, pero ella nunca olvidara su experiencia, y aun se ríe acordándose de esos días de locura que el impostor le hizo pasar.

-A parir de hoy, me preguntaré donde estoy, no vaya a ser que se me meta un impostor y me la líe gorda como a la rosa –dijo Tana riendo.

Elijo la vida

Una Tarde las niñas paseaban por el jardín cuando Tana como si estuviera hablando para ella misma dijo:
–Hay días en que no me gusta mi vida y quisiera ser otra persona.
Coletas se detuvo y le preguntó.
–¿A qué llamas tu vida?
–A todo lo que me pasa, a mi historia desde que nací. Esa es mi vida –contestó Tana moviendo las manos de un lado a otro sin detenerse mientras se explicaba.
–Ja, Ja, ja. ¿Cómo puedes confundir la vida con una historia?
–No sé porque te ríes –dijo Tana dirigiéndose al río.
–¿Te acuerdas de Men? –preguntó Coletas andando muy deprisa para alcanzarla.
–Sí, la parlanchina de Men –respondió Tana.
–Las historias de Men están llenas de pensamientos como ese. A Men casi nunca le gusta lo que pasa. Hay mucho lio en todas las historias que cuenta Men. Eso que te cuenta Men, no es tú vida, es una historia.
Tana se paró en el puente, parecía que estaba empezando a interesarle lo que decía Coletas.
–¿Cómo una película?
–Muy parecido –respondió Coletas –en las historias también pasas cosas, como en las películas.
–¿Entonces qué es la Vida? –preguntó Tana.
Las niñas se sentaron en el puente con las piernas colgando. El agua sonaba de fondo corriendo entre las piedras.
–La vida no pasa, y siempre está aquí, en el pequeño espacio que ocupa tu cuerpo, acompañándote en silencio. La vida nos respira y llena de energía nuestros cuerpos por igual. Es la misma para todos. Todos estamos unidos a ella, como los rayos al sol o las olas al mar. La vida no es ninguna historia. No empieza ni acaba. Es eterna, es infinita. Da paz. A mí me gusta estar con ella. La mente llena de pensamientos y opiniones hace demasiado ruido.
–¿Estar con ella?, hablas de la vida y de la mente como si fuese dos personas con las que estar –dijo Tana.
–Me divierte verlo así –dijo Colletas sonriendo– Una vez que las conoces debes elegir una de las dos. Yo he elegido la vida. He comprobado que con ella me sale todo mejor.
-¡¿Pero eso se puede elegir?! –Pregunto Tana.
–Claro que sí, somos libres. Nadie nos obliga.
-Todo esto parece un poco lio. Yo a veces no sé con quién estoy. ¿Cómo hago para no confundirlas?, tú que las conoces bien, dime más cosas sobre ellas para distinguirlas –pidió Tana a su amiga.
– La primera pista para no confundirlas es que Men, en todas sus historias está de viaje –dijo Coletas.
¿De viaje?
Sí, viajando del pasado al futuro. Seguir a Men es muy cansado, siempre haciendo maletas. Ahora voy al pasado, que tengo unos asuntillos que arreglar. Luego directamente me voy al futuro corriendo no vaya a ser que… Pero… ¿y sí?… Supongo… Ojalá… me parece a mí que… debería… así todo el día, saltando del pasado al futuro y del futuro al pasado. Maquinando. Va siempre tan atolondrada que se pasa el día tropezando y perdiendo cosas por el camino. Si vas con Men así será también tu historia –dijo Coletas.
-Madre mía, como trajina Men. Me la imagino corriendo de un lado a otro como una loca. –dijo Tana llevándose las manos a la cabeza–. ¿Pero alguna alegría habrá en las historias de Men? –preguntó Tana.
-Llevas razón también hay algunas alegrías, aunque, con un pequeño defectillo –dijo Coletas.
-¿Alegrías con defecto? ¿Eso existe?
–Sí, y es un defecto gordo, estas alegrías duran muy poco, un día eres muy feliz por algún motivo y al siguiente estás triste y sufres por ese mismo motivo. La historia de Men es como una moneda, tiene dos caras. ¡Es tan inestable! Va del drama a la risa y de la risa al drama, el caso es no parar –respondió Coletas.
–¿Pero la mente resuelve problemas? –dijo Tana.
–Sí, es muy lista, y muy útil, cuando quiere resuelve problemas matemáticos y ayuda a muchas cosas necesarias como cocinar, recordar tus tareas… también, estudiar… Esa es su parte útil, lo malo es cuando se va de viaje.
–En resumen, la mente viaja mucho por el pasado y el futuro, no para de suponer, y es muy inestable y atolondrada, pero también es útil para muchas cosas. Por lo que me cuentas creo que la conozco. Me gustaría saber más de cómo es estar con la vida –dijo Tana.
–Estar con la vida es muy fácil, ella no viaja al pasado ni al futuro. Como ya te he dicho, siempre está aquí, esperándote. Las plantas y los animales están siempre con ella. Observa a los árboles, están vivos, respiran, se nutren. Haz como ellos, párate, mira a tu alrededor, Todo lo que necesitas está aquí. Hay aire, respiras. Hay energía en tu cuerpo, siéntela bullir. Hay silencio detrás del ruido, escúchalo. Hay paz. Estás vivo, no necesitas nada más.
Por unos momentos, se hizo un silencio entre las dos.
–¿Y dices que con la vida todo es mejor? –preguntó Tana.
–Sí, junto a la vida todo es fácil, ella no teme nada, no huye, te protege y te cuida. Cuando sigues a los pensamientos miedosos de Men, te metes en muchos líos, pero si no los obedeces, si los dejas pasar, y estas atenta a la vida, te encontraras con su paz. La vida no discute con lo que pasa ahora, siempre está bien, tranquila y nunca te mete en problemas, es la mejor compañía. Tu historia será muy diferente junto a la vida.
Las niñas se quedaron en silencio por unos minutos.
–¿Sí ahora estuviera preocupada, triste o enfadada por el pasado, sería una clara señal de que estoy de viaje con la mente? –preguntó Tana.
–Sí –respondió Coletas enganchando su brazo con el suyo.
¿Siempre puedo volver con la vida? –preguntó Tana mirándola.
–¡Eso es lo mejor! La vida nunca está ocupada. No tienes que avisarla. Ella siempre está disponible para ti, hagas lo que hagas. No hace falta que te sientas mal como ahora para ir junto a ella. Puedes hacerlo cuando comes, si das un paseo, descansas en un banco, pintas un gato, lees un libro, esperas en la cola del autobús, tomas un vaso de agua, estudias, estas con tus padres descansando… Siempre tienes la oportunidad de estar con la Vida. A ella no le importa si te despistas y a ratos te vas de paseo del brazo de la mente, ella nunca te hará ningún reproche, sabe que una vez que has probado su compañía vas a volver. Siempre te espera con los brazos abiertos. No pone condiciones, no se enfada. No te obliga a estar con ella. Te deja libre para decidir, porque la vida es amor puro, autentico y verdadero.
-¿Cuándo empezamos el viaje hacia al presente? –dijo Tana mirando a los ojos de Coletas.
Solo puede ser ahora. Siempre es ahora

 

 

 

 

 

El juego

El juego

 Tana y Coletas estaban en el jardín a la sombra de un aliso desde donde escuchaban correr el agua de la fuente. Llevaban un rato en silencio cuando Tana lo interrumpió con una pregunta:

―¿De dónde vienen los pensamientos, Coletas?

―¿Por qué quieres saberlo?

―Creo que ellos son los culpables de todo. Si todos pensáramos lo mismo no habría discusiones ni guerras entre nosotros.

―Tengo un juego muy bonito que quizás pueda ayudarte ―dijo Coletas levantándose―. Espérame.

A los pocos minutos apareció por el camino arrastrando una bolsa más grande que ella. Tana corrió para ayudarla.

―¡Qué juego tan grande!

Entre las dos lo colocaron sobre el banco. Coletas abrió la bolsa y sacó un tapiz verde del que colgaban miles de flores. Lo extendió con mucho cuidado en el suelo, luego sacó cuatro patas de madera articuladas, clavó la primera y le dijo a Tana:

―Sujeta aquí.

Colocó cada una de las esquinas del tapiz encima de una pata y las fue clavando en el suelo mientras Tana miraba. Cuando terminó, el tapiz quedó sujeto en el aire por las patas.

―¿Puedo soltar ya? ―preguntó Tana, que estaba deseando colocarse debajo del tapiz para verlo mejor.

―Sí, ya está listo.

―¡Las flores colgando cabeza abajo! Así se pueden oler mejor. ―Reía Tana tumbada en el suelo―. ¿Ahora qué?

―Aún faltan dos piezas para completar el juego.

Coletas se dirigió al banco y sacó de la bolsa otro tapiz estampado con millones de estrellas. Entre las dos niñas lo extendieron a modo de alfombra en suelo debajo del tapiz de las flores.

―¡El mundo al revés! Las estrellas en el suelo y las flores en el cielo.

―Ayúdame, vamos a sacar la última pieza ―dijo Coletas.

Entre las dos sacaron un enorme tablero de cartón lleno de casillas parecidas a las de la Oca. Pero este tenía muchos caminos, cada uno con un número y todos acababan en la casilla central. Lo sujetaron a las patas con cordones entre los dos tapices.

―Explícame, ¿qué tiene que ver este juego con mi pregunta? ―dijo Tana.

―Todo. Este ―dijo señalando el gran tapiz lleno de flores― es el campo de los pensamientos; cada flor es un pensamiento, cada uno es diferente.

—¿Y cómo se juega?

―Espera, Tana, aún falta lo más importante: las fichas.

Coletas extrajo de la bolsa un saco de tela blanca atada con un cordón y, con mucho cuidado, vació el contenido sobre el banco.

―Qué muñecos tan graciosos. Parecen marcianos.

El aspecto de las fichas era un poco extraño. El motivo por el que a Tana le parecían marcianos eran las tres antenas de colores que salían de su cabeza. Además de las antenas, todos llevaban mochilas a sus espaldas.

―Sí, son unas fichas muy originales; no hay ninguna igual.

―Es verdad, cada una tiene las antenas de un tamaño diferente ―decía Tana con dos fichas en las manos, comparándolas y dándoles vueltas para ver todos los detalles―. Y tienen un número en la planta del pie.

―Ten cuidado, son muy delicadas. Además, aunque no lo parezca, tienen mucha tecnología; son los cazadores de flores-pensamientos.

―¡Cazadores de flores! Entonces, ¿la mochila es para guardar la caza?

―Lo mejor será que leamos las instrucciones.

Coletas abrió el folleto y comenzó a leer en voz alta.

―«Las fichas y los caminos están numerados y se colocarán en el tablero todas a la vez, cada una en su punto de salida. El número uno en el camino número uno y así sucesivamente».

―Eso es fácil ―dijo Tana colocando las fichas en el tablero.

―«Las estrellas del tapiz al comenzar el juego brillarán con toda su potencia. A lo largo del recorrido, su intensidad indicará el grado de felicidad de las fichas».

Tana había terminado de colocar cada ficha en su lugar y el tablero estaba muy bonito. La luz que desprendían las estrellas era tan potente que atravesaba el tablero iluminando todo el espacio.

―«Cuando estén todas las fichas colocadas se pulsará el botón de la casilla central y el juego comenzará». —Coletas dejó las instrucciones y dijo―: pulsa el botón, Tana.

Al pulsar el botón, la casilla central también se iluminó y las fichas comenzaron a moverse por el tablero. Iban cazando con sus antenas flores‑pensamientos por todas las casillas a las que su camino las llevaba.

―Te lo dije, Coletas, la mochila es para guardar la caza ―dijo Tana al observar que se las guardaban en la mochila.

Así era, las fichas guardaban todas las flores. Las más bonitas y las que mejor olían las ponían arriba y aquellas de las que no les gustaba su olor las escondían en el fondo de la mochila para no olerlas. A medida que iban avanzando, sus mochilas iban engordando y cada vez pesaban más.

―Coletas, las luces de las estrellas se están apagando, están perdiendo felicidad ―dijo Tana preocupada al rato de estar mirando el juego.

―Es normal, si gastan toda su energía en arrastrar la mochila no les queda para iluminar la estrella.

Las fichas iban llegando exhaustas al final del camino; a la casilla central. Las estrellas que tenían debajo apenas brillaban.

―Sigue leyendo las instrucciones, quiero saber qué pasa ahora.

―«Todas las fichas llegarán a la casilla central sin que exista la posibilidad de que ninguna se quede por el camino. Al llegar, caerá sobre ellas la más bonita de todas las flores‑pensamiento que les hará darse cuenta de que el peso de la mochila gasta toda su energía. A partir de ese momento, comenzaran a hacer el camino hacia atrás. Volverán a las casillas donde cargaron las flores para soltarlas e ir vaciando su mochila. A medida que vayan soltando flores, su estrella se irá iluminando y caminarán más ligeras y alegres, pues su mochila será mucho menos pesada de cargar.

―¿Qué pasa si no sueltan la flor? ―preguntó Tana.

―Nada. Algunas están tan escondidas que no las encuentran a la primera y tienen que volver más veces a la misma casilla hasta que la encuentran y la sueltan.

Las fichas iniciaron el camino de vuelta, pero esta vez iban soltando. Finalmente, la mayoría de las fichas del juego llegaron otra vez a la casilla central sin nada en la mochila. La luz había vuelto a las estrellas.

Tana paró el juego.

―El problema no eran los pensamientos ―dijo.

―No, era la decisión de cargar con ellos en la mochila ―respondió Coletas.

―¿Lo encendemos para ver cómo termina?

―Sí.

Volvieron a encender el juego. Quedaban pocas fichas sobre el tablero haciendo el camino de vuelta. El tapiz de las estrellas brillaba a toda potencia. Cuando llego la última ficha a la casilla central sin nada en la mochila, la luz se hizo tan intensa que el juego desapareció ante la mirada de las niñas.

―¡Qué bonito! Pero ¿dónde está el juego?

―No sé, miraré en el libro de instrucciones ―dijo Coletas. Y, leyendo en voz alta añadió―: «El juego desaparecerá cuando no queden flores‑pensamientos en las mochilas de las fichas y la última haya alcanzado la casilla central».

El libro de instrucciones también desapareció en sus manos al leer la última palabra.

―¡Menudo final! ¡Todos ganan! ―exclamó Tana―. No sé cómo te las arreglas para que tus juegos siempre acaben bien.

Coletas se rio y se despidieron con un abrazo hasta un nuevo encuentro.

El fresno sin conexión.

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-El fresno sin conexión.

Era un bonito día de primavera, Tana y Coletas caminaba con sus mochilas a la espalda dirección al río. Ese día Coletas le había propuesto a Tana ir hasta allí, porque era primavera, y los nenúfares y los juncos con sus lirios amarillos, adornaban el río poniéndolo especialmente bonito.  Además, los pájaros están muy cantarines añadido, sabiendo que a Tana le gustaba mucho oírlos.

Al llegar, pasearon por su orilla, había parejas patos nadando en pareja como novios. También vieron algunas tortugas tomando el sol en las piedras y a peces saltar fuera del agua. Los pájaros, que andaban muy ocupados haciendo sus nidos entre los juncos, árboles y matorrales de la orilla, volaban de un lado a otro sin parar con ramas en sus picos. Coletas, le presentó unas gallinas nadadoras, que vivían en el río, muy simpáticas. Había tanta actividad, y tantas cosas que ver que se les paso la mañana sin darse cuenta.

―Este es un buen sitio para descansar y tomar el bocadillo ―dijo Coletas parándose bajo las ramas de un gran fresno.

―Sí, ahora que lo dices tengo hambre―dijo Tana.

Las dos niñas extendieron una manta bajo las ramas del fresno, entre las que se colaban algunos rayitos de sol. Sacaron sus bocadillos y después de comer se tumbaron boca arriba.

―¿No te parece que este fresno está un poco triste?, Sus hojas no brillan, parece temblar ―dijo Tana.

―Creo que está enfermo, se queja mucho.

―¿Cómo lo sabes?

Entonces Coletas sacó de su mochila una trompetilla de esas que usaban los abuelos.

―Toma, escucha por aquí ―dijo Coletas alargándole la trompetilla.

―¿Es otra de tus herramientas mágicas? ―preguntó Tana.

―Sí, con ella escucharas a los árboles, los pájaros…―pruébalo.

Tana se puso la trompetilla en la oreja rápidamente.

Lo primero que oyó fue un saludo con voz chillona.

―»¡Hola!»

―¿Quién me saluda? ―dijo Tana, incorporándose a mirar.

―No es a ti, esa pequeña seta-―dijo señalando al tronco del árbol― está saludando al fresno.

―¿Una seta saludando a un árbol?, que emocionante ―dijo Tana llena de curiosidad y nervios.

―Tú solo escucha ―dijo .

La seta tenía una voz chillona y alegre, era muy blanquita y pequeña, y hablaba desde una oquedad a media altura del tronco. Las dos niñas se quedaron muy quietas para escuchar lo que decía.

―¡¡Holaaaaa!! ―volvió a gritar la seta esperando una respuesta. Soy el doctor.

―¡¡Lo que me faltaba una seta!!» ―dijo el fresno entre dientes― ¿Qué enfermedad me traerá? Seguro que se me caen las hojas, y se secan mis ramas,  mejor ni miro.

―No será para tanto señor fresno ―respondió la doctora seta―que lo había oído todo―  solo soy una setita de nada. Me han dicho que no se encuentra bien, cuénteme ¿que le ocurre?

―¿Acaso nos conocemos de algo? Yo no lo he llamado. No hablo con desconocidos ―respondió el fresno muerto de miedo.

―Claro que nos conocemos, nos hemos visto en la China y en Australia, en la Pampa y en hasta en Pekín…

―Creo que te está equivocando, yo nunca he estado en esos lugares ―dijo el árbol cortando el discurso de la parlanchina seta.

―Ja, ja, no trates de engañarme, eres tú, te reconozco. Viajo mucho, he recorrido el mundo entero, y en todos los lugares que he visitado estás tú.

―No sabía que los árboles viajaran tanto ―dijo Tana dirigiéndose a Tana y retirando la trompetilla de su oreja.

―Para la seta solo existe un árbol con una inmensa raíz y muchas ramas diferentes que salen a la superficie por todo el mundo, por eso dice que lo ha visto en tantos sitios.

―ahhhh―dijo ―y volvió a colocarse la trompetilla para escuchar al árbol que seguía hablando.

―…estás muy confundida ―“¡lo que me faltaba! Una  seta loca, seguro que me pega la locura. Debe ser de esas raras que provocan alucinaciones” pensó―. Soy un fresno, un árbol de sombra y vivo en este río, nunca me he movido de aquí.

―Jajajaja ―se río la seta― ¿Me estás gastando una broma?

―¿De qué te ríes? ―dijo el árbol en un alarde de valor y bastante molesto― no tengo tiempo para bromas, tengo muchas preocupaciones.

―¿Preocupaciones? ―dijo la seta― ¿qué es eso?

―¿Acaso crees que cuidar de las ramas, y de todas mis hojas es fácil? ―dijo el árbol.

―Sí, creo que es muy fácil, solo tienes que dejarlas bailar con el viento y refrescarse con el agua de la lluvia ―respondió la seta.

―Para bailes estoy yo ―dijo el árbol mirando para otro lado. Dando a entender que no quería seguir escuchándola.

―Está muy mal ―dijo la seta dirigiéndose a Coletas―veremos qué puedo hacer.

―Sí, lleva varias semanas quejándose mucho, por eso la llame.

La doctora seta sacó un libro gordo de su maletín. Árbol  enfermo con miedo y preocupaciones… decía mientras buscaba por sus páginas

―¡Ya lo tengo! Coletas. Creo que es un caso de pérdida de memoria agudo por desconexión. Existen muy pocos casos como este, pero creo que tiene todos los síntomas, de todas formas me asegurare antes de intervenir. Volveré a hablar con él.

―Creo que sé lo que le pasa.

―No me pasa nada.

―Creo que te has desconectado. Quizás tenga que operar.

―¿Operar?, déjame trabajar, no estoy aquí de vacaciones, soy un árbol, te repito que tengo mucho trabajo y muchas preocupaciones

―No tienes que preocuparte ―insistió la seta― Todos los arboles de la tierra están unidos a ti, no tienes nada que temer.

―Sí tengo que preocuparme, solo dices tonterías. Solo soy un árbol. Estoy solo. ¿Acaso no lo ves? -dijo muy enfadado.

Esto confirmo el diagnóstico de la seta.

―Ahora vuelvo, creo que sé dónde está el problema, ―dijo desapareciendo por el tronco en dirección a las raíces.

Cuando llego a la raíz comprobó que su diagnóstico era cierto, cogió la más gorda y la conecto a la red de árboles del planeta.

Arriba, se hizo un gran silencio y empezaron a caer todas las hojas de sus ramas al suelo como si fuesen lágrimas.

―¿Le pasa algo? ―preguntó Tana asustada

―Nada malo. Se acaba de conectar, ya no tiene miedo, ahora sabe quién es.

Como por arte de magia sus ramas empezaron a cubrirse otra vez de hojas, y rápidamente comenzaron a bailar con la brisa que repentinamente se levantó aquella tarde en la orilla del río.

―Problema solucionad ―dijo la seta asomando por el tronco. ¿Se encuentras mejor?

El árbol contesto con una inmensa sonrisa, la seta también sonrió.

―Creo que ya está curado Coletas, si me necesitas llámame ―y despidiéndose desapareció por las raíces.

Tana se quitó la trompetilla y dijo:

―Gracias Coletas, me ha gustado mucho esta trompetilla,  espero que me la preste más veces.

Se despidieron con un abrazo del árbol, recogieron la manta, doblándola entre las dos y se pusieron en marcha de vuelta a casa charlando por el camino.

―Qué bien lo hemos pasado, tendremos que volver otro día a visitarlo…

La receta

LA RECETA

Aquel día, Tana encontró a Coletas debajo de un gran naranjo mirando al cielo. Era una tarde de primavera, hacía solo algunos minutos que había caído un chaparrón. En el suelo aún quedaban algunos charcos. El aire estaba limpio y olía a tierra mojada y a flores.

—¿Qué miras? —preguntó Tana corriendo a su lado—. ¿Algún pájaro haciendo el nido?

—No, solo miro las ramas de mi amigo el naranjo. Tienen una buena cosecha, como todos los años.

—Se ve muy bonito —dijo Tana—, pero no veo las naranjas.

—Fíjate bien Tana, están arropadas por las hojas.

Tana miró con atención.

—¡Ahora sí! —exclamó Tana—. Son verdes, del mismo color que la hoja, ¡qué pequeñas!

—Tienen que engordar y cambiar de color. Es época de mucho trabajo para los naranjos.

—¡¡Vaya!! No sabía que los árboles trabajaban —Tana se acercó al tronco del árbol—. Así que estás trabajando —le dijo muy bajito—. Pues no lo parece, estás muy tranquilo.

—El trabajo se hace dentro —explicó Coletas.

Tana acercó el oído al tronco esperando oír algún ruido.

—Pues no se oye nada —dijo—. Quizás si me prestaras tu trompetilla…

Coletas sacó de su mochila la trompetilla mágica. Tana la puso enseguida sobre el tronco y para su sorpresa oyó un murmullo.

—Parecen voces —dijo asombrada.

—¡Tanto trabajar! ¡Qué gran injusticia! ¿Para qué?…

—¡¡Son quejas!! Se oye claramente —dijo Tana después de escuchar unos segundos más—. Pero ¿quién se queja tanto?

—Son las raíces —dijo Coletas— parece que no están muy contentas.

Tana siguió escuchando.

—Tanto esfuerzo para nada.

—No encuentro nitrógeno.

—¡Así no se puede! —exclamaba otra—. ¡El suelo está durísimo!

—Escucharé por el otro lado a ver si están mejor —dijo Tana.

Pero por el otro lado la cosa no mejoraba:

—Si hiciera menos calor…

—Si corriera el aire…

—No llueve lo suficiente.

Las raíces andaban muy nerviosas. Se oía cómo se movían muy deprisa de un lado a otro, incluso chocaban y se enredaban entre ellas.

—¡Ya nos hemos liado otra vez! —decía una por la derecha—. A ver cómo deshacemos este nudo.

—Perdona, ya me quito —decía la del centro.

—Siempre estás en medio.

—Aquí hace falta un semáforo —opinaba otra de mal humor—, así no hay quien trabaje.

Orden, orden —decía con su voz grave una muy gorda, que era la que mandaba—. A trabajar y no olvidéis lo más importante: Tenéis que seguir LA RECETA.

—¿Qué es eso de la receta? —preguntó Tana a Coletas quitándose la trompetilla de la oreja.

—Es la receta para hacer las naranjas. Está escrita en la base del tronco. Los ingredientes están en la tierra solo tienen que cogerlos y seguir las instrucciones —dijo Coletas.

—No entiendo nada. Si solo tienen que seguir la receta, ¿por qué se quejan tanto?

—Puedes preguntárselo a ellas —dijo Coletas—, pero ten cuidado están muy estresadas.

Tana no se lo pensó y con su mejor sonrisa dijo:

—Hola, ¿qué hacéis?

—Lo que faltaba, una curiosa —dijo la raíz más gorda—. ¿Acaso no lo ves? Estamos trabajando. No nos distraigas, podemos confundirnos con los cálculos.

—¿Por qué os quejáis tanto? ¿Cuál es el problema? ¿Necesitáis algo? —preguntó amablemente.

Una de las raíces por la derecha, le contestó:

—Lo que nos pasa, es que tenemos muy mala suerte. Todos los años trabajamos para nada. Nuestras naranjas no salen bien. Nadie recoge nuestra cosecha. Son amargas y les falta jugo. Es muy triste trabajar para nada. Ahora perdona, me estás distrayendo —dijo y se alejó murmurando—. Siete gramos de potasio, cinco de magnesio…

—Adiós, no era mi intención molestar –dijo la niña.

Tana separó la trompetilla de su oreja y dirigiéndose a Coletas dijo:

—Tienen problemas, no le salen bien las naranjas. ¿Por qué será?

—Está clarísimo, niña preguntona —dijo la raíz gorda que había oído la pregunta—. Es por el sol, el aire y la lluvia. El clima ha cambiado y así no hay manera. Ahora déjanos, aquí dentro tenemos suficientes problemas y estamos muy ocupadas, vete a otra parte.

—No os molesto más, ya me voy, pero otros naranjos con el mismo clima y con la misma tierra dan fruta muy dulce y jugosa. La he probado —dijo Tana.

Esto dejó a la raíz muy pensativa y decidió hablar con las ramas.

—No sé qué puede ser. Las naranjas no mejoran. Dentro trabajamos muy duro, estamos muy cansadas. Estoy preocupada, tenemos que hacer algo. Si pudiéramos cambiar las cosas fuera —les dijo—. Quizás vosotras podríais llamar a las nubes o refrescar el aire…

—Nosotras también estamos muy cansadas, pero haremos el esfuerzo —dijeron estas.

—También he oído que cortando las ramas viejas para que salgan nuevas con más fuerza…

—No cortéis las ramas. Así no arreglareis nada —dijo Coletas interviniendo en la conversación— Si no hacéis cambios dentro, las naranjas seguirán siendo siempre amargas.

—¿Cambiar algo dentro? Pero dentro trabajamos sin parar no podemos hacer más —dijo la raíz.

—Sí podéis hacer una cosa.

—¿Qué más podemos hacer?

—Cambiar la receta —dijo Coletas con un poco de miedo pues conocía a la raíz y sabía lo orgullosa que estaba de ella.

—Pero ¿qué dices? ¡¡Insensata!! —dijo indignada la raíz—. La receta está bien. ¡Faltaría más! ¡Qué desfachatez! La heredamos de nuestros abuelos y ellos de los suyos. Siempre lo hemos hecho así —dijo bastante molesta y ofendida.

—Pero… está claro que ahora no funciona. Vuestras naranjas siempre salen amargas. ¿Cuánto tiempo más vais a seguir usándola? —insistió Coletas.

Entonces las ramas dijeron:

—Deberíamos probar, nosotras estamos muy cansadas de aguantar el peso de las naranjas todo el año, nos estamos encorvando.

—Y yo sufro todo vuestro estrés —dijo el tronco que estaba muy nervioso.

—Nosotras estamos también cansadas de trabajar para nada, nos duelen las puntas, las tenemos rojas de excavar —dijo una de las raíces jóvenes.

—Nosotras queremos ser dulces de mayores —decían las naranjitas al unísono.

La raíz se paró un momento. «Tal vez —pensó—. Quizás sería la solución», pero rápidamente cambió de opinión.

—Ni pensarlo. ¿Qué dirían nuestros antepasados? —dijo bajito.

—Cambiemos la receta —empezaron a canturrear las ramas moviendo las hojas.

Al canto se unieron las raíces y hasta el nervioso tronco. Las naranjitas pequeñas también cantaban:

—Tralarín, tralarín cambiemos desde la raíz…

Tana y Coletas se cogieron de la mano y bailaban a su alrededor cantando también para animar a la raíz.

La raíz viendo a todos tan decididos y alegres no pudo hacer otra cosa y, aunque con un poco de miedo, borró la antigua receta y anunció:

—Empezaremos desde cero.

Todas las raíces, muy contentas, se pusieron enseguida manos a la obra. La raíz daba nuevas órdenes. Cambió sus gritos por felicitaciones y palabras de aliento. Las demás raíces la seguían y trabajaban contentas. Y en lugar de quejas ahora del árbol salían risas y canciones.

—Un poquito más de potasio —se oía.

—Aquí va el calcio.

—Yo tengo nitrógeno —decía otra.

—Si siguen así seguro que este año sus naranjas serán las mejores —dijo Tana.

—Seguro. Ya tengo ganas de probarlas —dijo Coletas.

—Si quieres cambiar algo fuera tienes que ir dentro, es bastante sencillo de entender. Cuando se rompe una radio o un reloj siempre hay que abrirlo para encontrar el problema…