Big Bang

Tana y Coletas estaban aquella tarde soleada de febrero, sentadas en un banco. Haciendo una de las cosas que más les gustaba a las dos; escuchar el sonido de la paz del campo. Coletas decía que los sonidos del campo eran tan suaves y bonitos que no interrumpían el silencio.

-Ya va sonando a primavera –dijo Tana.

-Es normal, está muy cerca –le respondió su amiga.

El espacio sonaba a grillos, pájaros cantando,  abejorros zumbando alrededor de las primeras flores, al agua corriendo por las cañadas, y también de vez en cuando, al fondo se oía un cencerro del rebaño de ovejas que pastaba tranquilamente en un prado no muy lejano.

-¿Hoy no vas a contarme un cuento Coletas? –preguntó Tana después de un rato.

-Pensé que no me lo pedirías –dijo Coletas que le encantaba contar cuentos, y rápidamente se colocó derecha en el banco para comenzar su relato.

-Estoy deseando escucharlo- dijo Tana

-Había una vez dos pueblecitos cercanos muy bien avenidos. Los dos tenían buenas tierras y abundante agua por lo que a sus habitantes no les faltaba de nada. Un día unos señores muy bien vestidos y con unos sombreros negros y altos que les hacían parecer muy importantes, fueron a visitarlos y les ofrecieron poner fábricas; “es el progreso” les dijeron. Las fábricas traerán mucho trabajo, creceréis mucho y seréis más grandes e importantes. Ya no os llamareis pueblos pasareis a la categoría superior de ciudades.

Los dos pueblos amigos no sabían que hacer, en ellos todos los habitantes tenían ocupaciones tranquilas, ya fuera en el campo cultivando las tierras y cuidando a los animales o en el pueblo creando los útiles y la ropa necesaria para su sencilla y tranquila vida en pequeños talleres. Finalmente después de unos días sopesándolo uno de ellos que era más inquieto y ambicioso, decidió aventurarse poniendo fábricas y el otro decidió quedarse como estaba.

Los señores de los sombreros no habían mentido el pueblo que se inclinó por las fabricas empezó a crecer rápidamente, las fábricas  atraían a personas de otros lugares para trabajar en ellas. Pronto ocuparon todo el campo donde antes se cultivaban los alimentos llenándolos de casas y más fábricas Ahora en la nueva gran ciudad, ya no cultivaba la tierra, ni había espacio para los animales, el alimento lo traían del pueblo amigo que había decidido no poner fábricas. En el pueblo también había cambios, pues ahora tenían que producir para ellos y para la nueva ciudad que no paraba de crecer. Cerraron los talleres y todos se fueron a trabajar al campo, para atender la demanda de alimentos. Explotaban la tierra poniéndole abonos y nutrientes extras para que diera cosechas más grandes sin dejarla descansar, como hacían antes. Los animales también notaron los cambios, trabajaban más y vivían hacinados pues eran muchos más en el mismo espacio.

Así estaban las cosas y durante un tiempo todo parecía ir bien. La ciudad crecía y aparecían nuevas fábricas de las que salían muchas más cosas inservibles que los habitantes compraban con una parte del sueldo que les daban por fabricarlos. Crecía más, más, y más, pero el problema era que no podían parar, estaban dentro de un bucle de crecimiento que parecía no tener fin. Necesitaban muchas personas para consumir al ritmo que fabricaban sus máquinas.  Los habitantes iban de un lado a otro muy deprisa, como autómatas, comprando cosas que no necesitaban y trabajando para pagarlas sin parar. Desde fuera parecían haberse vuelto locos. Crecían tanto y tan vertiginosamente que el pueblo amigo empezó a tener problemas para mandarles comida a todos, y así se lo hizo saber: Las tierras, los animales y ellos mismos estaban al límite.

Entonces para asegurarse el suministro, los de la ciudad, decidieron fabricarse su propia comida en grandes laboratorios de alimentos.

El pueblo vecino se alegró mucho pues estaban muy cansados del ritmo frenético al que sin darse cuenta los había sometido. Pronto volvieron a su  antigua y tranquila vida. Reabrieron sus talleres artesanales y sus tierras volvieron a descansar y los animales a vivir en el campo sin jaulas ni hacinamientos.

Mientras la ciudad, aunque las cifras indicaban que las cosas iban bien, pues cada mes crecía más y más como le habían prometido, su aspecto decía todo lo contrario. Desde lejos se observaba como una nube gris la envolvía entera y la coronaba un sombrero de copa negro formado de carbonilla y suciedad. El ruido que salía de ella se oía a muchos kilómetros de distancia, era muy estridente compuesto de sirenas, pitidos, rugir de motores y gritos que no dejaban descansar nadie. Por no hablar del olor y la basura que salía por toda ella y que llenaba sus ríos de plásticos y desperdicios.

Una mañana ruidosa y gris, cuando las cosas no podían ir a peor, la ciudad se empezó a poner roja, roja, muy, muy roja y finalmente explotó. La explosión se vio a muchos kilómetros de distancia y los habitantes que habían ido de otros pueblos a trabajar, salieron despedidos hasta su lugar de origen, donde el aire era puro y no había basura ni ruidos que los molestaran y donde retomaron su antigua vida. Después de la explosión, las calles de la ciudad estaban muy vacías. Las fabricas fueron cerrando al mismo ritmo que abrieron en su día, pues los que quedaron tenían ya acumuladas tantas cosas innecesarias, que no les interesaba seguir comprando lo que salía de ellas, y empezó a invertirse el bucle, decreciendo la población cada año al ritmo que cerraban fábricas. Sus habitantes se fueron repartiendo por los pueblos vecinos, donde eran bien acogidos, hasta que la ciudad volvió a ser como al principio un pueblo pequeño y amable. Por fin desapareció de su cabeza el horrible sombrero negro, y volvieron los huertos, los árboles y los animales a ocupar su lugar en el campo.

Tana que no había abierto la boca durante todo el relato dijo:

-Ha sido precioso Coletas, Menuda aventura la del pueblecito inquieto. Me ha gustado mucho, sobre todo el final. Menos mal que se quitó ese sombrero negro, le sentaba muy mal.

Y riendo se despidieron con un abrazo hasta el siguiente día.

elijo la paz

En un rincón a la orilla del río, rodeada de otras flores y plantas, vivía una pequeña flor con mucho carácter. A esta florecilla siempre le gustaba ser el centro y llevar la razón en todo, y por culpa de su fuerte carácter, se veía envuelta en frecuentes riñas y enfados con el resto de sus compañeras.

-Siempre me están molestando, no me gusta cómo me tratan.

Se quejaba a sus padres y a su abuela, que la aconsejaban cada uno a su manera.

Su Madre la consolaba:

-Eres muy buena, no mereces que te traten así, esas compañeras no te convienen, son malas, no vayas más con ellas. La florecilla le gustaba oír esto y abrazaba a su madre.

Su Padre siempre le decía:

-Tontos y malas personas hay en todos lados, tienes que aprender a ignorarlos, no los necesitas para nada. La florecilla salía muy reconfortada de los brazos de su padre.

-Tú compañera es como es, no tienes que gustarle siempre a todo el mundo, no te enfades con ella, no la juzgues y acepta su comportamiento, no te lo tomes como una ofensa hacia ti, pásalo por alto y mañana no recordareis lo que ha pasado. Le aconsejaba su abuela.

A la florecilla le gustaban más los consejos de sus padres pues, siempre le daban la razón a ella y no quería oír a su abuela, pues a su modo de entender siempre se ponía de parte de sus compañeras, así que dejó de hablar con ella y  decidió seguir los consejos de sus padres.

Pasado un tiempo las cosas no mejoraban y la florecilla que era muy lista, empezó a darse cuenta de que algo no funcionaba, pues ya apenas le quedaban amigos.

“Ese niño es un mal educado, tú no tienes que aguantarlo; eres muy sensible y buena para juntarte con esas niñas tan malas; lo que pasa es que te tienen envidia…”

A la florecilla, que estaba cada vez más sola, ya no le reconfortaba hablar con ellos, sabía que siempre le darían la razón, pero ya no necesitaba tener la razón, ahora prefería tener amigos. Entonces recordó los consejos de su abuela y decidió ponerlos en práctica.

Ahora, cada vez que algo de lo que hacían las demás flores le molestaba, veía las dos opciones: ofenderse, enfadarse y dejar de jugar con ellos, o pasarlo por alto como decía su abuela. Aunque a veces le costaba mucho soltar su razón, siempre acababa haciendo caso a su abuela y elegía la paz,  pues sabía por experiencia que tener la razón no servía de nada. Así poco a poco fue recuperando a todos sus amigos y ahora es feliz en su bonito rincón junto al río.

Deja a la vida ser

Era una tarde fresquita de Junio, aquel año, el verano no quería llegar. Tana bajo al jardín como casi todas las tardes. Coletas estaba esperándola. Después de saludarse Coletas le propuso ir a ver las flores del jardín.

-Están muy bonitas, ya verás –le dijo.

Las niñas se dirigieron hacia las flores charlando.

-En mi clase hay una niña muy extraña –le iba diciendo Tana a Coletas.

-¿Extraña? –pregunto Coletas.

-Sí, no le gusta hablar.

-Con lo que a ti te gusta hablar –dijo riendo Coletas.

-Sí, Ja, ja, la verdad es que no entiendo que a nadie le guste no hablar.

-Mira las flores –dijo Coletas a cada una le gusta una cosa diferente. Por ejemplo a esta le gusta combinar muchos colores. A esta solo le gusta el rojo, y a esta el blanco y amarillo. Esta otra tiene espinas y crece muy derecha sin embargo a esta le gusta enredarse en los árboles y a esta trepar por las paredes y a esta vivir sobre el agua.

-¡¡Es verdad, todas son diferentes!! Las hay con muchos pétalos, y  esta solo tiene cuatro…

Las niñas estuvieron viendo las diferencias y pasaron un rato muy divertido.

-Que bonitas  y diferentes son todas –dijo Tana.

-Sí, son muy diferentes pero a ellas eso no les importa. Imagínate que se miraran unas a otras y pensaran: “que Extraña es esta”. O: que mal gusto tiene, esos colores no combinan. O: “Mira esa loca, no para de  enrollarse en los arboles, eso no está bien. O: una señorita bien educada no trepa por las paredes.

Ja, Ja, no me lo imagino. Coletas que cosas tienes.

-No sé porque te ríes Tana, eso hacemos nosotros todos los días. Nos creemos que nuestros gustos son los correctos y criticamos a todo el que es diferente o no hace lo que consideramos normal. Debemos aprender de las flores ellas no se juzgan ni se molestan entre ellas, entienden que cada una tiene derecho a elegir sus colores y su forma de vivir.

-Eso sería muy bonito.

-Tienes la oportunidad de practicarlo.

-¿Yo?, ¿cómo? -preguntó Tana.

-Empieza con tu compañera silenciosa, ella tiene derecho a hablar poco y no por eso ser considerada extraña.

-Es verdad Coletas, ella también es una flor preciosa.

-Una flor, sin más -puntualizó Coletas

Maria Sociedad

En una pequeña ciudad, existían dos talleres de costura que confeccionaban trajes a medida. Uno se llamaba Capi y otro Comu.

La protagonista de este cuento era una señora un poco exigente y egocéntrica que nunca estaba satisfecha, a la que, como a todos, le gustaba verse guapa y sentirse bien. Se llamaba Maria Sociedad.

Un día entro en uno de los talleres a encargarse un traje. El sastre le confeccionó el modelo elegido por ella y se lo entregó, pero la señora, que estaba un poco contrahecha, quedo muy decepcionada pues era mucho más bonito en el papel que en su cuerpo, y muy enfadada  dijo que no le gustaba y se fue al otro taller. En el otro taller le confeccionaron otro traje también elegido por ella del muestrario, y a pesar de todos los esfuerzos que hizo el sastre para complacerla, tampoco esta vez quedo satisfecha, pues al ponérselo sufrió la misma decepción, ya que, en el muestrario el traje era mucho más bonito. La señora  volvió al primer taller dispuesta a darle otra oportunidad. Pidió que se lo confeccionara otro sastre diferente, pero tampoco funciono. Esto no la desánimo y siguió  de taller en taller probando diferentes sastres sin obtener resultados.

Un día camino a un  nuevo taller buscando el sastre adecuado escucho decir a un mendigo que estaba en un banco: mírala, ahí va de nuevo. Cuando se dará cuenta que la que tiene que cambiar es ella.

La señora se paró en seco justo delante de un escaparate y se miró despacio en el cristal.  Puede que el mendigo tenga razón, dijo en voz alta.

Desde ese día trato de ser más amable con los demás y sonreír a menudo, poco a poco su figura fue cambiando y se convirtió en una señora agradable, dulce y humilde. Ahora todos los trajes le quedan bien independientemente del sastre y del taller que se lo confeccione.

fruta influenciable

 

Había una vez un arbolito muy sano y fuerte pero tenía un problema con sus cosechas, pues cuando empezaban a madurar sus frutas,  aparecía una podrida y contagia a todas las demás.

Un gorrión  con ganas de charla, se posó en una de sus ramas y lo saludó.

-Buenos días arbolito.

-Ahora no puedo atenderte estoy muy nervioso –dijo el árbol.

-¿Que te preocupa? Tienes una buena cosecha -dijo el gorrión.

-Sí pero tengo que estar muy atento de que no salga una fruta podrida y me
la fastidie.

-¿Cómo puede una sola fruta fastidiarte toda una cosecha?

-Empieza por las que tiene a su alrededor, las va contagiando con su
pesimismo y sus quejas y estas contagian a otras hasta que al final  acaban todas enfermas y pudriéndose.

El arbolito le explicó que no sabía como cuidarlas, que  había probado
muchas cosas; como curar a la fruta enferma, aislarla e incluso echarla del
árbol pero nada daba resultado, a la fruta podrida le bastaban unas horas en el árbol para contagiar a las más cercanas, que poco a poco empezaban a
enfermar y a pudrirse y de allí se pasaba a otra rama hasta que acababa
pudriéndosele la cosecha entera.

-Quizás el problema no sea la fruta podrida le dijo el gorrión.

-¿Pues, qué puede ser si no? Preguntó el árbol

-Puede que el problema esté en el resto de la fruta.

-Pero ellas están bien hasta que aparece la fruta podrida

-Yo creo que esto es un caso de frutas  influenciable.

-¿Influenciables?

-Sí, cerca de aquí hay un peral, que también tenía fruta influenciable y se
le estropeaba la cosecha  muy frecuentemente, pero ya lo ha solucionado.

-¿Puedes decirme como lo hizo?

-Claro,  tiene fácil solución. Debes meter entre tus ramas una fruta no influenciable para que haga su trabajo.

-¿Y cuál es su trabajo?

-Contagiar a las demás y transformarlas  en frutas fuertes no
influenciables. Así tus frutas quedaran protegidas, y aunque estén rodeadas de frutas podridas no se contagiaran de ellas.

-No pierdo nada por probar -dijo el arbolito.

El gorrión se ofreció a traerle en su pico la semilla de una fruta no
influenciable. El árbol la introdujo en su rama principal y
al poco tiempo creció una fruta fuerte y sana que brillaba mucho. Esta poco a poco, de la misma manera que pasaba con la podrida, contagio a las frutas de su rama y luego paso a las demás, hasta que todas las frutas quedaron protegidas con un manto impermeable que las protegía. Un día apareció una podrida, entre las ramas se oían sus quejas y protestas, pero ahora ya no contagiaban a nadie y finalmente acabó cayéndose y nunca más volvió.

El arbolito le dio las gracias al gorrión por enseñarle donde estaba el
problema.

 -Gracias. Si no es por ti,  sigo culpando de todo a la pobre
enferma. Ahora puedo disfrutar viéndolas crecer,  ya no tengo que cuidarlas,  son fuertes y están protegidas, ya nada puedes hacerles daño.

 

 

Pedid y se os dará

Pedid y se os dará.

Esto era un arbolito muy religioso y que confiaba mucho en su Dios. Este arbolito siempre estaba pidiéndole a su Dios buenas cosechas, agua, buen clima…

 Se ponía muy contento cuando su Dios se lo concedía, pero también muy triste cuando no recibía su pedido. Su vida era muy ajetreada, parte de ella la pasaba pidiendo cosas, cuando las tenía sufría por la posibilidad de perderlas, y cuando se acostumbraba a tenerlo ya no le satisfacía lo suficiente y pedía otra cosa mejor.

Un pajarito, que había elegido sus ramas para hacer su nido al verlo tan nervioso le preguntó:

-¿Por qué te preocupas tanto?

-Pueden ocurrirme muchas cosas malas: y si  no llueve más, y si un fuego me quema y si me ataca una plaga… respondió el árbol.  Debo rezar para que me ocurran cosas buenas.

El pájaro, que no entendía sus preocupaciones, pues nunca había conocido un árbol igual, le preguntó:

-¿Por qué pides tanto, acaso tu sabes que es lo bueno?

-Quien mejor que yo puede saber lo que necesito, además Dios, nuestro padre, dijo que pidiésemos y se nos daría.

-La lluvia que pides te beneficia a ti pero hay plantas y animales a las que en este momento le perjudica. Dios debe estar muy liado, si cada uno le pide lo que le conviene solo a sí mismo ¿cómo puede satisfacer a todos?

-Nunca lo he pensado, solo sé lo que necesito yo. Él dijo que le pidiésemos.

-Hay otra manera de pedir.

-¿Cuál? Le preguntó el árbol a pajarillo.

-Pedir cosas que beneficien a todos, no solo a ti, así Dios no tendrá problemas para mandártelas.

-Pedir algo para todos… no sé… ¿Cómo pides tú?

– Le pido que me ayude a no juzgar y a aceptar todo lo que sucede aun cuando no lo comprenda.

-Pero eso… no es pedir, es aguantarse con lo que hay. No recibes nada para ti.

-Sí recibo, recibo mucha paz, que es justo lo que yo, tú y el mundo necesitamos -le contestó el pajarillo.

El árbol gracias al pajarillo aprendió a pedir a Dios sin generarle un conflicto, comprendió que lo único que  todos necesitamos es paz, paz, para aceptar las malas cosechas, el no ser los mejores, o los más listos, paz para perder y para ganar, en resumen, paz para aceptar las circunstancias y a los demás tal y como son sin más.

La paz inundo su tronco, sus ramas y llego a todas sus hojas y entonces el árbol no tuvo necesidad de pedir nada más

Los rayos enamorados

Los rayos humanos y su reflejo.

En una galaxia muy lejana vivía un astro sol muy redondo y brillante. Un día este sol sintió  ganas de expandirse. Para ello organizo una expedición de rayos a investigar para conocer el espacio y el tiempo, aprender a vivir en él,  y construir la base para iniciar otro viaje con un nivel superior por todo lo largo y ancho del espacio hasta el infinito.

El Sol, lanzó  millones de rayos desde su superficie redonda, en todas las direcciones, proyectando cada uno de ellos en el espacio a su vez, millones de coloridas formas.

Estas formas crearon la estructura básica de un nuevo mundo de objetos en el espacio.  El mundo creado era muy bonito y tenía muchas posibilidades. Entre todas las formas había unas que destacaban por su inteligencia; Los rayos con forma humana.

Los rayos humanos con su inquietud por aprender más y más, no paraban de estudiar y hacer crecer la estructura a base de experimentos e investigaciones que le llevaban a descubrir algo nuevo cada día.

El Sol que observaba toda la obra, sabía que los rayos que proyectaban la forma de la humanidad, se sentían especialmente orgullosos de su proyección y admiraba mucho su inteligencia. Y vio  como poco a poco, sus rayos, uno a uno como por contagio, se fueron enamorando de la forma humana que proyectaban. La forma los hechizó tanto, que   adoptaron su identidad de forma separada de los demás, y olvidaron que eran un rayo del mismo y único Sol.

Desde el sol, la situación del mundo creado era casi cómica; los rayos humanos estaban muy ridículos con esa falsa identidad tan pequeña que les hacía sufrir. Ellos trataban de disimularlo y parecer felices ante los demás, pero como les apretaba tanto, siempre estaban quejándose, de mal humor, enfadados y culpándose unos a otros de sus males sin darse cuenta que su único mal era la falsa identidad.

Él sol esperaba pacientemente, pues sabía que esta absurda situación no podía durar siempre, y que uno a uno, a su debido tiempo, tal como se la pusieron, todos sus rayos ayudados por el sufrimiento que les causaba, acabarían quitándose la falsa identidad y dándose cuenta de quienes eran realmente.

A medida que el juego crecía, era más complejo. Los rayos humanos con identidad de  formas, a pesar de sus malas relaciones y su sufrimiento, habían  acumulado mucho conocimiento y poder. Este poder podía ser utilizado tanto para hacerse el bien, como para hacerse el mal entre ellos.

Este punto de su desarrollo era muy delicado, pues al tener tantos conflictos entre ellos, y tanto poder, en cualquier momento los rayos con identidad de forma podían autodestruirse unos a otros y borrar del espacio de un plumazo todo lo construido hasta el momento presente.

La desaparición de todo, retrasaría  el comienzo de la  segunda parte del ambicioso viaje de nivel superior, como ya había sucedido otras veces, pues habría que volver a empezar otra vez desde el principio a crear la base.

El Sol, sabía que la única manera de salvar el mundo de las formas y dar el segundo salto, era que la humanidad soltara su falsa identidad y empezara a relacionarse con la verdadera, pues nadie en su sano juicio se agrede así mismo.

Así estaban las cosas cuando un invento que nunca había existido antes revolucionó todo. Se trataba de unos dispositivos llamados ordenadores que comunicaban a los rayos con identidad de formas de todo el mundo a través de una red invisible por donde circulaba toda la información. En cuanto se corrió la voz por las redes del único motivo de sufrimiento y de toda la verdad, la noticia corrió como la pólvora y poco a poco todos los rayos humanos fueron abandonando su falsa identidad y tomando la auténtica para empezar la nueva mega aventura en el espacio relacionándose en el mundo creado sin sufrimiento.

Nueve reyes desterrados

 

Había un país que estaba dividido en nueve bandos gobernado por nueve reyes. Estos reyes dictaban las normas de conducta a sus súbditos a través de un micrófono implantado en la cabeza de estos al nacer. Entre los reyes tenían un acuerdo para repartirse a los habitantes equitativamente sin que ellos lo supieran.

Cada jefe tenía una doctrina diferente. Como en ese país no estaba bien visto decir a quien servías, todos lo llevaban en secreto, así que estaban todos muy mezclados, y en un mismo bloque de pisos, e incluso en una misma familia, cada vecino o cada miembro podía servir a un rey diferente.

Primero estaba el bando del rey obsesionado con parecer perfecto y justo. Hay que ser justo. Era bastante mandón y quería tenerlo todo controlado. Sus seguidores odiaban la mentira exigían justicia e imponían sus métodos como los mejores.

En segundo lugar estaba el bando de los ayudadores. Ayudar a los demás es nuestra misión en la vida. Aparentan ser útiles y necesarios para los demás. Sus miembros estaban muy orgullosos de ellos mismos y se consideraban los mejores en todos los casos.

En tercer lugar estaba el bando de los triunfadores. Tener éxito, ser admirado por los demás eso era lo único importante para ellos. Sus miembros perseguían el éxito sin importarles las personas y muchos lo conseguían.

En el cuarto lugar estaba el bando de los especiales y únicos. Distinguirse de los demás ser originales no queremos ser borregos era su frase favorita. Les gustaba el arte y entre sus miembros había muchos artistas y extravagantes.

En el quinto grupo estaba el bando de los estudiosos, nunca sabían bastante, lo importante es tener mucha información, muchos conocimientos. Ellos nunca estaban preparados para actuar.

En el sexto era el bando de los obsesionados con la seguridad, hay que estar seguros todas las precauciones son pocas.

En el séptimo bando todos buscaban la diversión, la parte positiva de la vida, la vida no tiene sentido si no te diviertes decían, para ellos era muy importante aparentar que lo estaban pasando bien.

En el octavo grupo estaba el bando de los duros, pensaban que para vivir bien había que infundir respeto, ser fuerte y dominar la situación todo el tiempo. Les gustaba liderar a los grupos y llevarlos a la acción.

Y por último el bando de los tranquilos. Para ellos lo más importante era aparentar tranquilidad y calma, como si nada pasara. Que todos pensaran que ellos estaban bien. Eran especialistas en posponerlo todo para mañana.

Todos los habitantes del país, independientemente del rey al que obedeciesen tenían una vida muy dura; pues hacer el papel de fuerte, único, exitoso, divertido… todo el tiempo no era nada fácil. Pero lo más duro era las relaciones. Entre ellos había mucha división desconfianza y competitividad. Todos defendían la doctrina de su rey queriendo imponerla en cualquier situación y lugar como la mejor, la única y la verdadera. El país estaba lleno de micro frentes donde continuamente se libraban millones de batallas,  algunas aunque pequeñas, muy dolorosas.

Así estaban las cosas en ese curioso país, cuando un día sin saber porque un súbdito del rey cuatro, otro del uno, y otro del siete, muy cansados de tanta lucha decidieron dejar de hacer caso a sus respectivos reyes. Los tres tenían mucho miedo a la libertad pero era tan grande el sufrimiento que les suponía seguir obedeciendo y defendiendo las doctrinas y órdenes de sus reyes que se lanzaron de cabeza a lo desconocido.

Su sorpresa fue que a medida que pasaban los días y más negaban y desobedecían la voz de su rey, ellos estaban mejor y más fuertes y su rey más débil, hasta que finalmente el micrófono de su rey dejo de sonar en sus cabezas y dejo de molestarlos. Al desaparecer el ruido de la voz, ahora en sus cabezas había un silencio que los llenaba de paz. Ellos pensaron que mientras más personan apagaran su voz, más paz habría en el país, así que corrieron a desvelar su descubrimiento a los demás.

Los respectivos reyes de estos individuos, al observar que habían sido desobedecidos y desterrados, y viendo sus intenciones, convocaron una reunión urgente de los nueve. Estaban muy preocupados, pues si los demás seguían el ejemplo, y anulaban sus micrófonos, sus reinados estaban en serio peligro. Opinaron que era como un cáncer y que había que luchar y exterminar a las células cancerígenas si no querían acabar siendo expulsados del país para siempre.

Intentaron combatirlos por todos los medios, se volvieron mucho más agresivos e hicieron campañas muy fuertes en contra de los desertores;  los metieron en la cárcel, los tacharon de locos, e incluso asesinaron a algunos de ellos, pero de nada sirvió. Los desertores fueron contagiando a los que tenían más cerca y estos a otros, hasta que finalmente se contagió el país entero. Entre los habitantes ahora, se hablaban sin miedo de sus reyes, y  era voz populi que para desactivar su voz y librarse de ellos, solo tenían que dejar de darle energía desobedeciéndola e ignorándola cuantas más veces mejor.

Ahora todo es diferente, todos son libres no tienen que soportar la pesada carga que les imponía sus reyes y no hay desconfianza ni competición entre ellos, sino todo lo contrario. Ahora,  el país era más próspero y todos se sienten satisfechos y viven felices. Ahora todo es paz.

 

 


 

 

Y se pudo

Era un miércoles por la tarde y Tana como de costumbre había bajado a ver a Coletas.

-Hola coletas, mira que video tan bonito de mi barrio, lo han tomado desde un avión se ve precioso. Las personas parecen hormiguitas andando de un lado a otro. Me gusta mirarlo, lo he visto ya un montón de veces. Tiene algo que me atrae, me da paz, no sé qué es.

-Que no hay juicio.

-¿Juicio?

Coletas le puso a Tana unas gafas mediante las cuales la imagen se acercaba más y más.

-Anda mira, la imagen se está acercando, que bonito, se ve muy bien que son personas. Pero… si esa que está en el parque es mi amiga Julia comiéndose un helado, pues me debe cinco euros, y está con Macarena ¡qué frescas! podían haber avisado. Anda pero si esa es la vecina del quinto que nunca saluda ¡menuda antipática! Veo a mi madre, mira que tranquila está. Y esa, pero… si esa es mi profesora de mates la más gruñona que he conocido, quítala, quítala de mi vista mañana tengo examen… Con esa niña del vestido rojo estoy enfadada desde la semana pasada…

Así, a medida que Tana veía más de cerca a esos bichitos tan monos que le daban tanta paz desde lejos, la paz fue desapareciendo para dar paso a la envidia, la ira, el enfado… y otras emociones menos  agradables.

Tana se quitó las gafas.

-Al acercar la imagen la paz se ha ido. ¿Qué ha pasado Coletas, era tan bonito?

– Que lo has llenado todo de historias. Hay que aprender a mira a las personas sin más.

-¿Cómo si no las conociera de nada? –Pregunto Tana

-Así mismo, como mirabas a esas hormigas, sin juicios ni historias del pasado.

-¿Eso se puede? –Pregunto Tana.

-Podemos probar. Mírame como si no me conocieras de nada –dijo Coletas.

 Las niñas se miraron durante unos minutos sin decir nada, y se pudo.

los zapatos al reves

¿Qué es tener éxito en la vida? Le pregunto a bocajarro Tana a su amiga Coletas.

-Tener éxito es colocarse bien los zapatos.

-No te entiendo Coletas. ¡Qué tienen que ver los zapatos con el éxito!

-Ja, ja, Tana para que lo entiendas tienes que escuchar este cuento.

En un lejano país todos sus habitantes, no se sabe bien por qué, ni interesa mucho saberlo, usaban los zapatos al revés, es decir el derecho en el izquierdo y el izquierdo en el derecho.

-Pero acaso eran tontos.

-No, no lo eran, pero como siempre se  había hecho así, nadie contemplaba otra opción. A los niños desde muy pequeños se le colocaban al revés y se les obligaba a andar con ellos hasta que se acostumbraban.

-Pobres niños, seguro que protestaban.

-Sí pero nadie los hacia caso. En ese país era normal tropezarse, caerse, hacerse daño… todos sufrían pero nadie se paraba a preguntarse si hacían algo mal y buscaban la causa fuera de ellos. Llegaron a la conclusión de que el sufrimiento lo calmaba el dinero. Y se esforzaban por acumular todo el dinero posible pero solo unos cuantos con mucho esfuerzo lo conseguían. Todos los admiraban y los veían como  triunfadores y personas de éxito, pero ellos seguían sufriendo igual a pesar del dinero aunque lo disimulaban muy bien y mostraban una cara sonriente al mundo. Un día uno de ellos  siendo honesto confesó que no era feliz a pesar de tener mucho dinero y lo dejó todo. Se fue a vivir a una cabaña al bosque y fue allí, en medio del silencio y la soledad, donde se dio cuenta de que llevaba mal colocados los zapatos.

-Menos mal, ¡Qué descanso!

-En cuanto se los cambio de pie, el dolor y el sufrimiento desaparecieron. Se puso tan contento que enseguida fue a contárselo a los demás. Al principio nadie lo creía y lo tomaban por loco. Solo con el paso del tiempo los que estaban cerca de él, se dieron cuenta de que andaba mucho mejor, que no tropezaba y que todo le salía bien con menos esfuerzo y algunos empezaron a imitarlo y al comprobar que funcionaba se ponían también muy contentos y así fueron contagiando unos a otros, hasta que todos  acabaron con los zapatos bien puestos y asi acabó el sufrimiento en todo el país.


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