el duende y su espacio

-Hola Coletas -gritó Tana desde la puerta.

-Hola Tana, ¿de dónde vienes tan contenta?.

-De ordenar mi cuarto -contestó Tana.

-Ahora lo entiendo.

-¿Qué entiendes Coleta?

-Tu buen humor. Atender  y cuidar todos los rincones de tu espacio es muy importante y necesario para encontrarse bien.

-¿Crees que mi alegría viene de ordenar mi armario?

-Mejor te lo cuento

Entonces Coletas sin más empezó a contar su cuento.

-En este bosque encantado vive una colonia de duendes, Cada duende vive en su cueva excavada entre las raíces de los árboles. Viven muchos años y son muy felices, su mundo es un paraíso. Durante la noche salen pasear y a hacen sus recados, y al llegar el día vuelven a su casa.

Había un duendecillo que no cuidaba ni atendía su casa;  con el tiempo llego a estar tan sucia y desordenada que el duendecillo nunca quería estar en ella. En cuando llegaba la noche  salía corriendo e iba de casa en casa pidiendo que le dejasen estar allí. Muchos duendes se apiadaban de él y lo dejaban pasar muchos ratos en su casa pero al llegar el día tenía que volver a su fría casa. El duendecillo estaba cada día más triste. No me gusta mi casa decía a todo el mundo. Las de los demás son mucho mejores. En mi cueva hace mucho frio, es fea y me aburro. Se pasaba todo el día quejándose. Muchos empezaron a cansarse de él y hacían lo posible por evitarlo, otros dejaron de llamarlo y lo olvidaron, otros que sentían pena por él lo invitaban a pasar en sus cuevas algunos ratos, pero esto no solucionaba el problema, pues cuando llegaba a su cueva volvía a sentir frio e incomodidad. Estaba tan triste que apenas tenía energía y  no sabía qué hacer. Para estar mejor, tan solo se le ocurría salir de su cueva y pasar en ella el menor tiempo posible. Su cueva, totalmente abandonada, cada vez estaba peor y ya tenía grietas por donde entraba el viento y la lluvia. “Pobrecillo”, decían los que lo conocían, “da mucha pena”. Nadie sabía cómo ayudarlo, algunos habían intentado limpiar y ordenar su casa pero a los pocos días estaba otra vez sucia. A veces hablaba mal de los que intentaban ayudarlo y los culpaba de su tristeza. Llego un día que no le quedo nadie a quien visitar, cuando anochecía no sabía dónde ir pues todos estaban muy cansados y no le abrían las puertas de sus casa. Estaba solo y muy triste. Miro a su alrededor y pensó quizás pueda arreglar un poco mi casa. Se levantó y empezó a limpiar muy despacito, cuando termino se dio cuenta de que estaba mejor. Al día siguiente se levantó con ganas de seguir arreglando su espacio y poquito a poco fue colocando cada cosa en su lugar, tapando grietas y limpiando los rincones hasta que un día se dio cuenta de que su espacio se había vuelto un lugar muy bonito y que ya no tenía necesidad de visitar otros para encontrarse bien. “¡Qué bien estoy en casa!” exclamó. Ahora salía contento a visitar a otros duendes, ya no se quejaba de su cueva, ni culpaba a nadie, estaba tan contento en ella que algunas veces elegía no salir. Cuando dejó de necesitar estar fuera, otros duendes empezaron a ir a buscarlo y a visitarlo en su agradable casa y volvió a tener muchos amigos.

-Me ha gustado tu cuento Coletas al final el duende dejo de quejarse y se hizo responsable de su casa.

-Aquí en nuestro mundo cada uno debemos cuidar de nuestra casa; el espacio en el que vivimos.

-Pero no podemos estar todo el día limpiando y ordenando la casa -dijo Tana- eso es muy aburrido.

-Ja, ja -se rio Coletas.  En nuestro espacio hay muchas cosas. Lo más cercano es tu armario; el armario está en tu cuarto, tu cuarto en tu casa, tu casa en tu barrio, tu barrio en tu ciudad… y también hay muchas personas dentro de tu casa; tu espacio: tus padres, tus amigos, tus profesores debes respetarlos a todos y no aburrirlos con quejas y enfados. Tu espacio es tu mundo y tu mundo es tu responsabilidad.

-Uff pues sí que es grande nuestra casa/espacio, no sé si podre con todo.

-Sí puedes, todos pueden. El truco es empezar por lo más pequeñito, lo más cercano; nuestro armario y nosotros mismos, cuidándonos ordenándonos con mimo paciencia y amabilidad. Un día cuando has conseguido el primer pasito, observaras que ese orden y ese cuidado se ha extendido a todo tu cuarto y más tarde a tu casa y a las personas que hay en ellas y un día observaras que el hábito  también afecta a tu barrio, tu  ciudad. Ya no tiras papeles al suelo y eres amable, sonríes a tus vecinos, profesores… y luego ese cuidado que empezó en el centro de tu espacio, en ti y en tu armario,  se ira haciendo más y más fuerte y más grande y alcanzara a todas personas y llegara todos los rincones de tu espacio como la luz o el agua,  tu espacio se inundara de cariño y cuidados y será un espacio bonito que contagiara a otros, y cuando todos mimemos nuestro espacio, como los duendes, el mundo se transformara en un paraíso  lleno de espacios maravillosos donde todos viviremos felices.

– ¿Cómo será ese Paraíso?

-No lo sé, pero creo que merece la pena intentar averiguarlo, ¿no crees Tana?

Estoy aquí

Era sábado por la  tarde y Tana no solía pasarse por allí los sábados, por eso a Coletas le extraño verla aparecer.

-Hola Tana ¿qué haces hoy aquí?

-Tengo un lio muy gordo en la cabeza y quiero hablar.

-Cuéntame –dijo Coletas sentándose en la yerba.

Tana se sentó a su lado y empezó a hablar sin parar “entones me dijo… y yo le conteste….no sé como pudo…Yo creo que…me parece a mi… y claro, como yo digo…se lo dije… lo sabia… ya se lo habia dicho yo a ella… y para finalizar dijo muy seria:

-¿Tengo o no tengo razón?”

Coletas que no había abierto la boca durante todo el tiempo dijo:

-No lo sé, pero sé quién te ha contado todo eso.

-¿Quién me ha contado qué?

-Todo lo que has dicho, esa no has sido tú.

Tana la miró muy extrañada.

-¿Pues quien sino?

-Ha sido Pe. la conozco. Le gusta mucho opinar de todo

-¿Pe?

-Sí, te acuerdas, te he hablado de ella, y de Res. Pe es esa vocecita parlanchina que está en tu cabeza narrándote todos los pensamientos. No debes creerla.

-Pero yo he visto casi todo lo que te he contado, ¡ha pasado!

-También pasó por aquí una nutria camino de rio, pero si miro ahora ya no está.

-Pero pasó.

-Sí, pero ahora no está pasando. ¿Tú la ves?

-No –dijo Tana con cara de asombro.

-Pe, es muy habladora y siempre habla y opina de cosas que no están aquí. Si la escuchas te distraes y no te enteras de lo que está ocurriendo aquí ahora, en este momento.

-¿y qué ocurre aquí?

Coletas levanto la vista.

-Aqui está Res, calladita acompañandote. Los arboles están despertando del invierno, y las hormigas, míralas como trabajan,  hay una urraca mirándonos desde ese peral, en esa retama hay dos gorriones jugando, seguramente sean novios, y allí una lagartija tomando el sol, y esa araña está esperando que alguien caiga en su trampa, y tres mariposas, dos amarillas y una blanca, y un caracol con los cuernos al sol, mira el charco esta lleno de renacuajos, ¿te has fijado en cuantas margaritas han salido en estos días? Espera… hay una abeja cogiendo néctar de alguna flor ¿las oyes?

-Sí, está allí –dijo Tana señalando una jara llena de flores.

-También está el sonido del arroyo, y el trino de los pájaros, el sonido del viento ¿y qué me dices de los olores? Huele a menta poleo debe haber una planta cerca.

Coletas se cayó.

-Pues sí que pasan aquí cosas. Es verdad. No me había dado cuenta.

-Es porque no estabas. Estabas atendiendo a Pe. Tienes que aprender a estar aquí.

-Y si Pe me distrae con sus charlas, ¿la mando callar?

-No, no discutas ni te enfades con ella solo déjala hablar.

-Pero es muy difícil no escucharla. No puede evitarlo.

-Sí, pero cuando la escuches puedes hacer dos cosas.

-¿Dos cosas? –preguntó Tana

-Sí dos; una creértela, dos no creértela. Si no te la crees ella sola se va. Volverá  más y más veces, pero cuanto menos veces te la creas menos aparecerá hasta que se canse y no te vuelva a visitar. Yo haría lo mismo.

-Y yo -dijo Tana pensativa. Parece difícil

-No es difícil,  pero hay que entrenar muchas veces.

-¿Cómo entreno?

-Eso es lo bueno, se puede entrenar a cualquier hora y en cualquier lugar; se trata de estar siempre en el lugar que estés con todos los sentidos y hacer lo que estés haciendo con todas las ganas. Si en casa haciendo tu mochila, tienes que estar solo haciendo tu mochila, si te bañas solo atiende al baño, cuando comas atiende a la boca, la comida, si lees, lees, si pintas, pintas…

-Parece sencillo, pero… ¿y si Pe dice algo importante?

-Lo normal Tana. Si te parece importante la atiendes.Yo tengo un truco, si cotorrea del pasado o del futuro no la escucho.

-Buen truco Coletas, me pongo ahora mismo a practicar.

Las niñas se despidieron hasta el próximo día.

la música de la rosa.

Tana y Coletas, aquella tarde se habían sentado en un banco del jardín. De repente Coletas sacó un libro de su mochila.

-¿Quieres escuchar un cuento? –preguntó.

Tana cogió el libro, su portada estaba cubierta de rosas.

-Que pasta tan bonita, seguro que me va a gustar, empieza ya Coletas –dijo devolviéndoselo.

Coletas lo abrió  y aunque el cuento no tenía letras solo paginas llenas de rosas, comenzó su relato como si leyera los bonitos dibujos.

-Había una vez un hermoso jardín, donde crecían rosas de todas las variedades, eran preciosas. El jardín tenía una rosa principal; la directora de orquesta, la encargada de la música que sonaba en el jardín y la responsable de la armonía, que se supone, debe reinar entre las rosas.

 Cuando las rosas eran pequeñas, la directora se dejaba llevar por la música de silencio, que había nacido con ella y ella y todas  bailaban al son. Era bonito verlas bailar con sus torpes movimientos llenos de amor y respeto.

Pero a medida que crecían, la directora empezó a cambiar la partitura original. Al principio solo unos acordes, luego fueron dos, luego tres y así poquito a poquito, sin darse cuenta, inconscientemente, la directora fue y sustituyendo la partitura de serie por una de su absoluta invención que sonaba fatal y se olvidó por completo de la música del silencio original.

Cuando llevaba un tiempo dirigiendo el jardín, con la nueva partitura,  empezó a notar que no le gustaba nada la danza de las rosas. Era un baile violento y descortés con sus compañeros, había muchas luchas por el espacio, se golpeaban entre ellas y se clavaban las espinas.

“No me gusta nada este baile se decía muy triste. Mi jardín es un auténtico caos, no existe la armonía entre las rosas.” Se lamentaba sin parar de interpretar la nueva partitura. Pasaban las semanas y cada día estaba más triste. “¿Por qué bailáis así?” Les preguntaba a las rosas de su precioso jardín, si sospechar que el problema era la música que oían. Un día decidió hablar con ellas una por una y muy seriamente para decirles cómo debían bailar. “Tú no te estires tanto, tú retírate un poco y controla tu tallo, tú no te retuerzas, tú debes tener cuidado con las hojas…” así corregía a todas, pero sus esfuerzos no daban resultado, pues aunque parecía que la obedecían y corregían sus movimientos, como no cambiaba de partitura, en poco tiempo todas volvían al baile violento que les marcaba la música. Mientras ella no paraba de ir de un lado a otro corrigiendo a las rosas,  su horrible música no para de sonar. La pobre estaba empezando a enfermar y sus pétalos empezaron a marchitarse y caer. Estaba a punto de rendirse.

-Qué lio tan gordo tiene la directora en su jardín! ¿Cómo quiere que las rosas bailen bien si ella pone una música tan mala? –dijo Tana.

-El problema es que ella no sospecha nada de su música –respondió Coletas

– Me da pena la rosa directora Coletas. Seguro que todo acaba bien, cuéntame cómo se da cuenta.

-Un día,  muy cansada de sus esfuerzos y muy triste -continuo Coletas- se paró, y entonces la música dejo de sonar  “¿Qué ha pasado?” Se preguntó. En el jardín reinaba un gran silencio, y encima de él, sonaba la música original; la música del silencio. Miró a su alrededor, todo era brillante y bonito en el jardín. Una gran paz inundaba todo. De repente volvió a interpretar su partitura y sonó la horrible música y con ella volvió el caos. “¡¡Es mi música, no deja escuchar la original!!” Se dijo.

-Por fin se dio cuenta, me alegro –dijo Tana.

 -Ella también se puso muy contenta con su descubrimiento. Entonces miro su partitura detenidamente y se preguntó cómo había podido estar tanto tiempo interpretando esa música tan horrible, y hasta le entro un poco de risa. Tanto esfuerzo y sufrimiento cuando la solución era callar la musica. Aparto su partitura dejándola a un lado. “Esta es la que quiero que escuchar”, dijo muy alto y claro abrazando la original.

En los siguientes días, de vez en cuando, por la costumbre le venían acordes de la partitura que había estado tocando los últimos años, pero como la conocía muy bien y estaba muy atenta, enseguida se daba cuenta y paraba. Y así, otra vez poco a poco tal como empezó, pero esta vez conscientemente, la música fue dejándose de oír en el jardín y transformo el baile de todas las rosas y haciendo que la armonía y la paz volvieran a él.

-Todo acabo bien y el jardín está precioso, su directora debe estar muy contenta –dijo Tana.

-Ya lo creo, nunca más olvidara su experiencia, y aun se ríe acordándose de esos días de locura que su música le hizo pasar.

tres maneras de mirar

 

¿Si todos somos hermanos, por qué no nos llevamos bien y nos queremos? Siempre estamos discutiendo y veo muchas guerras y muertes en la televisión.

-Para llevarte bien con tus hermanos tienes que mirarlos de una forma determinada.

-¿Cómo? Dímelo Coletas, que yo quiero llevarme bien con todos.

-Sé una historia de un hortelano que sembró tres frutales en su huerto para recoger  su cosecha. Cuando crecieron empezaron a dar frutos, pero por una razón u otra ninguno era bueno. El hortelano se dio cuenta de que los frutos se relacionaban unos con otros durante su corta vida y que de la manera de relacionarse y de mirarse unos a otros dependía que fueran buenos y sabrosos o incomestibles.

 

En el primer árbol, los frutos se relacionaban como si los de la copa fuesen los dioses y los demás sus siervos.

Los dioses eran muy pocos y todo lo bueno era para ellos. Trataban a los no dioses como animales, pues los consideraban inferiores. Los hacían trabajar a base de latigazos como se trataba aquí antes a los burros y a las mulas, los maltrataban, los cazaban para sacrificarlos, e incluso se los comían.

Creían que los hijos de los dioses volverían a ser dioses y los de los esclavos, esclavos por toda la eternidad. Los de las ramas bajas no se revelaban pues, aunque eran más numerosos y estaban cansados del trato que recibían, ellos mismos se creían animales ante los dioses que se les mostraban llenos de riquezas y conocimientos que no compartían con ellos

Sus frutos eran muy pequeños y pasados unos años este árbol se secó.

 

En el segundo árbol, los frutos se miraban como hermanos.  Decidieron que todos eran hijos de un dios que no estaba en la tierra, estaba fuera, en el cielo y desde allí todo lo veía.

Este dios había creado el árbol en el que crecían sus hijos; los frutos. Al principio todos eran buenos y dios estaba contento, pero con el tiempo dejaron de serlo, entonces dios desde el cielo, juzgó lo que estaba bien y lo que estaba mal. En base a su juicio dictó unas normas en las que estaba muy bien definido lo que era ser bueno y malo y se las entrego escritas en una tabla. Dejó a algunos frutos en la copa encargados de que se cumplieran sus leyes. Este dios prometió volver para juzgarlos a todos (vivos y muertos) y amenazaba con el infierno que era un lugar lleno de llamas, a los que no hubieran cumplido su ley. Hubo un tiempo en que los que no cumplían la ley o no creían en él, eran arrancados y quemados o apedreados por los de la copa como castigo ejemplar, pero su hijo Jesús, al cual mando dios al árbol para enseñarnos, explicó que su padre no era tan castigador y  que solo tenían que arrepentirse de su falta para ser perdonados, también les dijo que no deberían juzgar si no están libres de pecado, pero como se creen diferentes siguen  juzgándose entre ellos y esto provocaba muchos conflictos, se critican y rechazan unos a otros; “Esto debería ser así, tu deberías hacer esto. Esto está bien, esto está mal. Esto es bueno esto es malo…” juicio, juicio y juicio por todo y ante todo juicio. Tienen miedo y se acusan, se culpan, se atacan.  Cuando unos opinaban una cosa y otros otra, surgen conflictos entre ellos y guerras entre diferentes ramas con puntos de vista diferentes. Como su dios estaba en el cielo, y no podía bajar cada vez que había un conflicto a decir cual tenía razón, se amontonaban los conflictos sin resolver.

-Parecía mejor idea que la primera –dijo Tana.

-Sí, pero tampoco funcionaba,  los frutos de este árbol eran tan amargos que no podían comerse.

-En el tercer árbol existía la creencia de que había un solo Dios; la Vida, y estaba dentro de todos los frutos. Se miraban entre ellos como dioses pequeñitos naciendo y muriendo una y otra vez.

Creían que todos eran el mismo Dios expresándose de millones de formas  aprendiendo a amarse y que para aprender tendrían todas las vidas necesarias,  porque nadie vendría a juzgarlos. Si pecan en una vida lo deben arreglar en la siguiente

-¿Y cómo eran sus frutos?

Los frutos de este árbol nunca maduraban, no tenían prisa por aprender a amarse y siempre lo dejaban para siguiente cosecha. Año tras año caían del árbol sin madurar

-Pobre hortelano. ¿Qué hizo?

-Injertó una rama del segundo árbol en el tercero y una rama del tercero en el segundo.

-¿para qué?

-Para que se mezclasen a ver si por fin aprendían entre los dos.

-¿Y dio resultado?

-Por suerte funciono, aprendieron unos de otros y por fin dan buenas cosechas.

Los del segundo árbol dejaron de juzgarse y tener miedo unos de otros pues comprendieron que todos eran el mismo Dios expresandose y al juzgarse se juzgaban ellos mismos,  y los del tercer árbol decidieron que ya era el momento de madurar y que no tenían que seguir dejandolo para la siguiente cosecha,  pues existía el perdón, y podían arrepentirse de sus faltas para sanarlas en el momento sin tener que vivir otra vida para corregirlas.

Ahora los dos dan un fruto dulce y sabroso.

-Tendremos que fijarnos en los árboles para aprender –dijo Tana.

-Sí, ellos tienen mucho que contarnos –respondió Coletas sonriendo.

Las niñas se despidieron con un abrazo.

La vida

 

Una Tarde paseando por el jardín Tana le preguntó a Coletas.

-¿Qué es la vida?

-La vida es respirar.

-Solo respirar.

-Solo eso.

-Pero yo creía que la vida era diversión, juerga, amigos, fiesta, fama, dinero…

-Quien te contó eso te mintió. Nada de eso es vida. Eso, junto con los problemas forma parte del contenido, del mundo.

-Si no vives cada momento no vives. La vida es dar un paseo, comer, descansar en un banco, pintar un gato, leer un libro, estar con tus padres en silencio, tomar un vaso de agua, eso es estar vivo eso es vivir. El que no puede apreciar esos pequeños momentos,  el que no siente su respiración ni el silencio no vive, no está con la vida. Estar vivo es estar consciente de lo que está pasando en ese preciso momento y aceptarlo tal y como es. Nada te falta si respiras. Sentir la energía de tu cuerpo, el aire que entra y sale de él y poco más. Observa un árbol, está lleno de vida, vive, respira, se nutre, no hay nada más. Todo lo demás es historia, es tiempo pasado y futuro, todo lo demás no ocurre aquí, todo lo demás ya no existe. Deja de pedirle a la vida que te dé y dale tu presencia.  Si estas fuera de la vida, la vida no puede hacer nada por ti, siéntate con ella, atiéndela y tendrás tu recompensa en el contenido.

-Me gusta lo que dices.

-Las palabras son vanas. No arreglan nada. Si no lo pones en práctica no te servirán.

-¿Podemos practicar ahora?

-Bien Tana,lo entendiste. Solo puede ser ahora.

 

 

 

 

 

El niño luciérnaga

Flores en otoño

 

Este era un día soleado de otoño. Tana y Coletas estaban sentadas en un banco viendo caer las hojas de un olmo. De pronto Coletas preguntó.

―¿Qué pensara el árbol cuando se le caen las hojas? ¿Sentirá miedo o vergüenza al quedarse desnudo?

―El olmo no piensa, las plantas y los animales no pueden pensar ―respondió Coletas.

―Es verdad. A mí a veces me gustaría ser un árbol o un animal parar dejar de pensar. Sobre todo, cuando lo que pienso me hace sentir mal, pero no sé cómo hacerlo.

―En uno de mis viajes ―dijo Coletas―, conocí un pequeño país aislado dentro de un volcán apagado, en el que todos aprendieron a dejar de pensar, es una historia muy bonita.

―Quiero oirla Coletas.

Tana se puso cómoda y Coletas empezó su relato.

―Este era un país aislado totalmente del resto del mundo, no tenía contacto con ningún otro ni tampoco conocía la existencia de ellos.

―Entonces creían que estaban solos en la tierra.

―Sí, así era. Los habitantes de este volcán eran verdes, no sé bien por qué, y eran muy inteligentes. Conocían muchas leyes físicas y tenían todos los adelantos que puedas imaginar.

―¿Sabían más que nosotros? ―pregunto Coletas.

―Sí mucho más, ellos estaban más avanzados en todos los terrenos que nosotros. Sus ciudades eran muy bonitas, no tenían atascos y los médicos disponían de máquinas asombrosas para ver lo que pasaba dentro del cuerpo. Vivian muchos años y estaban muy sanos, pero había una cosa que no habían logrado; la paz.

―¿Quieres decir que  a pesar de lo listos que eran también se enfadaban entre ellos como nosotros?

―Así era ―dijo Coletas― Un día ―continúo contando― , nació un niño entre ellos con una rara enfermedad; brillaba mucho, era como si dentro tuviese una bombilla encendida. Lo dejaron en el hospital para estudiarlo.  A las pocas semanas después de muchas pruebas sin ningún resultado, lo mandaron a casa y decidieron observar como evolucionaba la enfermedad con el crecimiento. A los padres les dijeron que era una enfermedad rara y desconocida, a la que bautizaron como el síndrome de la luciérnaga.

Así pasaron los años. Todos se habían acostumbrado a verlo y a nadie le extrañaba su rara enfermedad. El niño luciérnaga se hizo famoso en todo el país. Era muy querido y admirado entre sus vecinos, pero no por su rara enfermedad.

―­¿Por qué se hizo famoso, Coletas?

―Por su Felicidad. Era considerado por muchos como el hombre más feliz del universo. Algunos científicos se fijaron en él y decidieron estudiarlo para ver si esto estaba relacionado con el síndrome de luciérnaga.

“Tenemos que hacerte unas pruebas”, le dijeron. Él accedió con mucho gusto, pues era muy amable y siempre estaba dispuesto a colaborar. Después de varios días de pruebas descubrieron que la única diferencia con el resto, era que en su cerebro había un pequeño error: la conexión neuronal con la que se emiten los juicios y las opiniones estaba desconectada, por lo que el niño luciérnaga carecía de pensamientos acerca de las situaciones y las personas. “No puede hacer juicios”, concluyeron los científicos, “su cerebro no le permite opinar”.

Algunos dijeron que para saber si esa era la causa de su felicidad deberían cortar esa conexión en personas tristes y deprimidas y ver si mejoraban. “Antes de dar ese paso, deberíamos hacer más pruebas”, dijo el más anciano. Todos estuvieron de acuerdo en seguir investigando.

Para ello inventaron unos cascos lectores de pensamientos conectados por ondas a una impresora.  Le pusieron uno al niño luciérnaga y otro a una persona normal para que se imprimiera todo lo que ocurría dentro de sus cabezas.

Nada más salir del hospital con sus cascos, se encontraron con un conocido al que estuvieron saludando. Al despedirse, mientras que el casco del niño luciérnaga no detectaba pensamientos,  el otro estaba echando humo; pensamientos  sobre la persona que habían saludado, su aspecto, la conversación que habían mantenido, su estado de ánimo… no paró hasta que llegó a la cola del supermercado donde habían entrado a comprar y entonces allí cambió los pensamientos por los de esa nueva situación; que si el cajero era torpe, que si la señora que tenía delante era una pesada… esa cabeza no paraba de crear opiniones mientras que la del niño luciérnaga seguía totalmente tranquila y quieta. Al final del día la impresora conectada al casco de la persona normal, se había quedado sin tinta y sin papel mientras que el del niño luciérnaga solo tenía algunos pensamientos prácticos y ninguna opinión.

Hasta los científicos quedaron asombrados de la cantidad de opiniones que se podían emitir en unas horas y decidieron probar con otras personas diferentes por si ese fuera un caso anormal. Después de varias pruebas comprobaron que todos tenían una cantidad alarmante de pensamientos.

Los científicos lo tenían claro que la falta de juicios y opiniones era la causa de la felicidad del niño Luciérnaga.

―¿El síndrome de la luciérnaga era una enfermedad buena?

―Sí, hacia a las personas felices, por eso decidieron pasar a la acción cortando la conexión neuronal a las personas más tristes y deprimidas. La operación fue un éxito y en todos los casos las personas, comenzaban a brillar como el niño luciérnaga.

―Todos pensando que el niño luciérnaga estaba enfermo y los que estaban enfermos eran todos menos él ―dijo Tana.

―Así fue,  nació un niño sano en un país donde todos estaban enfermos y no lo sabían.

“Gracias al síndrome de la luciérnaga hemos descubierto la cura de la tristeza”, dijeron los científicos. Pasaron un tiempo operando a todas las personas tristes y en poco tiempo la ciudad se llenó de personas luciérnagas, y como si de una epidemia se tratara, rápidamente se extendió la nueva forma de vivir por toda la ciudad. Ahora lo raro en el País del volcán era no brillar.

Las niñas se despidieron hasta otro día con un largo abrazo.

El tobogán de la tristeza

Tana y Coletas estaban pasando la tarde en los columpios.

―Hoy no tengo muchas ganas de columpiarme ―dijo Tana bajándose de sube y baja.

―Está bien, nos sentaremos en este banco ―respondió coletas.

Una vez sentadas en el banco y después de unos minutos en silencio a Tana se le escapó una lagrima.

―Estoy triste coletas. Nada me sale bien. He vuelto a suspender y mi mejor amiga no me llama los sábados para ir al cine como antes.

Coletas no respondió.

―¿Por qué no me dices nada? ― pregunto Tana que esperaba unas palabras de consuelo o algún consejo.

―No tengo nada que decirte Tana ―respondió Coletas― pero si quieres puedo contarte un cuento.

―Sí, sabes que me encantan.

Coletas mirándola muy fijamente comenzó su relato:

Había una niña, llamada Luz. A esta niña le gustaba mucho sentir sensaciones de esas que te erizan la piel, te ponen los pelos de punta, o te encogen el estómago, te dan vértigo… Por su cumpleaños sus padres la llevaron a un gran parque de atracciones y quedo tan maravillada con lo que había sentido, que se lo ocurrió la gran idea de crear su propio parque de atracciones para sentir todas las sensaciones una y otra vez. Le pareció tan buena idea que le entraron muchas ganas de empezar y se puso rápidamente a trabajar en él pensando y diseñando cada atracción minuciosamente para que fuesen muy seguras.

Cuando lo tenga listo, se decía así misma mientras lo construía, me entregare a mí misma, antes de pasar, un taco de entradas para sentir esas sensaciones tantas veces como yo quiera y no saldré del parque hasta que no se me acaben todas las papeletas…

En Poco tiempo el parque estuvo terminado. En él había muchas atracciones algunas tan, tan altas que se veía el fin. Otras eran oscuras y enrevesadas, pero todas estaban perfectamente construidas con todos los detalles imaginables y eran totalmente seguras.

Por fin llego el gran día señalado en el que estrenaría su parque. Luz estaba muy nerviosa recogió de la taquilla de entrada un taco muy gordo de papeletas para subir en todas las atracciones.

―¡Qué suerte! ―Exclamo Tana que escuchaba muy atenta.

―Los primeros días, los paso todo el rato en sus columpios preferido; el sube y baja y el tiovivo. Pero las papeletas de estos se le estaban agotando y debía probarlos todos. De vez en cuando subía por las escaleras de las atracciones más grandes con la intención de tirarse, pero una vez arriba las vistas desde allí le daban mucho miedo y se daba la vuelta.

―Pero, ella dijo no saldría del parque sin gastar todas las papeletas.

―Ese era el problema; si no las gastaba todas no podría salir del parque, y llego un momento que se sintió atrapada en su propia creación y se pasaba todo el día subiendo las escaleras de las atracciones más fuertes y cuando llegaba a la plataforma para lanzarse se bajaba muerta de miedo pues no se atrevía a dar el último paso. Así, iba de una en otra atracción sin atreverse a tirarse de ninguna. El parque de atracciones ya no le parecía tan divertido.

 

Un día había subido a la plataforma de la atracción que más miedo le daba estaba muy cansada. Cuando pensaba en darse la vuelta, la atracción le hablo; Luz tírate, no me tengas miedo, recuerda que me creaste tú, soy muy segura nada malo te puede pasar, es solo una sensación, no temas, atrévete a sentirla. Luz pensó que se estaba volviendo loca, pero estaba tan cansada de ir de un lado para otro, que sin pensar nada se lanzó con los ojos cerrados. Una vez abajo comprobó que estaba bien, el viaje había sido muy emocionante y no había ningún peligro en tirarse. Desde ese día empezó a usar todas las papeletas y se tiraba una y otra vez a sentir la sensación que cada una de ellas le producía. Otra vez el parque era divertido. Poco a poco el taco de papeletas fue acabándose y las atracciones empezaron a desvanecerse hasta desaparecer y Luz despertó.

―Entonces, ¿todo había sido un sueño?

―Sí, una ilusión ―dijo Coletas y añadió ―¿estas oyendo?

―No, no oigo nada.

―Es el tobogán, dice que es el tobogán de la tristeza, quiere que te lances por él para sentirla.

―No me gusta sentir tristeza ―respondió Tana.

―Pero, es solo una sensación, siéntela, atrévete ―la animo Coletas.

Tana se levantó y fue al tobogán, sin pensarlo subió y se tiró por él, al llegar abajo la tristeza no estaba.

―¡Funciona! ―dijo contenta despidiéndose de su amiga Coletas con un abrazo.

Guerra en el rio

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Tana y coletas estaban regando las plantas del jardín. Coletas les hablaba y les cantaba canciones; decía que así crecían más sanas.

―A ellas les encanta que les hable.

―¿Cómo lo sabes? ―preguntó Tana.

―Porque están contentas ―respondió Coletas.

―Ja, ja, ja, ―rió Tana― nunca he visto a una planta reír ni saltar de alegría, las plantas no se mueven.

―A su manera ríen y se mueven ―dijo Coletas― conozco plantas muy viajeras, tanto, que han llegado a otros continentes.

―Ja, ja, ja ― Tana volvió a reírse al imaginar a las plantas con sus maletas viajando por el mundo.

―Ja, ja, ja― rio Coletas junto a Tana cuando le contó la imagen que le había venido a la cabeza.

―Ellas no llevan maletas―dijo Coletas―conozco una que viajó dentro de una pecera y en ella atravesó todo el mar hasta caer en un rio de otro continente.

―¿Y qué le paso?

―Es una historia muy bonita ―dijo Coletas comenzando su increíble relato:

―Esta planta era acuática y se llamaba Macatelo.

El fruto de Macatelo eran sus hojas verdes y carnosas, que servían como abono y fertilizante para la tierra. Además, entre ellas acogía a muchos insectos pequeños y peces que a su vez servían de alimento a las aves. Sus hojas también depuraban el aire, y las raíces se encargaban de filtrar el agua para que llegase limpia al mar. Su flor azul decoraba el río,  pues era muy bonita y combinaba muy bien con el color amarillo de los lirios.

Cuando Macatelo llego del nuevo continente no conocía a nadie.  Pero como era muy servicial y tenía tantas habilidades, pronto se hizo amigo de muchos bichitos, insectos y aves que vivían en el río. Se encontraba tan a gusto en su nuevo hogar, que crecía y crecía sin parar y se puso muy, muy grande, tan, tan, grande que algunos empezaron a asustarse mucho y por todo el río se oían frases como estas; “ Si sigue creciendo nos va a dejar sin espacio. Hay que terminar con él. Tenemos que echarlo de aquí. Este no es su lugar, nos está molestando. Debe volver a su país aquí hace mucho daño. Va a ocupar todo el espacio, es un peligro.  Acabará haciéndose el dueño del río. No queremos plantas de otros lugares. Este es nuestro río…”

Y así fue como éstos, llenos de miedo e incapaces de ver más allá del espacio que ocupaba Macatelo,  convencieron a los demás para echarlo y comenzaron una guerra contra el pobre Macatelo.  Se armaron con barcos que recorrían el río cortando y arrojando a sus orillas al pobre Macatelo.

” Vaya” ―pensó Macatelo sin sospechar nada― “se ve que hace falta más abono para la tierra” y mientras más hojas le cortaban, más crecía y con más fuerza aun para que no faltase abono. “Deben estar muy contentos conmigo” ,“no quiero que piensen que soy un roñoso”- se decía a el mismo mientras crecía sin parar para reponer todas las hojas que le arrancaban.

Y así estaba la cosa; por falta de entendimiento, mientras más lo cortaban, él más y más se reproducía.

Los que habían empezado la lucha, viendo que no podían acabar con él a pesar del esfuerzo que estaban haciendo empezaron a desesperarse.

Uno de ellos conocía a varias gallinas acuáticas que hablaban muy bien de Macatelo,  y un día decidió hablar con ellas para saber que opinaban de la situación.

Las gallinas de agua, insistían en las bondades de Macatelo y en que no tenía ninguna intención de hacerles daño, y los animaron a hablar con él.  Haciéndoles caso, pues no veían otra salida, una mañana, decidieron armarse de valor e ir  a verlo para convencerlo de que abandonase el río por el bien de todos.

“Debes marcharte” ―le dijeron muertos de miedo y muy serios.

Macatelo, que no entendía nada preguntó: “¿Por qué, acaso no os doy lo suficiente?, puedo producir mucho más”

“No, no queremos más, queremos que te vayas. Ocupas demasiado espacio y molestas a otras especies, no hay sitio para ti” ―respondió el bando de los asustados.

” Si es así me iré” ―dijo Macatelo muy triste empezando a recoger sus raíces.

” Pero, él tiene derecho a vivir en este río, a mí me gusta su compañía” ―dijo una gallina―, “no quiero que se vaya”. “Ni yo, ni yo” ―dijeron otros muchos habitantes del río como los cangrejos, los galápagos, las ranas y las libélulas.

Entonces, se formó una gran algarabía, todos hablaban al mismo tiempo y solo se oía ruido, la gallina tuvo que poner paz para que todos se calmasen y pudieran dar su opinión por turnos. Un agricultor que pasaba por allí se sumó a la reunión y dijo que a él le venían muy bien sus hojas para abonar sus tomates. Así charlando y después de un rato de debate, los que estaban asustados entendieron que había espacio para todos y reconocieron que Macatelo era útil y bueno como cualquier planta, aunque fuese extranjera y llegaron a un acuerdo; al principio del año le dirían a Macatelo cuantas hojas iban a necesitar como fertilizante de los campos, para que no produjese más de las necesarias y llegado el verano las cosecharían. Así fue como dejaron la lucha y desde entonces todos en el río viven felices y comen lombrices.

 

los platanitos mimosos

 

Esa tarde de verano Tana y Coletas paseaban por el campo, pasaron cerca de la familia de los plataneros de sombra compuesta por la madre y dos hijos. Los jóvenes tenían muy mal aspecto.

―¿Qué les ha pasado? El año pasado estaban llenos de hojas, ¿están enfermos? ―preguntó Tana.

―Es una historia un poco larga -dijo Coletas

―Quiero oírla -le respondió Tana

Coletas se sentó debajo de las ramas de la madre y Tana hizo lo mismo dispuesta a escucharla atentamente.

― Hace cinco años este platanero― dijo señalando a la madre―tuvo cuatro hijos. Estas dos semillas fueron a caer junto a ella, las otras dos las alejó el viento llevándolas al otro lado del cerro. Aunque no podía verlos, la madre nunca abandonó a sus otros dos hijos, y a través de las raíces tenía contacto con ellos, sabía que estaban bien y les mandaba de vez en cuando regalos y algunas chucherías que éstos agradecían mucho.

―Pero los que crecieron a su lado, siempre fueron más grandes que sus hermanos ¿Qué les pasó este año?

― A los que tenía cerca, la madre todos los días los llenaba de atenciones y mimos, estaba muy pendiente de ellos y les desviaba el agua de los arroyos para que nunca les faltase. Con tanta agua y cuidados crecieron muy fuertes y la madre estaba muy orgullosa; presumía de sus hojas grandes y de sus troncos robustos. En sus adentros, sabía que no debía mimarlos tanto, pero no podía evitar hacerlo; los tenía tan cerca y eran tan bonitos… En los primeros años casi doblaban en tamaño a sus hermanos.

―Sí, el año pasado los del otro lado parecían raquíticos a su lado, sin embargo, ahora están muy bonitos.

―No todo es lo que parece Tana. Por fuera los cercanos a la madre estaban más adelantados, pero debajo de la tierra sus raíces eran pequeñas y superficiales como los ríos de los que su madre les desviaba el agua,  mientras que sus hermanos raquíticos en apariencia, escondía bajo la tierra unas raíces fuertes y grandes que llegaban hasta los ríos subterráneos que nunca se agotan. Así estaban las cosas cuando al cuarto año vino una sequía muy grande que dejo secos los arroyos superficiales.

―Qué mala suerte.

― “Tenemos sed” gritaban los arbolillos, cercanos a la madre, pero esta nada podía hacer, pues los arroyos de donde solía desviar el agua para ellos estaban secos. Los arbolillos entonces empezaron a buscar agua con sus raíces, pero eran muy pequeñas y no encontraron nada cerca. Se pusieron muy nerviosos; “vamos a morir de sed” gritaban asustados. Sus raíces tuvieron que trabajar mucho, y con tanta fuerza para profundizar en la tierra, que sus ramas y hojas quedaron medio secas.  La madre estaba muy preocupada por ellos, pero finalmente, encontraron el agua que necesitan en las profundidades de la tierra y ahora están recuperándose poco a poco del gran esfuerzo que hicieron para encontrarla.

―Menudo susto por poco se mueren de sed ―dijo Tana.

―Sí, pero ahora gracias a la sequía, no necesitan que su madre les desvíe el agua, porque ellos solos han aprendido a conseguirla como sus hermanos que no notaron la sequía y ya no son tan raquíticos.

Es verdad ―dijo Tana poniéndose de pie y mirando hacia ellos― desde aquí se pueden ver sus copas, si siguen así van a alcanzar a sus hermanos.

―Los mimados aún no se han recuperado del esfuerzo por eso tienen tan mal aspecto, pero están muy contentos y satisfechos porque ahora tienen las raíces fuertes y para el año que viene volverán a tener sus hojas verdes y grandes como antes y todos crecerán a la par.

Así terminó la historia y con ella terminó la tarde. Las dos niñas se despidieron con un abrazo hasta el cuento siguiente.

El paraíso de juegos

 

―Coletas, ― preguntó Tana― ¿Por qué los mayores están siempre serios?

―No sé, a lo mejor les paso como a los personajes de una historia que conozco.

―¿Qué les paso a esos personajes?

―Se olvidaron de jugar.

―¿Cómo ocurrió?.  ¿Me lo cuentas?

―Claro que sí Tana.

Coletas se quitó una pulsera de aro que llevaba puesta, y la puso encima de la tierra. Tana la escuchaba atentamente.

― En esta pulsera ocurre toda la historia.

―¿Dentro de una pulsera? Vaya historia rara ―dijo Tana

―¿Entonces, no quieres oírla?

―Sí, pero no sé qué puede pasar en una pulsera.

―Pues escucha y veras.

―Un día el Dios que vivía en esta pulsera creo un paraíso para jugar dentro de su reino.

―Dame tu anillo ―pidió Coletas a Tana.

Tana le dio su añillo y Coletas lo puso en un rinconcito dentro de la pulsera y dijo:

―Ese es su paraíso de juegos mágico―dijo señalando el anillo dentro de la pulsera.

―¿Porque es mágico?

―Porque dentro él se observaba convertido en miles de millones de personajes diferentes con el único propósito de jugar entre ellos.

―Serán muy pequeñitos.

―Como puntas de alfiler

―¿Dices que todos los personajes son él mismo?

―Sí, debajo de cada disfraz estaba siempre él.

―Pues se ha hecho un montón de disfraces para jugar.

―Sí, eso parece.

―Empieza a contarme la historia ya Coletas ―dijo Tana impaciente.

Coleta comenzó su increíble historia:

El cuarto de sus juegos era un inmenso jardín con ríos, mares, montañas, animales de todas las especies inimaginables y plantas de todas las formas, colores y tamaños.

―Parece bonito el cuarto de juegos que se ha creado ―dijo Tana imaginándose el lugar.

―Solo tenía un pequeño problema, estaba prohibido dejar de comportarse como niños. Al principio todo era muy bonito― continuo Coletas― todos los personajes eran niños y jugaban todo el tiempo sin ningún problema, como juegan los niños, sus enfados duraban unos segundos, y convivían con las plantas y los animales. Pero a medida que fue avanzando la historia, los personajes, pasaron de ser niños a ser adolescentes. Su inteligencia crecía con ellos, y hacía grandes descubrimientos. Poco a poco se fueron diferenciando y alejando de los animales y plantas, se creyeron superiores y se olvidaron de quien eran y de cuál era su único propósito.

―¿Se olvidaron de que estaban jugando en su paraíso mágico?

―Sí, y fue entonces cuando apareció un nuevo personaje en forma de voz en su cabeza. Esa voz era muy peligrosa pues los hacia comportarse como mayores y eso podía traer muchos problemas al paraíso, pues como te explique, este había sido diseñado para jugar y los mayores nunca tienen tiempo para eso.

La voz no paraba de sonar ni un momento y como no recordaban nada, muchos le hicieron caso. Así poco a poco muchos empezaron a comportarse como mayores y estos iban contagiando a otros,  hasta que sin darse cuenta, todos en el jardín dejaron de jugar y se comportaban como los mayores; pasaban todo el día trabajando y corriendo de un lado a otro sin tiempo para nada más.

La voz cada vez era más fuerte y todos la obedecían. Esta gobernaba en el paraíso desde sus propias cabeza. les dictaba sin parar a cada uno lo que estaba bien y lo que estaba mal y los hacia enfrentarse entre ellos para imponer sus propias opiniones creando fuertes discusiones. El anillo de juegos, dirigido por la voz, se convirtió en un campo de batalla del que salía un ruido infernal que dejaba claro que el paraíso de juegos no era para adultos: “Yo tengo la razón” “Me has hecho daño” “Déjame en paz” “lo estás haciendo mal” y muchas frases como estas, con las que se culpaban y juzgaban unos a otros, salían del anillo.  Se hacían mucho daño, incluso entre hermanos y amigos. A pesar de ello, se producían grandes inventos y progresos técnicos que hacían que se sintieran cada vez más poderosos.

―De nada les sirve ser tan listos si no saben quererse y dejar de discutir. El juego se está poniendo un poco feo. Los mayores no saben jugar, lo han estropeado todo.

―Así es Tana, pero por suerte, en el anillo quedaban algunos personajes que no obedecían a la voz. Estaban distribuidos por todo el jardín y todos los conocían o habían oído hablar de ellos. Estos personajes, los animaban a  volver a ser como niños, pero nadie los entendía, y eran tratados por muchos de raros, locos y vagos.

―Como a los niños, nadie nos hace caso, los mayores siempre mandan.

―Pasaba el tiempo ―continuo Coletas― y el paraíso iba a peor. Los personajes, era tan poderosos como infelices. Había muchas guerras y conflictos por todas partes. Muchos de los personajes se preguntaban, cómo siendo tan inteligentes se hacían tanto daño, y temían que ellos mismos acabasen destruyéndose. Tratando de poner paz , algunos crearon sitios para castigar a los más violentos, y organizaciones para proteger a los débiles; pero nada de esto parecía acabar con la injusticia, la violencia y los conflictos entre ellos. Estaban muy ocupados apagando todo tipo de conflictos y otros nuevos aparecían e incluso algunos que creían haber sofocado volvían a prenderse.

―Hay que volver a ser niños ―dijo Tana― el cuarto de juegos está a punto de explotar.

―Esta era la única solución. La voz era tan incómoda y creaba tanto sufrimiento, que algunos personajes mayores, cansados de luchar y viendo que sus acciones no daban resultado, empezaron escuchar a los pocos personajes que quedaban siendo niños. Sus palabras daban mucha paz. Poco a poco se corrió la voz y se hicieron muy famosos, cada vez más personajes los escuchaban y los seguían, y como por contagio, uno tras otro, dejaron de obedecer la voz de su cabeza y volvieron a comportarse como niños. Ya no querían imponer sus opiniones ni querían tener razón, solo querían jugar. Y así fue como desaparecieron todos los conflictos y el anillo volvió a ser el paraíso de juegos original donde todos los días eran una gran fiesta.

―¿Y qué paso con la voz?

―Desapareció para siempre.

―Crees que si los mayores de la tierra jugaran más y trabajaran menos seriamos todos más felices?

―Creo que sí.

―Adiós Coletas, voy corriendo a contarle este cuento a mi papa.


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