La recogida de aceituna
Todo empezó un tranquilo día de otoño en un pequeño pueblo de Extremadura.
Los olivos de sierra del agricultor Sancho estaban listos para entregar su fruto, así que Sancho se fue a buscar su tractor con remolque para recoger las aceitunas de los árboles y llevarlas al molino del pueblo para hacer aceite rico y sabroso.
Pero se encontró con una sorpresa.
Al meter la llave y girarla para poner en marcha el tractor, el motor no funcionaba.
—¿Qué le pasa a mi tractor? —dijo después de varios intentos—. Se ha estropeado. Tendré que llevarlo al mecánico.
Una vez en el taller y después de mirar el motor muy atentamente, el mecánico le dijo que el problema eran unos tornillos muy, muy largos y que tardaría varias semanas en arreglarlo.
Sancho se quedó pensativo.
—Tengo que hacer algo para recoger la aceituna de mis olivos antes de que sea demasiado tarde.
Pronto se le ocurrió la solución: llamaría a la puerta de su vecino para que le ayudara con su tractor a hacer el trabajo.
Pon, pon, pon.
—Vecino —le dijo—, se me ha roto el tractor. ¿Puedes ayudarme a recoger las aceitunas con el tuyo?
—Claro. Dime qué día quieres que vaya a por ellas para llevarlas al molino.
—El miércoles por la mañana estaría bien.
—Pues allí estaré.
Llegado el día, el vecino se presentó en el olivar de Sancho con su tractor verde y su remolque amarillo, preparado para hacer el trabajo.
—¿Dónde están esas aceitunas que hay que transportar? —preguntó.
—Aquí mismo —dijo Sancho, señalando un montón muy grande de aceitunas.
Entre Sancho, su hermano y un primo que habían ido a ayudar, cargaron el remolque y, cuando estuvo listo, Sancho dijo:
—Antes de salir es mejor ponerle una lona verde al remolque para que las aceitunas no se caigan por el camino. Hay muchos baches y curvas hasta llegar al pueblo.
Todos estuvieron de acuerdo y buscaron unas cuerdas de pita para atar la lona a las cuatro esquinas del remolque con nudos muy fuertes. De esta manera, las aceitunas no se caerían por el camino. Una vez listo todo, el tractor se puso en marcha.
Curva, curva, curva…
Bache, bache, bache…
Rummm, rummm…
Una vez en el molino, un señor le indicó al vecino dónde tenía que colocarse.
—Da marcha atrás, gira un poco a la izquierda, ahora a la derecha… Vale, vale, para. Ahí está bien. Ahora hay que quitar la lona.
—No puedo deshacer los nudos —dijo un señor—. Están muy fuertes.
Como estaban tan bien atados, tuvieron que cortar la cuerda de pita con una navaja para retirar la lona. Una vez quitada, gritaron:
—¡Ya puedes bascular!
Entonces el vecino basculó el remolque para que cayera toda la aceituna en el molino. La aceituna caía haciendo mucho ruido: pun, pun, pun.
Cuando el remolque quedó vacío, le dijeron:
—Ya está todo listo. Puedes bajar el remolque e irte. Buen trabajo.
El vecino, antes de irse a casa, se pasó por el olivar para ver a Sancho y decirle que todo había salido muy bien. Sancho le dio las gracias por su ayuda y los dos vecinos se dieron un abrazo. Después se fueron juntos a casa, subidos en el tractor.
Bache, bache, bache…
Curva, curva, curva…
Rummm, rummm…



















































