los zapatos al reves

¿Qué es tener éxito en la vida? Le pregunto a bocajarro Tana a su amiga Coletas.

-Tener éxito es colocarse bien los zapatos.

-No te entiendo Coletas. ¡Qué tienen que ver los zapatos con el éxito!

-Ja, ja, Tana para que lo entiendas tienes que escuchar este cuento.

En un lejano país todos sus habitantes, no se sabe bien por qué, ni interesa mucho saberlo, usaban los zapatos al revés, es decir el derecho en el izquierdo y el izquierdo en el derecho.

-Pero acaso eran tontos.

-No, no lo eran, pero como siempre se  había hecho así, nadie contemplaba otra opción. A los niños desde muy pequeños se le colocaban al revés y se les obligaba a andar con ellos hasta que se acostumbraban.

-Pobres niños, seguro que protestaban.

-Sí pero nadie los hacia caso. En ese país era normal tropezarse, caerse, hacerse daño… todos sufrían pero nadie se paraba a preguntarse si hacían algo mal y buscaban la causa fuera de ellos. Llegaron a la conclusión de que el sufrimiento lo calmaba el dinero. Y se esforzaban por acumular todo el dinero posible pero solo unos cuantos con mucho esfuerzo lo conseguían. Todos los admiraban y los veían como  triunfadores y personas de éxito, pero ellos seguían sufriendo igual a pesar del dinero aunque lo disimulaban muy bien y mostraban una cara sonriente al mundo. Un día uno de ellos  siendo honesto confesó que no era feliz a pesar de tener mucho dinero y lo dejó todo. Se fue a vivir a una cabaña al bosque y fue allí, en medio del silencio y la soledad, donde se dio cuenta de que llevaba mal colocados los zapatos.

-Menos mal, ¡Qué descanso!

-En cuanto se los cambio de pie, el dolor y el sufrimiento desaparecieron. Se puso tan contento que enseguida fue a contárselo a los demás. Al principio nadie lo creía y lo tomaban por loco. Solo con el paso del tiempo los que estaban cerca de él, se dieron cuenta de que andaba mucho mejor, que no tropezaba y que todo le salía bien con menos esfuerzo y algunos empezaron a imitarlo y al comprobar que funcionaba se ponían también muy contentos y así fueron contagiando unos a otros, hasta que todos  acabaron con los zapatos bien puestos y asi acabó el sufrimiento en todo el país.

la partitura del silencio.

Tana y Coletas aquella tarde se habían sentado en un banco del jardín. De repente Coletas sacó un cuento de su mochila.

-¿Quieres escuchar un cuento? –preguntó.

Tana cogió el libro, su portada estaba cubierta de rosas.

-Que pasta tan bonita, seguro que me va a gustar, empieza ya Coletas –dijo devolviéndole el cuento.

Coletas lo abrió  y aunque el cuento no tenía letras solo paginas llenas de rosas, comenzó su relato como si leyera los bonitos dibujos.

-Había una vez un hermoso jardín, donde crecían rosas de todas las variedades, eran preciosas. El jardín tenía una rosa principal; la directora de orquesta, la encargada de la música que sonaba en el jardín y la responsable de la armonía, que se supone, debe reinar entre las rosas.

 Cuando las rosas eran pequeñas, la directora se dejaba llevar por la música de silencio, que había nacido con ella y ella y todas  bailaban al son. Era bonito verlas bailar con sus torpes movimientos llenos de amor y respeto.

Pero a medida que crecían, la directora empezó a cambiar la partitura original. Al principio solo unos acordes, luego fueron dos, luego tres y así poquito a poquito, sin darse cuenta, inconscientemente, la directora, fue y sustituyendo la partitura del silencio por una de su absoluta invención que sonaba muy mal.

Cuando llevaba un tiempo dirigiendo el jardín, con la nueva partitura, empezó a notar que no le gustaba nada la danza de las rosas. Era un baile violento y descortés con sus compañeros, había muchas luchas por el espacio, se golpeaban entre ellas y se clavaban las espinas.

“No me gusta nada este baile se decía muy triste. Mi jardín es un auténtico caos, no existe la armonía entre las rosas”, se lamentaba sin sospechar de su partitura. Pasaban las semanas y cada día estaba más triste. “¿Por qué bailáis así?” Les preguntaba a las rosas. Un día decidió hablar con ellas una por una y muy seriamente para decirles cómo debían bailar. “Tú no te estires tanto, tú retírate un poco y controla tu tallo, tú no te retuerzas, tú debes tener cuidado con las hojas…” así corregía a todas, pero sus esfuerzos no daban resultado, pues aunque parecía que la obedecían y corregían sus movimientos, como no cambiaba de partitura, en poco tiempo todas volvían al baile violento que les marcaba la partitura. Mientras ella no paraba de ir de un lado a otro corrigiendo a las rosas que estaban fuera,  y dirigiendo su horrible partitura que era la única culpable . La pobre que no entendía que lo que tenía que cambiar estaba dentro de ella  y no fuera,  estaba empezando a enfermar de agotamiento y sus pétalos empezaron a marchitarse y caer.

-Valla lio gordo tiene la directora en su jardín! ¿Cómo lo solucionó?- preguntó Tana.

-Un día, muy cansada y muy triste se rindió, soltó la batuta, y entonces la música dejo de sonar  “¿Qué ha pasado?” Se preguntó. En el jardín reinaba un gran silencio; la música del silencio original. Miró, todo era brillante y bonito en el jardín. Una gran paz inundaba todo. De repente volvió a dirigir con su partitura, y con ella volvió el caos. “¡¡Es mi partitura!!” Se dijo, “¡¡ellas bailan a su son!!. La solución es parar y dejar sonar al silencio.”

-Por fin se dio cuenta, me alegro –dijo Tana.

 -Ella también se puso muy contenta con su descubrimiento. Entonces miro su partitura detenidamente y se preguntó cómo había podido estar tanto tiempo dirigiendo esa música tan horrible, y hasta le entro un poco de risa. Tanto esfuerzo y sufrimiento intentando corregir a todas las rosas del jardín, cuando la solución era tan sencilla.

En los siguientes días, de vez en cuando, por la costumbre le venían acordes de la partitura que había estado dirigiendo los últimos años, pero como la conocía muy bien y estaba muy atenta, enseguida se daba cuenta y paraba. Y así, otra vez poco a poco tal como empezó, pero esta vez conscientemente, la música fue dejándose de oír en el jardín y transformo el baile de todas las rosas y haciendo que la armonía y la paz volvieran a él.

-Todo acabó bien y el jardín está precioso, su directora debe estar muy contenta –dijo Tana. -Ya lo creo, nunca más olvidara su experiencia, y aun se ríe acordándose de esos días de locura que su partitura le hizo pasar.

tres maneras de mirar

 

 

¿Si todos somos hermanos, por qué no nos llevamos bien y nos queremos?
Siempre estamos discutiendo y veo muchas guerras y muertes en la televisión.

-Para llevarte bien con tus hermanos tienes que mirarlos de una forma
determinada.

-¿Cómo? Dímelo Coletas, que yo quiero llevarme bien con todos.

-Cuentan que los árboles al principio de los tiempos tenían ese mismo
problema; sus frutos no se querían y por eso aunque nacían cada año, por
distintos motivos, nunca llegaban a dar cosechas buenas, dulces y comestibles como las que dan ahora. 

-¿Y cómo lo solucionaron?

-Te contare la historia:

 

En el primer árbol, los frutos estaban divididos en dioses
y siervos. Los de la copa eran los dioses y el resto sus
siervos.  

Los dioses eran muy pocos y todo lo bueno era para ellos. A los no dioses
los consideraban sus esclavos. Los hacían trabajar a base de latigazos, los
cazaban para sacrificarlos, e incluso se los comían.

Creían que los hijos de los dioses, que nacían en la copa, volverían a ser
dioses y los de los esclavos, esclavos por toda la eternidad. Los de las ramas
bajas no se revelaban pues, aunque eran más numerosos y estaban cansados del trato que recibían, ellos mismos se creían inferiores ante los dioses que los deslumbraban, desde su posición superior  llenos de riquezas y conocimientos que no compartían con ellos.

Sus frutos eran tan pequeños y ácidos que no podían comerse y finalmente se secó.

 

En el segundo árbol, Se creían que todos eran iguales. Tenían
todo un mismo Dios que no estaba en el árbol, estaba fuera, en el cielo y desde allí todo lo veía.

Al principio todos eran buenos y dulces, y Dios que los miraba desde el
cielo, estaba contento, pero con el tiempo pecaron y dejaron de serlo,
entonces Dios dictó unas normas y se las entrego escritas en una tabla a los
frutos de la copa encargándoles, a su vez, que se ocuparan de que fueran
cumplidas por todos los frutos del árbol. Los de la copa que eran los únicos
que hablaban con él, dijeron que este dios los juzgaría el día de su muerte, y  amenazaba con el infierno, que era un lugar lleno de llamas, a los que no hubiesen cumplido su ley durante su vida. Hubo un tiempo en que los que no cumplían la ley o no creían en Él, eran arrancados y quemados o apedreados por los de la copa como castigo ejemplar.

Con este Dios externo, los frutos del segundo árbol seguían siendo malos unos con otros, pues tenian miedo. Entonces un día en el árbol apareció un fruto al que llamaron Jesús.

Jesús, explicó que Dios no quería que apedreasen ni matasen a nadie y 
que solo tenían que arrepentirse de su falta para ser perdonados por Él.
También les dijo que no deberían juzgarse los unos a los otros y que debían
tratarse y quererse como si  todos fueran uno, pues todos eran uno con
Dios, pero los de la copa temiendo perder su poder sobre el resto de los
asustados frutos, no quisieron oír esto último y prefirieron seguir creyendo en la separación, y el castigo divino, aunque aceptaron el perdón de Dios a través de ellos y dejaron de castigar tan duramente a los pecadores.

Al creerse separados, desconfiaban y tenían miedo unos de otros. Surgían
conflictos entre ellos y guerras entre diferentes ramas con puntos de vista diferentes.
La copa no podía poner orden en el árbol, y como Dios estaba en el cielo, separado y no podía bajar cada vez que había un conflicto a decir cual tenía razón, el árbol era un caos en el que se amontonaban las guerras entre diferentes ramas y los conflictos sin resolver.

-Parecía mejor idea que la primera –dijo Tana.

-Sí, pero tampoco funcionaba,  los frutos de este árbol eran tan
amargos que no podían comerse.

-En el tercer árbol También había nacido un frutos como Jesús
llamado Buda que les explicaba que todos eran uno con Dios, y ellos lo creían así: creían que todos eran el mismo Dios aprendiendo a amarse aun viéndose separado y que para aprender tendrían todas las vidas necesarias, no solo una como los del segundo árbol, porque además nadie vendría a juzgarlos, pues si cometían faltas en una vida lo podían arreglar en la siguiente.

-¿Y cómo eran sus frutos?

Los frutos de este árbol nunca maduraban, no tenían prisa por aprender a
amarse y siempre lo dejaban para la siguiente cosecha. Año tras año caían del árbol sin madurar pensando que madurarían en la siguiente.

-¿Y cómo llegaron los arboles a dar fruto?

-Injertaron una rama del segundo árbol en el tercero y una rama del tercero
en el segundo.

-¿para qué?

-Para que se mezclasen a ver si por fin aprendían entre los dos.

-¿Y dio resultado?

-Por suerte funciono, aprendieron unos de otros y por fin dan buenas
cosechas.

Los del segundo árbol dejaron de juzgarse y tener miedo unos de otros pues
comprendieron que todos eran el mismo Dios y al juzgarse se juzgaban ellos
mismos,  y los del tercer árbol decidieron que ya era el momento de
madurar y que no tenían que seguir dejándolo para la siguiente cosecha, 
pues existía el perdón, y podían arrepentirse de sus faltas para sanarlas en el momento sin tener que vivir otra vida para corregirlas.

Ahora todos los árboles dan  fruto dulce y sabroso.

-Tendremos que fijarnos en los árboles para aprender –dijo Tana.

-Sí, ellos tienen mucho que contarnos –respondió Coletas sonriendo.

Las niñas se despidieron con un abrazo.

La vida

 

Una Tarde paseando por el jardín Tana le preguntó a Coletas.

-¿Qué es la vida?

-La vida es respirar.

-Solo respirar.

-Solo eso.

-Pero yo creía que la vida era diversión, juerga, amigos, fiesta, fama, dinero…

-Quien te contó eso te mintió. Nada de eso es vida. Eso, junto con los problemas forma parte del contenido, del mundo.

-Si no vives cada momento no vives. La vida es dar un paseo, comer, descansar en un banco, pintar un gato, leer un libro, estar con tus padres en silencio, tomar un vaso de agua, eso es estar vivo eso es vivir. El que no puede apreciar esos pequeños momentos,  el que no siente su respiración ni el silencio no vive, no está con la vida. Estar vivo es estar consciente de lo que está pasando en ese preciso momento y aceptarlo tal y como es. Nada te falta si respiras. Sentir la energía de tu cuerpo, el aire que entra y sale de él y poco más. Observa un árbol, está lleno de vida, vive, respira, se nutre, no hay nada más. Todo lo demás es historia, es tiempo pasado y futuro, todo lo demás no ocurre aquí, todo lo demás ya no existe. Deja de pedirle a la vida que te dé y dale tu presencia.  Si estas fuera de la vida, la vida no puede hacer nada por ti, siéntate con ella, atiéndela y tendrás tu recompensa en el contenido.

-Me gusta lo que dices.

-Las palabras son vanas. No arreglan nada. Si no lo pones en práctica no te servirán.

-¿Podemos practicar ahora?

-Bien Tana,lo entendiste. Solo puede ser ahora.

 

 

 

 

 

El niño luciérnaga

Flores en otoño

 

Este era un día soleado de otoño. Tana y Coletas estaban sentadas en un banco viendo caer las hojas de un olmo. De pronto Coletas preguntó.

―¿Qué pensara el árbol cuando se le caen las hojas? ¿Sentirá miedo o vergüenza al quedarse desnudo?

―El olmo no piensa, las plantas y los animales no pueden pensar ―respondió Coletas.

―Es verdad. A mí a veces me gustaría ser un árbol o un animal parar dejar de pensar. Sobre todo, cuando lo que pienso me hace sentir mal, pero no sé cómo hacerlo.

―En uno de mis viajes ―dijo Coletas―, conocí un pequeño país aislado dentro de un volcán apagado, en el que todos aprendieron a dejar de pensar, es una historia muy bonita.

―Quiero oirla Coletas.

Tana se puso cómoda y Coletas empezó su relato.

―Este era un país aislado totalmente del resto del mundo, no tenía contacto con ningún otro ni tampoco conocía la existencia de ellos.

―Entonces creían que estaban solos en la tierra.

―Sí, así era. Los habitantes de este volcán eran verdes, no sé bien por qué, y eran muy inteligentes. Conocían muchas leyes físicas y tenían todos los adelantos que puedas imaginar.

―¿Sabían más que nosotros? ―pregunto Coletas.

―Sí mucho más, ellos estaban más avanzados en todos los terrenos que nosotros. Sus ciudades eran muy bonitas, no tenían atascos y los médicos disponían de máquinas asombrosas para ver lo que pasaba dentro del cuerpo. Vivian muchos años y estaban muy sanos, pero había una cosa que no habían logrado; la paz.

―¿Quieres decir que  a pesar de lo listos que eran también se enfadaban entre ellos como nosotros?

―Así era ―dijo Coletas― Un día ―continúo contando― , nació un niño entre ellos con una rara enfermedad; brillaba mucho, era como si dentro tuviese una bombilla encendida. Lo dejaron en el hospital para estudiarlo.  A las pocas semanas después de muchas pruebas sin ningún resultado, lo mandaron a casa y decidieron observar como evolucionaba la enfermedad con el crecimiento. A los padres les dijeron que era una enfermedad rara y desconocida, a la que bautizaron como el síndrome de la luciérnaga.

Así pasaron los años. Todos se habían acostumbrado a verlo y a nadie le extrañaba su rara enfermedad. El niño luciérnaga se hizo famoso en todo el país. Era muy querido y admirado entre sus vecinos, pero no por su rara enfermedad.

―­¿Por qué se hizo famoso, Coletas?

―Por su Felicidad. Era considerado por muchos como el hombre más feliz del universo. Algunos científicos se fijaron en él y decidieron estudiarlo para ver si esto estaba relacionado con el síndrome de luciérnaga.

“Tenemos que hacerte unas pruebas”, le dijeron. Él accedió con mucho gusto, pues era muy amable y siempre estaba dispuesto a colaborar. Después de varios días de pruebas descubrieron que la única diferencia con el resto, era que en su cerebro había un pequeño error: la conexión neuronal con la que se emiten los juicios y las opiniones estaba desconectada, por lo que el niño luciérnaga carecía de pensamientos acerca de las situaciones y las personas. “No puede hacer juicios”, concluyeron los científicos, “su cerebro no le permite opinar”.

Algunos dijeron que para saber si esa era la causa de su felicidad deberían cortar esa conexión en personas tristes y deprimidas y ver si mejoraban. “Antes de dar ese paso, deberíamos hacer más pruebas”, dijo el más anciano. Todos estuvieron de acuerdo en seguir investigando.

Para ello inventaron unos cascos lectores de pensamientos conectados por ondas a una impresora.  Le pusieron uno al niño luciérnaga y otro a una persona normal para que se imprimiera todo lo que ocurría dentro de sus cabezas.

Nada más salir del hospital con sus cascos, se encontraron con un conocido al que estuvieron saludando. Al despedirse, mientras que el casco del niño luciérnaga no detectaba pensamientos,  el otro estaba echando humo; pensamientos  sobre la persona que habían saludado, su aspecto, la conversación que habían mantenido, su estado de ánimo… no paró hasta que llegó a la cola del supermercado donde habían entrado a comprar y entonces allí cambió los pensamientos por los de esa nueva situación; que si el cajero era torpe, que si la señora que tenía delante era una pesada… esa cabeza no paraba de crear opiniones mientras que la del niño luciérnaga seguía totalmente tranquila y quieta. Al final del día la impresora conectada al casco de la persona normal, se había quedado sin tinta y sin papel mientras que el del niño luciérnaga solo tenía algunos pensamientos prácticos y ninguna opinión.

Hasta los científicos quedaron asombrados de la cantidad de opiniones que se podían emitir en unas horas y decidieron probar con otras personas diferentes por si ese fuera un caso anormal. Después de varias pruebas comprobaron que todos tenían una cantidad alarmante de pensamientos.

Los científicos lo tenían claro que la falta de juicios y opiniones era la causa de la felicidad del niño Luciérnaga.

―¿El síndrome de la luciérnaga era una enfermedad buena?

―Sí, hacia a las personas felices, por eso decidieron pasar a la acción cortando la conexión neuronal a las personas más tristes y deprimidas. La operación fue un éxito y en todos los casos las personas, comenzaban a brillar como el niño luciérnaga.

―Todos pensando que el niño luciérnaga estaba enfermo y los que estaban enfermos eran todos menos él ―dijo Tana.

―Así fue,  nació un niño sano en un país donde todos estaban enfermos y no lo sabían.

“Gracias al síndrome de la luciérnaga hemos descubierto la cura de la tristeza”, dijeron los científicos. Pasaron un tiempo operando a todas las personas tristes y en poco tiempo la ciudad se llenó de personas luciérnagas, y como si de una epidemia se tratara, rápidamente se extendió la nueva forma de vivir por toda la ciudad. Ahora lo raro en el País del volcán era no brillar.

Las niñas se despidieron hasta otro día con un largo abrazo.

El tobogán de la tristeza

Tana y Coletas estaban pasando la tarde en los columpios.

―Hoy no tengo muchas ganas de columpiarme ―dijo Tana bajándose de sube y baja.

―Está bien, nos sentaremos en este banco ―respondió coletas.

Una vez sentadas en el banco y después de unos minutos en silencio a Tana se le escapó una lagrima.

―Estoy triste coletas. Nada me sale bien. He vuelto a suspender y mi mejor amiga no me llama los sábados para ir al cine como antes.

Coletas no respondió.

―¿Por qué no me dices nada? ― pregunto Tana que esperaba unas palabras de consuelo o algún consejo.

―No tengo nada que decirte Tana ―respondió Coletas― pero si quieres puedo contarte un cuento.

―Sí, sabes que me encantan.

Coletas mirándola muy fijamente comenzó su relato:

Había una niña, llamada Luz. A esta niña le gustaba mucho sentir sensaciones de esas que te erizan la piel, te ponen los pelos de punta, o te encogen el estómago, te dan vértigo… Por su cumpleaños sus padres la llevaron a un gran parque de atracciones y quedo tan maravillada con lo que había sentido que aquella noche se acostó pensando en que algún día tendría su propio parque.

Luz tenía un hada madrina y  como pronto seria su cumpleaños decidió pedírselo como regalo. .

El hada Madrina le concedió el deseo con la condición de que ella misma lo construyera.

Luz no lo dudo, y se puso rápidamente a trabajar en él pensando y diseñando cada atracción minuciosamente.

Cuando lo tengas listo, le había dicho su Hada yo te hare pequeñita para que puedas entrar y jugar en él.

 Me entregare a mí misma, antes de pasar, un taco de entradas para sentir esas sensaciones tantas veces como yo quiera, le dijo Luz al Hada.

De acuerdo dijo el Hada pero no podrás salir de hasta que no se me acaben todas las papeletas.

Eso es fácil de cumplir dijo Luz.

En Poco tiempo el parque estuvo terminado. En él había muchas atracciones algunas tan, tan altas que se veía el fin. Otras eran oscuras y enrevesadas, pero todas eran totalmente seguras.

Por fin llego el gran día. Luz estaba muy nerviosa, El Hada como prometió después de ver el gran trabajo de la niña,  la hizo pequeñita y Luz entro en el parque con un taco muy gordo de papeletas para subir en todas las atracciones.

―¡Qué suerte! ―Exclamo Tana que escuchaba muy atenta.

―Los primeros días, los paso todo el rato en sus columpios preferido; el sube y baja y el tiovivo. Pero las papeletas de estos se le estaban agotando y debía probarlos todos. De vez en cuando subía por las escaleras de las atracciones más grandes con la intención de tirarse, pero una vez arriba las vistas desde allí le daban mucho miedo y se daba la vuelta.

―Pero, ella dijo no saldría del parque sin gastar todas las papeletas.

―Ese era el problema; si no las gastaba todas no podría salir del parque, y llego un momento que se sintió atrapada en su propia creación y se pasaba todo el día subiendo las escaleras de las atracciones más fuertes y cuando llegaba a la plataforma para lanzarse se bajaba muerta de miedo pues no se atrevía a dar el último paso. Así, iba de una en otra atracción sin atreverse a tirarse de ninguna. El parque de atracciones ya no le parecía tan divertido.

Un día había subido a la plataforma de la atracción que más miedo le daba estaba muy cansada. Cuando pensaba en darse la vuelta, la atracción le hablo; Luz tírate, no me tengas miedo, recuerda que me creaste tú, soy muy segura nada malo te puede pasar, es solo una sensación, no temas, atrévete a sentirla. Luz pensó que se estaba volviendo loca, pero estaba tan cansada de ir de un lado para otro, que sin pensar nada se lanzó con los ojos cerrados. Una vez abajo comprobó que estaba bien, el viaje había sido muy emocionante y no había ningún peligro en tirarse. Desde ese día empezó a usar todas las papeletas y se tiraba una y otra vez a sentir la sensación que cada una de ellas le producía. Otra vez el parque era divertido. Poco a poco el taco de papeletas fue acabándose y las atracciones empezaron a desvanecerse hasta desaparecer y Luz despertó.

―Entonces, ¿todo había sido un sueño?

―Sí, una ilusión ―dijo Coletas y añadió ―¿estas oyendo?

―No, no oigo nada.

―Es el tobogán, dice que es el tobogán de la tristeza, quiere que te lances por él para sentirla.

―No me gusta sentir tristeza ―respondió Tana.

―Pero, es solo una sensación, siéntela, atrévete ―la animo Coletas.

Tana cerró los ojos y se tiró por él tobogán sintiendo su tristeza con todas sus fuerzas.

―¡Funciona! ―dijo al abrir los ojos y comprobar que la tristeza había desaparecido.

Guerra en el río Tana

Guerra en el rio

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Tana y coletas estaban regando las plantas del jardín. Coletas les hablaba y les cantaba canciones; decía que así crecían más sanas.

―A ellas les encanta que les hable.

―¿Cómo lo sabes? ―preguntó Tana.

―Porque están contentas ―respondió Coletas.

―Ja, ja, ja, ―rió Tana― nunca he visto a una planta reír ni saltar de alegría, las plantas no se mueven.

―A su manera ríen y se mueven ―dijo Coletas― conozco plantas muy viajeras, tanto, que han llegado a otros continentes.

―Ja, ja, ja ― Tana volvió a reírse al imaginar a las plantas con sus maletas viajando por el mundo.

―Ja, ja, ja― rio Coletas junto a Tana cuando le contó la imagen que le había venido a la cabeza.

―Ellas no llevan maletas―dijo Coletas―conozco una que viajó dentro de una pecera y en ella atravesó todo el mar hasta caer en un rio de otro continente.

―¿Y qué le paso?

―Es una historia muy bonita ―dijo Coletas comenzando su increíble relato:

―Esta planta era acuática y se llamaba Macatelo.

El fruto de Macatelo eran sus hojas verdes y carnosas, que servían como abono y fertilizante para la tierra. Además, entre ellas acogía a muchos insectos pequeños y peces que a su vez servían de alimento a las aves. Sus hojas también depuraban el aire, y las raíces se encargaban de filtrar el agua para que llegase limpia al mar. Su flor azul decoraba el río,  pues era muy bonita y combinaba muy bien con el color amarillo de los lirios.

Cuando Macatelo llego del nuevo continente no conocía a nadie.  Pero como era muy servicial y tenía tantas habilidades, pronto se hizo amigo de muchos bichitos, insectos y aves que vivían en el río. Se encontraba tan a gusto en su nuevo hogar, que crecía y crecía sin parar y se puso muy, muy grande, tan, tan, grande que algunos empezaron a asustarse mucho y por todo el río se oían frases como estas; “ Si sigue creciendo nos va a dejar sin espacio. Hay que terminar con él. Tenemos que echarlo de aquí. Este no es su lugar, nos está molestando. Debe volver a su país aquí hace mucho daño. Va a ocupar todo el espacio, es un peligro.  Acabará haciéndose el dueño del río. No queremos plantas de otros lugares. Este es nuestro río…”

Y así fue como éstos, llenos de miedo e incapaces de ver más allá del espacio que ocupaba Macatelo,  convencieron a los demás para echarlo y comenzaron una guerra contra el pobre Macatelo.  Se armaron con barcos que recorrían el río cortando y arrojando a sus orillas al pobre Macatelo.

” Vaya” ―pensó Macatelo sin sospechar nada― “se ve que hace falta más abono para la tierra” y mientras más hojas le cortaban, más crecía y con más fuerza aun para que no faltase abono. “Deben estar muy contentos conmigo” ,“no quiero que piensen que soy un roñoso”- se decía a el mismo mientras crecía sin parar para reponer todas las hojas que le arrancaban.

Y así estaba la cosa; por falta de entendimiento, mientras más lo cortaban, él más y más se reproducía.

Los que habían empezado la lucha, viendo que no podían acabar con él a pesar del esfuerzo que estaban haciendo empezaron a desesperarse.

Uno de ellos conocía a varias gallinas acuáticas que hablaban muy bien de Macatelo,  y un día decidió hablar con ellas para saber que opinaban de la situación.

Las gallinas de agua, insistían en las bondades de Macatelo y en que no tenía ninguna intención de hacerles daño, y los animaron a hablar con él.  Haciéndoles caso, pues no veían otra salida, una mañana, decidieron armarse de valor e ir  a verlo para convencerlo de que abandonase el río por el bien de todos.

“Debes marcharte” ―le dijeron muertos de miedo y muy serios.

Macatelo, que no entendía nada preguntó: “¿Por qué, acaso no os doy lo suficiente?, puedo producir mucho más”

“No, no queremos más, queremos que te vayas. Ocupas demasiado espacio y molestas a otras especies, no hay sitio para ti” ―respondió el bando de los asustados.

” Si es así me iré” ―dijo Macatelo muy triste empezando a recoger sus raíces.

” Pero, él tiene derecho a vivir en este río, a mí me gusta su compañía” ―dijo una gallina―, “no quiero que se vaya”. “Ni yo, ni yo” ―dijeron otros muchos habitantes del río como los cangrejos, los galápagos, las ranas y las libélulas.

Entonces, se formó una gran algarabía, todos hablaban al mismo tiempo y solo se oía ruido, la gallina tuvo que poner paz para que todos se calmasen y pudieran dar su opinión por turnos. Un agricultor que pasaba por allí se sumó a la reunión y dijo que a él le venían muy bien sus hojas para abonar sus tomates. Así charlando y después de un rato de debate, los que estaban asustados entendieron que había espacio para todos y reconocieron que Macatelo era útil y bueno como cualquier planta, aunque fuese extranjera y llegaron a un acuerdo; al principio del año le dirían a Macatelo cuantas hojas iban a necesitar como fertilizante de los campos, para que no produjese más de las necesarias y llegado el verano las cosecharían. Así fue como dejaron la lucha y desde entonces todos en el río viven felices y comen lombrices.

 

los platanitos mimosos

 

Esa tarde de verano Tana y Coletas paseaban por el campo, pasaron cerca de la familia de los plataneros de sombra compuesta por la madre y dos hijos. Los jóvenes tenían muy mal aspecto.

―¿Qué les ha pasado? El año pasado estaban llenos de hojas, ¿están enfermos? ―preguntó Tana.

―Es una historia un poco larga -dijo Coletas

―Quiero oírla -le respondió Tana

Coletas se sentó debajo de las ramas de la madre y Tana hizo lo mismo dispuesta a escucharla atentamente.

― Hace cinco años este platanero― dijo señalando a la madre―tuvo cuatro hijos. Estas dos semillas fueron a caer junto a ella, las otras dos las alejó el viento llevándolas al otro lado del cerro. Aunque no podía verlos, la madre nunca abandonó a sus otros dos hijos, y a través de las raíces tenía contacto con ellos, sabía que estaban bien y les mandaba de vez en cuando regalos y algunas chucherías que éstos agradecían mucho.

―Pero los que crecieron a su lado, siempre fueron más grandes que sus hermanos ¿Qué les pasó este año?

― A los que tenía cerca, la madre todos los días los llenaba de atenciones y mimos, estaba muy pendiente de ellos y les desviaba el agua de los arroyos para que nunca les faltase. Con tanta agua y cuidados crecieron muy fuertes y la madre estaba muy orgullosa; presumía de sus hojas grandes y de sus troncos robustos. En sus adentros, sabía que no debía mimarlos tanto, pero no podía evitar hacerlo; los tenía tan cerca y eran tan bonitos… En los primeros años casi doblaban en tamaño a sus hermanos.

―Sí, el año pasado los del otro lado parecían raquíticos a su lado, sin embargo, ahora están muy bonitos.

―No todo es lo que parece Tana. Por fuera los cercanos a la madre estaban más adelantados, pero debajo de la tierra sus raíces eran pequeñas y superficiales como los ríos de los que su madre les desviaba el agua,  mientras que sus hermanos raquíticos en apariencia, escondía bajo la tierra unas raíces fuertes y grandes que llegaban hasta los ríos subterráneos que nunca se agotan. Así estaban las cosas cuando al cuarto año vino una sequía muy grande que dejo secos los arroyos superficiales.

―Qué mala suerte.

― “Tenemos sed” gritaban los arbolillos, cercanos a la madre, pero esta nada podía hacer, pues los arroyos de donde solía desviar el agua para ellos estaban secos. Los arbolillos entonces empezaron a buscar agua con sus raíces, pero eran muy pequeñas y no encontraron nada cerca. Se pusieron muy nerviosos; «vamos a morir de sed» gritaban asustados. Sus raíces tuvieron que trabajar mucho, y con tanta fuerza para profundizar en la tierra, que sus ramas y hojas quedaron medio secas.  La madre estaba muy preocupada por ellos, pero finalmente, encontraron el agua que necesitan en las profundidades de la tierra y ahora están recuperándose poco a poco del gran esfuerzo que hicieron para encontrarla.

―Menudo susto por poco se mueren de sed ―dijo Tana.

―Sí, pero ahora gracias a la sequía, no necesitan que su madre les desvíe el agua, porque ellos solos han aprendido a conseguirla como sus hermanos que no notaron la sequía y ya no son tan raquíticos.

Es verdad ―dijo Tana poniéndose de pie y mirando hacia ellos― desde aquí se pueden ver sus copas, si siguen así van a alcanzar a sus hermanos.

―Los mimados aún no se han recuperado del esfuerzo por eso tienen tan mal aspecto, pero están muy contentos y satisfechos porque ahora tienen las raíces fuertes y para el año que viene volverán a tener sus hojas verdes y grandes como antes y todos crecerán a la par.

Así terminó la historia y con ella terminó la tarde. Las dos niñas se despidieron con un abrazo hasta el cuento siguiente.

No sin mi maestra

No sin mi maestra.

 

Corría el mes de mayo del año 2018 y los niños de la guardería de Cabeza del Buey, un pueblecito de la provincia de Badajoz, estaban muy preocupados. Se rumoreaba por el patio, que para el año siguiente tendrían que abandonar su pequeño colegio, en el que tan bien lo pasaban, para ir al cole grande; también conocidos por todos como el de la puerta gigante. Pero lo peor y lo que más les preocupaba a los niños, era que Ana, su querida maestra no iría con ellos.

―Tenemos que hacer algo ―dijo Andrés a Matías durante el recreo, mientras esperaban turno para tirarse por el tobogán.

―Nos vemos detrás de la casita para hablar, díselo a los demás ―le respondió Matías.

En cinco minutos, todos los niños de la clase estaban reunidos en el punto acordado. La maestra, extrañada de que hubiese tanta tranquilidad en el recreo se acercó a ellos y preguntó.

―¿Qué pasa hoy niños?

―Nada, estamos hablando de nuestras cosas ― contestó Amparo poniendo cara de interesante.

La maestra se retiró sonriendo para que hablasen tranquilos.

―Le podemos escribir una carta diciendo que van a cerrar este cole y que tiene que irse al otro urgentemente ―sugirió Carmen.

―Hay un problema; no sabemos escribir ―dijo Diego.

―Es verdad, eso es un problema gordo ―apuntó Alberto.

Quedaron todos en silencio pensando por unos segundos, y de pronto Jesús dijo:

― ¡Ya lo tengo!, podemos traer ranas de la charca y soltarlas en la clase, seguro que le dan miedo y no querrá quedarse aquí.

A todos les pareció muy buena idea. Como era viernes, decidieron pasar el fin de semana cogiendo ranas en las charcas y arroyos del pueblo, y el lunes llevarlas al colegio para poner en marcha su fantástico plan.

Ranita de San Antonio.

Llegó el lunes y todos nerviosos se hacían señas en la fila, guiñándose los ojos y haciendo gestos con las manos. La mayoría traían una rana en su mochila. Una vez en la clase se pusieron de acuerdo para soltarlas todas a la vez.

―Una rana, una rana. ―gritó Carlota subiéndose a su silla.

―Una rana ―gritó Saúl desde el otro lado de la clase.

―Aquí hay otra ―chilló Sofía.

En un momento, La clase se llenó de ranas saltando por todos los rincones y niños corriendo y gritando.

La maestra, que iba de un lado a otro gritando también y cogiendo ranas no sin dificultad, pues, como todo el mundo sabe, esos bichitos son muy escurridizos, acabo despeinada y con la cara muy roja, pero por fin, consiguió meterlas a todas en un bote.

―¿Pero, qué ha pasado aquí? ¿Quién ha traído todas estas ranas? ―preguntó Ana colocándose el pelo en su sitio.

―Han venido ellas solas ―dijo Sofía muy deprisa.

―Entraron por la ventana ―continuó Alberto señalándola.

―Este cole es muy peligroso ―dijo Diego muy serio poniendo cara de preocupación.

―Es mejor que no vuelvas, deberías venirte con nosotros al cole grande ―dijo Andrés.

―Eso, eso, eso ―gritaron todos a la vez.

―Qué tonterías estáis diciendo. Las ranas son inofensivas. Me gustan mucho. Esta tarde las llevaremos al Arroyo de Buey que es donde tienen que estar, vamos a ordenar la clase entre todos, y después saldremos un ratito al patio―dijo Ana, la maestra.

Los niños no se dieron por vencidos, y en el patio siguieron hablando:

―Tenemos que hacer otra cosa, la maestra es muy valiente, lo de las ranas no ha servido ― habló Darío.

―Pero lo hemos pasado muy bien ―dijo Saúl con cara de malo.

―¿Y si le decimos que hay un fantasma? ―exclamó Zacarías.

―¡Claro! Eso es mejor ―dijo Amparo―seguro que los fantasmas sí le asustan.

Se volvieron a juntar detrás de la casita para decidir cómo hacerlo y en poco rato estaba todo planeado.

Al día siguiente en el momento acordado Zacarías se escondió debajo de la mesa y empezó a hacer ruidos como si fuera un fantasma.

―Uuuuhhh

―¿Señorita ha oído eso? ―preguntó Amparo.

―No he oído nada ―dijo la maestra.

―¡Más fuerte! Zacarías, no se oye ―dijo bajito Amparo agachándose y metiendo la cabeza debajo del pupitre.

―UUUUUHHHH― repitió Zacarías tan alto que retumbó en toda la clase.

―¡¡¡Un fantasma!!! ―gritó Alberto.

Entonces todos empezaron a correr gritando; un fantasma, un fantasma, un fantasma… La maestra los miraba asombrada.

―Todos a vuestras sillas ―ordenó.

Lo niños pararon de correr y se fueron colocando en su sitio poco a poco.

―Señorita esta clase es peligrosa hay un fantasma suelto ―dijo Darío sentándose

―Sí, lo hemos oído todos, da mucho miedo ―dijo Saúl

―Es mejor que no se quede aquí sola ―insistió Darío.

―Tiene que venirse con nosotros al cole grande ―dijo Diego.

―Eso, eso, eso ―dijeron todos gritando a la vez.

La maestra que sospechaba lo que pasaba los tranquilizó, y cambiando de tema les dijo:

―Tengo una buena noticia para vosotros, mañana iremos todos de excursión a un sitio muy bonito y os presentaré a alguien muy especial que estoy segura de que os va a gustar mucho.

―¿Dónde iremos? ―preguntaron.

―Es una sorpresa.

Al día siguiente todos los niños estaban preparados en la fila con sus mochilas muy nerviosos e ilusionados por la sorpresa que les había preparado su maestra.

La maestra los llevó dando un paseo hasta cole grande. Pararon justo delante de la gran puerta gris que tan poco les gustaba. La maestra dio unos golpes en ella. Estaban asustados y se sentían muy pequeños junto a esa puerta tan grande, tan seria y tan aburrida. Al cabo de unos minutos la puerta se abrió y todos pasaron agarrados a las piernas y las manos de su maestra mirando para todos lados. Para su sorpresa, detrás de la gran puerta, la cosa era mejor de lo que ellos imaginaban; había un patio con muchos columpios, y un jardín, lleno de árboles y plantas, para jugar. Los niños rápidamente dejaron el susto a un lado, se subieron a los columpios y empezaron a correr y a jugar por el jardín curioseando cada rincón. Después de un rato jugando la maestra los llamó. Formaron una fila y en orden, entraron en una clase muy bonita con ventanas grandes y muchos juguetes, dentro los estaba esperando una maestra muy simpática que los recibió muy contenta dándoles un abrazo a cada uno y llamándolos por su nombre. Los niños anduvieron por toda la clase mirando y tocándolo todo. Había muchos cuentos y puzles, los sacaron y jugaron en las mesas, en el suelo. Por toda la clase se oían risas y gritos. A la hora de marchar y después de recoger la maestra les dijo:

―Este es el cole grande y esta es vuestra nueva maestra. Aquí vendréis el año que viene.  ¿Qué os parece? ―les preguntó.

―Me gusta este cole ―afirmó Carlota.

―Se está muy bien ―dijo Sofía.

―Es muy divertido ―apuntó Alberto.

Lo niños siguieron opinando mientras salían, y todos estaban muy contentos.  Después de la visita no volvieron a tener miedo al nuevo cole y aunque les daba mucha pena separarse de su maestra, sabían que ella no podía ir con ellos, pues, tenía que quedarse en su sitio para enseñar a los niños más pequeños que llegarían a su clase cuanto ellos se fueran.

Narciso y su reflejo

 

 

 

 

El moral Narciso

 

En el huerto, al lado de la alberca, brillando al sol como una estrella de cine, había un moral muy bonito.

― Me dijiste que un día me contarías la historia del “árbol guapo”, Coletas.

Así era como todos, en la huerta, llamaban a ese árbol.

―¿Por qué crees que te he traído hasta aquí?

― Pues empieza, tengo ganas de escucharla ―dijo Tana sentándose en el banco de piedra que había bajo el árbol.

Coletas se sentó a su lado y bebió un poco de agua antes de empezar a hablar.

―Desde muy pequeño, Narciso, que así se llama este moral, destacó entre sus compañeros ―comenzó Coletas―; su tronco era alto y recto y sus ramas estaban muy proporcionadas. Siendo joven, descubrió su reflejo en la alberca, y le gustó mucho, tanto que se pasaba muchas horas al día contemplándose en él y acabo enamorándose de el mismo.

―¿Se volvió loco?

―Un poco loco si estaba ―continuo Coletas―. Pensaba que eso era la realidad. En el reflejo no solo aparecía él, en la alberca, se reflejaba todo el huerto como si fuese una pantalla de cine, Y lo más asombroso eran las voces. El reflejo hablaba. Narciso estaba totalmente hechizado.

― ¿Qué le decía?

―Lo comparaba con los demás y le decía que era el más apuesto, también le daba consejos para cuidar sus ramas y tener las mejores moras, y le contaba muchos chismes y chascarrillos. Siempre había mucho ruido en el reflejo. Hablaban todos a la vez.  A veces también se enfadaba. Todo este ruido lo tenía tan abstraído que se olvidó de su o parte real. Tan solo su vecino un árbol viejo al que le faltaba una rama le advertía “Narciso pasas mucho tiempo aquí, te estas olvidando de la parte de ti que no sale en el reflejo; tus raíces, debes cuidarte” pero él no atendía a razones.

Cuando dio su primera cosecha esperaba, secretamente, que siendo un árbol tan bonito su cosecha sería la mejor, pero no fue así; sus moras eran muy corrientes, y para su sorpresa entre ellas había algunas secas y pellejudas que no servían para nada.

―Qué disgusto se llevaría al verlas ―dijo Tana.

―Sí, pero como eran pocas, no le dio mucha importancia ―continuo Coletas―.  Al año siguiente creció el número de moras pellejudas, pero Narciso seguía escondiéndolas. Así año a año llego un momento que Narciso tenia tantas moras malas pudriéndose en sus ramas que no podía seguir ocultándolas. Pero lo peor era que sus ramas empezaron a secarse por las puntas. Su reflejo ya no era tan bonito. Además, tenia fuertes retortijones. Narciso se puso muy triste.

―Lo entiendo ―dijo Tana―  debió ser muy duro para el verse estropeado.

―Sí, por eso fue a buscar consuelo en su vecino el anciano manco, pero ya no estaba allí, se había ido hacía dos años y él ni siquiera se había enterado.  En su lugar había un naranjo muy joven al que no conocía. Al preguntarle por el anciano, este le dijo que había dejado un sobre para él.

Narciso lo abrió, y leyó la carta que venía dentro con mucha atención. En ella explicaba que sus moras eran malas porque estaba empachado de su reflejo; las ramas y el tronco, y que estaba desatendiendo lo que no salía en el reflejo; las raíces, la parte más importante.

Al terminar la carta, Narciso cerró los ojos y entro en su tronco hasta sus raíces, al rato se calmaron sus retortijones y su tristeza. Su nuevo amigo le explicó, que al principio debía recordar entrar tres veces al día, desayuno comida y cena hasta que su adicción al reflejo desapareciera por completo.

―Tan solo era un empacho ―dijo Tana.

―Sí, se empacho de su reflejo, era tan bonito y le gustaba tanto que se volvió adicto y se olvidó de atender sus raíces.  Por suerte se curó rápidamente y ahora da muy buenas moras.

―Ya no se mira en el reflejo.

―Sí, pero ya no le hace tanto caso, aprendió la lección, ahora sabe que es dentro donde ocurre todo lo importante.