Las peras influenciables

Después de dar un paseo por el huerto, durante el cual Tana y Coletas habían aprovechado para coger peras y merendar, las niñas se sentaron debajo del peral a descansar.

―Qué ricas estaban las peras ―dijo Tana―son las más dulces que he probado.

No siempre fue así. Hace unos años, este peral tenía un pequeño problema. Sus peras no eran tan buenas, comenzó a contar Coletas, entonces eran duras y amargas y el árbol estaba muy triste. Un día, un pajarillo se posó en una de sus ramas y lo saludó:

―¡Buenos días señor peral! ―dijo el pajarillo que era muy alegre y le gustaba hablar con todos los árboles.

―Buenos días ―contestó el árbol.

―Qué bonitas están sus peras ―dijo el gorrión.

―Ahora sí. Espero que les me pase como siempre

―Pues ¿qué le pasa siempre? ―preguntó el gorrión muy interesado.

―Se pone una pera enferma y contagia a todas las demás. Empieza por las que tiene a su alrededor y estas contagian a otras, hasta que al final todas se encogen y quedan, amargas y duras. Es una pena ―dijo el árbol que después de varias cosechas estropeadas había perdido la esperanza.

―Estoy seguro de que su problema tiene solución ―dijo el pajarillo, que era muy simpático, tratando de animar al árbol.

―Yo creo que no. He intentado muchas cosas para salvar la cosecha; como curar a las enfermas, aislarlas e incluso echarlas del árbol, pero nada me dio resultado ―dijo el árbol.

―Quizás no tenga que curar a la fruta enferma —le dijo el gorrión que de tanto hablar con los árboles conocía todas sus enfermedades.

―¿Qué puedo hacer si no? ―preguntó el árbol.

—Proteger la fruta sana.

―Pero ellas están bien hasta que se contagian ―contestó el árbol―, eso es una tontería ―dijo mirando para otro lado.

―Quizás sean frutas influenciables y por eso se contagian y enferman.

―¿Influenciables? ¿Qué es eso? ―preguntó el árbol espantado al escuchar esa palabreja tan rara.

―Es un caso muy raro entre los árboles. Sus frutas parecen fuertes y sanas, pero en realidad no lo son. Por dentro son muy blandas y débiles y se contagian fácilmente.

―Y tú cómo lo sabes ―dijo el árbol pensando que un pajarillo tan pequeño no podía saber tanto.

―En uno de mis viajes, conocí a un peral que tenía el mismo problema. A él también se le estropeaban todas la cosecha por fruta influenciable, pero ya lo ha solucionado ―dijo el pajarillo.

―¿Cómo lo hizo? ―le preguntó el árbol con más curiosidad que esperanzas.

―Él pensó: «si mis peras se contagiaban tan fácilmente de lo malo, también lo harán de lo bueno». Entonces buscó entre sus compañeros una  semilla de fruta muy muy sana y muy muy buena y la metió entre sus ramas, y esta hizo todo el trabajo ―contestó el pajarillo.

―¿Qué trabajo? ―preguntó el árbol, empezando a pensar que a lo mejor el pájaro sabía más de lo que él creía.

―Contagiarles su salud y transformarlas en frutas fuertes no influenciables. Así quedaron protegidas, y aunque estén rodeadas de frutas podridas no se contagian de ellas.

―No pierdo nada por probar ―dijo el árbol después de pensárselo un rato.

―Yo puedo traerte en mi pico una buena semilla ―dijo el gorrión que estaba muy contento de que el árbol se hubiera decidido a probar― Conozco un peral cercano que tiene unas peras muy sanas y fuertes.

El pajarillo se fue y a los pocos días regresó con la semilla prometida. El árbol la introdujo en su rama principal y al poco tiempo creció una fruta fuerte y sana que brillaba mucho. Esta, poco a poco, de la misma manera que lo hacía la podrida, contagió su salud primero a las frutas de su rama, luego pasó a las demás, hasta que todas las frutas quedaron protegidas por dentro con un manto impermeable que no dejaba pasar ninguna enfermedad. Concluyó Coletas.

―Menos mal que hizo caso al pajarito ―iba diciendo Tana camino de vuelta a casa― Ahora que las peras están sanas y fuertes por dentro nada que venga de fuera puede hacerles daño…

La ranita vergonzosa

La ranita vergonzosa

—¿Qué traes en el bolsillo? —dijo Coletas tocando con la mano la pierna de Tana.

—¿Esto? Es una máquina para jugar —contestó Tana sacando de su bolsillo una maquina con una pantalla pequeña y botones a ambos lados.

—¿Jugar? ¿A qué? —preguntó Coletas.

—Tiene muchos juegos. Lo mejor es verlo. ¿Quieres que juguemos? —dijo Tana.

—Sí. Jugar es lo que más me gusta.

Se sentaron en un banco cerca de la fuente y encendieron la máquina. Después de un rato jugando, Coletas dijo:

―Es divertida esta maquinita. Es muy simpática. Cuando pierdes o te equivocas, no se burla ni regaña, solo dice vuelve a intentarlo, vuelve a intentarlo, vuelve a intentarlo, una y otra vez. Ella sabe que a nadie le gusta que se rían cuando no le sale algo bien.

―A mí tampoco me gusta, también me da vergüenza hacer las cosas mal delante de mis amigas y que se rían de mí ―dijo Tana.

―¡Anda, y a mí!, pero si encima tienes fama de lista como mi amiga la rana es aún peor… Apaga la máquina y ven conmigo te voy a contar su historia.

―¡Una historia! ¡Voy como un cohete! ―exclamó Tana, y rápidamente soltó la máquina para seguir a Coletas.

Las dos se dirigieron a la orilla del río. Coletas se sentó en una piedra a contar su historia.

Hace tiempo, conocí a una ranita muy lista. Eso, al menos, le decía todo el mundo. Tanto se lo dijeron que le daba vergüenza equivocarse. «Siendo tan lista, tengo que hacerlo todo bien a la primera no vaya a ser que los demás me vean equivocarse y se burlen de mí diciendo: «Mira la lista, mira la lista; pues no era tan lista»».

Cuando se hizo mayor tuvo que empezar a cazar y, como todas, las primeras veces fallo. «Huy, huy, huy. ¡Qué vergüenza me da! Esto no me gusta nada. Me buscaré una excusa para no hacerlo. ¡Ya está!», pensó. «Diré que cazar es muy aburrido para mí y no lo haré más».

―Cazar mosquitos parece muy difícil ―dijo Tana.

―Solo al principio. Hay que practicar mucho, pero cuando aprendes es muy fácil. El problema era que su vergüenza a hacerlo mal. Así que, en lugar de hacerlo, les pedía a sus hermanos y a su mamá los insectos.

―Era un poco carota, ¿no crees? ―dijo Tana sentándose junto a ella.

―Sí, todos estaban cansados de alimentarla. Por eso…

La madre rana, antes de que fuera demasiado tarde, decidió no darle más insectos y todos los hermanos estuvieron de acuerdo. La ranita vergonzosa suplicaba mucho, y hasta lloraba, para que se apiadasen de ella y le diesen una mosquita: «Solo una, por favor», decía soltando lagrimones. Pero todos fueron muy firmes. «¿Por qué sois tan malos conmigo? Tengo tanta hambre que me voy a desmayar. Mirad lo flaquita que me estoy quedando». «No seas tan quejica y ponte a cazar», le decían sus hermanos. «Mañana empiezo, de verdad, os lo prometo». «Mañana no, tiene que ser ahora», le decía su madre.

―Da un poco de pena ―dijo Tana.

Coletas asintió en silencio y prosiguió:

A la mamá rana, que era muy lista y la quería mucho, no le daba pena, porque sabía que ella era capaz de cazar como todos sus hermanos. Después de dos días sin comer, por fin, la rana venció su vergüenza y empezó a sacar la lengua para cazar. Se la oía protestar por todo el charco: «¿Ves como no puedo? Todos se me escapan. Estos mosquitos no se dejan». Pero nadie le hacía caso. «Aprenderás», decía la madre rana. «Aprenderás». Pasaron varios días y la ranita tenía tanta hambre que ya no se acordaba de su vergüenza, y practicaba sin parar, hasta que una tarde cuando menos lo esperaba; cazó el primer mosquito.

«¡Lo conseguí!», gritó llena de alegría. «Está muy rico», les dijo a sus hermanos, que corrieron a felicitarla.

Después vinieron el segundo, el tercero y todos los demás. Ahora es feliz, caza como todas las ranas y no necesita que nadie lo haga por ella.

―No hay que tener vergüenza a fallar, para aprender hay que equivocarse muchas veces como la rana, ¿verdad Coletas? ―dijo Tana muy contenta al despedirse esa tarde de su amiga.

Tana era una adolescente curiosa y divertida. Vivía en una pequeña ciudad. Su vida transcurría entre el colegio, el jardín de su casa y la urbanización en la que vivía. En todas las familias vecinas había niños, y los padres siempre los animaban a salir a jugar. A ella no le importaba, pues le gustaba estar en el jardín y se sentía mejor subida a un árbol que sentada en un sillón.

Esa tarde estaba intranquila, como con ganas de ir a algún lugar que no lograba recordar. Después de merendar, salió al jardín y se tumbó en una hamaca debajo de la palmera. Llevaba en la mano unos macarrones de plástico de colores que había estado trenzando.

Con el balanceo de la hamaca, empezó a quedarse dormida. De repente, entre sueños, oyó una voz que parecía venir del árbol.

Saltó para acercarse y, en el tronco, a media altura, vio un agujero por el que alguien la llamaba con una voz dulce que parecía venir de muy lejos, y que la cautivó como los cantos de sirena.

Sin pensarlo, tiró por el agujero el cordón que llevaba en la mano, después se colgó de él y se deslizó despacio contando con los ojos cerrados: «Uno, dos, tres, cuatro…». Al llegar a diez tocó el fondo con los pies y soltó el plástico.

—¿Hay alguien? —gritó.

Nadie contestó. Miró a su alrededor con mucha curiosidad. Había poca luz, las paredes parecían estar hechas de raíces. «Parece un pequeño nido subterráneo», pensó. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, descubrió una puerta pequeña en la pared.


Se apresuró a abrirla. La puerta daba a un estrecho pasillo iluminado por la potente luz que entraba del exterior. Llena de curiosidad, empezó a caminar muy deprisa. Al llegar al final, la luz la cegó y tuvo que arrugar los ojos y ponerse las manos delante, para protegerlos. Entre los dedos veía algo verde que parecía las ramas de un árbol y un poco de cielo. Cuando por fin pudo abrirlos, se encontró en un gran jardín.

―¡Qué sitio tan bonito! —murmuró para sí misma. Se quedó muy quieta mirándolo todo.

En primer lugar, llamó su atención una fuente de piedra, con un caño grueso que no paraba de echar agua. Junto a ella había cuatro árboles y, debajo del más grande, un banco. Del mismo lugar salía una vereda que llevaban al río y al huerto que se veían al final. Vio también a lo lejos un puente que pasaba a la otra orilla del río, donde había una sierra con olivos, otros árboles, matorrales y rocas.

―Hola. ¿Hay alguien? Estoy aquí. —«Qué raro. Creía que habría alguien esperándome», pensó.

De repente, oyó ruido detrás de la fuente. Iba a acercarse cuando una niña asomó su cara sonriente por detrás de ella.

―¡Hola!

―Uuuuh ―dijo Tana dando un brinco―. ¡Menudo susto me has dado!

―Perdona ―dijo la niña saliendo de su escondite―, no quería asustarte.

Tana, aún un poco sobresaltada, miró fijamente a la niña y su sorpresa fue aún mayor. Se parecía mucho a ella de pequeña, e incluso llevaba su mismo peinado, dos coletas rubias y redonditas detrás de las orejas. Se quedó muda sin saber qué decir.

―Sí, soy tú ―dijo la niña viendo la sorpresa en su cara.

―Pero no has crecido ―dijo Tana con los ojos abiertos como platos―. ¿Por qué te has quedado así?

―Me gusta ―contestó la niña encogiéndose de hombros mientras sonreía.

Tana se quedó quieta por un momento mirándola a los ojos y, finalmente, le devolvió la sonrisa.

―¿Para qué me has llamado? ―preguntó.

―Estás creciendo. Quiero recordarte tu otro mundo antes de que te hagas mayor y lo olvides por completo.

―¡Mi otro mundo! ―dijo Tana abriendo los ojos muchísimo otra vez. «Esta niña dice cosas muy raras», pensó―. No sabía que existiera otro mundo.

―Pues existe. Y está dentro de ti.

―¿Dentro de mí, dices?

 ―Sí, todo derecho hacia abajo, contando diez con los ojos cerrados. Ahí es donde vivo yo ―dijo la niña asintiendo con la cabeza y poniendo esa voz cómica que ponen los niños cuando empiezan a impacientarse por preguntas que consideran absurdas.

A Tana le hizo gracia su forma de responder. Parecía tan segura de lo que decía…

―Vives dentro de mí, ja, ja. Todo derecho hacia abajo ―repitió―. No entiendo, pero no importa. Presiento que vamos a pasarlo muy bien juntas.

―Entonces, ¿vendrás a verme?

―Vendré a verte ―dijo Tana―; pero, si vamos a ser amigas, tendré que llamarte de alguna forma.

―No tengo nombre. Si quieres puedes ponerme uno.

―Te llamaré Coletas.

―¡¡Me gusta!! ―dijo Coletas.

Después dieron un paseo por el jardín, durante el cual Coletas le presentó a algunas de las plantas y flores que encontraron a su paso:

―Este es mandarino y tiene unas mandarinas muy dulces…

―Hola, señor mandarino ―dijo Tana.

―Acércate a oler el romero…

―¿Cómo está, señor romero?

―Mira las margaritas, son muy alegres.

―¿Qué tal, señoras margaritas? Mucho gusto.

―El jazmín está contento, tiene muchas flores este año.

―Qué bien huelen sus flores, señor jazmín.

―Este sauce llorón da una sombra muy fresquita.

―Hola ―dijo Tana apartando sus ramas y metiendo la cabeza dentro―. Qué bien se está aquí…

Las plantas respondían a sus palabras con una sonrisa de bienvenida que ella percibía claramente…

Tana se encontraba tumbada en la hamaca cuando oyó a su madre llamarla para cenar. Estaba contenta. Le gustó tanto el encuentro que fue sencillo cumplir su palabra. A partir de entonces, se reúne con su amiga todos los días cerrando los ojos y contando diez hacia abajo.

Coletas huele a flores y sabe muchas cosas de las plantas y de los árboles, cosas de las que no se aprenden en el colegio. No conoce sus nombres en latín, pero las siente dentro de su corazón con solo mirarlas. Ninguna planta puede esconderse de su olfato y a todas sabe verles su dulzura, a pesar de que pinchen, como las zarzas. Aunque su cuerpo es pequeño, su sabiduría es muy muy grande, y le gusta mucho contar y leer historias. A Tana le encanta oírlas. Espero que a ti te gusten tanto como a ella.

Manos de colores

Era una tarde fresquita de junio. Aquel año, el verano no quería llegar. Tana bajó al jardín como todas las tardes. Coletas estaba esperándola. Después de saludarse, le propuso ir a ver las flores del jardín.

―Están muy bonitas en esta época —le dijo.

Las niñas se dirigieron hacia las flores charlando.

―Quiero enseñarte una flor nueva ―iba diciendo Coletas.

En un rincón del jardín había una gran mata de margaritas amarillas, y entre ellas había nacido una de color rojo.

―En mi clase también un niño muy extraño —dijo Tana mirando la flor roja.

―¿Extraño? —preguntó Coletas.

―Sí, se pinta las uñas de colores, y se pone ropa muy rara ―dijo Tana bajito como si estuviera diciendo algo malo.

―¿Eso es extraño? A mí me parece divertido —dijo riendo Coletas.

―Pero no es normal, ningún niño va vestido como él.

―Mira las flores —dijo Coletas agachándose para acercarse más a ellas―.Esta ha preferido vestirse de rojo, aunque sus compañeras lleven todas un vestido amarillo. A cada una le gusta una cosa diferente. Por ejemplo, a estas les gusta vestirse solo de blanco; sin embargo, a estas les gusta combinar muchos colores. A esta solo le gusta el rojo, y a esta el azul. Esta otra tiene espinas y crece muy derecha, sin embargo, a esta le gusta enredarse en los árboles y a esta trepar por las paredes y a esta vivir sobre el agua.

―¡¡Es verdad, todas son diferentes!! Las hay con muchos pétalos, y esta solo tiene cuatro…

Las niñas estuvieron viendo las diferencias y pasaron un rato muy divertido.

―Qué bonitas y diferentes son todas —dijo Tana.

―Sí, son muy diferentes, a las flores no les importa, no se fijan en eso. Ellas cuando se miran unas a otras lo hacen desde el corazón

—Aunque… ahora que me acuerdo, un día me contó la mata de margaritas, que no hace mucho tiempo, en un jardín nació una flor muy parlanchina que tenía la costumbre de mirar a sus compañeras con los ojos de la mente y no usaba lo del corazón.

—¿Quieres conocer su historia? —preguntó Coletas.

—¡Claro que sí! —respondió Tana.

—Según me contaron —empezó Coletas— esa flor estaba a todas horas  hablando de los vestidos de las flores y de lo que hacían: «Qué extravagante es la petunia». «Qué mal gusto tiene la begonia, esos colores no combinan». «Mira esa loca, no para de enrollarse en los árboles. Eso no está bien». «Una señorita bien educada no trepa por las paredes ni se arrastra por el suelo».

―Parece un poco pesada esa flor ―dijo Tana— no se debe hablar de tus compañeras.

―No solo hablaba de las demás, también hablaba sobre ella misma, su propio vestido; tampoco le gustaba. «Mi vestido es horrible, esta pasado de moda ―decía levantando sus pétalos con sus hojasmanos―, este color no destaca nada ―se quejaba mientras miraba su reflejo en las gotas del rocío…». Las otras flores que siempre estaban contentas con sus colores y respetaban todas las maneras de ser, no la entendían. Nunca habían conocido una flor así. Cuando opinaba todas las miraban extrañadas sin saber que decir. Entonces, ella empezó a sentirse muy mal.

―Pobre flor ―dijo Tana imaginando la escena—. ¿Qué pasó con ella?

―Según me conto la señora mata de margaritas, un cardo borriquero muy observador que crecía cerca y que sabía mucho, le dijo: «Creo que sé lo que te pasa; esos ojos con los que miras no valen entre las flores. Ellas no entienden tus opiniones y juicios sobre los vestidos ni las formas de vivir. Esa manera de mirar a las demás es muy extraña en una flor. Ellas se miran de corazón a corazón Si quieres sentirte bien entre ellas, tienes que empezar a mirarlas así». Como era muy lista, hizo algunas pruebas y pronto se dio cuenta de que, lo que le decía el cardo, era cierto. Cuando miraba desde el corazón, no salía el ruido de las palabras y había mucha paz. Entonces se propuso poner todo su esfuerzo en dejar esa costumbre. «Desde hoy estaré muy atenta y voy a mirar siempre a mis compañeras con el corazón ―le dijo al cardo». Algunas veces se le olvidaba y cuando se le escapaban las primeras palabras y veía la cara de asombro de sus compañeras se callaba rápidamente tapándose la boca con sus hojasmanos. «Por poco se me escapa ―se decía». Pronto aprendió y mirar a sus compañeras con el corazón, y ahora es muy feliz entre ellas.

Tana se quedó en silencio por un momento y luego dijo:

¿Y si miramos como las flores?

Y sin esperar  respuesta, Tana cerró los ojos y vino a su mente una escena en la que, su compañero y ella eran flores de diferentes colores. Estaban felices en un prado verde, al sol jugando con el viento y charlando con los insectos que se posaban en ellas. El traje de su amigo era diferente Se miraban con el corazón y no había juicios, solo alegría y paz.

Después, las niñas se despidieron y Tana abandonó el jardín con muchas ganas de reencontrarse con su compañero para charlar y jugar con él.

Pedid y se os dará

 

Pedid y se os dará.

Esto era un arbolito muy religioso y que confiaba mucho en su Dios. Este arbolito siempre estaba pidiéndole a su Dios buenas cosechas, agua, buen clima…

 Se ponía muy contento cuando su Dios se lo concedía, pero también muy triste cuando no recibía su pedido. Su vida era muy ajetreada, parte de ella la pasaba pidiendo cosas, cuando las tenía sufría por la posibilidad de perderlas, y cuando se acostumbraba a tenerlo ya no le satisfacía lo suficiente y pedía otra cosa mejor.

Un pajarito, que había elegido sus ramas para hacer su nido al verlo tan nervioso le preguntó:

-¿Por qué te preocupas tanto?

-Pueden ocurrirme muchas cosas malas: y si  no llueve más, y si un fuego me quema y si me ataca una plaga… respondió el árbol.  Debo rezar para que me ocurran cosas buenas.

El pájaro, que no entendía sus preocupaciones, pues nunca había conocido un árbol igual, le preguntó:

-¿Por qué pides tanto, acaso tu sabes que es lo bueno para ti?

-Quien mejor que yo puede saber lo que necesito, además Dios, nuestro padre, dijo que pidiésemos y se nos daría.

-La lluvia que pides te beneficia a ti pero hay plantas y animales a las que en este momento le perjudica. Dios debe estar muy liado, si cada uno le pide lo que le conviene solo a sí mismo ¿cómo puede satisfacer a todos?

-Nunca lo he pensado, solo sé lo que necesito yo. Él dijo que le pidiésemos.

-Hay otra manera de pedir.

-¿Cuál? Le preguntó el árbol a pajarillo.

-Pedir cosas que beneficien a todos, no solo a ti, así Dios no tendrá problemas para mandártelas.

-Pedir algo para todos… no sé… ¿Cómo pides tú?

– Le pido que me ayude a no juzgar y a aceptar todo lo que sucede aun cuando no lo comprenda.

-Pero eso… no es pedir, es aguantarse con lo que hay. No recibes nada para ti.

-Sí recibo, recibo mucha paz, que es justo lo que yo, tú y el mundo necesitamos -le contestó el pajarillo.

El árbol gracias al pajarillo aprendió a pedir a Dios sin generarle un conflicto, comprendió que lo único que  todos necesitamos es paz, paz, para aceptar las malas cosechas, el no ser los mejores, o los más listos, paz para perder y para ganar, en resumen, paz para aceptar las circunstancias y a los demás tal y como son sin más.

La paz inundo su tronco, sus ramas y llego a todas sus hojas y entonces el árbol no tuvo necesidad de pedir nada más

 

los dos caminos

Los dos caminos

Tana y Coletas estaban paseando por la sierra. Era verano y a la sombra de los árboles se estaba muy bien.

―Lo que más me gusta de la naturaleza —le iba diciendo Tana a Coletas— es que no necesitan comprar nada para sentirse bien. Por ejemplo, las plantas; ellas lo tienen todo sin trabajar.

―Ellas sí trabajan, todas dan su fruto, Puede ser comida o refugio para los animales, sombra, madera, corcho… Cada una tiene una misión importante para que todo funcione, por muy pequeñitas que sean. Como esta plantita de trébol que da de comer a los ciervos, o esta que alimenta a la mariquita que transporta polen en sus patas; ellas también son necesarias, su trabajo es importante.

―El alcornoque da bellotas para los animales y corcho para los humanos. Tiene dos empleos, será muy rico ―dijo Tana apoyándose en el tronco de un gran alcornoque que crecía en un margen del camino.

―Ja, ja. Aquí no funciona así Tana. Ellos cogen todo lo que necesitan gratis: el agua, el sol, el aire, la tierra… Lo transforman y entregan su fruto a los que lo necesitan sin cobrar nada por ello.

―Pues en mi mundo hay que tener dinero, todo se compra y se vende, y todos, los niños y los mayores, quieren tener mucho éxito y dinero para ser felices.

―Si lo que quieren es ser felices y tener éxito siguiendo el camino del dinero, están en el camino equivocado.

―¿El camino equivocado?

―Sí. Te contaré una historia que pasó hace mucho mucho tiempo. Sentémonos en esta roca —dijo Coletas.

En un lejano país, todos los habitantes tenían lo necesario para vivir, pero sufrían mucho sin saber cuál podía ser el motivo, y esto les hacía perder la Paz.

Todos los habitantes sin excepción buscaban dejar de sufrir y sentirse bien y deseaban lo mismo para sus seres queridos. El día en que dejaban la casa de sus padres para vivir en la suya propia tenían que tomar una decisión muy importante. Ante ellos aparecían dos caminos, el de la mente y el del corazón. El de la mente era largo y tenía muchas cuestas y curvas, pero al final, en lo más alto, había mansiones, fiestas, coches bonitos… El del corazón era una senda llana y tranquila entre árboles y plantas. Al final no se veía nada especial. Este parecía tan soso y aburrido que no lo elegía casi nadie. Los jóvenes elegían el camino de la mente, que era el que le recomendaban sus mayores, ya que estaban convencidos de que la riqueza calmaría su sufrimiento.

Por estos motivos, el camino de la mente estaba muy muy transitado. No todos conseguían llegar al final, muchos se quedaban por las cuestas y no lograban alcanzar la meta. Solo unos cuantos, con mucho esfuerzo, lo conseguían, y todos los admiraban y los veían como triunfadores y personas de éxito, pues no era fácil llegar al final.

Un día, un señor que había llegado al final del camino de la mente y que era un ejemplo que seguir para muchos de los que querían lograrlo, sorprendió a todos reconociendo públicamente su dolor y su infelicidad: «A pesar de haber logrado llegar al final, no soy feliz, sigo sufriendo», confesó a todos. Nadie entendía cómo no podía serlo teniendo tantas cosas. «Pero ¿cómo puedes ser infeliz si lo tienes todo: coches, casas, viajes, joyas…?», le preguntaban. «¡Lo has conseguido!, eres un hombre de éxito, todos te admiramos». Él dijo: «Estoy muy cansado de fingir. En realidad, nada de lo que tengo me calma el sufrimiento, creo que me equivoqué de camino». Y sin decir más, dejó todas sus pertenencias y se dio la vuelta para andar el otro camino.

Cuando empezó a transitar por el camino que había descartado por soso y aburrido, encontró mucho silencio y la compañía de árboles y plantas que le proporcionan alimento, y pájaros y demás animales que le daban compañía y a los que observaba durante horas. Pasaba el tiempo, y cada día se encontraba mejor y más tranquilo, aunque de vez en cuando, sobre todo durante la noche, venía a visitarlo el sufrimiento. Era un malestar del que no lograba averiguar su origen. A pesar de eso, no sentía ganas de volver a su antiguo camino y siempre siguió hacia adelante; hasta que un día, casi sin esperarlo, llegó al final y encontró una misteriosa caja azul.

―Qué emoción ―dijo Tana, a quien gustaban muchos las sorpresas.

Coletas prosiguió con su narración:

El señor abrió con calma la caja. Dentro había un sobre con su nombre completo. Lo abrió y leyó una sola frase que había escrita en una hoja con una letra muy bonita y que decía: «Tu recompensa es el fin del sufrimiento». Al terminar de leer la frase, los zapatos se cambiaron solos de pie sin que él se diera ni cuenta, y sintió un alivio y una paz muy grandes. «¡El problema estaba en mí!», dijo sorprendido. «¡Eran los zapatos!».

―Pero ¿por qué los llevaban al revés? ¿Acaso eran tontos? —preguntó Tana.

―No, no lo eran, pero como siempre se había hecho así; los padres, los abuelos los tatarabuelos…, nadie recordaba que se hubiese hecho de otra forma, no consideraban otra opción. En ese país lo normal era llevar los zapatos del revés. A los niños se los colocaban así desde pequeños sin que se dieran cuenta. Pero volvamos a la historia Tana ―continuó Coletas.

El señor dejó pasar unos días y comprobó que, como prometía la nota, el sufrimiento había desaparecido para siempre. Se puso tan contento que fue corriendo al otro camino para contar a todos su gran descubrimiento. «Estáis equivocados, no es por aquí. El otro camino es el que calma el sufrimiento». Al principio, nadie lo creía y lo tomaban por loco. Solo con el paso del tiempo, se dieron cuenta de que él andaba mucho mejor, que no tropezaba y que todo le salía bien, sin problemas y con menos esfuerzo. Entonces, algunos empezaron a imitarlo y cambiaron de camino. Cuando llegaban al final, en la caja encontraban el sobre con su nombre y se les cambiaban los zapatos de pie. Cada día había más personas en el camino del corazón y menos en el de la mente. Finalmente, todos se convencieron, consiguieron su regalo y acabaron con los zapatos bien puestos. Así fue como acabó en ese país el sufrimiento.

―Era tan fácil y tan sencillo que nadie se lo podía imaginar ―dijo Tana―. Un día fui a un parque de atracciones muy chulo, con unos zapatos chicos y no pude disfrutar nada.

―Eso mismo les pasaba a ellos. Sus zapatos del revés seguían causándoles mucho sufrimiento, a pesar de sus riquezas, pero lo disimulaban porque los demás los veían como triunfadores ―dijo Coletas.

Se estaba haciendo tarde y las niñas se levantaron y continuaron charlando por el camino de vuelta a casa.

―¡Otro cuento con final feliz!―exclamó Tana―. En mi mundo también hay sufrimiento, creo que vamos por el camino de la mente. Quizás, si hiciésemos un cambio dentro de nosotros mismos y pusiésemos delante de la mente el corazón para que él dirija nuestros pasos… Estoy segura de que nos llevaría a la felicidad…

la partitura.

La partitura.

Tana llegó con bastante retraso aquella tarde y se sentó junto a Coletas en el banco del jardín.

-Hola Coletas, menudo día llevo. He perdido el libro de matemáticas, tampoco me acordaba donde había puesto el compás y se me olvido que tenía que presentar un trabajo, mi vida es un caos –dijo dejándose caer en el banco junto a Coletas.

-Ja, ja, eso pasa cuando no estás donde estas.

-Pero yo siempre estoy donde estoy.

-Tú estás aquí pero tu atención puede estar fuera. Cuando te vas con Mente al pasado y al futuro no estás en el presente. En tu lugar se queda el piloto automático haciendo lo que quiere, y luego no te lo cuenta, por eso no te acuerdas de donde pones las cosas, y se te olvida todo.

-Y qué puedo hacer.

-Debes preguntarte frecuentemente donde estas.

-¿Yo? Pero yo siempre se dónde estoy.

-Ja, ja, es verdad tú eres la única que sabes dónde estás, pero ya te he dicho que puedes estar en dos sitios; aquí al mando de todo lo que ocurre o de paseo con Mente, Lo de no saber dónde pones las cosas es solo una de las consecuencias de estar distraída con Mente, Aún pueden pasarte cosas peores cuando abandonas el puesto de mando, te contare lo que le paso a una rosa que andaba siempre fuera de su lugar de mando.

-Ella vivía en un hermoso jardín, donde crecían rosas bailarinas de todas las variedades, eran preciosas. Era la directora de orquesta, la encargada de interpretar la partitura con su batuta y la responsable de la armonía, que se supone, debía reinar en la danza de todas las rosas.

Cuando eran pequeñas, interpretaba la partitura, que había nacido con ella y todas bailaban a su son. Era bonito verlas con sus tutus de colores dando sus primeros pasos de danza.

Pero a medida que crecían, la directora, empezó a dejar el jardín solo. Fuera había muchas distracciones que llamaban su atención y cada vez con más frecuencia pasaba más tiempo fuera que dentro del jardín. Mientras ella no estaba, un impostor le cambio la partitura poco a poco, metiéndole sus notas sin que la rosa se diese cuenta de nada. Al principio solo unos acordes, luego fueron dos, luego tres hasta que, la partitura original fue sustituida por la del impostor sin que la rosa sospechase nada. La nueva partitura era muy distinta y sonaba muy mal.

Cuando llevaba un tiempo interpretando la nueva partitura. La directora, empezó a notar que no le gustaba nada la danza de las rosas. Era un baile feísimo, las rosas saltaban y daban patadas sin ningún orden ni concierto y se molestaban unas a otras.

“No me gusta nada este baile se decía. Mi jardín es un auténtico caos, no entiendo porque se portan así”, se lamentaba sin sospechar nada.

Un día, decidió intervenir para poner orden se metió entre ella les hablo muy seriamente para decirles a una por una cómo debían bailar. “Tú no te estires tanto, tú retírate un poco y controla tu tallo, tú no te retuerzas, tú debes tener cuidado con las hojas…” así corregía a todas, pero sus esfuerzos no daban resultado, y la cosa empeoró, las rosas no entendían nada, estaban hechas un lio; la directora decía una cosa y la partitura otra. Mientras más trataba de corregirlas peor se portaban. Algunas le contestaban mal, ellas también estaban enfadadas y en el jardín había todo tipo de conflictos. La pobre rosa no entendía lo que pasaba

-¡Vaya lio gordo tiene en su jardín! Me imagino a todas saltando descontroladas, como locas con los pétalos desordenados –dijoTana.

-Sí, era un gran lio. Entre tanta agitación –continuo Coletas- la rosa tropezó con el  tallo de una rosa y salió disparada .Por el aire abrió las manos para frenar el golpe en el suelo y al hacerlo se le cayó la batuta, en ese  momento la música dejo de sonar “¿Qué ha pasado?” Se preguntó. Tumbada en el suelo. En el jardín reinaba un gran silencio. Se levantó, todo era brillante y bonito. Una gran paz inundaba el jardín y las rosas bailaban delicadamente. Buscó su batuta y se agacho para recuperarla, comenzó a dirigir la partitura y con ella volvió el caos. Soltó la batuta dando un salto asustada y todo se volvió a calmar. “¿Qué música estoy interpretando?”’ Enseguida se puso a revisar la partitura. “¡¡Es la partitura!!” gritó llena de alegría por el descubrimiento.

Se preguntó cómo había podido estar tanto tiempo dirigiendo esa música tan horrible, y hasta le entro un poco de risa.” Ahora entiendo lo que le pasaba a las rosas, Tanto esfuerzo intentando corregir a todas las rosas del jardín… Ellas no tenían culpa de nada. La solución era tan sencilla”. Se colocó en su puesto de mando con su partitura original y el impostor al ser descubierto salió corriendo.

Ahora estaba más presente en el jardín, para que el impostor no entrase. De vez en cuando se distraía, y salía por la costumbre, entonces se le colaba el impostor, pero como lo conocía muy bien y ya estaba atenta, enseguida se daba cuenta y volvía corriendo a su lugar. Y así, poco a poco, la rosa con su partitura original, fue teniendo más presencia en el jardín y el impostor cansado de que siempre lo sorprendiera dejo de intentarlo.

Ahora las rosas están tranquilas, todas se respetan y su baile es muy bonito, pero ella nunca olvidara su experiencia, y aun se ríe acordándose de esos días de locura que el impostor le hizo pasar.

-A parir de hoy, me preguntaré donde estoy, no vaya a ser que se me meta un impostor y me la líe gorda como a la rosa –dijo Tana riendo.

campo extremeño

Hola, hacia tiempo que no salía  con la cámara de fotos al campo y el sábado pasado me anime a hacerlo. Acompañando a mi marido, mi chico, mi pareja.. como cada uno quiera llamarlo, a un asunto de trabajo, llegue a este paraje; una finca sin arboles solo de matorral.  Había retama, lentisco, y acebuche principalmente. Ya sabéis que pasear por el campo es siempre un placer para mi que no me canso de recomendar a todo el mundo. En verano el color amarillo pajizo de lo seco, contrasta con el verde de los matorrales haciendo una combinación de colores que siempre me ha gustado mucho.

 

Hormigas, todo el día trabajando sin parar en fila india de acá para allá. Este año tendrán repletas sus despensas pues el verano se ha alargado mucho y ellas siguen trabajando, deben estar un poco cansadas,  este invierno no va a faltar nada dentro de su hormiguero. Como se lo  coman todo van a salir gordisimas.

 

 

 

También pude fotografiar otros bichos y animales aquella tarde,  que acabo paseando por Jerez de los Caballeros,  un pueblo precioso donde nació, entre otros,  el descubridor del pacifico Vasco Nuñez de Balbola. Para los que no lo conozcáis os animo a descubrir a este gran descubridor que tuvo una vida, llena de aventuras y, de lo mas curiosa e  interesante.

 

badajoz

 

Hoy de fiesta en Badajoz, recordando  los orígenes árabes de la ciudad. Paseando por las murallas de la alcazaba,  encontramos el famoso cubo donde se alojo la facultad de biblioteconomia y que ha siso decapitado por orden de un juez. Desde las famosas murallas tenemos las mejores vistas de la nueva ciudad y excavaciones arqueológicas de la antigua ciudad árabe. Ya en los jardines de la galera flores y un algarrobo que me encantó. En la plaza alta estaba todo el jaleo,  un montón de puestos de artesanía y un grupo de artistas bailando y cantando animando todo. Y por ultimo la estatua del fundador de la ciudad IBN MARWAN el rebelde muladí.

 

Sierra de Tiros

¡Hola! Aquí estamos de nuevo para contaros nuestra última ruta por Cabeza del Buey.  En pleno Agosto, como los valientes, nos atrevimos a subir al punto más alto de la sierra de Tiros de unos escasos 1000 metros, eso si madrugando mucho.

A las 7,30 ya estábamos subiendo, el sol estaba muy bajo y como dice el refrán; «en agosto frió en el rostro», la mañana estaba fresquita, tanto que al comenzar echamos en falta una sudadera aunque  a los pocos minutos nos habría sobrado pues la cuesta se las traía.

El primer tramo del camino la parte mas llanita,  estaba lleno de acebuches enormes,  alcornoque y encinas principalmente, pero a medida que subíamos iban apareciendo madroños,  enebros, brezo y  matorrales de la zona como la retama, la jara, aulaga…

El ultimo tramo fue el mas empinado, aunque las vistas desde arriba son tan bonitas que cuando te sientas a mirarlas, se olvidas el esfuerzo. A un lado la serena y el castillo de Almorchón,  encima del único cerro rodeado por la llanura. Al otro se aprecian dos navas (espacio llano rodeado de sierras) una  pequeña,  y otra mas grande donde esta el pueblo de la Nava.

De Fauna vimos muchos buitres y un jabalí al que seguramente le fastidiamos la siesta entre las rocas y salio corriendo cuesta abajo entre la jara.

Lo pasamos muy bien y el día fue perfecto pero había mucha calima, por eso las fotos no son muy claras, así que tendremos que subir otro día mas claro. ¡¡Estoy deseando repetir!!

 

 

 


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