No sin mi maestra

No sin mi maestra.

 

Corría el mes de mayo del año 2018 y los niños de la guardería de Cabeza del Buey, un pueblecito de la provincia de Badajoz, estaban muy preocupados. Se rumoreaba por el patio, que para el año siguiente tendrían que abandonar su pequeño colegio, en el que tan bien lo pasaban, para ir al cole grande; también conocidos por todos como el de la puerta gigante. Pero lo peor y lo que más les preocupaba a los niños, era que Ana, su querida maestra no iría con ellos.

―Tenemos que hacer algo ―dijo Andrés a Matías durante el recreo, mientras esperaban turno para tirarse por el tobogán.

―Nos vemos detrás de la casita para hablar, díselo a los demás ―le respondió Matías.

En cinco minutos, todos los niños de la clase estaban reunidos en el punto acordado. La maestra, extrañada de que hubiese tanta tranquilidad en el recreo se acercó a ellos y preguntó.

―¿Qué pasa hoy niños?

―Nada, estamos hablando de nuestras cosas ― contestó Amparo poniendo cara de interesante.

La maestra se retiró sonriendo para que hablasen tranquilos.

―Le podemos escribir una carta diciendo que van a cerrar este cole y que tiene que irse al otro urgentemente ―sugirió Carmen.

―Hay un problema; no sabemos escribir ―dijo Diego.

―Es verdad, eso es un problema gordo ―apuntó Alberto.

Quedaron todos en silencio pensando por unos segundos, y de pronto Jesús dijo:

― ¡Ya lo tengo!, podemos traer ranas de la charca y soltarlas en la clase, seguro que le dan miedo y no querrá quedarse aquí.

A todos les pareció muy buena idea. Como era viernes, decidieron pasar el fin de semana cogiendo ranas en las charcas y arroyos del pueblo, y el lunes llevarlas al colegio para poner en marcha su fantástico plan.

Ranita de San Antonio.

Llegó el lunes y todos nerviosos se hacían señas en la fila, guiñándose los ojos y haciendo gestos con las manos. La mayoría traían una rana en su mochila. Una vez en la clase se pusieron de acuerdo para soltarlas todas a la vez.

―Una rana, una rana. ―gritó Carlota subiéndose a su silla.

―Una rana ―gritó Saúl desde el otro lado de la clase.

―Aquí hay otra ―chilló Sofía.

En un momento, La clase se llenó de ranas saltando por todos los rincones y niños corriendo y gritando.

La maestra, que iba de un lado a otro gritando también y cogiendo ranas no sin dificultad, pues, como todo el mundo sabe, esos bichitos son muy escurridizos, acabo despeinada y con la cara muy roja, pero por fin, consiguió meterlas a todas en un bote.

―¿Pero, qué ha pasado aquí? ¿Quién ha traído todas estas ranas? ―preguntó Ana colocándose el pelo en su sitio.

―Han venido ellas solas ―dijo Sofía muy deprisa.

―Entraron por la ventana ―continuó Alberto señalándola.

―Este cole es muy peligroso ―dijo Diego muy serio poniendo cara de preocupación.

―Es mejor que no vuelvas, deberías venirte con nosotros al cole grande ―dijo Andrés.

―Eso, eso, eso ―gritaron todos a la vez.

―Qué tonterías estáis diciendo. Las ranas son inofensivas. Me gustan mucho. Esta tarde las llevaremos al Arroyo de Buey que es donde tienen que estar, vamos a ordenar la clase entre todos, y después saldremos un ratito al patio―dijo Ana, la maestra.

Los niños no se dieron por vencidos, y en el patio siguieron hablando:

―Tenemos que hacer otra cosa, la maestra es muy valiente, lo de las ranas no ha servido ― habló Darío.

―Pero lo hemos pasado muy bien ―dijo Saúl con cara de malo.

―¿Y si le decimos que hay un fantasma? ―exclamó Zacarías.

―¡Claro! Eso es mejor ―dijo Amparo―seguro que los fantasmas sí le asustan.

Se volvieron a juntar detrás de la casita para decidir cómo hacerlo y en poco rato estaba todo planeado.

Al día siguiente en el momento acordado Zacarías se escondió debajo de la mesa y empezó a hacer ruidos como si fuera un fantasma.

―Uuuuhhh

―¿Señorita ha oído eso? ―preguntó Amparo.

―No he oído nada ―dijo la maestra.

―¡Más fuerte! Zacarías, no se oye ―dijo bajito Amparo agachándose y metiendo la cabeza debajo del pupitre.

―UUUUUHHHH― repitió Zacarías tan alto que retumbó en toda la clase.

―¡¡¡Un fantasma!!! ―gritó Alberto.

Entonces todos empezaron a correr gritando; un fantasma, un fantasma, un fantasma… La maestra los miraba asombrada.

―Todos a vuestras sillas ―ordenó.

Lo niños pararon de correr y se fueron colocando en su sitio poco a poco.

―Señorita esta clase es peligrosa hay un fantasma suelto ―dijo Darío sentándose

―Sí, lo hemos oído todos, da mucho miedo ―dijo Saúl

―Es mejor que no se quede aquí sola ―insistió Darío.

―Tiene que venirse con nosotros al cole grande ―dijo Diego.

―Eso, eso, eso ―dijeron todos gritando a la vez.

La maestra que sospechaba lo que pasaba los tranquilizó, y cambiando de tema les dijo:

―Tengo una buena noticia para vosotros, mañana iremos todos de excursión a un sitio muy bonito y os presentaré a alguien muy especial que estoy segura de que os va a gustar mucho.

―¿Dónde iremos? ―preguntaron.

―Es una sorpresa.

Al día siguiente todos los niños estaban preparados en la fila con sus mochilas muy nerviosos e ilusionados por la sorpresa que les había preparado su maestra.

La maestra los llevó dando un paseo hasta cole grande. Pararon justo delante de la gran puerta gris que tan poco les gustaba. La maestra dio unos golpes en ella. Estaban asustados y se sentían muy pequeños junto a esa puerta tan grande, tan seria y tan aburrida. Al cabo de unos minutos la puerta se abrió y todos pasaron agarrados a las piernas y las manos de su maestra mirando para todos lados. Para su sorpresa, detrás de la gran puerta, la cosa era mejor de lo que ellos imaginaban; había un patio con muchos columpios, y un jardín, lleno de árboles y plantas, para jugar. Los niños rápidamente dejaron el susto a un lado, se subieron a los columpios y empezaron a correr y a jugar por el jardín curioseando cada rincón. Después de un rato jugando la maestra los llamó. Formaron una fila y en orden, entraron en una clase muy bonita con ventanas grandes y muchos juguetes, dentro los estaba esperando una maestra muy simpática que los recibió muy contenta dándoles un abrazo a cada uno y llamándolos por su nombre. Los niños anduvieron por toda la clase mirando y tocándolo todo. Había muchos cuentos y puzles, los sacaron y jugaron en las mesas, en el suelo. Por toda la clase se oían risas y gritos. A la hora de marchar y después de recoger la maestra les dijo:

―Este es el cole grande y esta es vuestra nueva maestra. Aquí vendréis el año que viene.  ¿Qué os parece? ―les preguntó.

―Me gusta este cole ―afirmó Carlota.

―Se está muy bien ―dijo Sofía.

―Es muy divertido ―apuntó Alberto.

Lo niños siguieron opinando mientras salían, y todos estaban muy contentos.  Después de la visita no volvieron a tener miedo al nuevo cole y aunque les daba mucha pena separarse de su maestra, sabían que ella no podía ir con ellos, pues, tenía que quedarse en su sitio para enseñar a los niños más pequeños que llegarían a su clase cuanto ellos se fueran.

Narciso y su reflejo

 

 

 

 

El moral Narciso

 

En el huerto, al lado de la alberca, brillando al sol como una estrella de cine, había un moral muy bonito.

― Me dijiste que un día me contarías la historia del “árbol guapo”, Coletas.

Así era como todos, en la huerta, llamaban a ese árbol.

―¿Por qué crees que te he traído hasta aquí?

― Pues empieza, tengo ganas de escucharla ―dijo Tana sentándose en el banco de piedra que había bajo el árbol.

Coletas se sentó a su lado y bebió un poco de agua antes de empezar a hablar.

―Desde muy pequeño, Narciso, que así se llama este moral, destacó entre sus compañeros ―comenzó Coletas―; su tronco era alto y recto y sus ramas estaban muy proporcionadas. Siendo joven, descubrió su reflejo en la alberca, y le gustó mucho, tanto que se pasaba muchas horas al día contemplándose en él y acabo enamorándose de el mismo.

―¿Se volvió loco?

―Un poco loco si estaba ―continuo Coletas―. Pensaba que eso era la realidad. En el reflejo no solo aparecía él, en la alberca, se reflejaba todo el huerto como si fuese una pantalla de cine, Y lo más asombroso eran las voces. El reflejo hablaba. Narciso estaba totalmente hechizado.

― ¿Qué le decía?

―Lo comparaba con los demás y le decía que era el más apuesto, también le daba consejos para cuidar sus ramas y tener las mejores moras, y le contaba muchos chismes y chascarrillos. Siempre había mucho ruido en el reflejo. Hablaban todos a la vez.  A veces también se enfadaba. Todo este ruido lo tenía tan abstraído que se olvidó de su o parte real. Tan solo su vecino un árbol viejo al que le faltaba una rama le advertía “Narciso pasas mucho tiempo aquí, te estas olvidando de la parte de ti que no sale en el reflejo; tus raíces, debes cuidarte” pero él no atendía a razones.

Cuando dio su primera cosecha esperaba, secretamente, que siendo un árbol tan bonito su cosecha sería la mejor, pero no fue así; sus moras eran muy corrientes, y para su sorpresa entre ellas había algunas secas y pellejudas que no servían para nada.

―Qué disgusto se llevaría al verlas ―dijo Tana.

―Sí, pero como eran pocas, no le dio mucha importancia ―continuo Coletas―.  Al año siguiente creció el número de moras pellejudas, pero Narciso seguía escondiéndolas. Así año a año llego un momento que Narciso tenia tantas moras malas pudriéndose en sus ramas que no podía seguir ocultándolas. Pero lo peor era que sus ramas empezaron a secarse por las puntas. Su reflejo ya no era tan bonito. Además, tenia fuertes retortijones. Narciso se puso muy triste.

―Lo entiendo ―dijo Tana―  debió ser muy duro para el verse estropeado.

―Sí, por eso fue a buscar consuelo en su vecino el anciano manco, pero ya no estaba allí, se había ido hacía dos años y él ni siquiera se había enterado.  En su lugar había un naranjo muy joven al que no conocía. Al preguntarle por el anciano, este le dijo que había dejado un sobre para él.

Narciso lo abrió, y leyó la carta que venía dentro con mucha atención. En ella explicaba que sus moras eran malas porque estaba empachado de su reflejo; las ramas y el tronco, y que estaba desatendiendo lo que no salía en el reflejo; las raíces, la parte más importante.

Al terminar la carta, Narciso cerró los ojos y entro en su tronco hasta sus raíces, al rato se calmaron sus retortijones y su tristeza. Su nuevo amigo le explicó, que al principio debía recordar entrar tres veces al día, desayuno comida y cena hasta que su adicción al reflejo desapareciera por completo.

―Tan solo era un empacho ―dijo Tana.

―Sí, se empacho de su reflejo, era tan bonito y le gustaba tanto que se volvió adicto y se olvidó de atender sus raíces.  Por suerte se curó rápidamente y ahora da muy buenas moras.

―Ya no se mira en el reflejo.

―Sí, pero ya no le hace tanto caso, aprendió la lección, ahora sabe que es dentro donde ocurre todo lo importante.

El gran olvido

 

―Hoy es el día de los enamorados, en mi colegio hemos tenido que escribir cartas de amor ―dijo Tana.

―¡Qué bonito!

―Sí, es bonito, pero, ¿qué pasa cuando te pones triste porque quieres a alguien y ese alguien no te quiere a ti?

―Te lo explicare con un cuento para que lo entiendas mejor. Dime algo que haga muy feliz a todo el mundo que tú conozcas.

―Las chuches ―dijo Tana rápidamente.

―Había una arbolita naranjo ―comenzó Coletas―  que le gustaban mucho las chuches, porque al comerlas sentía mucha felicidad. Su padre, que la quería mucho, le regalo una bolsa mágica llena de chuches que nunca se agotaba. Un día, la arbolita, decidió esconderla en un lugar seguro, y la escondió tanto, que se olvidó de ellas. Entonces empezó a pedir chuches a todos los arbolitos del huerto.

―¿No se acordaba de donde había puesto su bolsa?

―No, lo había olvidado por completo ―continuo Coletas― por eso pedía a los demás. Un día se fijó en un arbolito que crecía junto a ella y empezaron a hacerse arrumacos con las ramas formando corazones. Eran una pareja muy bonita y le daba muchas chuches. “Que feliz me haces” le repetía continuamente la naranja al naranjo. Pero un día, el naranjo, empezó a rozar sus ramas con otra naranjita que pedía menos, pasaban mucho tiempo charlando, hasta que poco a poco la abandono y se fue con ella. La naranja se llenó de tristeza. “Soy muy infeliz” le decía a su padre, un viejo naranjo que vivía a su lado. En naranjo padre que tenía el tronco lleno de corazones atravesados con flechas, se limitaba a abrazarla pues sabía que algún día encontraría sus propias chuches.

Sus amigos, al enterarse fueron a visitarla y como no querían verla triste, la animaron a salir para distraerse. Entonces, nuestra amiga, hizo un agujero en la tierra y escondió dentro su tristeza, después, se recompuso y empezó a dar largos paseos por el jardín.  Durante uno de ellos, conoció a otro naranjo con el que, aunque con mucho miedo, comenzó una nueva relación. “No quiero que me pase como antes”, pensaba. Poco a poco sus ramas se volvieron a rozar formando nuevos corazones, y otra vez, con las dulces chuches que intercambiaban volvieron las mariposas al estómago. “Que feliz me haces” le repetía, “no me abandones nunca, sin ti no podría vivir”.

Parecía que todo iba bien, pero, a los pocos meses se rompió la amistad, las chuches se volvieron amargas, y otra vez apareció la tristeza.  La naranjita volvió a esconderla en el agujero. Y siguió buscando.

Así pasaron muchas veces más y cada vez que, por una razón u otra, tenía un desencuentro o un abandono aparecía la tristeza y ella la guardaba en el agujero y seguía buscando fuera incansablemente.

El agujero estaba a punto de rebosar de tristeza, cuando Naranjita encontró a su verdadero amor. Esta vez nada podía fallar; era perfecto y tenía las chuches más dulces que había probado nunca. Pero un día, su amigo, se levantó con muy mal color de ramas y en muy poco tiempo murió. Una gran tristeza invadió a la naranja.

―¡La guardo otra vez en el agujero? ―preguntó Tana.

―En el agujero no cabía tanta tristeza, rebosaba por todos lados. La naranjita no tenía ganas de comer, ni de hablar, todo le daba igual; “no me importa lo que suceda”, decía. Sus amigos, preocupados, fueron a visitarla y la animaron a buscar otro arbolito que le diera chuches, como había hecho siempre, pero la naranjita no podía; estaba inundada de tristeza, solo quería estar con su padre, no le interesaba buscar más chuches fuera. “No sé qué hacer ” le dijo muy apenada a su padre. Su padre que sabía que había llegado el momento, le dio una pala y le dijo; cava y saca toda la tristeza que has escondido entre tus raíces, y cuando lo tengas todo limpio y ordenado, encontraras un tesoro.

La naranjita se puso a cavar, tenía muchas capas de tristeza, le dolía cada palada de tristeza que sacaba, pero siguió y siguió limpiando su interior, hasta que un buen día, después de mucho cavar y limpiar, se encontró con sus raíces formando un inmenso corazón, y en el centro, su bolsa de chuches brillando como un tesoro. Entonces recordó todo.  Las comió; eran muy, muy dulces, y sintió como la felicidad, subía por el tronco y llegaba hasta la más pequeñita de sus hojas.

Desde ese día nunca más necesitó pedir chuches a los demás para ser feliz, Su vida es diferente, ahora solo sabe dar. Encontró un nuevo amigo con el que es muy feliz y la tristeza nunca más volvió.

 

El olivo Peloche.

 

Coletas y Tana estaban paseando por el bosque, allí las plantas crecían libremente, dejando apenas espacio para pasar entre ellas.

—Quiero que conozcas los matorrales, estas plantas sirven de refugio a los animales que viven en el bosque. Este se llama Lentisco ―explicó Coletas.

―Apártate lento, lentisco que me estas retrasando ―dijo Tana apartando una rama para pasar.

―Este se llama Coscoja.

―Como pincha. Dijo tana al tocar sus hojas. ¡Cómo te coja coscoja!

Coletas explico que era para defenderse de los animales que comen sus hojas como el ciervo o la cabra.

―Pues se defiende muy bien ―dijo Coletas frotándose el dedo

―Este árbol con hojas como agujas, se llama enebro. Cuidado que también pincha―continuo Coletas.

―Este me lo aprendo fácil; enebro la aguja.

Coletas advirtió a Tana otra vez al ver que se acercaba mucho a una jara.

―Ten cuidado no te manches con la jara pringosa.

―¡Como brilla! ¿Para que se pone ese pringue, es para estar más guapa?

―No es para que las demás plantas no crezcan cerca de ellas y así tener mas terreno.

Hablando sobre las plantas y recordando sus nombres caminaron mucho sin darse cuenta.

―Es hora de volver, el bosque se ha cerrado tanto que no podemos continuar ―dijo Coletas.

De vuelta vieron un clarito con un agujero en el centro y decidieron descansar un rato.

Las niñas se sentaron en el borde del agujero

―¿Quién hizo este agujero tan grande? ―preguntó Tana.

―Es el agujero que dejo el acebuche Peloche cuando se fue del bosque ―contestó Coletas.

―¿Por qué se fue? ¿Dónde vive ahora?

―Se marchó al valle, porque decía que el bosque le sentaba mal. Se pasaba el día quejándose; “tanto bicho y tantas plantas raras a mi alrededor me provocan muchos picores”  decía rascándose sin parar, así que un buen día, muy cansado de su situación, recogió todas sus raíces y se fue a un valle, donde había un gran olivar con sus calles bien trazadas, en las que todos estaban en línea y donde se hizo llamar Olivoche.

―¿Se curó?

Al principio todo marchaba bien, en su nuevo hogar había agua abundante y le araban la tierra y no crecían plantas extrañas, como el decía, a su alrededor .  Sus aceitunas se pusieron más gordas y carnosas,  pero pronto aparecieron de nuevo los picores.

―Pobre Peloche ¿Por qué iba al médico?

―Eso le recomendó su vecino, pero él no hizo caso. “Yo sé lo que me pasa, es por el clima, tanta humedad no me conviene” decía. Así que otra vez recogió sus raíces y se marchó huyendo de sus picores a un olivar de Sierra. “Aquí corre aire fresco, seguro que estaré mejor”. Pero como la vez anterior, al poco tiempo de estar instalado los picores volvieron a aparecer.

―!Qué pesados los picores¡―dijo Tana.

―Otra vez sus vecinos le recomendaron que visitara a un experto. Esta vez, Peloche, que ya estaba muy cansado de cargar con sus raíces de un lado a otro, decidió hacerles caso y fue a visitarlo. “Me siento mal, tengo muchos picores” le explicó. El experto, después de mirarlo muy bien, dijo que sabía dónde estaba el problema.

―¡Que alegría! ¿Dónde estaba? Preguntó Tana que escuchaba muy atenta.

―Estaba dentro de él, eran unos bichitos muy pequeño que vivían en su tronco, escondidos bajo su corteza, “puedes irte donde quieras”, dijo el experto,” la causa de tus picores no está fuera, está dentro de ti; viaja contigo a todas partes”. El olivo no quiso creerlo. “Eso no puede ser, estoy muy sano, el problema está fuera”, dijo. El experto le presentó todas las pruebas que confirmaban su diagnóstico. “Es una enfermedad muy común”, le dijo: “conozco muchos casos como el tuyo y tiene fácil solución” y le mando un tratamiento para su interior: solo tienes que mirarlos, ellos quieren que los tengas en cuenta. El olivo, al principio de resistía a creer al médico, pero poco a poco fue observando los bichitos que no paraban de moverse de un lado a otro, y afinando el oído los podía oír quejarse: “no queremos estar aquí, no queremos estar aquí” . Poco a poco a base de observarlos días tras días se tranquilizaron mucho,  hasta que ceso totalmente el ruido y las protestas.  Y así  fue como los picores desaparecieron por completo y Peloche está bien siempre donde esté.

―¿Cómo sabes que está bien? ¿Quién te lo ha contado?

―Lo sé por los pajarillos que lo visitan, dicen que es muy feliz y que es muy amable con todos los que viven junto a él.

―¿Crees que nos visitara algún día Coletas?

―No sé Tana, quizás.

Las niñas continuaron su camino de vuelta charlando sobre Peloche y sus picores y esa misma noche, a las pocas horas, Peloche volvió a ocupar su lugar en el bosque donde todos sus compañeros lo recibieron muy contentos.

El sueño.

 

Hormigas

 

Coletas, sentada en un banco junto a la puerta de entrada al jardín, observaba el ir y venir de las hormigas de un hormiguero que tenía una de sus entradas justo debajo de su asiento.

―¡Hola! ―dijo Tana atravesando la puerta.

―¡Hola! ― respondió Coletas levantando la vista del suelo para saludarla.

―¿Qué estabas  mirando? ―preguntó Tana

―Estoy viendo cómo trabajan estas hormigas.

―Son muy listas. Las he estudiado en el colegio ― dijo Tana mirando el hormiguero sentada junto a Coletas.

―¿Y qué te han contado sobre ellas?

―Que son muy trabajadoras y están muy organizadas.

―Es verdad.

―También me han contado que en cada hormiguero hay una sola madre ―continuó Tana.

―Sí, todas son hermanas.

―¡Es verdad, no había caído en eso! ―exclamó Tana― Me gustaría tener tantas hermanas como tú ―le dijo a una hormiga.

―Conozco un cuento en el que un príncipe desea tener muchos hermanos, y su padre que es un rey muy poderoso le concede el deseo.

―¿Y qué pasó? ¿Me lo cuentas?

―Claro que sí, Tana.

Coletas se incorporó y empezó a contar su curioso cuento. Tana la escuchaba atentamente.

―Primero te presentare a los dos protagonistas principales: un rey tan grande y poderoso que no podemos alcanzar a ver con nuestra vista, ni a percibir con nuestros sentidos, ni a comprender con nuestra inteligencia y su único hijo.

En el reino infinito de este gran rey todo era amor y  solo se respiraba paz.

Un día su joven hijo tuvo un sueño, donde él mismo se vio dividido en millones de personajes que se relacionaban entre ellos como hermanos.

El escenario de este sueño era un inmenso jardín lleno de montañas, de ríos, de todo tipo de rocas y de toda clase de animales y plantas con frutos sabrosos.

Él sabía que había un lugar en la superficie del reino del que casi nunca se hablaba, lejos de su padre, donde los sueños podían proyectarse; así que un día fue a hablar con él.

―He tenido un sueño y quiero crearlo. Necesito tu permiso para alejarme de ti e ir al lugar del reino donde los sueños se proyectan.

El padre, que no podía decirle no a su hijo, le dio su aprobación. No obstante, conociendo la creatividad, la inteligencia y la perfección con la que su hijo había construido su sueño le dijo:

―Recuerda que corres el riesgo de enamorarte de tu propio sueño y olvidar quien realmente eres.

―No temas, eso no pasará papa, te visitare frecuentemente ―le contesto muy seguro el joven hijo.

El padre le dejó partir tranquilo.  Sabía que su hijo estaba seguro, pues nada podía ocurrirle dentro de su reino. “De todos los sueños se termina despertando” pensó viéndolo marchar.

El hijo partió muy de mañana, y una vez en los confines del reino de su padre, proyectó su ilusión soñada sobre ese lugar mágico y especial. En la proyección apareció en primer lugar el escenario; un inmenso jardín con ríos, mares, montañas, animales de todas las especies inimaginables y plantas de todas las formas, colores y tamaños tal y como él con su inmensa creatividad había soñado.

Lo miro y pensó que el reino soñado era digno de un príncipe como él. Después de un rato observando su creación, eligió a la humanidad para reinar desde ella en su precioso sueño. La buscó por todos los rincones del jardín; en selvas, montañas desiertos y valles,  y vio que todos eran perfectos tal y como él los había soñado.

Entonces saltó dentro del sueño, y dividiéndose en millones de pedacitos se colocó en el corazón de cada ser humano que poblaba el jardín de su reino.

El hijo del rey estaba muy contento, pues se había cumplido su deseo de vivir su propio sueño, donde se percibía rodeado de miles de hermanos. Un solo rey reinado en unidad desde todos y cada uno de los corazones del gran protagonista; la humanidad.

―Espera coletas. No sé si he entendido bien, el protagonista humanidad contiene millones de personajes de todas las razas y cada uno vive en un lugar distinto dentro del jardín.

―Sí, has entendido bien.

―¿Y detrás de cada humano está el hijo del rey?

―Sí, eso es Tana, has entendido muy bien.

―¿Cómo puede estar en todos los sitios a la vez?

―En los sueños todo se puede Tana.

―¡Es verdad! Había olvidado que solo era un sueño.

―Al principio, el sueño, proyectado era muy dulce. El protagonista humanidad, aunque se percibía separado y diferente, desde su corazón se sentía uno, sabía que estaba soñando y distinguía muy bien su ilusión de la realidad.  Con frecuencia todos los personajes acudían desde todos los rincones del reino soñado, al reino real de su padre, donde estaba su verdadero hogar y donde alimentaban su sentimiento de unidad, que les hacía amarse incondicionalmente dentro del sueño.

Así pasó mucho, mucho tiempo. Las personas eran pasajeras, nacían y desaparecían después de un tiempo surgiendo otras en su lugar,  las nuevas aprendían de sus mayores desde niños a distinguir lo real de la ilusión soñada.  El Padre estaba muy contento pues su único hijo dividido estaba soñando despierto y recordaba su origen. Todo era paz y armonía en los dos reinos.

―No entiendo muy bien Coletas, explícame eso de soñar despierto.

―Es cuando sueñas, sabiendo que estas soñando, ¿nunca te ha pasado?

―No, nunca, pero debe ser muy guai sobre todo cuando el sueño es de miedo.

Coletas rio y siguió con su relato. ―A medida que fue avanzando el sueño, el rey humanidad, pasó de ser un bebé a ser un adolescente. Su inteligencia crecía con él, y con ella hacía grandes descubrimientos. Poco a poco se fue diferenciando y alejando mucho del resto de los personajes como animales y plantas.  El rey humano estaba siempre muy ocupado en su reino, distraído con su intelecto haciendo miles de descubrimientos nuevos, que absorbían toda su atención no dejando lugar para visitar a su padre.

Llego un tiempo, en el que después de varias generaciones sin visitar a su padre, casi todos los personajes de la humanidad repartidos por el jardín, se habían olvidado de él, y ni los más ancianos recordaban el origen de todo. Cayeron en las profundidades del sueño y creían que era la realidad. Estaban muy perdidos, se preguntaban quiénes eran, pues se percibían solos y separados y tenía mucho miedo.

Fue entonces cuando, en respuesta a sus preguntas, apareció un nuevo personaje en forma de voz en el sueño llamado el Divisor,  y de un salto se colocó en la cabeza de todos los personajes de la humanidad.

Desde la cabeza de cada uno, esta voz contaba una historia diferente de lo que ocurría en el reino a cada personaje, esto hacía que se enfrentaran unos con otros, pues, todos querían tener razón y defendían lo que les dictaba el divisor de su cabeza como la única verdad. En esta etapa del sueño el rey humanidad, pasó de reinar en unidad desde el corazón, a reinar dividido obedeciendo la voz de su cabeza.

-Qué lío Coletas,  tantos reyes y cada uno con una voz diferente así es imposible ponerse de acuerdo era más fácil cuando reinaban desde el corazón.

―Si la verdad es que era todo muy loco. El hijo del rey había olvidado que era único, solo escuchaba a su voz y estaba discutiendo con él mismo sin saberlo.

―¡Pues vaya sueño! tener hermanos para discutir con ellos, sígueme contando Coletas que está muy interesante.

Pasaba el tiempo y en el reino se producían grandes progresos, y a medida que era más inteligente y avanzado más conflictos y enfrentamientos surgían entre sus personajes. El divisor desde la cabeza de estos, le dictaba a cada uno por separado continuamente lo que estaba bien y lo que estaba mal. Cada personaje tenía una opinión diferente de lo que ocurría en el sueño y una identidad diferente, discutían continuamente defendiendo sus propias opiniones e identidades, se hacían mucho daño incluso entre hermanos y amigos. Era una locura. Todos querían mandar, tener la razón e imponer su punto de vista como el único y verdadero. También había divisiones por grupos grandes, y mientras más grande eran los grupos que se enfrentaban, más grande era el daño que se causaban a ellos mismos, a las plantas, los animales y a todo el jardín.

El padre, que sabía lo que podía pasar mandó varios emisarios al reino de su hijo para que le recordara quien era. Los distribuyó muy bien por todo el jardín para que su mensaje llegara a todos los rincones.

Estos personajes humanos mandados por el mismo padre, hablaban continuamente de él, y les recordaban a todos los humanos quienes eran en realidad y cuál era su verdadero hogar, y que el daño que le hacían al otro se lo estaban haciendo a ellos mismos,  pues, eran uno. Se hicieron muy famosos, perduraron en el tiempo y no había ni un solo humano en todo el jardín que no hubiera oído hablar de ellos, pero nadie los entendía, y eran tratados por muchos de raros y locos.

-Todos los tomaban por locos y resulta que eran los únicos cuerdos. En el sueño está todo al revés. Sigue contando Coletas.

―Como ya te he dicho―continuo Coletas― en este punto el sueño parecía más bien una pesadilla. La humanidad, era tan poderosa como infeliz. Había muchas guerras y conflictos abiertos por todas partes del escenario. Muchos de sus personajes se preguntaban, cómo siendo tan inteligentes se hacían tanto daño, y temían que ellos mismos acabasen destruyéndose.

Desde su locura, lo personajes trataban de poner paz en el sueño creando sitios para castigar a los más violentos, y organizaciones para proteger a los débiles; pero nada de esto parecía acabar con la injusticia, la violencia y los conflictos entre ellos. La humanidad estaba muy ocupada apagando todo tipo de conflictos y otros nuevos aparecían e incluso algunos que creían haber sofocado volvían a prenderse.

―¡La que ha liado el divisor! ―dijo Tana.

―El divisor era tan incómodo y creaba tanto sufrimiento, que gracias a él una pequeña parte de los personajes del protagonista, que lo habían probado todo para que volviera la paz, cansados de luchar y viendo que sus acciones no daban resultado, empezaron a buscar nuevas soluciones entre los libros antiguos que dejaron escritos los emisarios de su padre.  Al leerlos sintieron mucha paz, y aunque no entendían muy bien lo que querían decir no abandonaron su lectura pues algo desde su corazón les decía que debían seguir.  Buscaron a los pocos seguidores de sus enseñanzas y los escucharon atentamente.

Junto a estos personajes unos pocos recordaron la existencia de su padre y su verdadero reino, dejaron de obedecer al divisor de su cabeza y empezaron a ver a sus hermanos otra vez con el corazón. Empezó a desaparecer el miedo, ya no querían imponer sus opiniones ni querían tener razón. Esta manera de ver a los demás se fue extendiendo de uno a otro como por contagio y poco a poco la mayoría volvió a obedecer a su corazón y desaparecieron todos los conflictos. Con el sentimiento de unidad de su corazón, la paz volvió a su reino. El padre se puso muy contento y celebro una gran fiesta con toda clase de cosas buenas.

―Solo había que dejar de hacer caso al divisor para que volviera el corazón.

―Él corazón nunca se fue, solo había que volver a creer en él.

―¿Y qué paso con el divisor?

―El divisor tenía una misión en el sueño; que el príncipe despertara y una vez que lo consiguió desapareció de la cabeza del rey humanidad.

-Entonces, ¿no era malo?

―No, era un despertador, nada más. Lo había puesto el padre para que el hijo despertara y recordara quien era.

―Pobre divisor todo el rato haciendo de malo y al final era bueno.

―No es malo ni bueno solo cumplía una misión como el despertador. Era necesario.

―¿Y cómo es el sueño ahora, Coletas?

―Eso no se puede explicar, hay que soñarlo desde corazón.

― ¿Lo soñaremos juntas algún día?

―Te lo prometo.

Tarde de setas

 

 

Tana y Coletas habían salido recoger setas. La semana pasada había llovido mucho y ahora hacia sol.

―Este es el momento de salir a buscarlas ―le dijo Coletas a Tana.

Las dos niñas salieron por la tarde con una cesta de mimbre y un bastón, también llevaban botas de agua por si se encontraban algún charco no perder la ocasión de chapotear un rato en él.

Coletas llevó a Tana hasta un cerro bajito donde crecían muchas setas juntas.

― ¿Se pueden comer?

―Ahora sí, pero tiempo atrás una bruja las hechizó y se volvieron venenosas. Es una historia muy bonita, ¿quieres escucharla?

―Claro Coletas, ya sabes lo que me gustan tus historias.

―Primero quiero explicarte que las setas son una parte muy curiosa del inmenso hongo que vive debajo de la tierra.

―Si algo he oído en el colegio.

―El hongo es el padre de todas y es muy poderoso y todas son hermanas curiosas y traviesas que se han alejado un poco de su padre para ver qué pasa fuera.

―Ja,ja, Coletas, nunca lo había visto así. Me gusta el comienzo.

―Bueno pues ya puestos en situación te cuento la historia. Hubo un tiempo en que en una zona del hongo surgieron a la superficie a la vez miles de hermanas setas juntas ,que disfrutaban felices del sol, el viento y la lluvia.  Un día paso por allí una bruja hechicera buscando setas para una pócima y quiso gastarles una pequeña broma haciéndoles olvidar de dónde venían y que todas eran hermanas. Con la pócima olvidaron su origen y a su padre. Al poco tiempo, las setas al verse separadas y solas en la superficie empezaron a tener miedo de todo lo que veían y a culparse unas a otras de su malestar. Esta desconfianza las hacia enfadarse unas con otras. Hicieron varios bandos, para sentirse más protegidas y luchaban entre ellos; la colonia se convirtió en un caos horrible donde no había ni un poquito de paz. Todo era agitación y ruido que se oía a miles de km. a la redonda.

―Me imagino el jaleo, que lio más grande, pobres setas.

―El padre hongo ―continuó Coletas―  que se suponía que eso podía pasar ,hizo salir a la superficie varias setas repartidas por la colonia para recordarles a todas que eran hermanas, pero nadie entendía a estas setas, parecía como si hablasen chino. Cuando la cosa estaba muy muy fea, una de las setas más influyentes en la colonia que había intentado por todos los medios posibles poner paz entre los bandos enfrentados de setas, visitó a las setas sabias que había enviado el padre y que estaban recluidas en un rincón de la colonia fuera del ruido.

Estuvo varios días hablando con ellas y le dijeron que el único problema era que actuaban como si fueran setas solitarias, y que la solución era pararse todas y sentir dentro de ellas mismas que eran una sola un rato al día.  A más tiempo mejor. Ella no entendió muy bien, pero algo le decía que no perdía nada por probar.

Esta seta convocó a todas para comunicarles la solución, y bien alto para que todas oyeran dijo: no podemos seguir viviendo así, si continuamos luchando unas con otras vamos a desaparecer. Me han dicho las sabias que tiene fácil remedio y que tenemos que trabajar todas.

“¿Qué hay que hacer? Yo no sé si podré hacerlo”, “¿Dónde hay que ir?”, “¿y si no sé?”

Esa es la buena noticia, todo el mundo puede y sabe hacerlo y no hay que ir a ningún sitio. No hay trabajo que hacer fuera, el trabajo hay que hacerlo dentro de cada una.  Al parecer es un hechizo y para deshacerlo tenemos que seguir un tratamiento.  La medicación consiste en que durante un tiempo nos quedemos todas quietas a la vez, durante media hora como mínimo una vez al día, respirando, sin hacer nada solo sintiendo que todas somos una.  Y en pocos días, me han asegurado que notaremos los resultados.

“Menuda tontería, y para eso hemos perdido el tiempo”, decían algunas retirándose.” “Pero esa no puede ser la solución, habrá que hacer algo”, gritaban otras. Otras, las menos decidieron probar, “total no parece que sea nada malo.”

Así, algunas se unían todos los días para hacer el tratamiento y poco a poco fueron cambiando su aspecto y parecían más felices, y dejaron de discutir y de juzgar a las demás.  Poco a poco otras se sumaron a ellas hasta que todas juntas consiguieron romper el hechizo de la bruja y volver a la paz y a la calma que les da saber que son un solo Ser.

―Qué bonito coletas ―dijo Tana― ya no son venenosas, ahora no están enfadadas, son felices. Me parecen tan bonitas que no tengo ganas de arrancarlas, mejor las compramos en el supermercado.

-Como prefieras Tana.

Las niñas se levantaron y siguieron su paseo, felices saltando de charco en charco.

campo extremeño

Hola, hacia tiempo que no salía  con la cámara de fotos al campo y el sábado pasado me anime a hacerlo. Acompañando a mi marido, mi chico, mi pareja.. como cada uno quiera llamarlo, a un asunto de trabajo, llegue a este paraje; una finca sin arboles solo de matorral.  Había retama, lentisco, y acebuche principalmente. Ya sabéis que pasear por el campo es siempre un placer para mi que no me canso de recomendar a todo el mundo. En verano el color amarillo pajizo de lo seco, contrasta con el verde de los matorrales haciendo una combinación de colores que siempre me ha gustado mucho.

 

Hormigas, todo el día trabajando sin parar en fila india de acá para allá. Este año tendrán repletas sus despensas pues el verano se ha alargado mucho y ellas siguen trabajando, deben estar un poco cansadas,  este invierno no va a faltar nada dentro de su hormiguero. Como se lo  coman todo van a salir gordisimas.

 

 

 

También pude fotografiar otros bichos y animales aquella tarde,  que acabo paseando por Jerez de los Caballeros,  un pueblo precioso donde nació, entre otros,  el descubridor del pacifico Vasco Nuñez de Balbola. Para los que no lo conozcáis os animo a descubrir a este gran descubridor que tuvo una vida, llena de aventuras y, de lo mas curiosa e  interesante.

 

La mirada de los perros

 

La montaña mágica

 

 

—Hola —dijo Tana con la voz un poco apagada.

Coletas la estaba esperando, con sus botas de montaña rojas fosforito, en la puerta del jardín.

—Te estaba esperando, quiero que me acompañes a la montaña mágica ―dijo cogiéndola de la mano.

Por el camino Tana iba en silencio. Parecía preocupada por algo.

―Estas muy pensativa. ¿Te pasa algo? ―preguntó Coletas.

―Estoy enfadada con mi compañera de clase, nunca presta nada y siempre está pidiéndome cosas. Me pone muy nerviosa. No sé qué hacer. El otro día me rompió la goma de borrar…No paro de pensar en ella, no sé qué hacer; no le hago caso, cambio de sitio, hablamos y le digo lo que me molesta; quizás me dé la razón y se disculpe, pero puede que sea mucho peor y se enfade más… estoy hecha un lio.

Coletas no dijo nada, continuaron subiendo en silencio y una vez arriba sentadas en una peña Tana exclamó:

—¡Que buena vista!, y que fresquito corre aquí. Ha sido una buena idea subir.

―Todavía, no has visto lo mejor ―dijo Coletas― este lugar es mágico, desde aquí se puede solucionar cualquier problema, sólo tienes que pensar en él y aparecerá una pantalla con el escenario del problema delante de nosotras para solucionarlo.

Tana la miro con los ojos como platos.

―No puede ser.

―Prueba.

Tana cerro los ojos y pensó su clase, al abrirlos la tenía delante de sus ojos.

―¡Pues es verdad! Siempre me sorprendes.

Delante de las niñas en una gran pantalla estaba la clase de Tana.

―La pantalla no está bien, veo la imagen roja ―dijo Tana.

―La ves roja, por el enfado con tu amiga. Cuando lo arregles se verá con todos sus colores.

―Quiero arreglarlo, pero me tendrás que explicar cómo lo hago.

― ¿Ves ese agujerito en la esquina de abajo de la pantalla?

―¿El de la derecha?

Sí, si lo atraviesas apareces en la clase, puedes entrar a probar todas las opciones que piensas que pueden arreglarlo y quedarte con la que más te guste, así cuando llegues mañana a clase todo estará resuelto.

―¿De verdad?

―Pruébalo.

Tana se animó a hacerlo.

―Empezare por la de hablar con ella y decirle lo que me molesta.

Muy decidida, Tana, se dirigió al agujerito de la esquina de abajo a la derecha desapareciendo por él, mientras Coletas esperaba sentada en la roca. Cuando apareció, aunque por su cara se adivinaba que no muy bien, le preguntó:

―¿Cómo te ha ido?

―Bastante mal, ha sido peor, hemos discutido, no estaba de acuerdo conmigo. Esta opción no me gusta, no lo he pasado bien. Ahora está todo peor, el enfado es más grande, veo todo más rojo que cuando baje

―No pasa nada, ya te expliqué qué puedes borrar y probar con otra de tus opciones. Sólo tienes que darle al botón de restaurar y todo volverá a estar como al principio.

―¿Dónde está ese botón? ―Dijo Tana que se moría de ganas de borrarlo todo.

Coletas se lo indico y todo quedo como estaba cuando abrieron la escena. Tana sintió un gran alivio.

―Ufff menos mal.

―¿Quieres probar otra de tus opciones?

―Sí, tratare de no hablarle, la ignorare. Creo que eso será lo mejor. Quizás si la ignoro, ella venga a preguntarme y hagamos las paces.

Tana volvió a bajar al escenario dispuesta a probar su segunda opción, pero a la vuelta tampoco parecía muy contenta.

―¿Qué pasó?

―Esa no es la solución, por mucho que trato de ignorarla el enfado no se me quita, el problema sigue estando ahí. Además, ahora ella tampoco me habla y todo es muy raro. Voy a borrar otra vez.

―Aún te queda una opción.

―Sí, voy a cambiar de sitio, alejándome de ella se arreglarán las cosas.

Por tercera vez Tana atravesó la imagen, aunque algo cansada y con menos ánimos que las veces anteriores.

―¿Por fin quedó solucionado? ―preguntó Coletas cuando la vio de vuelta.

―No ―dijo Tana sentándose a su lado. Estoy muy cansada de subir y bajar intentando arreglar la pantalla, creo que mi problema no tiene solución.

―¿Qué pasó esta vez?

―Me fui lejos de ella, pero también me aleje mis amigas, me gustaba más mi sitio, las echo de menos, y lo peor es que sigo enfadada. No consigo apagar ese enfado. Cada vez que lo intento se aviva más, es como si con cada intento le echara una carga de leña a la hoguera. Me rindo ―dijo borrando su última opción.

Entonces Coletas dijo:

―Quizás exista otra opción.

―No quiero volver a bajar, cada vez que bajo empeoro las cosas.

―No hace falta bajar. Desde aquí podemos ver muchas cosas.

Coletas saco una caja llena de gafas marrones. En la tapa ponía gafas con historias del pasado. Cada una llevaba una etiqueta con un nombre, cada nombre correspondía a una compañera de clase, también estaba la de la profesora.

―Si miras por estas gafas ―dijo dándole la caja a Tana― veras a tu compañera como la ve su propietaria.

―¿Puedo verla con las de  la profesora?

―¡Claro que puedes!

Tana se puso las gafas de la profesora. La veía como una niña simpática, aunque algo despistada, probo con otra, la de su compañera; la veía como una niña muy animada y charlatana…  así fue probando gafas con cada una tenía una visión diferente de su amiga. Después de probarlas todas Tana dijo:

― Ahora sí que tengo un lio, cada gafa cuenta una historia diferente. ¿Cuál es la verdadera?

―Todas son verdad juntas y ninguna por separado.

―No puedo ponerme todas las gafas juntas ―dijo Tana―. ¿Eso significa que nunca poder ver como es mi amiga de verdad?

Coletas saco unas gafas blancas de una caja azul que ponía en su tapa Gafas del Presente, y dándoselas le dijo que mirara la escena a través de ellas. Tana miró a su amiga con las gafas del presente durante unos minutos y solo vio una niña que pintaba y reía feliz en su pupitre, sin historias.

―¿Todo bien?

―Sí,  ¿Qué tienen estas gafas? ¿Dónde está el enfado?

Tana se quitaba y se ponía las gafas comprobando que el enfado desaparecía cuando miraba a través de ellas

―Di mejor qué no tienen.

―¿Qué no tienen?

―El reflejo del pasado. Las cosas son lo que son, no hay enfado en ellas.  El enfado se lo ponemos cuando miramos con el reflejo del pasado. ¿No te alegras de saberlo? Tú puedes decidir cómo mirarlo tienes dos opciones con el reflejo del pasado o sin él.

―¿Quieres bajar otra vez? Preguntó Coletas.

―Claro, pero no para apagar el fuego, ahora no hay fuego que apagar―dijo tana con las gafas del presente puestas― me gustaría baja a jugar con ella.

Tana bajo, pero esta vez sin intención de arreglar nada, hablo a su amiga como si nada hubiera pasado y jugaron juntas. Al subir estaba muy contenta. Se quitó las gafas. La pantalla ya no estaba roja.

―Todo está solucionado, parece muy sencillo, ¿seguro que funciona siempre? ―dijo.

―Solo lo puedes saber si lo pruebas.

―¿Me puedo llevar las gafas del presente?

―Son para ti, te las regalo, yo las llamo apago enfados, espero que apagues tus enfados con ellas.

Estaba empezando a anochecer, las niñas apagaron la pantalla y bajaron al valle charlando.

―Y si practicas mucho, llegara un día en que no necesite ponerte las gafas para quitar de tu mirada el reflejo del pasado, los perros no las usan,  no las necesitan,  solo ven el presente, por eso nunca se enfadan por mucho tiempo…

Iba explicándole Coletas a Tana por el camino.

 

 

 

 

 

badajoz

 

Hoy de fiesta en Badajoz, recordando  los orígenes árabes de la ciudad. Paseando por las murallas de la alcazaba,  encontramos el famoso cubo donde se alojo la facultad de biblioteconomia y que ha siso decapitado por orden de un juez. Desde las famosas murallas tenemos las mejores vistas de la nueva ciudad y excavaciones arqueológicas de la antigua ciudad árabe. Ya en los jardines de la galera flores y un algarrobo que me encantó. En la plaza alta estaba todo el jaleo,  un montón de puestos de artesanía y un grupo de artistas bailando y cantando animando todo. Y por ultimo la estatua del fundador de la ciudad IBN MARWAN el rebelde muladí.

 

Sierra de Tiros

¡Hola! Aquí estamos de nuevo para contaros nuestra última ruta por Cabeza del Buey.  En pleno Agosto, como los valientes, nos atrevimos a subir al punto más alto de la sierra de Tiros de unos escasos 1000 metros, eso si madrugando mucho.

A las 7,30 ya estábamos subiendo, el sol estaba muy bajo y como dice el refrán; “en agosto frió en el rostro”, la mañana estaba fresquita, tanto que al comenzar echamos en falta una sudadera aunque  a los pocos minutos nos habría sobrado pues la cuesta se las traía.

El primer tramo del camino la parte mas llanita,  estaba lleno de acebuches enormes,  alcornoque y encinas principalmente, pero a medida que subíamos iban apareciendo madroños,  enebros, brezo y  matorrales de la zona como la retama, la jara, aulaga…

El ultimo tramo fue el mas empinado, aunque las vistas desde arriba son tan bonitas que cuando te sientas a mirarlas, se olvidas el esfuerzo. A un lado la serena y el castillo de Almorchón,  encima del único cerro rodeado por la llanura. Al otro se aprecian dos navas (espacio llano rodeado de sierras) una  pequeña,  y otra mas grande donde esta el pueblo de la Nava.

De Fauna vimos muchos buitres y un jabalí al que seguramente le fastidiamos la siesta entre las rocas y salio corriendo cuesta abajo entre la jara.

Lo pasamos muy bien y el día fue perfecto pero había mucha calima, por eso las fotos no son muy claras, así que tendremos que subir otro día mas claro. ¡¡Estoy deseando repetir!!

 

 

 


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