La ranita vergonzosa.

La ranita vergonzosa

— ¿Qué traes en el bolsillo?, —dijo Coletas tocando con la mano la pierna de Tana.

— ¿Esto? Es una máquina para jugar —contestó Tana sacando de su bolsillo una maquina con una pantalla pequeña y botones a ambos lados.

— ¿Jugar? A qué —preguntó Coletas.

—Tiene muchos juegos, lo mejor es verlo ¿quieres que juguemos? —dijo Tana

—Sí. Jugar es lo que más me gusta.

Se sentaron en un banco cerca de la fuente, y encendieron la máquina. Después de un rato jugando Coletas dijo:

―Es divertida esta maquinita.

―Sí ―respondió Tana―En mi clase hay un niño que le gusta hacerlo todo bien, y cuando pierde o se equivoca se enfada, así que prefiere jugar solo con ella, es su mejor amiga. Hace tanto tiempo que no juega con nosotros que ya casi no tiene amigos.

―Es que la máquina es muy simpática, si tu amigo pierde o se equivoca, no se burla de él ni le regaña, solo dice vuelve a intentarlo, vuelve a intentarlo, vuelve a intentarlo una y otra vez. Ella sabe que a casi nadie le gusta que se rían cuando no le sale algo bien.

―A mí también me da un poco de vergüenza hacer las cosas mal delante de mis amigas y que se rían de mi―dijo Tana.

―¡Anda y a mí!, pero si encima tienes fama de lista como mi amiga la rana es aún peor… Apaga la máquina y ven conmigo te voy a contar su historia.

―¡Una historia! ―Voy como un cohete ―dijo Tana y rápidamente soltó la máquina para seguir a Coletas.

Las dos se dirigieron a la orilla del río. Coletas se sentó en una piedra a contar su historia.

―Hace tiempo, conocí a una ranita muy lista, eso, al menos, le decía todo el mundo. Tanto se lo dijeron que le daba vergüenza equivocarse “siendo tan lista tengo que hacerlo todo bien a la primera no vaya a ser que los demás me vean equivocarse y se burlen de mi  diciendo mira la lista mira la lista, pues no era tan lista”

Cuando se hizo mayor tuvo que empezar a cazar  y, como todas, las primeras veces fallo.  “huy huy huy ¡qué vergüenza me da!, esto no me gusta nada. Me buscare una excusa para no hacerlo. ¡Ya está! Pensó diré que cazar es muy aburrido para mi” y no lo hare más.

―Cazar mosquitos parece muy difícil ―dijo Tana

―Solo al principio, hay que practicar mucho pero cuando aprendes es muy fácil. El problema era que su vergüenza le impedía practicar. Así que en lugar de hacerlo, les pedía a sus hermanos y a su mamá los insectos.

―Era un poco carota ¿no crees? ―dijo Tana sentándose junto a ella.

―Sí, todos estaban cansados de alimentarla, por eso la madre rana, antes de que fuera demasiado tarde, decidió no darle más insectos y todos los hermanos estuvieron de acuerdo. La ranita vergonzosa suplicaba mucho, y hasta lloraba, para que se apiadasen de ella y le diesen una mosquita “solo una por favor” decía soltando lagrimones. Pero todos fueron muy firmes. “Por qué sois tan malos conmigo”, “tengo tanta hambre que me voy a desmallar”, “mirad lo flaquita que me estoy quedando”…”No seas tan quejica y ponte a cazar le decían sus hermanos”, “mañana empiezo, de verdad, os lo prometo” “Mañana no, tiene que ser ahora, le decía su Madre”

―Da un poco de pena―dijo Tana.

―A la mamá rana, que era muy lista y la quería mucho, no le daba pena, porque sabía que ella era capaz de cazar como todos sus hermanos. Después de dos días sin comer por fin la rana venció su vergüenza y empezó a sacar la lengua para cazar. Se la oía protestar por todo el charco; “¿ves como no puedo?”, “todos se me escapan”, “estos mosquitos no se dejan” pero nadie le hacía caso. “aprenderás” decía la madre rana, “aprenderás”. Pasaron varios días y la ranita tenía tanta hambre que ya no se acordaba de su vergüenza, y practicaba sin parar, hasta que una tarde cuando menos lo esperaba; cazó el primer mosquito.

“¡Lo conseguí!” gritó llena de alegría. Está muy rico, les dijo a sus hermanos que corrieron a felicitarla.

Después vinieron el segundo, el tercero y todos los demás. Ahora es feliz, caza como todas las ranas y no necesita que nadie lo haga por ella.

―No hay que tener vergüenza a fallar, sin fallar y equivocarte no puedes aprendes, se lo contaré a mi amigo para que deje la maquinita y vuelva a jugar con nosotros―dijo Tana muy contenta al despedirse esa tarde de su amiga Coletas.

El enjambre

Tana y Coletas paseaban por la sierra buscando nidos entre las ramas altas de los arboles cuando Tana observó que de una de ellas colgaba una especie de estructura obscura con forma de balón de rugby.

-Qué es eso –preguntó señalándolo con el dedo.

-Es un animal sin vida –respondió Coletas.

-Que le pasó.

-Pues la historia es muy curiosa ¿quieres oírla?

-Claro, sentémonos a descansar  un poco aquí, quiero escucharla.

Pues este animal, llamado enjambre,  hace unos años estaba sano y fuerte sus  miles de partes, que eran abejas, tenían asignado un trabajo determinado que cumplían todas y cada una por separado a la perfección.

-¿Abejas? Entonces, eran muchos animales pequeñitos.

-No, parecían muchos, pero en realidad era uno. Todo lo hacían como una unidad por el bien de todas pues era la única forma de vivir. Unas salían a recolectar, otras cuidaban a las larvas y a su reina, otras vigilaban, otras buscaban los mejores prados…

-Como los órganos de mi cuerpo que estoy estudiando ahora en el cole, cada uno tiene una función para mantener sano al cuerpo –interrumpió Tana.

Asi es. Pero un día llego una abeja de fuera con nuevas ideas de hacer las cosas, y con un discurso muy convincente, empezó a dividir el panal en bandos con fronteras. Las más jóvenes y fuertes ocuparon la mejor parte y le dejaban muy poco espacio a las más débiles. Así es mejor argumentaba; es justo que las que más trabajen tengan más beneficios. También decía que algunos trabajos eran más importantes que otros y cosas así con las que creaba cada día nuevas diferencias entre ellas. Después de estos cambios, los distintos bandos formados, entraron en conflicto y competiciones por las flores, el agua, el espacio y otras miles de cosas que querían disfrutar ellos en su propio beneficio. Con todo eran conflictos en el exterior, descuidaron la alimentación y el cuidado de la reina y de las abejas obreras que trabajaban en el interior para que el enjambre siguiera vivo, y cada día que pasaba se deterioraba un poco más. Así, la reina debilitada por su mala alimentación, poco a poco dejo de poner huevos y cada vez salían menos abejas  nuevas y en pocos años el enjambre envejeció y murió.

Coletas  le conto que todo esto se lo había contado el doctor que certificó la muerte del enjambre por olvido múltiple de identidad.

-Que enfermedad tan rara, pobre enjambre –dijo Tana.

-Sí, es una enfermedad muy grave vivir como muchas separadas, cuando todas son una misma. No se puede.

Tana era una adolescente curiosa y divertida. Vivía en una ciudad de provincias. Su vida transcurría entre el colegio, el jardín de su casa y su urbanización. En todas las casas vecinas había niños y los padres siempre los animaban a salir fuera a jugar. A ella no le importaba, pues le gustaba estar en el jardín y se sentía mejor subida a un árbol que sentada en un sillón.

Esa tarde, estaba intranquila como con ganas de ir a algún lugar que no lograba recordar. Después de merendar, salió al jardín y se tumbó en una hamaca debajo de la palmera. Llevaba en la mano unos macarrones de plástico de colores que había estado trenzando.

Con el balanceo de la hamaca, empezó a quedarse dormida, cuando de repente, entre sueños, oyó una voz que parecía venir de la palmera.

Saltó para acercarse, y en el tronco a media altura, vio un agujero por el que alguien la llamaba con una voz dulce y lejana que la atraía como los cantos de sirena.

Sin pensarlo, tiró por el agujero el cordón que llevaba en la mano, después se colgó de él y se deslizó despacio contando con los ojos cerrados “uno, dos, tres, cuatro…” al llegar a diez tocó el fondo con los pies y soltó el plástico. “¿Hay alguien?”, gritó. Nadie contestó. Miró a su alrededor, las paredes curvas estaban cubiertas de raíces. El lugar parecía un pequeño nido subterráneo. Cuando sus ojos se acostumbraron a la poca luz, descubrió una puerta pequeña en la pared.


Se apresuró a abrirla. Detrás de la puerta había un hermoso jardín, entro en él y se quedó quieta mirándolo todo. En primer lugar, llamó su atención una fuente de piedra, con un caño gordo que no paraba de echar agua. Junto a ella había cuatro árboles, y debajo del más grande un banco. Del mismo lugar salía una vereda que llevaban al río y al huerto que se veían a lo lejos. Vio también un puente que llevaba a la otra orilla donde había una sierra con olivos, otros árboles, matorrales y rocas.

―Hola ― dijo hablando muy alto ―estoy aquí.

―Hola ―le respondió una niña que salió de repente de detrás de la fuente.

Tana se quedó muda. La niña se parecía mucho a ella de pequeña, e incluso llevaba su mismo peinado, dos coletas rubias y redonditas asomando por detrás de sus orejas.

―Sí, soy tú ― dijo la niña viendo su cara de asombro.

―Pero, no has crecido ―dijo Tana― ¿Por qué te has quedado así?

―Me gusta ―le contestó la niña.

Tana estaba tranquila, la mirada de la niña le resultaba tan familiar y tan tierna que no sintió miedo al verla, ademas el jardín era bonito y luminoso, pero, no entendía nada.

―¿Para qué me has llamado?

―Estas creciendo y quiero recordarte tu otro mundo, antes de que te hagas mayor y lo olvides por completo.

―¡Mi otro mundo! ―dijo Tana abriendo mucho los ojos, esta niña decía cosas muy raras ―. No sabía que existiera otro mundo.

―Pues existe. Está dentro de ti, todo derecho hacia abajo, contando diez con los ojos cerrados, donde vivo yo.

―¿Dentro de mí?, ¿todo derecho hacia abajo? No entiendo nada. Pero, vives en un mundo muy bonito. Me gusta, se está bien en tu casa ―dijo Tana acercándose a la niña.

―También es la tuya. Ahora que conoces el camino, espero que vengas a verme y no te olvides de mí ―dijo la niña poniendo cara de pena.

Entonces, Tana que era muy sensible, dijo enseguida:

―No estés triste, vendré a verte, pero, si vamos a ser amigas tendré que llamarte de alguna forma.

―No tengo nombre. Si quieres puedes ponerme uno.

―Te llamare Coletas.

―¡¡¡Me gusta!!! ― dijo Coletas cogiéndole la mano.

Después de un paseo por el jardín, durante el cual Coletas no la soltó ni un momento mientras hablaba de plantas y flores, las niñas se despidieron con un abrazo.

Tana cumplió su palabra, y a partir de entonces, baja al jardín todos los días.

Coletas huele a flores, y sabe muchas cosas de las plantas y de los árboles, cosas de esas que no se aprenden en el colegio. Ella tiene una sensibilidad especial. Escucha y aprende del bosque y ninguna planta puede esconderse de su olfato, a todas sabe verles su dulzura a pesar de que pinchen, como las zarzas. Ella siente una gran emoción cuando descubre una flor nueva, o escucha correr un arroyo, o el vuelo de un pato o una perdiz o un abejorro… Coletas no tiene muchos conocimientos técnicos ni sabe los nombres de las plantas en latín, pero las siente dentro su corazón con solo mirarlas. A Tana le encanta oír sus historias.  Espero que a ti te gusten tanto como a ella.

Ocupate de ti

Esto era una florecilla muy simpática que vivía rodeada de familiares y amigos. Su jardín era bonito y tranquilo,  había abundante agua y el aire era puro, sin embargo ella no lograba ser feliz.

“No sé qué me pasa”, se decía a ella misma, “pero no consigo encontrarme bien” Cuando al verla triste le preguntaban qué le sucedía, explicaba que sentía dentro siempre una sensación de tristeza e insatisfacción además de dolores y un cansancio que no la dejaba disfrutar.

A Todos les daba mucha pena y esto hacia que ella se sintiera peor, pues de todos es sabido que la pena no cura ningún dolor si no que lo refuerza.

Pensando y pensando llego a  la conclusión de que las culpables eran las florecilla más tristes de su entorno  “no puedo ser feliz rodeada de estas flores tan tristes “y como ella quería sentirse bien por encima de todo, decidió hacerlas felices. Para ello ideo un plan que consistía en preparar fiestas, reuniones y atraer gente a su alrededor para que estuviesen contentas.

Se molestaba mucho para que sonrieran y no paraba de intervenir en sus vidas organizando todo tipo de actos para ellos; que si un cumpleaños con globos y piñatas, una comida familiar en un prado lleno de flores, fuegos artificiales, un viaje… no dudando en movilizar a otras flores para que la ayudaran en sus planes.

Pero esto no daba ningún resultado, las flores tristes por más que ella hacía no se ponían contentas, si acaso solo durante un ratito pero rápidamente volvían a su estado triste con más fuerza aún.

La florecilla estaba desesperada pues creía que ellas eran las culpables de su malestar interno y al no lograr cambiarlas su malestar seguiría con ella.

Hasta que una noche en el que se acostó muy muy triste, se le apareció una luciérnaga mientras dormía y le dijo; deja de manipular la vida de los demás no puedes hacer nada en otras vidas solo puedes cambiar la tuya. No culpes a nadie de tu infelicidad; ocúpate de ti ocúpate de ti ocúpate de ti,  sonaba esta frase en su cabeza como un eco cuando despertó.

Desde ese día dejo de orquestar la vida de los demás y se ocupó de ella entonces comprendió que la que tenía que ser feliz era ella para así poder repartir felicidad a los demás y así lo hizo desde ese día en lugar de estar preocupada por la vida de los demás, trato de estar contenta y aportar su propia felicidad a todos sus amigos y familiares y así fue como, después de practicar ser feliz durante un tiempo, todo cambio y su malestar desapareció para siempre. Y lo más asombroso con él se marchó el malestar de todos sus familiares y amigos que ahora eran felices junto a ella en su hermoso jardín..

Big Bang

Tana y Coletas estaban aquella tarde soleada de febrero, sentadas en un banco. Haciendo una de las cosas que más les gustaba a las dos; escuchar el sonido de la paz del campo. Coletas decía que los sonidos del campo eran tan suaves y bonitos que no interrumpían el silencio.

-Ya va sonando a primavera –dijo Tana.

-Es normal, está muy cerca –le respondió su amiga.

El espacio sonaba a grillos, pájaros cantando,  abejorros zumbando alrededor de las primeras flores, al agua corriendo por las cañadas, y también de vez en cuando, al fondo se oía un cencerro del rebaño de ovejas que pastaba tranquilamente en un prado no muy lejano.

-¿Hoy no vas a contarme un cuento Coletas? –preguntó Tana después de un rato.

-Pensé que no me lo pedirías –dijo Coletas que le encantaba contar cuentos, y rápidamente se colocó derecha en el banco para comenzar su relato.

-Estoy deseando escucharlo- dijo Tana

-Había una vez dos pueblecitos cercanos muy bien avenidos. Los dos tenían buenas tierras y abundante agua por lo que a sus habitantes no les faltaba de nada. Un día unos señores muy bien vestidos y con unos sombreros negros y altos que les hacían parecer muy importantes, fueron a visitarlos y les ofrecieron poner fábricas; “es el progreso” les dijeron. Las fábricas traerán mucho trabajo, creceréis mucho y seréis más grandes e importantes. Ya no os llamareis pueblos pasareis a la categoría superior de ciudades.

Los dos pueblos amigos no sabían que hacer, en ellos todos los habitantes tenían ocupaciones tranquilas, ya fuera en el campo cultivando las tierras y cuidando a los animales o en el pueblo creando los útiles y la ropa necesaria para su sencilla y tranquila vida en pequeños talleres. Finalmente después de unos días sopesándolo uno de ellos que era más inquieto y ambicioso, decidió aventurarse poniendo fábricas y el otro decidió quedarse como estaba.

Los señores de los sombreros no habían mentido el pueblo que se inclinó por las fabricas empezó a crecer rápidamente, las fábricas  atraían a personas de otros lugares para trabajar en ellas. Pronto ocuparon todo el campo donde antes se cultivaban los alimentos llenándolos de casas y más fábricas Ahora en la nueva gran ciudad, ya no cultivaba la tierra, ni había espacio para los animales, el alimento lo traían del pueblo amigo que había decidido no poner fábricas. En el pueblo también había cambios, pues ahora tenían que producir para ellos y para la nueva ciudad que no paraba de crecer. Cerraron los talleres y todos se fueron a trabajar al campo, para atender la demanda de alimentos. Explotaban la tierra poniéndole abonos y nutrientes extras para que diera cosechas más grandes sin dejarla descansar, como hacían antes. Los animales también notaron los cambios, trabajaban más y vivían hacinados pues eran muchos más en el mismo espacio.

Así estaban las cosas y durante un tiempo todo parecía ir bien. La ciudad crecía y aparecían nuevas fábricas de las que salían muchas más cosas inservibles que los habitantes compraban con una parte del sueldo que les daban por fabricarlos. Crecía más, más, y más, pero el problema era que no podían parar, estaban dentro de un bucle de crecimiento que parecía no tener fin. Necesitaban muchas personas para consumir al ritmo que fabricaban sus máquinas.  Los habitantes iban de un lado a otro muy deprisa, como autómatas, comprando cosas que no necesitaban y trabajando para pagarlas sin parar. Desde fuera parecían haberse vuelto locos. Crecían tanto y tan vertiginosamente que el pueblo amigo empezó a tener problemas para mandarles comida a todos, y así se lo hizo saber: Las tierras, los animales y ellos mismos estaban al límite.

Entonces para asegurarse el suministro, los de la ciudad, decidieron fabricarse su propia comida en grandes laboratorios de alimentos.

El pueblo vecino se alegró mucho pues estaban muy cansados del ritmo frenético al que sin darse cuenta los había sometido. Pronto volvieron a su  antigua y tranquila vida. Reabrieron sus talleres artesanales y sus tierras volvieron a descansar y los animales a vivir en el campo sin jaulas ni hacinamientos.

Mientras la ciudad, aunque las cifras indicaban que las cosas iban bien, pues cada mes crecía más y más como le habían prometido, su aspecto decía todo lo contrario. Desde lejos se observaba como una nube gris la envolvía entera y la coronaba un sombrero de copa negro formado de carbonilla y suciedad. El ruido que salía de ella se oía a muchos kilómetros de distancia, era muy estridente compuesto de sirenas, pitidos, rugir de motores y gritos que no dejaban descansar nadie. Por no hablar del olor y la basura que salía por toda ella y que llenaba sus ríos de plásticos y desperdicios.

Una mañana ruidosa y gris, cuando las cosas no podían ir a peor, la ciudad se empezó a poner roja, roja, muy, muy roja y finalmente explotó. La explosión se vio a muchos kilómetros de distancia y los habitantes que habían ido de otros pueblos a trabajar, salieron despedidos hasta su lugar de origen, donde el aire era puro y no había basura ni ruidos que los molestaran y donde retomaron su antigua vida. Después de la explosión, las calles de la ciudad estaban muy vacías. Las fabricas fueron cerrando al mismo ritmo que abrieron en su día, pues los que quedaron tenían ya acumuladas tantas cosas innecesarias, que no les interesaba seguir comprando lo que salía de ellas, y empezó a invertirse el bucle, decreciendo la población cada año al ritmo que cerraban fábricas. Sus habitantes se fueron repartiendo por los pueblos vecinos, donde eran bien acogidos, hasta que la ciudad volvió a ser como al principio un pueblo pequeño y amable. Por fin desapareció de su cabeza el horrible sombrero negro, y volvieron los huertos, los árboles y los animales a ocupar su lugar en el campo.

Tana que no había abierto la boca durante todo el relato dijo:

-Ha sido precioso Coletas, Menuda aventura la del pueblecito inquieto. Me ha gustado mucho, sobre todo el final. Menos mal que se quitó ese sombrero negro, le sentaba muy mal.

Y riendo se despidieron con un abrazo hasta el siguiente día.

elijo la paz

En un rincón a la orilla del río, rodeada de otras flores y plantas, vivía una pequeña flor con mucho carácter. A esta florecilla siempre le gustaba ser el centro y llevar la razón en todo, y por culpa de su fuerte carácter, se veía envuelta en frecuentes riñas y enfados con el resto de sus compañeras.

-Siempre me están molestando, no me gusta cómo me tratan.

Se quejaba a sus padres y a su abuela, que la aconsejaban cada uno a su manera.

Su Madre la consolaba:

-Eres muy buena, no mereces que te traten así, esas compañeras no te convienen, son malas, no vayas más con ellas. La florecilla le gustaba oír esto y abrazaba a su madre.

Su Padre siempre le decía:

-Tontos y malas personas hay en todos lados, tienes que aprender a ignorarlos, no los necesitas para nada. La florecilla salía muy reconfortada de los brazos de su padre.

-Tú compañera es como es, no tienes que gustarle siempre a todo el mundo, no te enfades con ella, no la juzgues y acepta su comportamiento, no te lo tomes como una ofensa hacia ti, pásalo por alto y mañana no recordareis lo que ha pasado. Le aconsejaba su abuela.

A la florecilla le gustaban más los consejos de sus padres pues, siempre le daban la razón a ella y no quería oír a su abuela, pues a su modo de entender siempre se ponía de parte de sus compañeras, así que dejó de hablar con ella y  decidió seguir los consejos de sus padres.

Pasado un tiempo las cosas no mejoraban y la florecilla que era muy lista, empezó a darse cuenta de que algo no funcionaba, pues ya apenas le quedaban amigos.

“Ese niño es un mal educado, tú no tienes que aguantarlo; eres muy sensible y buena para juntarte con esas niñas tan malas; lo que pasa es que te tienen envidia…”

A la florecilla, que estaba cada vez más sola, ya no le reconfortaba hablar con ellos, sabía que siempre le darían la razón, pero ya no necesitaba tener la razón, ahora prefería tener amigos. Entonces recordó los consejos de su abuela y decidió ponerlos en práctica.

Ahora, cada vez que algo de lo que hacían las demás flores le molestaba, veía las dos opciones: ofenderse, enfadarse y dejar de jugar con ellos, o pasarlo por alto como decía su abuela. Aunque a veces le costaba mucho soltar su razón, siempre acababa haciendo caso a su abuela y elegía la paz,  pues sabía por experiencia que tener la razón no servía de nada. Así poco a poco fue recuperando a todos sus amigos y ahora es feliz en su bonito rincón junto al río.

Deja a la vida en paz.

Era una tarde fresquita de Junio, aquel año, el verano no quería llegar. Tana bajo al jardín como casi todas las tardes. Coletas estaba esperándola. Después de saludarse Coletas le propuso ir a ver las flores del jardín.

-Están muy bonitas en esta época –le dijo.

Las niñas se dirigieron hacia las flores charlando.

-En mi clase hay un niño muy extraño –le iba diciendo Tana a Coletas.

-¿Extraño? –pregunto Coletas.

―Sí, se pinta las uñas de colores ―dijo Tana bajito como si estuviese diciendo algo malo.

―¿Eso es extraño? A mí me parece divertido –dijo riendo Coletas.

―Pero no es normal, ningún niño lo hace.

―Mira las flores –dijo Coletas agachándose para acercarse mas a ellas― a cada una le gusta una cosa diferente. Por ejemplo, a esta le gusta combinar muchos colores. A esta solo le gusta el rojo, y a esta el blanco y amarillo. Esta otra tiene espinas y crece muy derecha sin embargo a esta le gusta enredarse en los árboles y a esta trepar por las paredes y a esta vivir sobre el agua.

―¡¡Es verdad, todas son diferentes!! Las hay con muchos pétalos, y esta solo tiene cuatro…

Las niñas estuvieron viendo las diferencias y pasaron un rato muy divertido.

―Que bonitas  y diferentes son todas –dijo Tana.

―Sí, son muy diferentes, y a ellas eso no les importa. Imagínate que se miraran unas a otras y pensaran: “que Extraña es esta”. O: que mal gusto tiene, esos colores no combinan. O: “Mira esa loca, no para de  enrollarse en los arboles, eso no está bien. O: una señorita bien educada no trepa por las paredes ni se arrastra por el suelo.

―No sé porque te ríes Tana ―dijo un poco seria Coletas ―  Eso hacemos nosotros todos los días. Nos creemos que nuestros gustos son los correctos y criticamos a todo el que es diferente o no hace lo que consideramos normal. Debemos aprender de las flores ellas no se juzgan ni se molestan, saben que cada una tiene derecho a elegir sus colores y su forma de expresarse y vivir.

―Si fuésemos como las flores, sería muy bonito, nadie se reiría de los demás y los dejarían en paz.

―Tienes la oportunidad de ser como ellas

―¿Yo? ¿Cómo? ―preguntó Tana.

―Empieza con tu compañero, míralo como una flor, él  tiene derecho a elegir sus propios colores y no por eso ser considerado extraño.

―Es verdad Coletas, él también es una flor. Sus uñas, no son raras, son diferentes y coloridas, como los pétalos de una flor ¿Sabes? Me gusta verlo así, me siento mejor.

Maria Sociedad

En una pequeña ciudad, existían dos talleres de costura que confeccionaban trajes a medida. Uno se llamaba Capi y otro Comu.

La protagonista de este cuento era una señora un poco exigente y egocéntrica que nunca estaba satisfecha, a la que, como a todos, le gustaba verse guapa y sentirse bien. Se llamaba Maria Sociedad.

Un día entro en uno de los talleres a encargarse un traje. El sastre le confeccionó el modelo elegido por ella y se lo entregó, pero la señora, que estaba un poco contrahecha, quedo muy decepcionada pues era mucho más bonito en el papel que en su cuerpo, y muy enfadada  dijo que no le gustaba y se fue al otro taller. En el otro taller le confeccionaron otro traje también elegido por ella del muestrario, y a pesar de todos los esfuerzos que hizo el sastre para complacerla, tampoco esta vez quedo satisfecha, pues al ponérselo sufrió la misma decepción, ya que, en el muestrario el traje era mucho más bonito. La señora  volvió al primer taller dispuesta a darle otra oportunidad. Pidió que se lo confeccionara otro sastre diferente, pero tampoco funciono. Esto no la desánimo y siguió  de taller en taller probando diferentes sastres sin obtener resultados.

Un día camino a un  nuevo taller buscando el sastre adecuado escucho decir a un mendigo que estaba en un banco: mírala, ahí va de nuevo. Cuando se dará cuenta que la que tiene que cambiar es ella.

La señora se paró en seco justo delante de un escaparate y se miró despacio en el cristal.  Puede que el mendigo tenga razón, dijo en voz alta.

Desde ese día trato de ser más amable con los demás y sonreír a menudo, poco a poco su figura fue cambiando y se convirtió en una señora agradable, dulce y humilde. Ahora todos los trajes le quedan bien independientemente del sastre y del taller que se lo confeccione.

fruta influenciable

Había una vez un arbolito muy sano y fuerte pero tenía un problema con sus cosechas, pues cuando empezaban a madurar sus frutas,  aparecía una podrida y contagia a todas las demás.

Un gorrión  con ganas de charla, se posó en una de sus ramas y lo saludó.

-Buenos días arbolito.

-Ahora no puedo atenderte estoy muy nervioso –dijo el árbol.

-¿Que te preocupa? Tienes una buena cosecha -dijo el gorrión.

-Sí pero tengo que estar muy atento de que no salga una fruta podrida y me
la fastidie.

-¿Cómo puede una sola fruta fastidiarte toda una cosecha?

-Empieza por las que tiene a su alrededor, las va contagiando con su
pesimismo y sus quejas y estas contagian a otras hasta que al final  acaban todas enfermas y pudriéndose.

El arbolito le explicó que no sabía como cuidarlas, que  había probado
muchas cosas; como curar a la fruta enferma, aislarla e incluso echarla del
árbol pero nada daba resultado, a la fruta podrida le bastaban unas horas en el árbol para contagiar a las más cercanas, que poco a poco empezaban a
enfermar y a pudrirse y de allí se pasaba a otra rama hasta que acababa
pudriéndosele la cosecha entera.

-Quizás el problema no sea la fruta podrida le dijo el gorrión.

-¿Pues, qué puede ser si no? Preguntó el árbol

-Puede que el problema esté en el resto de la fruta.

-Pero ellas están bien hasta que aparece la fruta podrida

-Yo creo que esto es un caso de frutas  influenciable.

-¿Influenciables?

-Sí, cerca de aquí hay un peral, que también tenía fruta influenciable y se
le estropeaba la cosecha  muy frecuentemente, pero ya lo ha solucionado.

-¿Puedes decirme como lo hizo?

-Claro,  tiene fácil solución. Debes meter entre tus ramas una fruta no influenciable para que haga su trabajo.

-¿Y cuál es su trabajo?

-Contagiar a las demás y transformarlas  en frutas fuertes no
influenciables. Así tus frutas quedaran protegidas, y aunque estén rodeadas de frutas podridas no se contagiaran de ellas.

-No pierdo nada por probar -dijo el arbolito.

El gorrión se ofreció a traerle en su pico la semilla de una fruta no
influenciable. El árbol la introdujo en su rama principal y
al poco tiempo creció una fruta fuerte y sana que brillaba mucho. Esta poco a poco, de la misma manera que pasaba con la podrida, contagio a las frutas de su rama y luego paso a las demás, hasta que todas las frutas quedaron protegidas con un manto impermeable que las protegía. Un día apareció una podrida, entre las ramas se oían sus quejas y protestas, pero ahora ya no contagiaban a nadie y finalmente acabó cayéndose y nunca más volvió.

El arbolito le dio las gracias al gorrión por enseñarle donde estaba el
problema.

 -Gracias. Si no es por ti,  sigo culpando de todo a la pobre
enferma. Ahora puedo disfrutar viéndolas crecer,  ya no tengo que cuidarlas,  son fuertes y están protegidas, ya nada puedes hacerles daño.

Pedid y se os dará

Pedid y se os dará.

Esto era un arbolito muy religioso y que confiaba mucho en su Dios. Este arbolito siempre estaba pidiéndole a su Dios buenas cosechas, agua, buen clima…

 Se ponía muy contento cuando su Dios se lo concedía, pero también muy triste cuando no recibía su pedido. Su vida era muy ajetreada, parte de ella la pasaba pidiendo cosas, cuando las tenía sufría por la posibilidad de perderlas, y cuando se acostumbraba a tenerlo ya no le satisfacía lo suficiente y pedía otra cosa mejor.

Un pajarito, que había elegido sus ramas para hacer su nido al verlo tan nervioso le preguntó:

-¿Por qué te preocupas tanto?

-Pueden ocurrirme muchas cosas malas: y si  no llueve más, y si un fuego me quema y si me ataca una plaga… respondió el árbol.  Debo rezar para que me ocurran cosas buenas.

El pájaro, que no entendía sus preocupaciones, pues nunca había conocido un árbol igual, le preguntó:

-¿Por qué pides tanto, acaso tu sabes que es lo bueno?

-Quien mejor que yo puede saber lo que necesito, además Dios, nuestro padre, dijo que pidiésemos y se nos daría.

-La lluvia que pides te beneficia a ti pero hay plantas y animales a las que en este momento le perjudica. Dios debe estar muy liado, si cada uno le pide lo que le conviene solo a sí mismo ¿cómo puede satisfacer a todos?

-Nunca lo he pensado, solo sé lo que necesito yo. Él dijo que le pidiésemos.

-Hay otra manera de pedir.

-¿Cuál? Le preguntó el árbol a pajarillo.

-Pedir cosas que beneficien a todos, no solo a ti, así Dios no tendrá problemas para mandártelas.

-Pedir algo para todos… no sé… ¿Cómo pides tú?

– Le pido que me ayude a no juzgar y a aceptar todo lo que sucede aun cuando no lo comprenda.

-Pero eso… no es pedir, es aguantarse con lo que hay. No recibes nada para ti.

-Sí recibo, recibo mucha paz, que es justo lo que yo, tú y el mundo necesitamos -le contestó el pajarillo.

El árbol gracias al pajarillo aprendió a pedir a Dios sin generarle un conflicto, comprendió que lo único que  todos necesitamos es paz, paz, para aceptar las malas cosechas, el no ser los mejores, o los más listos, paz para perder y para ganar, en resumen, paz para aceptar las circunstancias y a los demás tal y como son sin más.

La paz inundo su tronco, sus ramas y llego a todas sus hojas y entonces el árbol no tuvo necesidad de pedir nada más


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