Biodiversidad

–Coletas ¿Dónde estás?

–Estoy aquí –dijo coletas.

–la voz venia del prado, justo delante de la fuente, pero Tana por más que miraba no veía nada.

¿Donde? No te veo –dijo.

 Coletas salió de entre la hierba. Llevaba un sombrero de paja y un delantal grande con un bolsillo. En las manos un cuaderno y un lápiz.

–¿Qué estás haciendo? pregunto Tana –acercándose a ella

–Estoy pintando clases de flores que hay en el prado, con esta van quince –dijo señalando con el lápiz una flor naranja de cuatro pétalos muy pequeñita.

Coletas siguió pintándola en el cuaderno mientras Tana la miraba.

–¿Qué nombre le ponemos? –dijo cuando terminó.

–Cupena–dijo Tana rápidamente—cuatro pétalos naranjas

–Está bien. Escríbelo aquí –dijo Coletas pasándole a Tana el cuaderno y el lápiz.

Tana se unió a la tarea de Coletas, y juntas siguieron buscando flores entre la hierba. Había muchas, algunas estaban muy repetidas y otras no tanto.

Mira está azul… aquí hay otra rosa… de estas amarillas hay muchas… En el prado se oía las voces de las dos agachadas entre la hierba.

Además de sus colores también era diferentes su disposición y sus formas, unas crecían pegadas a una vara, otras solas al final del tallo y otras en grupo formando todas juntas una flor grande. Unas eran alargadas otras redondas, las había con muchos pétalos, con pocos…

–Esto se llama biodiversidad—dijo Tana—lo he estudiado en conocimiento del medio.

–¿Bio qué? –dijo Coletas que nunca había escuchado esa palabra.

–Bio-di-ver-si-dad, es cuando conviven muchas plantas diferentes en un mismo sitio.

–A mí me gusta la biodi,  bioda, biodivi,  como se diga eso –dijo Coletas –. Hubo un tiempo en el que desapareció y aquí solo crecían una flor, siempre la misma. Era bastante soso.

–Biodiversidad –dijo Tana riendo –Pero… cuéntame, como desapareció de este prado.

Las niñas se sentaron en el banco cercano a la fuente. Hacia sol y corría una brisa muy suave.

–Fue hace mucho tiempo. Los dos grupos de flores más abundantes del prado empezaron a discutir por como tenían que ser las cosas en el prado. No se ponían de acuerdo y la discusión acabo en una lucha. Se hicieron mucho daño. El jefe del bando que gano la batalla, que era muy mandón, para acabar con las discusiones y poner paz, ordeno que todas tenían que ser como él.

–¿Y qué hicieron las que eran diferentes?

–Tenían prohibido salir a la superficie, estaban escondidas debajo de la hierba. Solo podían salir con un disfraz del color del vencedor, si las veían sin disfraz las castigaban. El prado era todo igual, no había biodiversidad —dijo Coletas que por fin se había aprendido esa palabreja.

–¿Y nadie protestaba? –dijo Tana.

–No, al principio, las flores estaban muy asustadas y muy cansadas, ya sabes que las peleas cansan mucho –dijo Coletas– También ayudo un invento asombroso que apareció en el prado por aquellos tiempos. Era una pequeña ventana por las que las flores podían ver todo lo que ocurría en el prado. Les parecía tan asombroso que los ratos en los que no estaban trabajando o arreglando los desperfectos de la batalla, las flores estaban mirando por la ventana y no tenían tiempo para protestas.

–Pero ahora hay muchas clases de flores ¿Cómo volvió la biodiversidad?

–Cuando la flor mandona se marchito, las flores que estaban un poco aburridas de tanta monotonía decidieron dejar salir a las otras que se pusieron muy contentas y se quitaron los disfraces rápidamente…

–Y colorín colorado volvió la alegría y el color al prado… –interrumpió Tana anticipándose al final de la historia.

–No fue tan fácil –dijo Coletas—tardo un poquito.

–¿Qué pasó?

–Como durante todo el tiempo que duró la paz no habían aprendido a respetarse, cuando empezaron a convivir de nuevo volvieron las discusiones de siempre entre los dos bando. En la ventana siempre estaban hablando de lo mismo, recordaban la pelea y todos los días había enfrentamientos donde se culpaban unas a otras. Estaban muy agitadas.

— ¿Y cómo lo solucionaron? –dijo Tana mirando el prado– ahora se las ve muy tranquilas.

–En realidad no hicieron nada. La vida continuaba y entonces apareció otro invento aún mas asombroso que la ventana.

–¿Qué invento fue ese?

–Una inmensa tela de araña que cubría todo el espacio. Conectando sus hilos a otra ventana, no solo se podía ver lo que ocurría en el prado, esta vez la visión era mucho mas grande; se podía ver todo lo que ocurría en todos los prados del mundo.

–¿Ahora si que estaban entretenidas?

– Esta vez no solo era entretenido, a través de la red las flores podían intercambiar todo tipo de información. A las flores mas jóvenes les gustaba mucho más esta nueva ventana. Aprendieron muchas cosas. Se contaron miles y miles de historias. Sus mentes se abrieron. Había tanta tantas cosas bonitas y tanto mundo por descubrir. Tantas formas costumbres y maneras nuevas de vivir, que dejaron de interesarse por ventana antigua. Por fin, la historia de la pelea quedó olvidada para siempre. Con la ayuda de la tela de araña, aprendieron a respetarse y a vivir juntas y seguir siendo diferentes. Ahora que no están enfadadas el prado es mucho más bonito, cada vez hay mas flores diferentes en él y tiene mas colores.

Las niñas se quedaron en silencio. En el prado las flores sonreían, bailaban, se abrazaban y charlaban entre ellas animadas por el viento. La música suave corría a cargo de los pájaros. En el aire flotaba un olor relajante que las llenaba de paz.

–¡Qué bien huele la biodiversidad! –dijo Tana.

Jugando al escondite

Tana bajó al parque como de costumbre. Coletas la estaba esperando con dos palos en la mano. Habían planeado ir a coger castañas a la sierra.

–Ya hay muchas en el suelo, tenemos que ir antes de que se pasen o se las coman los animales del bosque.

–Hoy no tengo muchas ganas –dijo Tana—además lo había olvidado y no he traído las botas de montaña

–Lo podemos dejar para mañana –dijo Coletas.

Tana no contestó.

–Digo que lo podemos dejar para mañana –repitió Coletas un poco más alto— ¿Por qué no contestas?

–Perdona, no te había oído, sí, mejor mañana.

–¿Bajamos al río? –propuso Coletas alargándole uno de los palos—lleva mucha agua.

–Sí, eso me parece mejor.

Por el camino iban en silencio. Coletas sabía que Tana no estaba allí.

–¿Dónde estás? Hoy no miras a las plantas.

–Estoy aquí Coletas, ¿no me ves? –dijo Tana desde el suelo– ayúdame a levantarme no he visto esa piedra suelta y he resbalado.

Coletas le tendió la mano. Y luego buscaron un lugar donde sentarse para comprobar que no se había hecho daño.

–¿Estás bien? –preguntó Coletas

–Estoy bien –dijo Tana

— Estas distraídas.

–Es que hoy no estoy muy feliz –dijo Tana de mal humor— y quiero ser feliz.

Coletas la miro y dijo:

–Tú siempre puedes ser feliz

–Hoy no  –repitió Tana.

–La felicidad esta siempre contigo –dijo Coletas—solo tienes que encontrarla

–¡Conmigo? Pues hoy no la veo por aquí –dijo Tana mirando a todos lados.

–Quizás este escondida.

–¿Escondida? ¿Acaso la felicidad juega al escondite?  –dijo Tana

–No, ella no se esconde, pero algunos pensamientos se ponen delante de ella y no te dejan verla. ¿Jugamos a buscarla?

–Si no hay que andar mucho…–dijo Tana que ese día no tenia muchas ganas de nada.

— Ja, ja, ja –rio Coletas– No hay que ir a ningún sitio, solo cierra los ojos y observa tus pensamientos.

—Si solo es eso—Tana cerro los ojos– No veo ninguno –dijo al momento.

–Espera, ya aparecerán –dijo Coletas.

–Aquí hay uno.

–¿Y qué dice? –preguntó Coletas.

–Que mis amigas se han cansado de mi y no me quieren –dijo Tana– Creo que han quedado para ir al cine y no me han llamado porque les caigo mal. Seguro que han pensado que soy una pesada y… — los ojos de Tana se llenaron de lágrimas.

–No te vayas detrás de ellos –la interrumpió Coletas– quédate aquí. Obsérvalos. Déjalos pasar –le dijo Coletas.

–¿Cómo lo hago?

–Imagina que van dentro de pompas de jabón y que se los lleva el viento –dijo Coletas.

Tana imagino lo que Coletas le decía, para ella era fácil hacerlo. Cerro los ojos y enseguida vio pasar pompas llenas de pensamientos. Pasó una que le recordó que tenía que devolver un libro y lo había perdido. Otra decía que se le había olvidado ir a ver a su abuela. Detrás vino otra, de muchos colores, que le recordaba que el domingo iba a ir de pesca. Y detrás de esta otra recordándole que su hermano le había roto un juego. Ahora llego una muy negra que traía un montón de tareas atrasadas de matemáticas, esta venia junto a otra con el cuatro que le habían puesto, según ella, injustamente en un examen…

–Algunas pompas son muy negras y muy pesadas, no quieren irse. Quizás si soplo… –dijo Tana abriendo lo ojos

–Déjalas, no hagas nada, no soples, solo míralas fijamente, sin miedo hasta que se vayan o se deshagan. Solo son pompas, no pueden hacerte daño. Déjalas estar el tiempo que sea necesario. Hay que ser amable con ellas –le contestó Coletas.

Tana volvió a cerrar los ojos y miró fijamente y sin miedo a esas pompas negras sin empujarlas ni invitarlas a irse, y como dijo Coletas, ellas solas poco a poco desaparecieron. Justo detrás apareció un espacio vacío sin final con una luz blanca muy suave. Tana estaba en medio flotando. La luz la envolvía entera.  Ese lugar era tan grande y su cuerpo tan pequeñito, como el mar y una gota de agua. Se estaba muy bien flotando en la luz. Era una sensación de paz muy grande. Sin los miedos ni las preocupaciones de los pensamientos, el cuerpo de Tana se relajó, se dejó mecer y mimar por esa luz que la acariciaba y la envolvía. Estaba tan bien allí. Era una sensación muy bonita parecida a la que sentía de pequeña cuando tenía miedo y se refugiaba en los brazos de su madre.

Cuando Tana abrió los ojos, estaba cargada de felicidad.

 –¿Nos vamos al río? Tengo ganas de pasear –dijo poniéndose de pie.

–Sí, pero mañana no te olvides de tus botas de montaña.

Las niñas continuaron su paseo en dirección al río charlando.

–Y qué, ¿la has encontrado? –pregunto Coletas refiriéndose a la felicidad.

–No, no la he visto, pero creo que he estado en su casa, vive en una habitación muy muy grande con mucha luz, se está muy bien allí… –iba diciendo Tana abriendo mucho los brazos— y como allí no hay pensamientos… Coletas sonreía.

Las peras influenciables

Después de dar un paseo por el huerto, durante el cual Tana y Coletas habían aprovechado para coger peras y merendar, las niñas se sentaron debajo del peral a descansar.

―Qué ricas estaban las peras ―dijo Tana―son las más dulces que he probado.

No siempre fue así. Hace unos años, este peral tenía un pequeño problema. Sus peras no eran tan buenas, comenzó a contar Coletas, entonces eran duras y amargas y el árbol estaba muy triste. Un día, un pajarillo se posó en una de sus ramas y lo saludó:

―¡Buenos días señor peral! ―dijo el pajarillo que era muy alegre y le gustaba hablar con todos los árboles.

―Buenos días ―contestó el árbol.

―Qué bonitas están sus peras ―dijo el gorrión.

―Ahora sí. Espero que les me pase como siempre

―Pues ¿qué le pasa siempre? ―preguntó el gorrión muy interesado.

―Se pone una pera enferma y contagia a todas las demás. Empieza por las que tiene a su alrededor y estas contagian a otras, hasta que al final todas se encogen y quedan, amargas y duras. Es una pena ―dijo el árbol que después de varias cosechas estropeadas había perdido la esperanza.

―Estoy seguro de que su problema tiene solución ―dijo el pajarillo, que era muy simpático, tratando de animar al árbol.

―Yo creo que no. He intentado muchas cosas para salvar la cosecha; como curar a las enfermas, aislarlas e incluso echarlas del árbol, pero nada me dio resultado ―dijo el árbol.

―Quizás no tenga que curar a la fruta enferma —le dijo el gorrión que de tanto hablar con los árboles conocía todas sus enfermedades.

―¿Qué puedo hacer si no? ―preguntó el árbol.

—Proteger la fruta sana.

―Pero ellas están bien hasta que se contagian ―contestó el árbol―, eso es una tontería ―dijo mirando para otro lado.

―Quizás sean frutas influenciables y por eso se contagian y enferman.

―¿Influenciables? ¿Qué es eso? ―preguntó el árbol espantado al escuchar esa palabreja tan rara.

―Es un caso muy raro entre los árboles. Sus frutas parecen fuertes y sanas, pero en realidad no lo son. Por dentro son muy blandas y débiles y se contagian fácilmente.

―Y tú cómo lo sabes ―dijo el árbol pensando que un pajarillo tan pequeño no podía saber tanto.

―En uno de mis viajes, conocí a un peral que tenía el mismo problema. A él también se le estropeaban todas la cosecha por fruta influenciable, pero ya lo ha solucionado ―dijo el pajarillo.

―¿Cómo lo hizo? ―le preguntó el árbol con más curiosidad que esperanzas.

―Él pensó: «si mis peras se contagiaban tan fácilmente de lo malo, también lo harán de lo bueno». Entonces buscó entre sus compañeros una  semilla de fruta muy muy sana y muy muy buena y la metió entre sus ramas, y esta hizo todo el trabajo ―contestó el pajarillo.

―¿Qué trabajo? ―preguntó el árbol, empezando a pensar que a lo mejor el pájaro sabía más de lo que él creía.

―Contagiarles su salud y transformarlas en frutas fuertes no influenciables. Así quedaron protegidas, y aunque estén rodeadas de frutas podridas no se contagian de ellas.

―No pierdo nada por probar ―dijo el árbol después de pensárselo un rato.

―Yo puedo traerte en mi pico una buena semilla ―dijo el gorrión que estaba muy contento de que el árbol se hubiera decidido a probar― Conozco un peral cercano que tiene unas peras muy sanas y fuertes.

El pajarillo se fue y a los pocos días regresó con la semilla prometida. El árbol la introdujo en su rama principal y al poco tiempo creció una fruta fuerte y sana que brillaba mucho. Esta, poco a poco, de la misma manera que lo hacía la podrida, contagió su salud primero a las frutas de su rama, luego pasó a las demás, hasta que todas las frutas quedaron protegidas por dentro con un manto impermeable que no dejaba pasar ninguna enfermedad. Concluyó Coletas.

―Menos mal que hizo caso al pajarito ―iba diciendo Tana camino de vuelta a casa― Ahora que las peras están sanas y fuertes por dentro nada que venga de fuera puede hacerles daño…

La ranita vergonzosa

La ranita vergonzosa

—¿Qué traes en el bolsillo? —dijo Coletas tocando con la mano la pierna de Tana.

—¿Esto? Es una máquina para jugar —contestó Tana sacando de su bolsillo una maquina con una pantalla pequeña y botones a ambos lados.

—¿Jugar? ¿A qué? —preguntó Coletas.

—Tiene muchos juegos. Lo mejor es verlo. ¿Quieres que juguemos? —dijo Tana.

—Sí. Jugar es lo que más me gusta.

Se sentaron en un banco cerca de la fuente y encendieron la máquina. Después de un rato jugando, Coletas dijo:

―Es divertida esta maquinita. Es muy simpática. Cuando pierdes o te equivocas, no se burla ni regaña, solo dice vuelve a intentarlo, vuelve a intentarlo, vuelve a intentarlo, una y otra vez. Ella sabe que a nadie le gusta que se rían cuando no le sale algo bien.

―A mí tampoco me gusta, también me da vergüenza hacer las cosas mal delante de mis amigas y que se rían de mí ―dijo Tana.

―¡Anda, y a mí!, pero si encima tienes fama de lista como mi amiga la rana es aún peor… Apaga la máquina y ven conmigo te voy a contar su historia.

―¡Una historia! ¡Voy como un cohete! ―exclamó Tana, y rápidamente soltó la máquina para seguir a Coletas.

Las dos se dirigieron a la orilla del río. Coletas se sentó en una piedra a contar su historia.

Hace tiempo, conocí a una ranita muy lista. Eso, al menos, le decía todo el mundo. Tanto se lo dijeron que le daba vergüenza equivocarse. «Siendo tan lista, tengo que hacerlo todo bien a la primera no vaya a ser que los demás me vean equivocarse y se burlen de mí diciendo: «Mira la lista, mira la lista; pues no era tan lista»».

Cuando se hizo mayor tuvo que empezar a cazar y, como todas, las primeras veces fallo. «Huy, huy, huy. ¡Qué vergüenza me da! Esto no me gusta nada. Me buscaré una excusa para no hacerlo. ¡Ya está!», pensó. «Diré que cazar es muy aburrido para mí y no lo haré más».

―Cazar mosquitos parece muy difícil ―dijo Tana.

―Solo al principio. Hay que practicar mucho, pero cuando aprendes es muy fácil. El problema era que su vergüenza a hacerlo mal. Así que, en lugar de hacerlo, les pedía a sus hermanos y a su mamá los insectos.

―Era un poco carota, ¿no crees? ―dijo Tana sentándose junto a ella.

―Sí, todos estaban cansados de alimentarla. Por eso…

La madre rana, antes de que fuera demasiado tarde, decidió no darle más insectos y todos los hermanos estuvieron de acuerdo. La ranita vergonzosa suplicaba mucho, y hasta lloraba, para que se apiadasen de ella y le diesen una mosquita: «Solo una, por favor», decía soltando lagrimones. Pero todos fueron muy firmes. «¿Por qué sois tan malos conmigo? Tengo tanta hambre que me voy a desmayar. Mirad lo flaquita que me estoy quedando». «No seas tan quejica y ponte a cazar», le decían sus hermanos. «Mañana empiezo, de verdad, os lo prometo». «Mañana no, tiene que ser ahora», le decía su madre.

―Da un poco de pena ―dijo Tana.

Coletas asintió en silencio y prosiguió:

A la mamá rana, que era muy lista y la quería mucho, no le daba pena, porque sabía que ella era capaz de cazar como todos sus hermanos. Después de dos días sin comer, por fin, la rana venció su vergüenza y empezó a sacar la lengua para cazar. Se la oía protestar por todo el charco: «¿Ves como no puedo? Todos se me escapan. Estos mosquitos no se dejan». Pero nadie le hacía caso. «Aprenderás», decía la madre rana. «Aprenderás». Pasaron varios días y la ranita tenía tanta hambre que ya no se acordaba de su vergüenza, y practicaba sin parar, hasta que una tarde cuando menos lo esperaba; cazó el primer mosquito.

«¡Lo conseguí!», gritó llena de alegría. «Está muy rico», les dijo a sus hermanos, que corrieron a felicitarla.

Después vinieron el segundo, el tercero y todos los demás. Ahora es feliz, caza como todas las ranas y no necesita que nadie lo haga por ella.

―No hay que tener vergüenza a fallar, para aprender hay que equivocarse muchas veces como la rana, ¿verdad Coletas? ―dijo Tana muy contenta al despedirse esa tarde de su amiga.

Tana era una adolescente curiosa y divertida. Vivía en una pequeña ciudad. Su vida transcurría entre el colegio, el jardín de su casa y la urbanización en la que vivía. En todas las familias vecinas había niños, y los padres siempre los animaban a salir a jugar. A ella no le importaba, pues le gustaba estar en el jardín y se sentía mejor subida a un árbol que sentada en un sillón.

Esa tarde estaba intranquila, como con ganas de ir a algún lugar que no lograba recordar. Después de merendar, salió al jardín y se tumbó en una hamaca debajo de la palmera. Llevaba en la mano unos macarrones de plástico de colores que había estado trenzando.

Con el balanceo de la hamaca, empezó a quedarse dormida. De repente, entre sueños, oyó una voz que parecía venir del árbol.

Saltó para acercarse y, en el tronco, a media altura, vio un agujero por el que alguien la llamaba con una voz dulce que parecía venir de muy lejos, y que la cautivó como los cantos de sirena.

Sin pensarlo, tiró por el agujero el cordón que llevaba en la mano, después se colgó de él y se deslizó despacio contando con los ojos cerrados: «Uno, dos, tres, cuatro…». Al llegar a diez tocó el fondo con los pies y soltó el plástico.

—¿Hay alguien? —gritó.

Nadie contestó. Miró a su alrededor con mucha curiosidad. Había poca luz, las paredes parecían estar hechas de raíces. «Parece un pequeño nido subterráneo», pensó. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, descubrió una puerta pequeña en la pared.


Se apresuró a abrirla. La puerta daba a un estrecho pasillo iluminado por la potente luz que entraba del exterior. Llena de curiosidad, empezó a caminar muy deprisa. Al llegar al final, la luz la cegó y tuvo que arrugar los ojos y ponerse las manos delante, para protegerlos. Entre los dedos veía algo verde que parecía las ramas de un árbol y un poco de cielo. Cuando por fin pudo abrirlos, se encontró en un gran jardín.

―¡Qué sitio tan bonito! —murmuró para sí misma. Se quedó muy quieta mirándolo todo.

En primer lugar, llamó su atención una fuente de piedra, con un caño grueso que no paraba de echar agua. Junto a ella había cuatro árboles y, debajo del más grande, un banco. Del mismo lugar salía una vereda que llevaban al río y al huerto que se veían al final. Vio también a lo lejos un puente que pasaba a la otra orilla del río, donde había una sierra con olivos, otros árboles, matorrales y rocas.

―Hola. ¿Hay alguien? Estoy aquí. —«Qué raro. Creía que habría alguien esperándome», pensó.

De repente, oyó ruido detrás de la fuente. Iba a acercarse cuando una niña asomó su cara sonriente por detrás de ella.

―¡Hola!

―Uuuuh ―dijo Tana dando un brinco―. ¡Menudo susto me has dado!

―Perdona ―dijo la niña saliendo de su escondite―, no quería asustarte.

Tana, aún un poco sobresaltada, miró fijamente a la niña y su sorpresa fue aún mayor. Se parecía mucho a ella de pequeña, e incluso llevaba su mismo peinado, dos coletas rubias y redonditas detrás de las orejas. Se quedó muda sin saber qué decir.

―Sí, soy tú ―dijo la niña viendo la sorpresa en su cara.

―Pero no has crecido ―dijo Tana con los ojos abiertos como platos―. ¿Por qué te has quedado así?

―Me gusta ―contestó la niña encogiéndose de hombros mientras sonreía.

Tana se quedó quieta por un momento mirándola a los ojos y, finalmente, le devolvió la sonrisa.

―¿Para qué me has llamado? ―preguntó.

―Estás creciendo. Quiero recordarte tu otro mundo antes de que te hagas mayor y lo olvides por completo.

―¡Mi otro mundo! ―dijo Tana abriendo los ojos muchísimo otra vez. «Esta niña dice cosas muy raras», pensó―. No sabía que existiera otro mundo.

―Pues existe. Y está dentro de ti.

―¿Dentro de mí, dices?

 ―Sí, todo derecho hacia abajo, contando diez con los ojos cerrados. Ahí es donde vivo yo ―dijo la niña asintiendo con la cabeza y poniendo esa voz cómica que ponen los niños cuando empiezan a impacientarse por preguntas que consideran absurdas.

A Tana le hizo gracia su forma de responder. Parecía tan segura de lo que decía…

―Vives dentro de mí, ja, ja. Todo derecho hacia abajo ―repitió―. No entiendo, pero no importa. Presiento que vamos a pasarlo muy bien juntas.

―Entonces, ¿vendrás a verme?

―Vendré a verte ―dijo Tana―; pero, si vamos a ser amigas, tendré que llamarte de alguna forma.

―No tengo nombre. Si quieres puedes ponerme uno.

―Te llamaré Coletas.

―¡¡Me gusta!! ―dijo Coletas.

Después dieron un paseo por el jardín, durante el cual Coletas le presentó a algunas de las plantas y flores que encontraron a su paso:

―Este es mandarino y tiene unas mandarinas muy dulces…

―Hola, señor mandarino ―dijo Tana.

―Acércate a oler el romero…

―¿Cómo está, señor romero?

―Mira las margaritas, son muy alegres.

―¿Qué tal, señoras margaritas? Mucho gusto.

―El jazmín está contento, tiene muchas flores este año.

―Qué bien huelen sus flores, señor jazmín.

―Este sauce llorón da una sombra muy fresquita.

―Hola ―dijo Tana apartando sus ramas y metiendo la cabeza dentro―. Qué bien se está aquí…

Las plantas respondían a sus palabras con una sonrisa de bienvenida que ella percibía claramente…

Tana se encontraba tumbada en la hamaca cuando oyó a su madre llamarla para cenar. Estaba contenta. Le gustó tanto el encuentro que fue sencillo cumplir su palabra. A partir de entonces, se reúne con su amiga todos los días cerrando los ojos y contando diez hacia abajo.

Coletas huele a flores y sabe muchas cosas de las plantas y de los árboles, cosas de las que no se aprenden en el colegio. No conoce sus nombres en latín, pero las siente dentro de su corazón con solo mirarlas. Ninguna planta puede esconderse de su olfato y a todas sabe verles su dulzura, a pesar de que pinchen, como las zarzas. Aunque su cuerpo es pequeño, su sabiduría es muy muy grande, y le gusta mucho contar y leer historias. A Tana le encanta oírlas. Espero que a ti te gusten tanto como a ella.

Manos de colores

Era una tarde fresquita de junio. Aquel año, el calor se estaba retrasando y las flores estaban especialmente bonitas. Tana bajó al jardín como todas las tardes. Coletas estaba esperándola.

―Quiero enseñarte una flor nueva ―le dijo muy contenta nada más verla.

Las niñas se dirigieron a un rincón del jardín donde vivía una gran mata de margaritas amarillas. Ese año entre ellas había nacido una de color rojo.

—Nació ayer —dijo Coletas mostrándosela orgullosa con los brazos en jarras.

―Es muy bonita, pero…, ¿por qué es diferente a sus compañeras? —dijo Tana acercándose para verla mejor. Me recuerda a un niño de mi clase, él también es muy extraño.

―¿Extraño? —preguntó Coletas abriendo mucho los ojos.

―Sí, se pinta las uñas de colores, y se pone ropa muy rara ―dijo Tana bajito como si estuviera diciendo algo malo.

―¿Eso es extraño? A mí me parece divertido —dijo riendo Coletas.

―Pero no es normal, ningún niño va vestido como él.

Mira las flores —dijo Coletas agachándose para acercarse más a ellas―. Esta ha preferido vestirse de rojo, aunque sus compañeras lleven un vestido amarillo. A cada una le gusta una cosa diferente ―continuó diciendo Coletas―. Por ejemplo, a estas les gusta vestirse solo de blanco; sin embargo, a estas les gusta combinar muchos colores. A esta solo le gusta el rojo, y a esta el azul. Esta otra tiene espinas y crece muy derecha, sin embargo, a esta le gusta enredarse en los árboles y a esta trepar por las paredes y a esta vivir sobre el agua.

―¡¡Es verdad, todas son diferentes!! Las hay con muchos pétalos, y esta solo tiene cuatro…

Las niñas estuvieron viendo las diferencias y pasaron un rato muy divertido.

―Qué bonitas y diferentes son todas —dijo Tana.

―Sí, son muy diferentes, a las flores no les importa, no se fijan en eso. Ellas cuando se miran unas a otras lo hacen desde el corazón

—Aunque… ahora que me acuerdo, un día me contó la mata de margaritas, que no hace mucho tiempo, en un jardín nació una flor muy parlanchina que tenía la costumbre de mirar a sus compañeras con los ojos de la mente.

—¿Quieres conocer su historia? —preguntó Coletas.

—¡Claro que sí! —respondió Tana.

—Según me contaron —empezó Coletas— esa flor estaba a todas horas hablando de los vestidos de las flores y de lo que hacían: «Qué extravagante es la petunia». «Qué mal gusto tiene la begonia, esos colores no combinan». «Mira esa loca, no para de enrollarse en los árboles, eso no está bien». «Una señorita bien educada no trepa por las paredes ni se arrastra por el suelo».

―Parece un poco pesada esa flor ―dijo Tana— no se debe hablar tanto de tus compañeras.

―No solo hablaba de las demás, también hablaba sobre ella misma, su propio vestido; tampoco le gustaba. «Mi vestido es horrible, está pasado de moda ―decía levantando sus pétalos con sus hojasmanos―, este color no destaca nada ―se quejaba mientras miraba su reflejo en las gotas del rocío…». Las otras flores no la entendían, ellas nunca habían conocido una flor así. Cuando opinaba todas las miraban extrañadas sin saber que decir. Ella al sentirse tan incomprendida empezó a encontrarse muy mal.

―Pobre flor ―dijo Tana imaginando la escena—. ¿Qué pasó con ella?

―Según me conto la señora mata de margaritas, un cardo borriquero muy observador que crecía cerca y que sabía mucho, le dijo: «Creo que sé lo que te pasa; esos ojos tan analíticos con los que miras no valen entre las flores. Ellas no entienden tus opiniones y juicios sobre los vestidos ni las formas de vivir. Esa manera de mirar a las demás es muy extraña en una flor. Ellas miran con el corazón. Si quieres sentirte bien entre ellas tienes que empezar a mirarlas así». La flor se quedó muy pensativa, y como era muy lista, hizo algunas pruebas para comprobar que lo que decía el cardo era cierto. Pronto se dio cuenta de que era verdad. Cuando miraba desde el corazón, no salía el ruido de las palabras cargadas de opiniones de su boca y había mucha paz. Entonces se propuso poner todo su esfuerzo en dejar esa costumbre. «Desde hoy estaré muy atenta y voy a mirar siempre a mis compañeras con el corazón ―le dijo al cardo». Algunas veces se le olvidaba y cuando se le escapaban las primeras palabras y veía la cara de asombro de sus compañeras se callaba rápidamente tapándose la boca con sus hojasmanos. «Por poco se me escapa ―se decía». Pronto aprendió y mirar a sus compañeras con el corazón, y ahora es muy feliz entre ellas.

Tana se quedó en silencio por un momento y luego dijo:

—¿Y si mirásemos como las flores?

Y sin esperar respuesta, cerró los ojos y vino a su mente una escena en la que, su compañero y ella eran flores de diferentes colores. Estaban felices en un prado verde, al sol jugando con el viento y charlando con los insectos que se posaban en ellas. El traje de su amigo era diferente Se miraban con el corazón y no había juicios, solo alegría y paz.

Después, las niñas se despidieron y Tana abandonó el jardín con muchas ganas de reencontrarse con su compañero para charlar y jugar con él.

Pedid y se os dará

 

Pedid y se os dará.

Esto era un arbolito muy religioso y que confiaba mucho en su Dios. Este arbolito siempre estaba pidiéndole a su Dios buenas cosechas, agua, buen clima…

 Se ponía muy contento cuando su Dios se lo concedía, pero también muy triste cuando no recibía su pedido. Su vida era muy ajetreada, parte de ella la pasaba pidiendo cosas, cuando las tenía sufría por la posibilidad de perderlas, y cuando se acostumbraba a tenerlo ya no le satisfacía lo suficiente y pedía otra cosa mejor.

Un pajarito, que había elegido sus ramas para hacer su nido al verlo tan nervioso le preguntó:

-¿Por qué te preocupas tanto?

-Pueden ocurrirme muchas cosas malas: y si  no llueve más, y si un fuego me quema y si me ataca una plaga… respondió el árbol.  Debo rezar para que me ocurran cosas buenas.

El pájaro, que no entendía sus preocupaciones, pues nunca había conocido un árbol igual, le preguntó:

-¿Por qué pides tanto, acaso tu sabes que es lo bueno para ti?

-Quien mejor que yo puede saber lo que necesito, además Dios, nuestro padre, dijo que pidiésemos y se nos daría.

-La lluvia que pides te beneficia a ti pero hay plantas y animales a las que en este momento le perjudica. Dios debe estar muy liado, si cada uno le pide lo que le conviene solo a sí mismo ¿cómo puede satisfacer a todos?

-Nunca lo he pensado, solo sé lo que necesito yo. Él dijo que le pidiésemos.

-Hay otra manera de pedir.

-¿Cuál? Le preguntó el árbol a pajarillo.

-Pedir cosas que beneficien a todos, no solo a ti, así Dios no tendrá problemas para mandártelas.

-Pedir algo para todos… no sé… ¿Cómo pides tú?

– Le pido que me ayude a no juzgar y a aceptar todo lo que sucede aun cuando no lo comprenda.

-Pero eso… no es pedir, es aguantarse con lo que hay. No recibes nada para ti.

-Sí recibo, recibo mucha paz, que es justo lo que yo, tú y el mundo necesitamos -le contestó el pajarillo.

El árbol gracias al pajarillo aprendió a pedir a Dios sin generarle un conflicto, comprendió que lo único que  todos necesitamos es paz, paz, para aceptar las malas cosechas, el no ser los mejores, o los más listos, paz para perder y para ganar, en resumen, paz para aceptar las circunstancias y a los demás tal y como son sin más.

La paz inundo su tronco, sus ramas y llego a todas sus hojas y entonces el árbol no tuvo necesidad de pedir nada más

 

El brillo del silencio.

Coletas estaba sentada en el banco que había junto la fuente. Estaba muy quietecita escuchando el sonido del agua y observando a los pájaros que se acercaban a beber cuando apareció Tana.

–Hola coletas, hoy vengo un poco tarde –dijo sentándose a su lado — me he entretenido viendo un video de mi barrio.

–¿De tu barrio? –preguntó Coletas.

–Sí, lo han tomado desde un avión. Se ve todo muy pequeñito –dijo tana poniendo delante de sus ojos la yemas de los dedos pulgar e índice muy juntitas– Las personas van de un lado a otro como hormiguitas de colores. No sé que tiene, pero me gusta mucho mirarlo.

–Quizás, sea por lo que no tiene –dijo Coletas mirándola– ¿Notas si le falta algo?

–No — dijo Tana cogiéndose la barbilla con la mano– no se me ocurre nada… ¿Qué puede faltarle?

-La voz de Men –dijo Coletas.

–¿Men la parlanchina?

–Sí, la parlanchina. Ella es como un ordenador. Esta conectada a nuestros ojos y cuando miramos algo, sin que nadie se lo pida, suelta toda la información que tiene guardada en sus archivos. Nunca para de trabajar. La mayoría de las veces la información que da no sirve para nada, hace ruido y molesta, pero a ella la da igual. Desde lejos, como no distingue lo que ve, no dice nada. Creo que lo que te gusta tanto de ese video es el silencio de Men.

Coletas sacó de su mochila unos prismáticos.

–Mira por aquí –dijo.

–¡¡Unos prismáticos!! –dijo Tana– colocándoselos en los ojos–. Pero…¡¡Si es el mismo video!! La imagen se está acercando, ahora se ve muy bien a las personas.

Al mirar de cerca la escena. Men reconoció a las personas, y empezó a soltar toda la información que almacenaba en sus archivos sobre ellas y ahora esta información salía por la boca de Tana.

–Esa que está en el parque es mi amiga Julia comiéndose un helado y está con Macarena ¡Podían haberme avisado! Anda, pero si esa es la vecina del quinto que nunca saluda… Y esa me suena… pero… si esa es mi profesora de mates, la más gruñona que he conocido. Quítala, quítala de mi vista mañana tengo examen, no quiero ni pensarlo… Con esa niña del vestido rojo estoy enfadada desde la semana pasada…

Con los recuerdos de la voz , aparecieron emociones como el enfado con su compañera, la preocupación por el examen y la culpa por no haber estudiado a tiempo. Tana aparto los prismáticos de sus ojos.

–Verlo así no es lo mismo. Hay mucho ruido. La paz se ha ido –dijo Tana apenada.

– No se ha ido. Sigue ahí, pero el ruido no te deja sentirla.

–¿Cómo puedo hacer para no oír la voz de Men cuando miro de cerca? –dijo Tana mostrándole los prismáticos a Coletas ¿Se puede silenciar este aparato?

–Sí, se puede.  Si no le haces caso, la voz de Men desaparece y la escena se queda muda.

–¿Cómo se hace? ¿Dónde está el botón del caso?

—Ja, ja, ja –rio Coletas—El botón del caso está en tu mirada. Solo tienes mirar con mucha atención, y en cuanto aparezca la voz, la dejas decir todo lo que quiera, pero sin atenderla. Quédate muy quieta. Siente la respiración del espacio en tu cuerpo, fíjate en la luz, en los contornos de los objetos… entonces la voz se ira alejando, la oirás relatar cada vez más y más lejos, hasta que dejaras de oírla.

Parece fácil —dijo Tana ¡Voy a probar!

Tana se puso lo prismáticos e intento hacer lo que le dijo Coletas pero Men era muy lista y la entretenía con sus charlas llevándola de un lado a otro sin parar: Cuando la vea le voy a decir… en cuanto llegue a casa me tengo que poner a… no voy a ser capaz de… es que Julia… estoy agobiada tengo muchas tareas… no me va a dar tiempo a …

–No puedo callarla –dijo tana un poco decepcionada después de varios intentos sin conseguirlo.

—Inténtalo más veces, acuérdate de la rana, no importa como te salga, todos los intentos son necesarios para conseguirlo –le dijo Coletas.

Tana lo intento una vez más, sin esperar ningún resultado y entonces ocurrió. Miró por los prismáticos otra vez, poniendo mucha atención en los detalle. Las hojas de los árboles se movían con la brisa, dejando pasar la luz entre ellas, los bandos de gorriones jugaban y se perseguían volando de un árbol a otro. Un gato paseaba despacito por los tejados. Entre las flores, las abejas zumbaban alegremente propagando los granos de polen por el aire y ellas trataban de atraerlas gritándoles sus colores y su perfume. En la plaza los niños jugaban con una pelota, algunas personas caminaban, otras sentadas en los bancos, tomaban el sol en silencio, otras observaban a las palomas que andaban por el suelo buscando migas de pan…

La voz de Men tardo tres segundos en aparecer. Esta vez no la pillo desprevenida, la estaba esperando y como le dijo Coletas, la dejo hablar. Tana se concentró en la respiración, en las imágenes en sus formas, en sus colores… y la dejó parlotear sin prestarle atención, como si todo lo que decía fuesen tonterías. Al dejar de prestarle atención, la voz se apagó dando paso al silencio y durante unos segundos, la escena brilló iluminada por la propia luz de sus ojos y una paz inmensa lleno su cuerpo.

Cuando el video terminó Tana se quito los prismáticos. Y después de unos minutos dijo:

–¿Sabes Coletas? Cuando Men se calla, todo brilla.

–Es el brillo del silencio –dijo Coletas sonriendo.

–Me gustaría ser una experta en callar a Men cuando quiera –dijo Tana muy contenta por el descubrimiento de la nueva forma de mirar– ¡voy a seguir practicando!

—Debería existir un botón para callarla. Por ejemplo, en la nariz… –dijo Coletas apretándosela con el dedo— Te imaginas Tana…

Ja, ja, ja, ja, ja, las risas de las niñas, que se habían levantado del banco y bajaban corriendo por el camino del huerto, se sumaron a los trinos de los pájaros y al sonido del agua de la fuente sin romper el silencio de la tarde.

los dos caminos

Los dos caminos

Tana y Coletas estaban paseando por la sierra. Era verano y a la sombra de los árboles se estaba muy bien.

―Lo que más me gusta de la naturaleza —le iba diciendo Tana a Coletas— es que no necesitan comprar nada para sentirse bien. Por ejemplo, las plantas; ellas lo tienen todo sin trabajar.

―Ellas sí trabajan, todas dan su fruto, Puede ser comida o refugio para los animales, sombra, madera, corcho… Cada una tiene una misión importante para que todo funcione, por muy pequeñitas que sean. Como esta plantita de trébol que da de comer a los ciervos, o esta que alimenta a la mariquita que transporta polen en sus patas; ellas también son necesarias, su trabajo es importante.

―El alcornoque da bellotas para los animales y corcho para los humanos. Tiene dos empleos, será muy rico ―dijo Tana apoyándose en el tronco de un gran alcornoque que crecía en un margen del camino.

―Ja, ja. Aquí no funciona así Tana. Ellos cogen todo lo que necesitan gratis: el agua, el sol, el aire, la tierra… Lo transforman y entregan su fruto a los que lo necesitan sin cobrar nada por ello.

―Pues en mi mundo hay que tener dinero, todo se compra y se vende, y todos, los niños y los mayores, quieren tener mucho éxito y dinero para ser felices.

―Si lo que quieren es ser felices y tener éxito siguiendo el camino del dinero, están en el camino equivocado.

―¿El camino equivocado?

―Sí. Te contaré una historia que pasó hace mucho mucho tiempo. Sentémonos en esta roca —dijo Coletas.

En un lejano país, todos los habitantes tenían lo necesario para vivir, pero sufrían mucho sin saber cuál podía ser el motivo, y esto les hacía perder la Paz.

Todos los habitantes sin excepción buscaban dejar de sufrir y sentirse bien y deseaban lo mismo para sus seres queridos. El día en que dejaban la casa de sus padres para vivir en la suya propia tenían que tomar una decisión muy importante. Ante ellos aparecían dos caminos, el de la mente y el del corazón. El de la mente era largo y tenía muchas cuestas y curvas, pero al final, en lo más alto, había mansiones, fiestas, coches bonitos… El del corazón era una senda llana y tranquila entre árboles y plantas. Al final no se veía nada especial. Este parecía tan soso y aburrido que no lo elegía casi nadie. Los jóvenes elegían el camino de la mente, que era el que le recomendaban sus mayores, ya que estaban convencidos de que la riqueza calmaría su sufrimiento.

Por estos motivos, el camino de la mente estaba muy muy transitado. No todos conseguían llegar al final, muchos se quedaban por las cuestas y no lograban alcanzar la meta. Solo unos cuantos, con mucho esfuerzo, lo conseguían, y todos los admiraban y los veían como triunfadores y personas de éxito, pues no era fácil llegar al final.

Un día, un señor que había llegado al final del camino de la mente y que era un ejemplo que seguir para muchos de los que querían lograrlo, sorprendió a todos reconociendo públicamente su dolor y su infelicidad: «A pesar de haber logrado llegar al final, no soy feliz, sigo sufriendo», confesó a todos. Nadie entendía cómo no podía serlo teniendo tantas cosas. «Pero ¿cómo puedes ser infeliz si lo tienes todo: coches, casas, viajes, joyas…?», le preguntaban. «¡Lo has conseguido!, eres un hombre de éxito, todos te admiramos». Él dijo: «Estoy muy cansado de fingir. En realidad, nada de lo que tengo me calma el sufrimiento, creo que me equivoqué de camino». Y sin decir más, dejó todas sus pertenencias y se dio la vuelta para andar el otro camino.

Cuando empezó a transitar por el camino que había descartado por soso y aburrido, encontró mucho silencio y la compañía de árboles y plantas que le proporcionan alimento, y pájaros y demás animales que le daban compañía y a los que observaba durante horas. Pasaba el tiempo, y cada día se encontraba mejor y más tranquilo, aunque de vez en cuando, sobre todo durante la noche, venía a visitarlo el sufrimiento. Era un malestar del que no lograba averiguar su origen. A pesar de eso, no sentía ganas de volver a su antiguo camino y siempre siguió hacia adelante; hasta que un día, casi sin esperarlo, llegó al final y encontró una misteriosa caja azul.

―Qué emoción ―dijo Tana, a quien gustaban muchos las sorpresas.

Coletas prosiguió con su narración:

El señor abrió con calma la caja. Dentro había un sobre con su nombre completo. Lo abrió y leyó una sola frase que había escrita en una hoja con una letra muy bonita y que decía: «Tu recompensa es el fin del sufrimiento». Al terminar de leer la frase, los zapatos se cambiaron solos de pie sin que él se diera ni cuenta, y sintió un alivio y una paz muy grandes. «¡El problema estaba en mí!», dijo sorprendido. «¡Eran los zapatos!».

―Pero ¿por qué los llevaban al revés? ¿Acaso eran tontos? —preguntó Tana.

―No, no lo eran, pero como siempre se había hecho así; los padres, los abuelos los tatarabuelos…, nadie recordaba que se hubiese hecho de otra forma, no consideraban otra opción. En ese país lo normal era llevar los zapatos del revés. A los niños se los colocaban así desde pequeños sin que se dieran cuenta. Pero volvamos a la historia Tana ―continuó Coletas.

El señor dejó pasar unos días y comprobó que, como prometía la nota, el sufrimiento había desaparecido para siempre. Se puso tan contento que fue corriendo al otro camino para contar a todos su gran descubrimiento. «Estáis equivocados, no es por aquí. El otro camino es el que calma el sufrimiento». Al principio, nadie lo creía y lo tomaban por loco. Solo con el paso del tiempo, se dieron cuenta de que él andaba mucho mejor, que no tropezaba y que todo le salía bien, sin problemas y con menos esfuerzo. Entonces, algunos empezaron a imitarlo y cambiaron de camino. Cuando llegaban al final, en la caja encontraban el sobre con su nombre y se les cambiaban los zapatos de pie. Cada día había más personas en el camino del corazón y menos en el de la mente. Finalmente, todos se convencieron, consiguieron su regalo y acabaron con los zapatos bien puestos. Así fue como acabó en ese país el sufrimiento.

―Era tan fácil y tan sencillo que nadie se lo podía imaginar ―dijo Tana―. Un día fui a un parque de atracciones muy chulo, con unos zapatos chicos y no pude disfrutar nada.

―Eso mismo les pasaba a ellos. Sus zapatos del revés seguían causándoles mucho sufrimiento, a pesar de sus riquezas, pero lo disimulaban porque los demás los veían como triunfadores ―dijo Coletas.

Se estaba haciendo tarde y las niñas se levantaron y continuaron charlando por el camino de vuelta a casa.

―¡Otro cuento con final feliz!―exclamó Tana―. En mi mundo también hay sufrimiento, creo que vamos por el camino de la mente. Quizás, si hiciésemos un cambio dentro de nosotros mismos y pusiésemos delante de la mente el corazón para que él dirija nuestros pasos… Estoy segura de que nos llevaría a la felicidad…

la partitura.

La partitura.

Tana llegó con bastante retraso aquella tarde y se sentó junto a Coletas en el banco del jardín.

-Hola Coletas, menudo día llevo. He perdido el libro de matemáticas, tampoco me acordaba donde había puesto el compás y se me olvido que tenía que presentar un trabajo, mi vida es un caos –dijo dejándose caer en el banco junto a Coletas.

-Ja, ja, eso pasa cuando no estás donde estas.

-Pero yo siempre estoy donde estoy.

-Tú estás aquí pero tu atención puede estar fuera. Cuando te vas con Mente al pasado y al futuro no estás en el presente. En tu lugar se queda el piloto automático haciendo lo que quiere, y luego no te lo cuenta, por eso no te acuerdas de donde pones las cosas, y se te olvida todo.

-Y qué puedo hacer.

-Debes preguntarte frecuentemente donde estas.

-¿Yo? Pero yo siempre se dónde estoy.

-Ja, ja, es verdad tú eres la única que sabes dónde estás, pero ya te he dicho que puedes estar en dos sitios; aquí al mando de todo lo que ocurre o de paseo con Mente, Lo de no saber dónde pones las cosas es solo una de las consecuencias de estar distraída con Mente, Aún pueden pasarte cosas peores cuando abandonas el puesto de mando, te contare lo que le paso a una rosa que andaba siempre fuera de su lugar de mando.

-Ella vivía en un hermoso jardín, donde crecían rosas bailarinas de todas las variedades, eran preciosas. Era la directora de orquesta, la encargada de interpretar la partitura con su batuta y la responsable de la armonía, que se supone, debía reinar en la danza de todas las rosas.

Cuando eran pequeñas, interpretaba la partitura, que había nacido con ella y todas bailaban a su son. Era bonito verlas con sus tutus de colores dando sus primeros pasos de danza.

Pero a medida que crecían, la directora, empezó a dejar el jardín solo. Fuera había muchas distracciones que llamaban su atención y cada vez con más frecuencia pasaba más tiempo fuera que dentro del jardín. Mientras ella no estaba, un impostor le cambio la partitura poco a poco, metiéndole sus notas sin que la rosa se diese cuenta de nada. Al principio solo unos acordes, luego fueron dos, luego tres hasta que, la partitura original fue sustituida por la del impostor sin que la rosa sospechase nada. La nueva partitura era muy distinta y sonaba muy mal.

Cuando llevaba un tiempo interpretando la nueva partitura. La directora, empezó a notar que no le gustaba nada la danza de las rosas. Era un baile feísimo, las rosas saltaban y daban patadas sin ningún orden ni concierto y se molestaban unas a otras.

“No me gusta nada este baile se decía. Mi jardín es un auténtico caos, no entiendo porque se portan así”, se lamentaba sin sospechar nada.

Un día, decidió intervenir para poner orden se metió entre ella les hablo muy seriamente para decirles a una por una cómo debían bailar. “Tú no te estires tanto, tú retírate un poco y controla tu tallo, tú no te retuerzas, tú debes tener cuidado con las hojas…” así corregía a todas, pero sus esfuerzos no daban resultado, y la cosa empeoró, las rosas no entendían nada, estaban hechas un lio; la directora decía una cosa y la partitura otra. Mientras más trataba de corregirlas peor se portaban. Algunas le contestaban mal, ellas también estaban enfadadas y en el jardín había todo tipo de conflictos. La pobre rosa no entendía lo que pasaba

-¡Vaya lio gordo tiene en su jardín! Me imagino a todas saltando descontroladas, como locas con los pétalos desordenados –dijoTana.

-Sí, era un gran lio. Entre tanta agitación –continuo Coletas- la rosa tropezó con el  tallo de una rosa y salió disparada .Por el aire abrió las manos para frenar el golpe en el suelo y al hacerlo se le cayó la batuta, en ese  momento la música dejo de sonar “¿Qué ha pasado?” Se preguntó. Tumbada en el suelo. En el jardín reinaba un gran silencio. Se levantó, todo era brillante y bonito. Una gran paz inundaba el jardín y las rosas bailaban delicadamente. Buscó su batuta y se agacho para recuperarla, comenzó a dirigir la partitura y con ella volvió el caos. Soltó la batuta dando un salto asustada y todo se volvió a calmar. “¿Qué música estoy interpretando?”’ Enseguida se puso a revisar la partitura. “¡¡Es la partitura!!” gritó llena de alegría por el descubrimiento.

Se preguntó cómo había podido estar tanto tiempo dirigiendo esa música tan horrible, y hasta le entro un poco de risa.” Ahora entiendo lo que le pasaba a las rosas, Tanto esfuerzo intentando corregir a todas las rosas del jardín… Ellas no tenían culpa de nada. La solución era tan sencilla”. Se colocó en su puesto de mando con su partitura original y el impostor al ser descubierto salió corriendo.

Ahora estaba más presente en el jardín, para que el impostor no entrase. De vez en cuando se distraía, y salía por la costumbre, entonces se le colaba el impostor, pero como lo conocía muy bien y ya estaba atenta, enseguida se daba cuenta y volvía corriendo a su lugar. Y así, poco a poco, la rosa con su partitura original, fue teniendo más presencia en el jardín y el impostor cansado de que siempre lo sorprendiera dejo de intentarlo.

Ahora las rosas están tranquilas, todas se respetan y su baile es muy bonito, pero ella nunca olvidara su experiencia, y aun se ríe acordándose de esos días de locura que el impostor le hizo pasar.

-A parir de hoy, me preguntaré donde estoy, no vaya a ser que se me meta un impostor y me la líe gorda como a la rosa –dijo Tana riendo.


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