El juego no divertido

El juego no divertido

—¡Mira estos arbolitos! Nacen todos juntos, y parece que están hablando entre ellos —dijo Tana.

 Las niñas estaban paseando por el jardín, como de costumbre, y Tana señalaba a un grupo de arbolitos que vivía a los pies de la sierra, cerca de un arroyo.

 Entre ellos, destacaba uno muy gordo.

 —Son “chaparros” —explicó Coletas.

—¿Qué son “chaparros”?

—Son arbolitos jóvenes nacidos de una bellota. De mayores, se les llama “encinas”.

—Parecen amigos… —comentó Tana—. ¡Seguro que lo pasan bien!

—Sí, son amigos, pero… hay uno que es raro.

 —¿El gordo?

—No, no es el gordo.

—Pues es al que veo más diferente.

—Todos son diferentes, pero hay uno que dice cosas muy raras. Escucha —dijo Coletas entregándole a Tana la trompetilla.

—Gordinflón… cara de melón… ¡Mira cómo se mueve! Ja, ja, ja, ja —el que hablaba era el árbol más esbelto del grupo—. ¡Vamos a reírnos del gordo! —les decía a el resto de sus compañeros.

—Se está riendo del árbol gordito —dijo Tana mirando a Coletas—.Voy a seguir escuchando, a ver qué pasa…

Tana, llena de curiosidad, se volvió a colocar la trompetilla.

—¿Por qué nos tenemos que reír de él? —decían los demás chaparros, que no entendían nada. —Es lo que hacen los niños. Lo he visto. Ayer estuvieron aquí cerca jugando, y todos se metían con un niño que era diferente. Los niños son muy listos, ¿por qué no jugamos a imitarlos? ¡Seguro que es un juego muy divertido!

—Podríamos probar —aceptó uno de ellos—. ¿Nos reímos de tu copa tiesa y desplumada?

—Mejor nos reímos de tu tronco, ¡que es rechoncho como una patata! —dijo otro.

—Y el tuyo tan largo y tan feo parece un fideo.

—Pues tú estás más torcido que la curva de un camino.

—Tus ramas son más largas que un mes sin agua.

—Y las tuyas más cortas que unas vacaciones en la costa.

 Así, los árboles empezaron a meterse unos con otros. Y, de repente y sin venir a cuento, lo que comenzó siendo una broma inocente… acabó convirtiéndose en enfados y gritos ensordecedores. Todos agitaban las ramas y estiraban los troncos, y estaban tan nerviosos y disgustados que hasta daban un poco de miedo.

—¡La que se ha liado! —exclamó Tana sorprendida quitándose la trompetilla.

—No tenía muy buena pinta el juego, ya te dije que me parecía raro… —murmuró Coletas.

El árbol gordito los observaba a todos discutir desde su rincón sin entender nada de lo que estaba pasando entre sus compañeros. Y, viendo que nadie hacía nada, decidió intervenir. Venciendo su timidez, dijo muy alto:

—¡A mí no me importa ser gordo! Estoy bien así. Dejemos de jugar como los niños, no es divertido. Se hizo un corto silencio.

—A mí no me importa ser bajo —añadió otro, que se había quedado ronco de tanto chillar para defenderse de los insultos.

—Los árboles, las plantas y los animales no nos reímos de los demás por su aspecto, ¡eso no es divertido! —exclamó, tocándose la dolorida garganta.

—Nosotros sabemos que cada uno es de una manera diferente, y no nos importa. Nos respetamos, así se vive más tranquilo —intervino el árbol torcido, que le dolían las ramas de tanto agitarlas.

—Los árboles nunca nos fijamos en la forma… —dijo el chaparro de la pequeña joroba.

—Claro, ¡eso para nosotros no tiene ninguna importancia! Nacemos con ella y nos gusta —dijo uno, que tenía el tronco muy cortito y las ramas muy largas.

—Cada uno tenemos una forma diferente, eso nos hace únicos —corroboró otro.

Los chaparros cada vez estaban más animados y contentos hablando de sus diferencias.

—Yo tengo cuatro ramas, y casi todos tenéis tres. Soy único.

—Mi tronco es demasiado largo, es perfecto como es.

—¡Y el mío muy corto! Yo también soy único y perfecto.

El arbolito esbelto, viendo que su idea no había sido buena y que ya nadie la seguía, se había quedado callado en un rincón.

—¿Por qué no dices nada? —le preguntó Coletas acercándose a él.

—Lleváis razón… A mí, en realidad… tampoco me gusta mi copa, es demasiado estirada. Debería ser más redondita —dijo, un poco avergonzado.

—¡Ja, ja, ja! —rieron todos—. Tú copa está bien así, ¡tú también eres único!

—Como yo —dijo el árbol del tronco grueso.

—¡Y como yo! —gritó el jorobado—. La joroba me hace diferente.

—Iguales son las máquinas sin vida que salen de las fábricas de los hombres —le dijo Coletas acariciando su tronco.

En ese momento, el arbolito esbelto comprendió que los niños estaban equivocados… y que no había nada malo en ser diferentes.

—No ha sido buena idea imitar a los niños, su juego es muy tontos. No es nada divertido—dijo el arbolito.

Todos los demás árboles se alegraron de que finalizara el absurdo juego. Se compusieron las despelucadas ramas y lo celebraron con una fiesta en la chaparrera, bailando y cantando con los pájaros y las flores que acudieron a celebrarlo con ellos.

Tana se quitó la trompetilla de la oreja.

—Si todos fuésemos iguales, sería muy aburrido.

—Sí, seriamos como los muñecos.

—Que aburrimiento… —dijo Tana—. ¡Es mejor así! Me gusta que todos seamos diferentes, como los árboles, las plantas y los animales, las piedras… Tendríamos que aprender de ellos y no reírnos de las diferencias de los demás. A veces, en el parque he visto niños…

—A veces se nos olvida que tenemos formas únicas y diferentes, ¡como las plantas! —dijo Coletas caminando de vuelta a casa.

Biodiversidad

Biodiversidad

—Coletas, ¿dónde estás?

—Estoy aquí —dijo Coletas.

La voz venía del prado justo delante de la fuente, pero Tana por más que miraba no veía nada.

—¿Dónde? No te veo —dijo.

Coletas salió de entre la hierba. Llevaba un sombrero de paja y un delantal grande con un bolsillo. En las manos un cuaderno y un lápiz.

—¿Qué estás haciendo? preguntó Tana —acercándose a ella.

—Estoy pintando las clases de flores que hay en el prado, con esta van quince —dijo señalando con el lápiz una flor naranja de cuatro pétalos muy pequeñita.

Coletas siguió pintándola en el cuaderno mientras Tana la miraba.

—¿Qué nombre le ponemos? —dijo cuando terminó.

—Cupena —dijo Tana rápidamente—, cuatro pétalos naranjas.

—Está bien. Escríbelo aquí —dijo Coletas pasándole a Tana el cuaderno y el lápiz.

Tana se unió a la tarea de Coletas, y juntas siguieron buscando flores entre la hierba. Había muchas, algunas estaban muy repetidas y otras no tanto.

Mira esta azul… aquí hay otra rosa… de estas amarillas hay muchas… En el prado se oían las voces de las dos agachadas entre la hierba.

Además de sus colores también eran diferentes su disposición y sus formas, unas crecían pegadas a una vara, otras solas al final del tallo y otras en grupo formando todas juntas una flor grande. Unas eran alargadas otras redondas, las había con muchos pétalos, con pocos…

—Esto se llama biodiversidad —dijo Tana—, lo he estudiado en conocimiento del medio.

—¿Bio qué? —dijo Coletas que nunca había escuchado esa palabra.

—Bio-di-ver-si-dad, es cuando conviven muchas plantas diferentes en un mismo sitio.

—A mí me gusta la biodi, bioda, biodivi, como se diga eso —dijo Coletas—. Hubo un tiempo en el que desapareció y aquí solo crecía una flor, siempre la misma. Era bastante soso.

—Biodiversidad —dijo Tana riendo—. Pero… cuéntame, ¿cómo desapareció de este prado?

Las niñas se sentaron en el banco cercano a la fuente, hacía sol y corría una brisa muy suave.

—Fue hace mucho tiempo. Los dos grupos de flores más abundantes del prado empezaron a discutir por cómo tenían que ser las cosas en el prado. No se ponían de acuerdo y la discusión acabo en una lucha. Se hicieron mucho daño. El jefe del bando que ganó la batalla era muy mandón, y para acabar con las discusiones y poner paz, ordenó que todas tenían que ser como él.

—¿Y qué hicieron las que eran diferentes?

—Tenían prohibido salir a la superficie, estaban escondidas debajo de la hierba. Solo podían salir con un disfraz del color del vencedor, si las veían sin disfraz las castigaban. El prado era todo igual, no había biodiversidad —dijo Coletas que por fin se había aprendido esa palabreja.

—¿Y nadie protestaba? —dijo Tana.

—No, al principio, las flores estaban muy asustadas y muy cansadas, ya sabes que las peleas cansan mucho —dijo Coletas—. También ayudó un invento asombroso que apareció en el prado por aquellos tiempos. Era una pequeña ventana por las que las flores podían ver todo lo que ocurría en el prado. ««¡Es asombroso!»», decían. Los ratos en los que no estaban trabajando o arreglando los desperfectos de la batalla, las flores estaban mirando por la ventana. No tenían tiempo para protestas.

—Pero ahora hay muchas clases de flores, ¿cómo volvió la biodiversidad?

—Cuando la flor mandona se marchitó las flores que estaban un poco aburridas de tanta monotonía decidieron dejar salir a las otras que se pusieron muy contentas y se quitaron los disfraces rápidamente…

—Y colorín colorado volvió la alegría y el color al prado… —interrumpió Tana anticipándose al final de la historia.

—No fue tan fácil –dijo Coletas—, tardó un poquito.

—¿Qué pasó?

—Como durante todo el tiempo que duró la paz no habían aprendido a respetarse, cuando empezaron a convivir de nuevo volvieron las discusiones de siempre entre los dos bandos. En la ventana siempre estaban hablando de lo mismo, recordaban la pelea y todos los días había enfrentamientos donde se culpaban unas a otras. Estaban muy agitadas.

—¿Y cómo lo solucionaron? —dijo Tana mirando el prado—. Ahora se las ve muy tranquilas.

—En realidad no hicieron nada. La vida continuaba y entonces apareció otro invento aún más asombroso que la ventana.

—¿Qué invento fue ese?

—Una inmensa tela de araña que cubría todo el espacio. Conectando sus hilos a otra ventana, no solo se podía ver lo que ocurría en el prado, esta vez la visión era mucho más grande, se podía ver todo lo que ocurría en todos los prados del mundo.

—¿Ahora sí que estaban entretenidas?

—Esta vez no solo era entretenido, a través de la red las flores podían intercambiar todo tipo de información. A las flores más jóvenes les gustaba mucho más esta nueva ventana. Aprendieron muchas cosas. Se contaron miles y miles de historias. Sus mentes se abrieron. Había tanta tantas cosas bonitas y tanto mundo por descubrir. Tantas formas, costumbres y maneras nuevas de vivir que dejaron de interesarse por la ventana antigua. Por fin la historia de la pelea quedó olvidada para siempre. Con la ayuda de la tela de araña aprendieron a respetarse y a vivir juntas y seguir siendo diferentes. Ahora que no están enfadadas el prado es mucho más bonito, cada vez hay más flores diferentes en él y tiene más colores.

Las niñas se quedaron en silencio. En el prado las flores sonreían, bailaban, se abrazaban y charlaban entre ellas animadas por el viento. La música suave corría a cargo de los pájaros. En el aire flotaba un olor relajante que las llenaba de paz.

—¡Qué bien huele la biodiversidad! —dijo Tana.

El escondite

El escondite

Tana bajó al parque como de costumbre. Coletas la estaba esperando con dos palos en la mano. Habían planeado ir a coger castañas a la sierra.

—Ya hay muchas en el suelo, tenemos que ir antes de que se pasen o se las coman los animales del bosque.

—Hoy no tengo muchas ganas —dijo Tana— además lo había olvidado y no he traído las botas de montaña.

—Lo podemos dejar para mañana —dijo Coletas.

Tana no contestó.

—Digo que lo podemos dejar para mañana —repitió Coletas un poco más alto—. ¿Por qué no contestas?

—Perdona, no te había oído, sí, mejor mañana.

—¿Bajamos al río? —propuso Coletas alargándole uno de los palos—. Lleva mucha agua.

—Sí, eso me parece mejor.

Por el camino iban en silencio. Coletas sabía que Tana no estaba allí.

—¿Dónde estás? Hoy no miras a las plantas.

—Estoy aquí Coletas, ¿no me ves? —dijo Tana desde el suelo—. Ayúdame a levantarme no he visto esa piedra suelta y he resbalado.

Coletas le tendió la mano. Y luego buscaron un lugar donde sentarse para comprobar que no se había hecho daño.

—¿Estás bien? —preguntó Coletas

—Estoy bien —dijo Tana

—Estás distraída.

—Es que hoy no estoy muy feliz —dijo Tana de mal humor—, y quiero ser feliz.

Coletas la miro y dijo:

—Tú siempre puedes ser feliz

—Hoy no —repitió Tana.

—La felicidad está siempre contigo —dijo Coletas—, solo tienes que encontrarla

—¡Conmigo? Pues hoy no la veo por aquí —dijo Tana mirando a todos lados.

—Quizás esté escondida.

—¿Escondida? ¿Acaso la felicidad juega al escondite? —dijo Tana.

—No, ella no se esconde, pero algunos pensamientos se ponen delante de ella y no te dejan verla. ¿Jugamos a buscarla?

—Si no hay que andar mucho… —dijo Tana que ese día no tenía muchas ganas de nada.

—Ja, ja, ja —rio Coletas—. No hay que ir a ningún sitio, solo cierra los ojos y observa tus pensamientos.

—Si solo es eso —Tana cerró los ojos—. No veo ninguno —dijo al momento.

—Espera, ya aparecerán —dijo Coletas.

—Aquí hay uno.

—¿Y qué dice? —preguntó Coletas.

—Que mis amigas se han cansado de mí y no me quieren —dijo Tana—. Creo que han quedado para ir al cine y no me han llamado porque les caigo mal. Seguro que han pensado que soy una pesada y… —los ojos de Tana se llenaron de lágrimas.

—No te vayas detrás de ellos —la interrumpió Coletas—. Quédate aquí. Obsérvalos. Déjalos pasar —le dijo Coletas.

—¿Cómo lo hago?

—Imagina que van dentro de pompas de jabón y que se los lleva el viento —dijo Coletas.

Tana imaginó lo que Coletas le decía, para ella era fácil hacerlo. Cerró los ojos y enseguida vio pasar pompas llenas de pensamientos. Pasó una que le recordó que tenía que devolver un libro y lo había perdido. Otra decía que se le había olvidado ir a ver a su abuela. Detrás vino otra, de muchos colores, que le recordaba que el domingo iba a ir de pesca. Y detrás de esta otra recordándole que su hermano le había roto un juego. Luego llegó una muy negra que traía un montón de tareas atrasadas de matemáticas, esta venía junto a otra con el cuatro que le habían puesto, según ella, injustamente en un examen…

—Algunas pompas son muy negras y muy pesadas, no quieren irse. Quizás si soplo… —dijo Tana abriendo lo ojos

—Déjalas, no hagas nada, no soples, solo míralas fijamente, sin miedo hasta que se vayan o se deshagan. Solo son pompas, no pueden hacerte daño. Déjalas estar el tiempo que sea necesario. Hay que ser amable con ellas —le contestó Coletas.

Tana volvió a cerrar los ojos y miró fijamente y sin miedo a esas pompas negras sin empujarlas ni invitarlas a irse y, como dijo Coletas, ellas solas poco a poco desaparecieron. Justo detrás apareció un espacio vacío sin final con una luz blanca muy suave. Tana estaba en medio flotando. La luz la envolvía entera. Ese lugar era tan grande y su cuerpo tan pequeñito como el mar y una gota de agua. Se estaba muy bien flotando en la luz. Era una sensación de paz muy grande. Sin los miedos ni las preocupaciones de los pensamientos el cuerpo de Tana se relajó, se dejó mecer y mimar por esa luz que la acariciaba y la envolvía. Estaba tan bien allí. Era una sensación muy bonita, parecida a la que sentía de pequeña cuando tenía miedo y se refugiaba en los brazos de su madre.

Cuando Tana abrió los ojos, estaba cargada de felicidad.

—¿Nos vamos al río? Tengo ganas de pasear —dijo poniéndose de pie.

—Sí, pero mañana no te olvides de tus botas de montaña.

Las niñas continuaron su paseo en dirección al río charlando.

—Y qué, ¿la has encontrado? —preguntó Coletas refiriéndose a la felicidad.

—No, no la he visto, pero creo que he estado en su casa, vive en una habitación muy muy grande con mucha luz, se está muy bien allí… —iba diciendo Tana abriendo mucho los brazos—. Y como allí no hay pensamientos… Cuando esté triste otra vez, iré a su casa…

Las peras influenciables

Después de dar un paseo por el huerto, durante el cual Tana y Coletas habían aprovechado para coger peras y merendar, las niñas se sentaron debajo del peral a descansar.

―Qué ricas estaban las peras ―dijo Tana―son las más dulces que he probado.

No siempre fue así. Hace unos años, este peral tenía un pequeño problema. Sus peras no eran tan buenas, comenzó a contar Coletas, entonces eran duras y amargas y el árbol estaba muy triste. Un día, un pajarillo se posó en una de sus ramas y lo saludó:

―¡Buenos días señor peral! ―dijo el pajarillo que era muy alegre y le gustaba hablar con todos los árboles.

―Buenos días ―contestó el árbol.

―Qué bonitas están sus peras ―dijo el gorrión.

―Ahora sí. Espero que les me pase como siempre

―Pues ¿qué le pasa siempre? ―preguntó el gorrión muy interesado.

―Se pone una pera enferma y contagia a todas las demás. Empieza por las que tiene a su alrededor y estas contagian a otras, hasta que al final todas se encogen y quedan, amargas y duras. Es una pena ―dijo el árbol que después de varias cosechas estropeadas había perdido la esperanza.

―Estoy seguro de que su problema tiene solución ―dijo el pajarillo, que era muy simpático, tratando de animar al árbol.

―Yo creo que no. He intentado muchas cosas para salvar la cosecha; como curar a las enfermas, aislarlas e incluso echarlas del árbol, pero nada me dio resultado ―dijo el árbol.

―Quizás no tenga que curar a la fruta enferma —le dijo el gorrión que de tanto hablar con los árboles conocía todas sus enfermedades.

―¿Qué puedo hacer si no? ―preguntó el árbol.

—Proteger la fruta sana.

―Pero ellas están bien hasta que se contagian ―contestó el árbol―, eso es una tontería ―dijo mirando para otro lado.

―Quizás sean frutas influenciables y por eso se contagian y enferman.

―¿Influenciables? ¿Qué es eso? ―preguntó el árbol espantado al escuchar esa palabreja tan rara.

―Es un caso muy raro entre los árboles. Sus frutas parecen fuertes y sanas, pero en realidad no lo son. Por dentro son muy blandas y débiles y se contagian fácilmente.

―Y tú cómo lo sabes ―dijo el árbol pensando que un pajarillo tan pequeño no podía saber tanto.

―En uno de mis viajes, conocí a un peral que tenía el mismo problema. A él también se le estropeaban todas la cosecha por fruta influenciable, pero ya lo ha solucionado ―dijo el pajarillo.

―¿Cómo lo hizo? ―le preguntó el árbol con más curiosidad que esperanzas.

―Él pensó: «si mis peras se contagiaban tan fácilmente de lo malo, también lo harán de lo bueno». Entonces buscó entre sus compañeros una  semilla de fruta muy muy sana y muy muy buena y la metió entre sus ramas, y esta hizo todo el trabajo ―contestó el pajarillo.

―¿Qué trabajo? ―preguntó el árbol, empezando a pensar que a lo mejor el pájaro sabía más de lo que él creía.

―Contagiarles su salud y transformarlas en frutas fuertes no influenciables. Así quedaron protegidas, y aunque estén rodeadas de frutas podridas no se contagian de ellas.

―No pierdo nada por probar ―dijo el árbol después de pensárselo un rato.

―Yo puedo traerte en mi pico una buena semilla ―dijo el gorrión que estaba muy contento de que el árbol se hubiera decidido a probar― Conozco un peral cercano que tiene unas peras muy sanas y fuertes.

El pajarillo se fue y a los pocos días regresó con la semilla prometida. El árbol la introdujo en su rama principal y al poco tiempo creció una fruta fuerte y sana que brillaba mucho. Esta, poco a poco, de la misma manera que lo hacía la podrida, contagió su salud primero a las frutas de su rama, luego pasó a las demás, hasta que todas las frutas quedaron protegidas por dentro con un manto impermeable que no dejaba pasar ninguna enfermedad. Concluyó Coletas.

―Menos mal que hizo caso al pajarito ―iba diciendo Tana camino de vuelta a casa― Ahora que las peras están sanas y fuertes por dentro nada que venga de fuera puede hacerles daño…

campo extremeño

Hola, hacia tiempo que no salía  con la cámara de fotos al campo y el sábado pasado me anime a hacerlo. Acompañando a mi marido, mi chico, mi pareja.. como cada uno quiera llamarlo, a un asunto de trabajo, llegue a este paraje; una finca sin arboles solo de matorral.  Había retama, lentisco, y acebuche principalmente. Ya sabéis que pasear por el campo es siempre un placer para mi que no me canso de recomendar a todo el mundo. En verano el color amarillo pajizo de lo seco, contrasta con el verde de los matorrales haciendo una combinación de colores que siempre me ha gustado mucho.

 

Hormigas, todo el día trabajando sin parar en fila india de acá para allá. Este año tendrán repletas sus despensas pues el verano se ha alargado mucho y ellas siguen trabajando, deben estar un poco cansadas,  este invierno no va a faltar nada dentro de su hormiguero. Como se lo  coman todo van a salir gordisimas.

 

 

 

También pude fotografiar otros bichos y animales aquella tarde,  que acabo paseando por Jerez de los Caballeros,  un pueblo precioso donde nació, entre otros,  el descubridor del pacifico Vasco Nuñez de Balbola. Para los que no lo conozcáis os animo a descubrir a este gran descubridor que tuvo una vida, llena de aventuras y, de lo mas curiosa e  interesante.

 

badajoz

 

Hoy de fiesta en Badajoz, recordando  los orígenes árabes de la ciudad. Paseando por las murallas de la alcazaba,  encontramos el famoso cubo donde se alojo la facultad de biblioteconomia y que ha siso decapitado por orden de un juez. Desde las famosas murallas tenemos las mejores vistas de la nueva ciudad y excavaciones arqueológicas de la antigua ciudad árabe. Ya en los jardines de la galera flores y un algarrobo que me encantó. En la plaza alta estaba todo el jaleo,  un montón de puestos de artesanía y un grupo de artistas bailando y cantando animando todo. Y por ultimo la estatua del fundador de la ciudad IBN MARWAN el rebelde muladí.

 

Sierra de Tiros

¡Hola! Aquí estamos de nuevo para contaros nuestra última ruta por Cabeza del Buey.  En pleno Agosto, como los valientes, nos atrevimos a subir al punto más alto de la sierra de Tiros de unos escasos 1000 metros, eso si madrugando mucho.

A las 7,30 ya estábamos subiendo, el sol estaba muy bajo y como dice el refrán; «en agosto frió en el rostro», la mañana estaba fresquita, tanto que al comenzar echamos en falta una sudadera aunque  a los pocos minutos nos habría sobrado pues la cuesta se las traía.

El primer tramo del camino la parte mas llanita,  estaba lleno de acebuches enormes,  alcornoque y encinas principalmente, pero a medida que subíamos iban apareciendo madroños,  enebros, brezo y  matorrales de la zona como la retama, la jara, aulaga…

El ultimo tramo fue el mas empinado, aunque las vistas desde arriba son tan bonitas que cuando te sientas a mirarlas, se olvidas el esfuerzo. A un lado la serena y el castillo de Almorchón,  encima del único cerro rodeado por la llanura. Al otro se aprecian dos navas (espacio llano rodeado de sierras) una  pequeña,  y otra mas grande donde esta el pueblo de la Nava.

De Fauna vimos muchos buitres y un jabalí al que seguramente le fastidiamos la siesta entre las rocas y salio corriendo cuesta abajo entre la jara.

Lo pasamos muy bien y el día fue perfecto pero había mucha calima, por eso las fotos no son muy claras, así que tendremos que subir otro día mas claro. ¡¡Estoy deseando repetir!!

 

 

 

Verano en Extremadura

 

¡Hola! Seguimos con paseos por Extemadura, más concretamente por Cabeza del Buey.  El verano, si madrugas o aprovechas las ultimas horas de la tarde, es una época muy bonita para pasear por el campo. El paisaje tiene otro color en este tiempo,  la calima no deja ver toda la profundidad de las vistas, es otra forma de conocer Extremadura. Este año los pantanos están muy bajos y hemos salido más por la sierra.

 

Las aceitunas y las bellotas están esperando el agua de septiembre para dar el estirón y ponerse gordas;, en los huertos las granadas y los membrillos también. Las higueras y los perales ya están cargados y los pájaros dan buena cuenta de todo lo que no este protegido con redes. Las flores están secas y el pasto amarillo. Me encuentro una nota escrita en el camino que me ha gustado;»por estas tierras nació y se crió…»  Quizás vivió en una casa en ruinas que aparece unos pasos  más adelante. Ahora por aquí ni nace, ni se cría nadie. Los tiempos cambian.

Cordobilla de Lácara

Última ruta de la temporada  por Cordobilla de Lácara. Un día muy fresquito para andar. El campo está seco pero las flores resisten. Vimos vacas, ovejas y un rebaño de cabras veratas precioso. Disfrutamos mucho del paseo. Lo recomiendo.

Senda de Don Manuel Cabrera

Esta senda,  que va desde el Calvario al Valle del Aliso por la cara sur de la  sierra, la ha abierto Don Manuel Cabrera un jubilado, que en su día salio del pueblo para trabajar, y que como muchos al retirarse  vuelven a su tierra.  A sus 75 años, ha dedicado muchas mañanas, a volver a abrir este camino, perdido hace muchos años,  por el que en su niñez  sus padres le mandaban a buscar  leña. Esa habilidad de cortar jaras que adquirió de pequeño,  la ha   empleado  para volver a abrir el camino que tantas veces recorrió de niño. Con muy  pocas herramientas  y mucho tesón, ha conseguido hacer este trabajo tan asombroso que a mi me encanta recorrer y que estoy segura que os encantara a todos los que vengáis a verlo.

¡¡¡Gracias Don Manuel por este regalo!!!