Tarde de setas

 

 

Tana y Coletas habían salido recoger setas. La semana pasada había llovido mucho y ahora hacia sol.

―Este es el momento de salir a buscarlas ―le dijo Coletas a Tana.

Las dos niñas salieron por la tarde con una cesta de mimbre y un bastón, también llevaban botas de agua por si se encontraban algún charco no perder la ocasión de chapotear un rato en él.

Coletas llevó a Tana hasta un cerro bajito donde crecían muchas setas juntas.

― ¿Se pueden comer?

―Ahora sí, pero tiempo atrás una bruja las hechizó y se volvieron venenosas. Es una historia muy bonita, ¿quieres escucharla?

―Claro Coletas, ya sabes lo que me gustan tus historias.

―Primero quiero explicarte que las setas son una parte muy curiosa del inmenso hongo que vive debajo de la tierra.

―Si algo he oído en el colegio.

―El hongo es el padre de todas y es muy poderoso y todas son hermanas curiosas y traviesas que se han alejado un poco de su padre para ver qué pasa fuera.

―Ja,ja, Coletas, nunca lo había visto así. Me gusta el comienzo.

―Bueno pues ya puestos en situación te cuento la historia. Hubo un tiempo en que en una zona del hongo surgieron a la superficie a la vez miles de hermanas setas juntas ,que disfrutaban felices del sol, el viento y la lluvia.  Un día paso por allí una bruja hechicera buscando setas para una pócima y quiso gastarles una pequeña broma haciéndoles olvidar de dónde venían y que todas eran hermanas. Con la pócima olvidaron su origen y a su padre. Al poco tiempo, las setas al verse separadas y solas en la superficie empezaron a tener miedo de todo lo que veían y a culparse unas a otras de su malestar. Esta desconfianza las hacia enfadarse unas con otras. Hicieron varios bandos, para sentirse más protegidas y luchaban entre ellos; la colonia se convirtió en un caos horrible donde no había ni un poquito de paz. Todo era agitación y ruido que se oía a miles de km. a la redonda.

―Me imagino el jaleo, que lio más grande, pobres setas.

―El padre hongo ―continuó Coletas―  que se suponía que eso podía pasar ,hizo salir a la superficie varias setas repartidas por la colonia para recordarles a todas que eran hermanas, pero nadie entendía a estas setas, parecía como si hablasen chino. Cuando la cosa estaba muy muy fea, una de las setas más influyentes en la colonia que había intentado por todos los medios posibles poner paz entre los bandos enfrentados de setas, visitó a las setas sabias que había enviado el padre y que estaban recluidas en un rincón de la colonia fuera del ruido.

Estuvo varios días hablando con ellas y le dijeron que el único problema era que actuaban como si fueran setas solitarias, y que la solución era pararse todas y sentir dentro de ellas mismas que eran una sola un rato al día.  A más tiempo mejor. Ella no entendió muy bien, pero algo le decía que no perdía nada por probar.

Esta seta convocó a todas para comunicarles la solución, y bien alto para que todas oyeran dijo: no podemos seguir viviendo así, si continuamos luchando unas con otras vamos a desaparecer. Me han dicho las sabias que tiene fácil remedio y que tenemos que trabajar todas.

“¿Qué hay que hacer? Yo no sé si podré hacerlo”, “¿Dónde hay que ir?”, “¿y si no sé?”

Esa es la buena noticia, todo el mundo puede y sabe hacerlo y no hay que ir a ningún sitio. No hay trabajo que hacer fuera, el trabajo hay que hacerlo dentro de cada una.  Al parecer es un hechizo y para deshacerlo tenemos que seguir un tratamiento.  La medicación consiste en que durante un tiempo nos quedemos todas quietas a la vez, durante media hora como mínimo una vez al día, respirando, sin hacer nada solo sintiendo que todas somos una.  Y en pocos días, me han asegurado que notaremos los resultados.

“Menuda tontería, y para eso hemos perdido el tiempo”, decían algunas retirándose.” “Pero esa no puede ser la solución, habrá que hacer algo”, gritaban otras. Otras, las menos decidieron probar, “total no parece que sea nada malo.”

Así, algunas se unían todos los días para hacer el tratamiento y poco a poco fueron cambiando su aspecto y parecían más felices, y dejaron de discutir y de juzgar a las demás.  Poco a poco otras se sumaron a ellas hasta que todas juntas consiguieron romper el hechizo de la bruja y volver a la paz y a la calma que les da saber que son un solo Ser.

―Qué bonito coletas ―dijo Tana― ya no son venenosas, ahora no están enfadadas, son felices. Me parecen tan bonitas que no tengo ganas de arrancarlas, mejor las compramos en el supermercado.

-Como prefieras Tana.

Las niñas se levantaron y siguieron su paseo, felices saltando de charco en charco.

El juego

Tana y Coletas estaban en el jardín a la sombra de un aliso desde donde escuchaban correr el agua de la fuente.  Llevaban un rato en silencio cuando Tana lo interrumpió con una pregunta:

―¿De dónde vienen los pensamientos,  Coletas?

―¿Por qué quieres saberlo?

―Creo que ellos son los culpables de todo, si todos pensáramos lo mismo no habría discusiones ni guerras entre nosotros.

―Tengo un juego muy bonito que quizás pueda ayudarte ―dijo Coletas levantándose―. Espérame.

A los pocos minutos apareció por el camino arrastrando una bolsa más grande que ella, Tana corrió para ayudarla.

―¡Qué juego tan grande!

Entre las dos lo colocaron sobre el banco. Coletas abrió la bolsa y sacó un tapiz verde del que colgaban miles de flores. Lo extendió con mucho cuidado en el suelo, luego sacó cuatro patas de madera articuladas, clavó la primera y le dijo a Tana:

―Sujeta aquí.

Colocó cada una de las esquinas del tapiz encima de una pata y las fue clavando en el suelo mientras Tana miraba. Cuando terminó, el tapiz quedó sujeto en el aire por las patas.

―¿Puedo soltar ya? ―preguntó Tana que estaba deseando colocarse debajo del tapiz para verlo mejor.

―Sí, ya está listo.

―¡Las flores colgando cabeza abajo! Así se pueden oler mejor ―reía Tana tumbada en el suelo―. ¿Ahora qué?

―Aún faltan dos piezas para completar el juego.

Coletas se dirigió al banco y sacó de la bolsa otro tapiz estampado con millones de estrellas. Entre las dos niñas lo extendieron a modo de alfombra en suelo debajo del tapiz de las flores.

―¡El mundo al revés! Las estrellas en el suelo y las flores en el cielo.

―Ayúdame, vamos a sacar la última pieza ―dijo Coletas.

Entre las dos sacaron un enorme tablero de cartón lleno de casillas parecidas a las de la Oca. Pero este tenía muchos caminos, cada uno con un número y todos morían en la casilla central. Lo sujetaron a las patas con cordones entre los dos tapices.

―Explícame ¿qué tiene que ver este juego con mi pregunta? ―dijo Tana.

―Todo.  Éste ―dijo señalando el gran tapiz lleno de flores― es el campo de los pensamientos, cada flor es un pensamiento, cada uno es diferente.

¿Y cómo se juega?

―Espera Tana, aún falta lo más importante: las fichas.

Coletas sacó de la bolsa un saco de tela blanca atada con un cordón y, con mucho cuidado, vació el contenido sobre el banco.

―Que muñecos tan graciosos. Parecen marcianos.

El aspecto de las fichas era un poco extraño.  El motivo por el que a Tana le parecían marcianos, eran las tres antenas de colores que salían de su cabeza. Además de las antenas todos llevaban mochilas a sus espaldas.

―Sí, son unas fichas muy originales no hay ninguna igual.

―Es verdad, cada una tiene las antenas de un tamaño diferente ―decía Tana con dos fichas en las manos, comparándolas y dándoles vueltas para ver todos los detalles―, y tienen un número en la planta del pie.

―Ten cuidado, son muy delicadas y, aunque no lo parezca, tienen mucha tecnología; son los cazadores de flores-pensamientos.

―¡Cazadores de flores!  ¿Entonces, la mochila es para guardar la caza?

―No preguntes tanto, Tana, lo mejor será que leamos las instrucciones.

Coletas abrió el folleto y comenzó a leer en voz alta.

―<<Las fichas y los caminos están numerados y se colocarán en el tablero todas a la vez, cada una en su punto de salida. El número uno en el camino número uno y así sucesivamente>>

―Eso es fácil ―dijo Tana colocando las fichas en el tablero.

―<<Las estrellas del tapiz al comenzar el juego brillaran con toda su potencia.  A lo largo del recorrido, su intensidad indicará el grado de felicidad de las fichas>>

Tana había terminado de colocar cada ficha en su lugar y el tablero estaba muy bonito. La luz que desprendían las estrellas era tan potente que atravesaba el tablero iluminando todo el espacio.

―<<Cuando estén todas las fichas colocadas se pulsará el botón de la casilla central y el juego comenzará>> Coletas dejó las instrucciones y dijo ―:pulsa el botón, Tana.

Al pulsar el botón la casilla central también se iluminó y las fichas comenzaron a moverse por el tablero. Iban cazando con sus antenas flores/pensamientos por todas las casillas a las que su camino las llevaba.

―Te lo dije, Coletas, la mochila es para guardar la caza ―dijo Tana al observar que se las guardaban en la mochila.

Así era, las fichas guardaban todas las flores, las más bonitas y las que mejor olían las ponían arriba y las que no les gustaba su olor las escondían en el fondo de la mochila para no olerlas. A medida que iban avanzando, sus mochilas iban engordando y cada vez pesaban más.

―Coletas, las luces de las estrellas se están apagando, están perdiendo felicidad ―dijo Tana preocupada al rato de estar mirando el juego.

―Es normal, si gastan toda su energía en arrastrar la mochila no les queda para iluminar la estrella.

Las fichas iban llegando exhaustas al final del camino; a la casilla central. Las estrellas que tenían debajo apenan brillaban.

―Sigue leyendo las instrucciones, quiero saber qué pasa ahora.

―<<Todas las fichas llegaran a la casilla central, sin que exista la posibilidad de que ninguna se quede por el camino. Al llegar, caerá sobre ellas la más bonita de todas las flores-pensamiento que les hará darse cuenta, de que el peso de la mochila gasta toda su energía. A partir de ese momento, volverán a hacer el camino hacia atrás soltando en cada casilla las flores que habían cazado.  A medida que vayan soltando flores su estrella se irá iluminando y caminarán más ligeras y alegres.  Podrán recorrer el camino las veces que necesiten hasta que no quede ninguna flor en su mochila y la luz de las estrellas vuelva a brillar como al principio>>

Las fichas iniciaron el camino de vuelta, pero esta vez iban soltando. Algunas flores les costaban mucho soltarlas, porque les gustaba mucho su olor, y otras estaban tan escondidas que tardaban mucho en encontrarlas. Finalmente todas, cada una a su ritmo, las fichas del juego llegaron otra vez a la casilla central sin nada en la mochila. La luz había vuelto a las estrellas.

Tana paro el juego.

―El problema no eran los pensamientos ―dijo.

―No, era la decisión de cargar con ellos en la mochila ―respondió Coletas.

―¿Lo encendemos para que den una vueltecita por el tablero sin mochila?

―Sí.

Volvieron a encender el juego, pero esta vez las fichas no cargaban con las flores de una casilla a otra. Soltaban las flores en la casilla donde las atrapaban y se aseguraban muy bien de no dejarse ninguna por error en la mochila antes de seguir su camino. El tapiz de las estrellas brillaba a toda potencia y las fichas iban cada vez más deprisa, tanto que llegó un momento en el que no se podían apreciar a simple vista, en su lugar se veían rastros de luz que atravesaban el tablero de un lado a otro sin parar.  La luz que era muy intensa. Cuando cayó la última flor, la más luminosa, el juego se desvaneció ante la mirada de las niñas.

―¡Qué bonito¡ ¿Pero,  donde está el juego?

―<<El juego desaparecerá cuando no queden flores-pensamientos por oler- sentir>> ―dijo Coletas cerrando el libro de instrucciones.

De oca a oca

-¡Hola Coletas! -saludo Tana al entrar aquella tarde tormentosa en el jardín- ¿Qué te parece si hoy jugamos a La Oca? –continuó hablando mostrándole un tablero a Coletas.

-Qué bonito, cuantos dibujos; no se jugar Tana, pero puedo aprender- dijo Coletas.

-Claro es muy fácil. Vamos al porche te enseñaré, ya verás que divertido es.

Se dirigieron al porche, donde estarían resguardadas de un posible chubasco,  mientras Tana le explicaba en  qué  consistía el juego.

-Tenemos que recorrer un camino formado por  casillas o baldosas en forma de espiral desde aquí -dijo señalando la  casilla de salida, que estaba en la entrada de la espiral-, a la  meta que esta aquí en el centro -dijo señalando el centro del tablero.

La última y meta, era  la más grande y bonita de todas, en ella había un lago azul donde nadaban felices las ocas. El resto de casillas eran muy coloridas y variadas. Había desde un pingüino en el polo a un camello bebiendo en un oasis, pasando por un hotel muy lujoso a un barquito marinero varado en la playa…

-Es como un paseo, pero las que pasean son las fichas; que avanzan según el numero que marque  este dado- le dijo sacándose un dado del bolsillo.

-Parece muy sencillo -dijo Coletas,  sentándose en uno de los pequeños taburetes que rodeaban las mesa que presidia el porche.

-Sí,  lo es -dijo Tana sentándose en frente y colocando encima de la mesa el tablero, las fichas y los dados- Lo primero es lanzar el dado para ver quien empieza.

-Así -dijo Coletas, dejando caer el dado en el tablero, que se quedo en la cara del tres.

-Sí, así –dijo Tana cogiendo el dado y lanzándolo. Un cinco, como es mayor que tu tres empiezo yo Coletas, pero aún tenemos que elegir ficha,  y además,  tengo que explicarte las reglas.

-Mejor me las explicas mientras jugamos;  creo que para empezar, ya sé suficiente. Y bien Tana que ficha vas a ser tú.

Al decir esta última frase,  como si de una frase mágica se tratara, Tana se vio en el aire transformada en la ficha amarilla de la que salía su cabeza brazos y piernas, que agitaba con fuerza. Por suerte, se abrió un pequeño paracaídas,  y aterrizo suavemente  en  la casilla de salida del tablero. A su lado estaba Coletas convertida en la ficha azul.

-Bien ya estamos en la salida- dijo Tana mirando a Coletas- ¿estás preparada?

-Si- respondió Coletas.

Me toca tirar  a mí –dijo Tana

Un ratoncillo que andaba cerca, se ofreció para ser el tirador oficial.

-Va para Tana – dijo agitando el dado y lanzándolo  sobre el tablero.

Tana miraba fijamente al ratón  murmurando,<< un cinco, un cinco>>.  Coletas la miraba y no comprendía nada <<¿Para qué querrá un cinco?>> se preguntaba.

-Un dos,  mala suerte –dijo Tana- dando dos saltos para colocarse en la casilla número dos.

Coletas seguía sin entender y pregunto con curiosidad.

-¿Mala suerte?  ¿Por qué?

-Yo quería que me tocara un cinco, pero me ha salido un dos, por eso digo mala suerte.

<<En este juego cuando no te sale lo que tú quieres se le llama mala suerte, creo que voy entendiendo algo, tomo nota>>. Pensó Coletas.

-Te toca Coletas –dijo Tana.

El ratón lanzo el dado  por Coletas. <<Un cinco>>

Coletas empezó a dar saltos hasta llegar a la casilla número cinco. En ella había una gran  oca blanca muy bonita nadando en un rio. Iba a decirle algo,  cuando Tana la apremio.

-Que suerte has tenido Coletas –dijo, no te pares, ves por lo que yo quería el cinco; de oca a oca y tiras porque te toca, salta a la oca siguiente. Esta es una de las reglas de las que te hablo, las casillas de las ocas son buenas, te hacen correr más, pero no te confíes, también las hay malas.

-¿Tú crees que esta casilla es  buena? A mí no me gusta correr tanto Tana, yo prefiero ir más despacito -le grito Coletas, sofocada por las prisas y  dando un gran salto para alcanzar la siguiente oca. <<Casillas buenas y malas. ¿Quién lo habrá decidido?>> Continúo diciéndose a  ella misma, mientras se secaba el sudor de la frente.

-No te has enterado de nada –dijo Tana- bueno ya aprenderás  de todas formas vas ganándome.

-¿Ganándote? ¿Yo, a ti? Pero  yo no quiero ganarte, además, eso es imposible Tana, nadie puede ganarte -dijo Coletas, que cada vez entendía menos, pues nunca había competido con nadie. ¿Creí que  se trataba de llegar a la meta? ¿Qué más da quien llegue primero?

-Ja ja ja, se rio Tana, pensando que  Coletas solo quería consolarla.

<<Tirada para  Tana>>-dijo el ratón lanzando de nuevo el dado.

-Un cuatro…

Así se fueron sucediendo las jugadas, un dos, un cinco, de oca a oca…

-Mírame Tana estoy en París- gritaba Coletas desde la casilla de la Torre Eiffel-  ¡Cuanta nieve, que frio! -decía desde  unas montañas nevadas-

-¡Hola!  -saludaba Tana desde la playa- ¡Mira cuantos colores Coletas! –exclamaba desde un campo de tulipanes.

Coletas vio un pozo, y como tenia sed pensó que sería una muy buena casilla para caer,  así que cuando el ratón tenía el dado preparado en su turno -pensó <<un tres, un tres>>, que era lo que necesitaba. El ratón lanzó y el dado marcaba un tres, pero antes de poder expresar su alegría oyó a Tana decir:

– Coletas, has caído en el pozo. Esa es una casilla de las malas, ¡¡qué pena!!

-<<¿Mala? ¿Pena?>> -Pensó coletas- ¡quería caer en ella Tana! -exclamo- según las reglas del juego he tenido buena suerte,   me ha salido como yo quería ¿Por qué dices que es mala? ¿De qué te da pena?

-Porque no puedes salir hasta que no corran tres turnos.

-¡¡Qué bien!! –Exclamo- descansare un poco y me refrescare en este pozo tan bonito.

-<<No se entera de nada, se cree que es una casilla de las buenas>> -Pensó Tana-. Coletas así no es el juego, no estás de vacaciones, lo haces todo al revés -le dijo.

-¿Al revés?  Solo estoy jugando. No sé cuál es el revés y el derecho. ¿Acaso tú lo sabes?

-Tana se quedo un rato pensativa y exclamo;

– ¡¡Me gusta como juegas!!  También quiero caer  en el pozo. <<Que me toque un uno, que me toque un uno>> –dijo mirando al ratón.

– ¡¡Un uno para Tana!! -exclamó este. De un salto,  Tana se coloco junto a coletas en la casilla del pozo a descansar y contarse sus aventuras por las variadas casillas en las que habían caído durante el paseo.

-Ya llegaremos –dijo Tana-  Jugar al revés es muy divertido.

Jajajajaja- reían mientas tiraban de la cuerda del cubo que subía lleno de agua clara del pozo.

 

 

 

 

 

Sin conexión

El Fresno sin conexion.

 

Tana y Coletas estaban pasando la tarde debajo de un fresno  en la orilla del río. Esa tarde Coletas le había propuesto a Tana ir hasta allí,  porque en  primavera, los nenúfares y los juncos con sus lirios amarillos, adornan el río poniéndolo  especialmente bonito y digno de ver. -Además los pájaros están muy cantarines  -le había dijo Coletas,  sabiendo que a Tana le gustaba mucho oírlos. Se colocaron a la sombra de un gran fresno, a la orilla del río, pues  el sol calentaba esa tarde y estaban sofocadas del paseo.

-Me encanta oír cantar a los pájaros Coletas, me  gustaría entenderlos como tú -dijo Tana tumbada boca arriba, sobre una manta,  en la yerba con los ojos cerrados para concentrarse mejor en sus trinos.

-Hola , hola  -Oyó gritar  Tana entre el canto de los pájaros.

Era una voz chillona y alegre, venía  del fresno. Una seta blanquita,  que se había acomodado en una oquedad a media altura del tronco,  saludaba al árbol  animadamente.

-Buff , ¡¡ lo que me faltaba un hongo!! – exclamó el fresno muy bajito como para él mismo- ahora me pondré enfermo y se me caerán las hojas, se secaran  mis ramas, luego me faltara la sabia por el tronco. ¡¡Esto es el fin!! -concluyo temblando de miedo. Mejor ni miro.

-No será para tanto señor fresno, solo es una setita de nada hombre –dijo Tana, que lo estaba oyendo,  incorporándose.

-Tú no conoces a  Fresno Preocupación – intervino Coletas que estaba tumbada a su lado-. Es muy miedoso, solo tienes que acercarte a él y tocarlo para sentir como tiembla. Su problema es que esta desconectado.

-¿Desconectado de que? -pregunto Tana- ¿acaso los arboles tienen enchufe? -dijo Tana imaginando a todos los arboles con un cable como el de las lamparas saliendo de su tronco.

-No Tana. ¡Que cosas tienes! -dijo Coletas- es la raíz,  todos los  arboles están conectados por la raíz.  Él no lo sabe, se ha olvidado,  cree que esta  solo, de  ahí su miedo.

-¡¡Holaaaaa!! -volvió a gritar el hongo esperando una respuesta e interrumpiendo la conversación de  Coletas y Tana,  que  callaron inmediatamente al oír responder al fresno:

-¿Acaso nos conocemos de algo? -dijo muerto de miedo.

-Claro que nos conocemos nos hemos visto en la China y en Australia y en la Pampa…

-Creo que te está equivocando, yo nunca he estado en esos lugares -dijo el árbol cortando el discurso de la parlanchina seta.

– Ja ja,  no trates de engañarme, eres tú,  te reconozco. Yo viajo mucho,   he recorrido el mundo entero, y en todos los lugares que he visitado estás tú.

-Estas confundido <<¡lo que me faltaba! un  hongo loco, seguro que me pega la locura.  Debe ser de esos que provocan alucinaciones>>soy un fresno, un árbol de sombra y vivo en este río, nunca me he movido de aquí.

-Jajajaja- se río el hongo- ¿Tú me  estas gastando  una broma?

-¿De qué te ríes? -dijo el árbol en un alarde de valor y bastante molesto-,  no tengo tiempo para bromas, tengo muchas preocupaciones – continuo diciendo enfadado y dando por zanjada la conversación.

-¿Preocupaciones? -dijo la seta- ¿qué es eso?

-¿Acaso crees que cuidar de las ramas, y de  todas mis hojas es fácil? -dijo el árbol, mientras  pensaba << no sé para que le contesto, lo mejor es no hacerle caso para que se aburra y se vaya>>

-Sí, creo que es muy fácil, solo tienes que dejarlas bailar con el viento y refrescarse con el agua de la lluvia -respondió la seta.

<<Para bailes estoy yo>>pensó el árbol, sin  mediar palabra, pues  había decidido cortar esta absurda conversación.

-Escúchame – le volvió a decir la seta-. ¿Hablas en serio? ¿Seguro que no eres un bromista? ¿De verdad no sabes lo grande que eres? ¿Acaso has perdido la memoria?

El árbol no contesto, se había tapado los oídos y no quería seguir escuchando. Coletas, levantándose, se acerco a la seta  que no entendía porque el árbol se comportaba de esa manera tan extraña.

-Es un caso muy raro. El piensa que está separado,  no siente la conexión, se siente solo. Tiene mucho miedo.

El hongo,  recordó que alguien le había hablado de casos como este de pérdida de conexión por falta de memoria, pero nunca se había topado con uno.

-Eso es peor, yo creía que estaba de broma -le dijo a Coletas con tono apenado.

La seta dejo pasar un rato en silencio para pensar, el cual a Tana, que escuchaba sin moverse de su sitio muy atenta,  se le hizo interminable, pues se moría de curiosidad por ver como acabaría esta charla.

-¿Quieres que te cuente una cosa que sé sobre ti?- le dijo por fin mirándole directamente a los ojos.

-¿Qué puedes saber tú de mi que yo mismo no sepa? -respondió el árbol

-Vivo junto a tu raíz.

-¿Y que sabes de mi raíz? -preguntó con cierta curiosidad.

– Esta conectada  con todos los arboles del planeta , y  es inmensa, estás por todos lados   de norte a sur y de este a oeste, por debajo de  la superficie de la Tierra.  Está  en la selva, en los oasis del desierto, en los bosques… No tienes que preocuparte por nada solo tienes que respirar y tomar el sol, y jugar con el viento, dar cobijo a los pájaros,  sombra en verano…

-Yo no estoy conectado a  nada,  y no estoy aquí de vacaciones tomando el sol. Soy un árbol,  tengo mucho trabajo y muchas preocupaciones, deja ya  de decir tonterías-dijo, y aunque no quería  reconocerlo le estaba empezando a interesar lo que contaba la seta sobre el mismo.

-Tú  eres  mucho mas -insistió la seta-  eres muy grande, eres cada uno de los arboles que crecen por todo el mundo. Lo que sale a la superficie no eres tú, es solo una pequeñísima parte de ti. El que tus ojos no puedan  abarcar tu inmensidad y tu grandeza  no quiere decir que no lo seas.

-Las cosas que no se ven,  no existen, no son nada -dijo el árbol para zanjar el tema de una vez

-¿Acaso puedes ver el aire?  -dijo la seta- la conexión , es como el aire , no se ve.  Se siente. Se sabe…¡¡ es!!

Después de esta conversación el árbol quedo muy quieto, se hizo un gran silencio y empezaron a  caer  todas las hojas de sus ramas al suelo como si fuesen lagrimas.

-¿Le pasa algo Coletas? -pregunto Tana asustada.

-Nada malo Tana. Se acaba de conectar, ya no tiene miedo, ha dejado de temblar. –dijo Coletas que aun estaba junto al árbol.

Y como por arte de magia sus ramas empezaron a cubrirse otra vez de hojas,  y rápidamente comenzaron a bailar con la brisa que repentinamente se levanto aquella tarde  en la orilla del río.

Respinsar

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Recuerdo muy bien el día que aprendí a “respinsar”, me enseñó Coletas. Ella sabe muy bien lo que necesito en cada momento.

Aquella tarde llegué al jardín un poco nerviosa. Pronto me darían las notas de verano y no podía dejar de pensar en ello. Tenía muchas dudas sobre el examen de matemáticas que había hecho esa misma tarde. Eché un vistazo rápido buscando a Coletas, y, al no verla esperándome como de costumbre, la llamé poniendo las manos en la boca a modo de altavoz:

―¿Dónde estás, Coletas?

―Estoy aquí, Tana —me respondió muy tranquila desde su hamaca de rayas amarillas.

―¿Estabas dormida? Perdona si te he despertado —me disculpé.

―No me has despertado —me dijo―. Estaba “respinsando”.

―¿”Respinsando”? ¿Qué es eso?

―Juntar a Men con Res.

―Qué cosas tan raras dices; hazme un sitio —le dije acomodándome en la hamaca junto a ella―. Cuéntame, ¿qué es eso de juntar a Res con Men? No veo a nadie por aquí. ¿Quiénes son? ¿Las conozco? ―la interrogué dispuesta a averiguar qué era lo que quería contarme con esa nueva palabreja.

—Claro que las conoces, Tana —me dijo sonriendo―. ¿Jugamos a ver si lo adivinas?

― Sí. Dame pistas ―le respondí.

―Res es muy calladita, no hace ruido y trabaja en silencio hasta por la noche —explicó Coletas —. Men es muy activa; es como un torbellino, solo descansa cuando dormimos.  Ayuda mucho con las matemáticas, y con otras cosas. También distrae, hace llorar y reír…

―¿Y dices que las conozco? ―le pregunté extrañada.

―Sí; las conoces muy bien.

―¿Viven cerca de mi casa?

―Viven en tu casa, están siempre contigo.

―¿Son bichillos? ¿Como mosquitos, arañas o grillos? ―aventuré.

―Frío, frío.

―¿Cuántos años tienen?

―Los mismos que tú ―me dijo―, nacisteis el mismo día.

―¿Las veo todos los días?

―Son invisibles —me dijo muy misteriosa.

“¿Invisibles? Esto es demasiado”, pensé.

―Me rindo, Coletas. ¡¡Dímelo ya!! —dije poniendo las manos en alto—. Es tan misterioso que creo que no lo averiguaré en toda la tarde.

―Te lo diré; porque esta tarde te noto un poco despistada ―me dijo―.  Res, es la respiración y Men es la mente, esa que siempre está en el cuarto de los pensamientos atendiéndolos y escuchándolos. Respinsar, como la misma palabra dice, es llevar la mente a la respiración.

―Eso parece muy aburrido ―dije un poco desilusionada―. ¿Para qué sirve?

―Sirve para hacer descansar a Men. Atender pensamientos todo el día es muy trabajoso, sobre todos porque algunos son muy pesados y no sirven para nada.

―¿Y eso cómo se hace? —pregunté un poco harta de los pensamientos del examen de matemáticas.

―Al principio cuesta y parece aburrido, muchas veces Men vuelve al cuarto de los pensamientos porque no está acostumbrada a tanto silencio ―explicó Coletas―. Pero cuando se conocen, se escapa ella sola. A las dos les gusta estar juntas. Men se tranquiliza y descansa de tanta actividad.  Y Res se pone contenta, al fin y al cabo, a todos nos gusta que nos presten atención de vez en cuando.

Me animé a probarlo, total, estar pensando en que iba a suspender matemáticas tampoco era divertido.

Cerré los ojos, la mente estaba atendiendo pensamientos que no paraban de surgir “Seguro que suspendes”, “Tendrás que estudiar este verano”, “Creo que me equivoqué en el ejercicio segundo” …

Entonces, como me había explicado Coletas, saqué a la mente de la sala de los pensamientos de mi cabeza; cerré la puerta despacito y la llevé a mi respiración, donde no había charlas.

Sentí cómo entraba el aire fresquito de la tarde por mi nariz, cómo hinchaba mi barriga y mi pecho y cómo salía por la boca más caliente. Me fijé por lo menos cuatro veces y me sentí muy bien.

“Esto funciona”, pensé. Luego me concentré en relajar mis pies, sentí un hormigueo que subía por mis piernas y relajé también las manos.

No sé cuánto tiempo había pasado cuando Coletas me dijo bajito:

―Tana, ¿jugamos a algo?

Me olvidé por el resto de la tarde de la nota de matemáticas, que resultó ser bastante buena, y la pase jugando con Coletas a veo, veo, adivinanzas, subiendo a los arboles a por fruta… Ahora, muchas veces me sorprendo respinsando; en la parada del autobús, cuando camino, cuando me visto, o cuando espero a alguna amiga tardona. Como siempre, Coletas sabía lo que decía; no es nada aburrido eso de respinsar.

La receta

LA RECETA

 

-¿Dónde estás? –pregunto Tana  mirando a su alrededor.

– Estoy aquí  -contesto Coletas-.

Tana,  la encontró debajo de un gran naranjo   mirando al cielo. Era una tarde de primavera, hacia solo algunos minutos que  había caído un chaparrón. En el suelo  había   charcos. El aire estaba limpio y olía muy bien. 

 -¿Qué miras? -pregunto Tana corriendo a su lado. Quizás este viendo a un  pájaro hacer el nido  pensó-.  ¿Algún pájaro? -Le pregunto.

-No,  solo miro  las ramas de este naranjo, tienen una buena cosecha,  como todos los años.

-Se ve muy bonito – dijo Tana fijándose en  el cielo que asomaba detrás de las ramas-. Pero no veo las naranjas.

-Fíjate bien Tana, están  arropadas por las hojas.

Tana miro  con  atención,  y finalmente dijo:

-¡Ahora sí, ya las veo!, gracias por la pistilla Coletas. ¡Cuántas hay!  -exclamó  expresando  gran asombro-. Son del mismo verde que  la hoja, por eso no las podía ver,  ¡que pequeñas!

 – Ahora, tienen que engordar y cambiar de color. Es época de mucho trabajo para el árbol, por suerte,  luego tendrá sus vacaciones y podrá descansar – dijo Coletas.

-¡¡Vaya!! -Exclamo Tana-, No  sabía que los arboles trabajaban y tenían vacaciones.

 <<Así que, ahora estás trabajando – le dijo al naranjo muy bajito acercándose  a su tronco con curiosidad-,   pues no lo parece,   estas  muy tranquilo –pensó-.  Quizás trabaje por dentro  -se dijo-, y acerco  el oído al tronco   esperando oír algo parecido al  ruido  de maquinas,  cadenas o motores moviéndose.  Pero  para su sorpresa, oyó un murmullo. <<Parecen voces –dijo->>, y bastante más intrigada,  pego la oreja aún más

– ¡¡No puedo creerlo!! – exclamo  retirándose rápidamente-, ¡¡son quejas!!  <<Tanto trabajar, ¡qué gran injusticia!>>- escucho claramente.

Tana,  repuesta un poco del susto y la sorpresa,  comenzó  a darle  vueltas al tronco buscando la manera de  ver qué pasaba dentro. Miro por un agujerito que había a la altura de sus ojos, pero no vio nada, se subió a las ramas, desde  allí tampoco lograba ver.  Al fin,  encontró en el suelo muy cerca del tronco una rendija en la tierra. Agachada, metió el extremo de  una pajita por ella,  y miro  por el  otro  volviéndola en todas las direcciones.  Esto por fin  funciono. Lo veía claramente,  eran las raíces.  Bajo la tierra, se movían  de un lado a otro sin parar de trabajar, y quejándose todo el rato .  Por su derecha tres de ellas se quejaban del suelo.

 -No sé cómo vamos a hacer,  este año el suelo está fatal.

  -Hay muy pocos minerales.

 -¡Así no se puede! –Exclamaba la tercera-, esta muy duro.

Por la izquierda, otras tantas se quejaban del clima.

– Si  nos diera más el sol,

 -Si el aire no fuera tan frío.

 – Si lloviera un poco más.

– Si la lluvia fuese más fina…

 Se movían muy deprisa de un lado a otro,  incluso chocaban  y se hacían nudos.

– Perdona,  ya me quito -decía la del centro.

– Aquí hace falta un semáforo  -Opinaba otra de mal humor-, así no hay quien trabaje.

-Hay que ir con más cuidado. Tenéis que fijaros más – decía  una de las más gordas-, y  no  olvidéis lo más importante –dijo subiendo la voz-:   Seguir LA RECETA al pie de la letra – diciendo esto-,  señalo  hacia la base del tronco estirándose todo lo que pudo.

Tana, dirigió la pajita, no sin esfuerzo,  en la misma dirección, y vio un gran cartel  donde estaba escrita a fuego LA RECETA; En primer lugar los ingredientes con las cantidades exactas,  debajo las instrucciones, explicadas por orden  con todo detalle. Ahora sí que no entendía el motivo de tanta quejas. <<Solo tienen que seguir la receta, para hacer naranjas –pensó-,  parece fácil, entonces, ¿Por qué se quejan tanto? >>. Como era una niña muy curiosa,  decidió averiguarlo.

-Hola, ¿qué hacéis? Pregunto  a modo de saludo para romper el hielo.

-Lo que faltaba,  una curiosa -dijo la raíz más gorda -.  ¿Acaso  no lo ves?   Estamos trabajando. No nos distraigas podemos confundirnos con los cálculos.

-Y, ¿porque os quejáis tanto? ¿Cuál es el problema? ¿Necesitáis algo?

Una de las raíces de la derecha, le contesto muy amablemente.

-Lo que nos pasa, es que siempre tenemos mala suerte. Todos los años trabajamos para nada.  A nadie le gustan nuestras naranjas. Siempre se quedan colgadas en el árbol, y es muy pesado cargar con ellas. Dicen que  no son  dulces y que les falta jugo.  Ahora  tengo que trabajar – dijo mientras se alejaba murmurando-, siete gramos de potasio, 50 de magnesio.

-¿Habéis pensado en cambiar la receta? –Se atrevió Tana a preguntar-. A veces las recetas no están bien,  y hay que hacer cambios:   poner más de esto, menos de lo otro…

-Pero, ¿qué dices?  ¡¡Insensata!! -la interrumpió bruscamente de nuevo la  más gorda-. La receta  está bien y punto. ¡Faltaría más! ¡Qué desfachatez! –dijo bastante molesta y ofendida-. <<Qué locura, cambiar la receta, como se le ha podido ocurrir una cosa así>> -añadió hablando para ella misma-. Luego,  se paró un momento, <<tal vez –se dijo-, sería la solución>>, pero rápidamente cambio de opinión otra vez, << ni pensarlo,  no podemos correr riesgos,  ¿y si  sale peor? ¿Y si  lo perdemos todo? ¡¡No quiero ni pensarlo!!>>. Lárgate ya,  estas molestando -le grito a Tana-,  has conseguido que me enfade.

-Sí, ya me voy,  pero antes respóndeme una sola pregunta;  si no es la receta ¿Cuál crees que es la causa de que las naranjas no sean dulces y jugosas? – Volvió a preguntar Tana. (A ella,  por más que lo pensaba,  no se lo ocurría ninguna otra posible causa)

– Está clarísimo, niña preguntona, son  los demás, los de fuera,  nos quitan sol y agua, además nuestra tierra es más pobre que la suya,   y así no hay manera. Ahora déjanos, aquí dentro,  estamos muy ocupadas,  vete a otra parte, no puedes estar ahí todo el día,  nos estas tapando la entrada de aire.

Tana se levanto un poco mareada. A nadie le agrada escuchar tanto  grito y tanta queja. ¡Qué tardecita¡ –pensó-. ¿Dónde se habrá metido Coletas?

 

 

 

El alegrecimento

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Coletas estaba muy ocupada atendiendo a las plantas del huerto. Iba de un lado a otro sin parar:

―Lo estáis haciendo muy bien ―les decía a las matas de tomates que estaban cargadas.

<<Sujétame esta rama a la caña, se me está cayendo con tanto peso>>, le pidió una de ellas. <<Aquí, Coletas, te necesito>>, la llamaba el calabacín. <<Tápame bien el surco para que no se me escape el agua>>.  << Arráncame estas malas yerbas que no me dejan crecer>>, pedía la mata de la berenjena que era de la más elegantes.

―Tened paciencia ―decía Coletas.

<<Te necesito>>, gritaba la mata de pimientos.  <<A la cola, bonito, yo estoy primero>>, dijo el rábano que llevaba un rato esperando y estaba empezando a impacientarse.

―No os preocupéis, os voy a atender a todas.

Coletas se daba toda la prisa que podía. Cuando más desesperada estaba, oyó llegar a Tana corriendo por el camino.

―Sabía que estabas aquí.

―Menos mal que llegas, necesito que me ayudes, hoy las plantas están un poco estresadas.

―¿Qué les pasa? ―Tana echó un vistazo y dijo ―: ¿Dónde están sus flores?

― Ahora las flores son frutos: pepinos, calabacines, tomates…

― ¡Vaya es verdad!

― Puedes ir soltando el agua de la alberca para que beban mientras las atiendo, estos días son muy especiales para ellas, no creas que es fácil transformar las flores en frutos.

―Voy corriendo.

<<A quién se le habrá ocurrido inventar una cosa tan curiosa; primero la planta, luego la flor, y por último el fruto>>, pensó Tana << Hubiera sido más fácil que los frutos salieran de la tierra directamente sin más, pero entonces crecerían muy solos. Es mejor así todos necesitamos una familia>>, concluyó. Tana se quedó parada mirando el huerto desde lejos y, en su mente apareció un huerto animado. Le pareció que a sus oídos llegaban las voces alegres de los frutos riendo y jugando y las animadas charlas de las matas contándose las gracias y habilidades de sus hijos, entre sus típicas advertencias: << tened cuidado con el sol, estaros quietos un ratito, no discutáis, colocaros en vuestro sitio…>>. Era tan clara la visión, que le pareció real.

― ¿Qué haces Tana?  ¿Por qué no sueltas el agua?

―Perdona, me he distraído ―dijo la niña girando la llave de paso y volviendo a la realidad.

Después, se fue rápidamente al huerto para ponerse a las órdenes de Coletas, que le dio un azadón para que dirigiera el agua por los surcos. Se separaron para hacer su trabajo y no volvieron a cruzar ni una palabra en toda la tarde.

―Ya he terminado, ¿Te falta mucho?

Al oír esto, Tana que estaba asegurándose de que el agua había llegado a todas las plantas dijo sorprendida mirando el reloj.

―Qué rápido ha pasado el tiempo.

― Estas muy callada esta tarde ¿En qué piensas?

―No pensaba en nada. Me gusta mucho trabajar el huerto, y cuando algo me gusta no pienso.

―Me alegro, las plantas necesitan que las cuiden para dar frutos.  ¿Conoces la historia del alegrecimiento?

― ¿Alegre qué?

―A-le-gre-ci-mien-to ―repitió muy despacito Coletas.

―No, nunca la he oído.

Se fueron caminando hacia la alberca y cerraron la llave del agua, luego bebieron y se refrescaron la cara, en el chorro de agua fría y clara que caía a la alberca directamente desde la sierra.  Después, se sentaron en el brocal a descansar. Tana se descalzó y puso los pies debajo del chorro.

― ¡Que fría! ―exclamó, sacándolos rápidamente―. Este es un buen sitio para contarme tu historia.

―Sí, aquí estaremos bien. Hace muchos, muchos años ―empezó a contar Coletas poniendo voz de contar cuentos muy lejanos en el tiempo― los hombres se volvieron tan sofisticados y egocéntricos, que solo les interesaba la belleza de sus propios cuerpos y dejaron de apreciar y agradecer la belleza del resto de la naturaleza.  Este hombre ya no tenía gusto. Se alimentaba de una sustancia que extraían del interior de la tierra, y que contenía todo lo necesario para tener un cuerpo bello.

― ¿Una sustancia negra? ¡Qué asco! ¿Se la comían con cuchara? ―preguntó Tana imaginándose un plato sopero rebosando de papilla negra y maloliente.

―No, la transformaban en pastillas negras en grandes naves de hormigón. Ya no era necesario cultivar la tierra ni recolectar los frutos << No necesitamos a la naturaleza para nada>>, decían orgullosos.  Como nadie cuidaba a las plantas de la huerta, estas se fueron marchando poco a poco, y detrás de ellas el resto de las plantas y todos los animales.  En el campo solo había grandes fábricas de pastillas. Con el tiempo, llegó un día en que la naturaleza desapareció de la mayor parte de la superficie del planeta, refugiándose en los lugares donde habitaban los pocos hombres sabios que no las habían sustituido por pastillas.

― ¿Y qué pasó entonces? ―preguntó Tana.

―Al principio todo parecía marchar bien, pero poco a poco, los ríos, al no tener animales ni plantas en sus orillas a los que dar de beber, se hicieron subterráneos. El paisaje se volvió gris, sin color, como las pastillas de las que se alimentaban. Olía a gasolina.  La mayoría de los días, soplaba un viento fuerte y la tierra, como no tenía plantas donde sujetarse, volaba a gran velocidad por el aire azotando a las personas. Acristalaron las ciudades. Era necesario, usar mascarillas y ropa fuerte para salir de ellas, por lo que nadie lo hacía. Pero lo peor era que las personas, incluso los niños, se volvieron tristes y grises como las pastillas de las que se alimentaban, y sus queridos y mimados cuerpos empezaron a encorvarse. Esto  hizo saltar las alarmas.  Los científicos empezaron a investigar. Tardaron poco en descubrir lo que pasaba y elaboraron el siguiente informe:

 

En la belleza de la naturaleza se encuentra una sustancia llamada alegrecimiento.  Sin alegrecimiento, la vida se convierte en una pesada carga y nuestros cuerpos se encorvan.

 Necesitamos que vuelvan las plantas.

 

― ¿Y cómo lo arreglaron?

―Después de esto, todos salieron a buscar plantas en rincones e islas perdidas del planeta, donde se habían refugiado. Volvieron a plantarlas, para que se extendiesen otra vez por toda la tierra.  Poco a poco, volvieron los animales, resurgieron los ríos, y todo volvió a ser como en un principio.  Para que no volviera a pasar pusieron carteles en todos los campos, jardines y huertos que decían:

La alegría de vivir, nace de sentir agradecimiento por todo lo bello que te rodean. Cuida la belleza de este lugar.

―Uff menos mal ― dijo Tana, alegrándose del feliz final de la historia―.   Tengo hambre ¿Merendamos?  ―propuso, saltando del brocal y cayendo sobre la yerba mullida que crecía en los bordes de la alberca.

― ¿Qué tal unas moras? Dicen que tienen mucho alegrecimiento.

Las niñas rieron caminando descalzas hacia el moral.