Nueve reyes desterrados

 

Había un país que estaba dividido en nueve bandos gobernado por nueve reyes. Estos reyes dictaban las normas de conducta a sus súbditos a través de un micrófono implantado en la cabeza de estos al nacer. Entre los reyes tenían un acuerdo para repartirse a los habitantes equitativamente sin que ellos lo supieran.

Cada jefe tenía una doctrina diferente. Como en ese país no estaba bien visto decir a quien servías, todos lo llevaban en secreto, así que estaban todos muy mezclados, y en un mismo bloque de pisos, e incluso en una misma familia, cada vecino o cada miembro podía servir a un rey diferente.

Primero estaba el bando del rey obsesionado con parecer perfecto y justo. Hay que ser justo. Era bastante mandón y quería tenerlo todo controlado. Sus seguidores odiaban la mentira exigían justicia e imponían sus métodos como los mejores.

En segundo lugar estaba el bando de los ayudadores. Ayudar a los demás es nuestra misión en la vida. Aparentan ser útiles y necesarios para los demás. Sus miembros estaban muy orgullosos de ellos mismos y se consideraban los mejores en todos los casos.

En tercer lugar estaba el bando de los triunfadores. Tener éxito, ser admirado por los demás eso era lo único importante para ellos. Sus miembros perseguían el éxito sin importarles las personas y muchos lo conseguían.

En el cuarto lugar estaba el bando de los especiales y únicos. Distinguirse de los demás ser originales no queremos ser borregos era su frase favorita. Les gustaba el arte y entre sus miembros había muchos artistas y extravagantes.

En el quinto grupo estaba el bando de los estudiosos, nunca sabían bastante, lo importante es tener mucha información, muchos conocimientos. Ellos nunca estaban preparados para actuar.

En el sexto era el bando de los obsesionados con la seguridad, hay que estar seguros todas las precauciones son pocas.

En el séptimo bando todos buscaban la diversión, la parte positiva de la vida, la vida no tiene sentido si no te diviertes decían, para ellos era muy importante aparentar que lo estaban pasando bien.

En el octavo grupo estaba el bando de los duros, pensaban que para vivir bien había que infundir respeto, ser fuerte y dominar la situación todo el tiempo. Les gustaba liderar a los grupos y llevarlos a la acción.

Y por último el bando de los tranquilos. Para ellos lo más importante era aparentar tranquilidad y calma, como si nada pasara. Que todos pensaran que ellos estaban bien. Eran especialistas en posponerlo todo para mañana.

Todos los habitantes del país, independientemente del rey al que obedeciesen tenían una vida muy dura; pues hacer el papel de fuerte, único, exitoso, divertido… todo el tiempo no era nada fácil. Pero lo más duro era las relaciones. Entre ellos había mucha división desconfianza y competitividad. Todos defendían la doctrina de su rey queriendo imponerla en cualquier situación y lugar como la mejor, la única y la verdadera. El país estaba lleno de micro frentes donde continuamente se libraban millones de batallas,  algunas aunque pequeñas, muy dolorosas.

Así estaban las cosas en ese curioso país, cuando un día sin saber porque un súbdito del rey cuatro, otro del uno, y otro del siete, muy cansados de tanta lucha decidieron dejar de hacer caso a sus respectivos reyes. Los tres tenían mucho miedo a la libertad pero era tan grande el sufrimiento que les suponía seguir obedeciendo y defendiendo las doctrinas y órdenes de sus reyes que se lanzaron de cabeza a lo desconocido.

Su sorpresa fue que a medida que pasaban los días y más negaban y desobedecían la voz de su rey, ellos estaban mejor y más fuertes y su rey más débil, hasta que finalmente el micrófono de su rey dejo de sonar en sus cabezas y dejo de molestarlos. Al desaparecer el ruido de la voz, ahora en sus cabezas había un silencio que los llenaba de paz. Ellos pensaron que mientras más personan apagaran su voz, más paz habría en el país, así que corrieron a desvelar su descubrimiento a los demás.

Los respectivos reyes de estos individuos, al observar que habían sido desobedecidos y desterrados, y viendo sus intenciones, convocaron una reunión urgente de los nueve. Estaban muy preocupados, pues si los demás seguían el ejemplo, y anulaban sus micrófonos, sus reinados estaban en serio peligro. Opinaron que era como un cáncer y que había que luchar y exterminar a las células cancerígenas si no querían acabar siendo expulsados del país para siempre.

Intentaron combatirlos por todos los medios, se volvieron mucho más agresivos e hicieron campañas muy fuertes en contra de los desertores;  los metieron en la cárcel, los tacharon de locos, e incluso asesinaron a algunos de ellos, pero de nada sirvió. Los desertores fueron contagiando a los que tenían más cerca y estos a otros, hasta que finalmente se contagió el país entero. Entre los habitantes ahora, se hablaban sin miedo de sus reyes, y  era voz populi que para desactivar su voz y librarse de ellos, solo tenían que dejar de darle energía desobedeciéndola e ignorándola cuantas más veces mejor.

Ahora todo es diferente, todos son libres no tienen que soportar la pesada carga que les imponía sus reyes y no hay desconfianza ni competición entre ellos, sino todo lo contrario. Ahora,  el país era más próspero y todos se sienten satisfechos y viven felices. Ahora todo es paz.

 

 


 

 

Y se pudo

Era un miércoles por la tarde y Tana como de costumbre había bajado a ver a Coletas.

-Hola coletas, mira que video tan bonito de mi barrio, lo han tomado desde un avión se ve precioso. Las personas parecen hormiguitas andando de un lado a otro. Me gusta mirarlo, lo he visto ya un montón de veces. Tiene algo que me atrae, me da paz, no sé qué es.

-Que no hay juicio.

-¿Juicio?

Coletas le puso a Tana unas gafas mediante las cuales la imagen se acercaba más y más.

-Anda mira, la imagen se está acercando, que bonito, se ve muy bien que son personas. Pero… si esa que está en el parque es mi amiga Julia comiéndose un helado, pues me debe cinco euros, y está con Macarena ¡qué frescas! podían haber avisado. Anda pero si esa es la vecina del quinto que nunca saluda ¡menuda antipática! Veo a mi madre, mira que tranquila está. Y esa, pero… si esa es mi profesora de mates la más gruñona que he conocido, quítala, quítala de mi vista mañana tengo examen… Con esa niña del vestido rojo estoy enfadada desde la semana pasada…

Así, a medida que Tana veía más de cerca a esos bichitos tan monos que le daban tanta paz desde lejos, la paz fue desapareciendo para dar paso a la envidia, la ira, el enfado… y otras emociones menos  agradables.

Tana se quitó las gafas.

-Al acercar la imagen la paz se ha ido. ¿Qué ha pasado Coletas, era tan bonito?

– Que lo has llenado todo de historias. Hay que aprender a mira a las personas sin más.

-¿Cómo si no las conociera de nada? –Pregunto Tana

-Así mismo, como mirabas a esas hormigas, sin juicios ni historias del pasado.

-¿Eso se puede? –Pregunto Tana.

-Podemos probar. Mírame como si no me conocieras de nada –dijo Coletas.

 Las niñas se miraron durante unos minutos sin decir nada, y se pudo.

los zapatos al reves

¿Qué es tener éxito en la vida? Le pregunto a bocajarro Tana a su amiga Coletas.

-Tener éxito es colocarse bien los zapatos.

-No te entiendo Coletas. ¡Qué tienen que ver los zapatos con el éxito!

-Ja, ja, Tana para que lo entiendas tienes que escuchar este cuento.

En un lejano país todos sus habitantes, no se sabe bien por qué, ni interesa mucho saberlo, usaban los zapatos al revés, es decir el derecho en el izquierdo y el izquierdo en el derecho.

-Pero acaso eran tontos.

-No, no lo eran, pero como siempre se  había hecho así, nadie contemplaba otra opción. A los niños desde muy pequeños se le colocaban al revés y se les obligaba a andar con ellos hasta que se acostumbraban.

-Pobres niños, seguro que protestaban.

-Sí pero nadie los hacia caso. En ese país era normal tropezarse, caerse, hacerse daño… todos sufrían pero nadie se paraba a preguntarse si hacían algo mal y buscaban la causa fuera de ellos. Llegaron a la conclusión de que el sufrimiento lo calmaba el dinero. Y se esforzaban por acumular todo el dinero posible pero solo unos cuantos con mucho esfuerzo lo conseguían. Todos los admiraban y los veían como  triunfadores y personas de éxito, pero ellos seguían sufriendo igual a pesar del dinero aunque lo disimulaban muy bien y mostraban una cara sonriente al mundo. Un día uno de ellos  siendo honesto confesó que no era feliz a pesar de tener mucho dinero y lo dejó todo. Se fue a vivir a una cabaña al bosque y fue allí, en medio del silencio y la soledad, donde se dio cuenta de que llevaba mal colocados los zapatos.

-Menos mal, ¡Qué descanso!

-En cuanto se los cambio de pie, el dolor y el sufrimiento desaparecieron. Se puso tan contento que enseguida fue a contárselo a los demás. Al principio nadie lo creía y lo tomaban por loco. Solo con el paso del tiempo los que estaban cerca de él, se dieron cuenta de que andaba mucho mejor, que no tropezaba y que todo le salía bien con menos esfuerzo y algunos empezaron a imitarlo y al comprobar que funcionaba se ponían también muy contentos y así fueron contagiando unos a otros, hasta que todos  acabaron con los zapatos bien puestos y asi acabó el sufrimiento en todo el país.

el duende y su espacio

-Hola Coletas -gritó Tana desde la puerta.

-Hola Tana, ¿de dónde vienes tan contenta?.

-De ordenar mi cuarto -contestó Tana.

-Ahora lo entiendo.

-¿Qué entiendes Coleta?

-Tu buen humor. Atender  y cuidar todos los rincones de tu espacio es muy importante y necesario para encontrarse bien.

-¿Crees que mi alegría viene de ordenar mi armario?

-Mejor te lo cuento

Entonces Coletas sin más empezó a contar su cuento.

-En este bosque encantado vive una colonia de duendes, Cada duende vive en su cueva excavada entre las raíces de los árboles. Viven muchos años y son muy felices, su mundo es un paraíso. Durante la noche salen a pasear y a hacer sus recados, y al llegar el día vuelven a su casa.

Había un duendecillo que no cuidaba ni atendía su casa;  con el tiempo llego a estar tan sucia y desordenada que el duendecillo nunca quería estar en ella. En cuando llegaba la noche  salía corriendo e iba de casa en casa pidiendo que le dejasen estar allí. Muchos duendes se apiadaban de él y lo dejaban pasar algunos ratos en su casa pero al llegar el día tenía que volver a su fría casa. El duendecillo estaba cada día más triste. No me gusta mi casa decía a todo el mundo. Las de los demás son mucho mejores. En mi cueva hace mucho frio, es fea y me aburro. Se pasaba todo el día quejándose. Muchos empezaron a cansarse de él y hacían lo posible por evitarlo, otros dejaron de llamarlo y lo olvidaron, otros por pena lo invitaban a pasar en sus cuevas algunos ratos, pero esto no solucionaba el problema, pues cuando llegaba a su cueva volvía a sentir frio e incomodidad. Estaba tan triste que apenas tenía energía y  no sabía qué hacer. Para estar mejor, tan solo se le ocurría salir de su cueva y pasar en ella el menor tiempo posible. Su cueva, totalmente abandonada, cada vez estaba peor y ya tenía grietas por donde entraba el viento y la lluvia. “Pobrecillo”, decían los que lo conocían, “da mucha pena”. Nadie sabía cómo ayudarlo, algunos habían intentado limpiar y ordenar su casa pero a los pocos días estaba otra vez sucia. A veces hablaba mal de los que intentaban ayudarlo y los culpaba de su tristeza. Llegó un día en que no le quedó nadie a quien visitar, cuando anochecía no sabía dónde ir, pues todos estaban muy cansados y no le abrían las puertas de sus casas. Estaba solo y muy triste. Miró a su alrededor y pensó quizás pueda arreglar un poco mi casa. Se levantó y empezó a limpiar muy despacito, cuando terminó se dio cuenta de que estaba mejor. Al día siguiente se levantó con ganas de seguir arreglando su espacio y poquito a poco fue colocando cada cosa en su lugar, tapando grietas y limpiando los rincones hasta que un día se dio cuenta de que su espacio se había vuelto un lugar muy bonito y que ya no tenía necesidad de visitar otros para encontrarse bien. “¡Qué bien estoy en casa!” exclamó. Ahora salía contento a visitar a otros duendes, ya no se quejaba de su cueva, ni culpaba a nadie, estaba tan contento en ella que algunas veces elegía no salir. Cuando dejó de necesitar estar fuera, otros duendes empezaron a ir a buscarlo y a visitarlo en su agradable casa y volvió a tener muchos amigos.

-Me ha gustado tu cuento Coletas al final el duende dejó de quejarse y se hizo responsable de su casa.

-Aquí en nuestro mundo cada uno debemos cuidar de nuestra casa; el espacio en el que vivimos.

-Pero no podemos estar todo el día limpiando y ordenando la casa -dijo Tana- eso es muy aburrido.

-Ja, ja -se rio Coletas.  En nuestro espacio hay muchas cosas. Lo más cercano es tu armario; el armario está en tu cuarto, tu cuarto en tu casa, tu casa en tu barrio, tu barrio en tu ciudad… y también hay muchas personas dentro de tu espacio: tus padres, tus amigos, tus profesores debes respetarlos a todos y no aburrirlos con quejas y enfados. Tu espacio es tu mundo y tu mundo es tu responsabilidad.

-Uff pues sí que es grande nuestra casa/espacio, no sé si podré con todo.

-Sí puedes, todos pueden. El truco es empezar por lo más pequeñito, lo más cercano; nuestro armario y nosotros mismos, cuidándonos ordenándonos con mimo, paciencia y amabilidad. Un día cuando has conseguido el primer pasito, observaras que ese orden y ese cuidado se ha extendido a todo tu cuarto y más tarde a tu casa y a las personas que hay en ellas, y un día observaras que el hábito  también afecta a tu barrio, tu  ciudad; ya no tirarás papeles al suelo, serás amable, sonreirás a tus vecinos, profesores… y luego ese cuidado que empezó en el centro de tu espacio, en ti y en tu armario,  se irá haciendo más y más fuerte y más grande y alcanzará a muchas personas y llegará todos los rincones de tu espacio inundandolo todo como la luz o el agua.  Tu espacio será bonito y contagiará a otros, y cuando todos mimemos nuestro espacio como los duendes, el mundo se transformara en un paraíso  lleno de espacios maravillosos donde todos viviremos felices.

– ¿Cómo será ese Paraíso?

-No lo sé, pero creo que merece la pena intentar averiguarlo, ¿no crees Tana?

Estoy aquí

Era sábado por la  tarde y Tana no solía pasarse por allí los sábados, por eso a Coletas le extraño verla aparecer.

-Hola Tana ¿qué haces hoy aquí?

-Tengo un lio muy gordo en la cabeza y quiero hablar.

-Cuéntame –dijo Coletas sentándose en la yerba.

Tana se sentó a su lado y empezó a hablar sin parar “entones me dijo… y yo le conteste….no sé cómo pudo…Yo creo que…me parece a mí… y claro, como yo digo…se lo dije… lo sabía… ya se lo había dicho yo a ella… y para finalizar dijo muy seria:

-¿Tengo o no tengo razón?”

Coletas que no había abierto la boca durante todo el tiempo dijo:

-No lo sé, pero sé quién te ha contado todo eso.

-¿Quién me ha contado qué?

-Todo lo que has dicho, esa no has sido tú.

Tana la miró muy extrañada.

-¿Pues quien sino?

-Ha sido Men. la conozco. Le gusta mucho opinar de todo

-¿Men?

-Sí, te acuerdas, te he hablado de ella, y de Res. Men es esa vocecita parlanchina que está en tu cabeza narrándote todos los pensamientos. No debes creerla.

-Pero yo he visto casi todo lo que te he contado, ¡ha pasado!

-También pasó por aquí una nutria camino de rio, pero si miro ahora ya no está.

-Pero pasó.

-Sí, pero ahora no está pasando. ¿Tú la ves?

-No –dijo Tana con cara de asombro.

-Men, es muy habladora y siempre habla y opina de cosas que no están aquí. Si la escuchas te distraes y no te enteras de lo que está ocurriendo aquí ahora, en este momento.

-¿y qué ocurre aquí?

Coletas levanto la vista.

-Aquí está Res, calladita acompañándote. Los arboles están despertando del invierno, y las hormigas, míralas como trabajan,  hay una urraca mirándonos desde ese peral, en esa retama hay dos gorriones jugando, seguramente sean novios, y allí una lagartija tomando el sol, y esa araña está esperando que alguien caiga en su trampa, y tres mariposas, dos amarillas y una blanca, y un caracol con los cuernos al sol, mira el charco está lleno de renacuajos, ¿te has fijado en cuantas margaritas han salido en estos días? Espera… hay una abeja cogiendo néctar de alguna flor ¿las oyes?

-Sí, está allí –dijo Tana señalando una jara llena de flores.

-También está el sonido del arroyo, y el trino de los pájaros, el sonido del viento ¿y qué me dices de los olores? Huele a menta poleo debe haber una planta cerca.

Coletas se cayó.

-Pues sí que pasan aquí cosas. Es verdad. No me había dado cuenta.

-Es porque no estabas. Estabas atendiendo a Men. Tienes que aprender a estar aquí.

-Y si Men me distrae con sus charlas, ¿la mando callar?

-No, no discutas ni te enfades con ella solo déjala hablar.

-Pero es muy difícil no escucharla. No puede evitarlo.

-Sí, pero cuando la escuches puedes hacer dos cosas.

-¿Dos cosas? –preguntó Tana

-Sí dos; una creértela, dos no creértela. Si no te la crees ella sola se va. Volverá  más y más veces, pero cuanto menos veces te la creas menos aparecerá hasta que se canse y no te vuelva a visitar. Yo haría lo mismo.

-Y yo -dijo Tana pensativa. Parece difícil

-No es difícil,  pero hay que entrenar muchas veces.

-¿Cómo entreno?

-Eso es lo bueno, se puede entrenar a cualquier hora y en cualquier lugar; se trata de estar siempre en el lugar que estés con todos los sentidos y hacer lo que estés haciendo con todas las ganas. Si en casa haciendo tu mochila, tienes que estar solo haciendo tu mochila, si te bañas solo atiende al baño, cuando comas atiende a la boca, la comida, si lees, lees, si pintas, pintas…

-Parece sencillo, pero… ¿y si Pe dice algo importante?

-Lo normal Tana. Si te parece importante la atiendes. Yo tengo un truco, si cotorrea del pasado o del futuro no la escucho.

-Buen truco Coletas, me pongo ahora mismo a practicar.

Las niñas se despidieron hasta el próximo día.

la partitura del silencio.

Tana y Coletas aquella tarde se habían sentado en un banco del jardín. De repente Coletas sacó un cuento de su mochila.

-¿Quieres escuchar un cuento? –preguntó.

Tana cogió el libro, su portada estaba cubierta de rosas.

-Que pasta tan bonita, seguro que me va a gustar, empieza ya Coletas –dijo devolviéndole el cuento.

Coletas lo abrió  y aunque el cuento no tenía letras solo paginas llenas de rosas, comenzó su relato como si leyera los bonitos dibujos.

-Había una vez un hermoso jardín, donde crecían rosas de todas las variedades, eran preciosas. El jardín tenía una rosa principal; la directora de orquesta, la encargada de la música que sonaba en el jardín y la responsable de la armonía, que se supone, debe reinar entre las rosas.

 Cuando las rosas eran pequeñas, la directora se dejaba llevar por la música de silencio, que había nacido con ella y ella y todas  bailaban al son. Era bonito verlas bailar con sus torpes movimientos llenos de amor y respeto.

Pero a medida que crecían, la directora empezó a cambiar la partitura original. Al principio solo unos acordes, luego fueron dos, luego tres y así poquito a poquito, sin darse cuenta, inconscientemente, la directora, fue y sustituyendo la partitura del silencio por una de su absoluta invención que sonaba muy mal.

Cuando llevaba un tiempo dirigiendo el jardín, con la nueva partitura, empezó a notar que no le gustaba nada la danza de las rosas. Era un baile violento y descortés con sus compañeros, había muchas luchas por el espacio, se golpeaban entre ellas y se clavaban las espinas.

“No me gusta nada este baile se decía muy triste. Mi jardín es un auténtico caos, no existe la armonía entre las rosas”, se lamentaba sin sospechar de su partitura. Pasaban las semanas y cada día estaba más triste. “¿Por qué bailáis así?” Les preguntaba a las rosas. Un día decidió hablar con ellas una por una y muy seriamente para decirles cómo debían bailar. “Tú no te estires tanto, tú retírate un poco y controla tu tallo, tú no te retuerzas, tú debes tener cuidado con las hojas…” así corregía a todas, pero sus esfuerzos no daban resultado, pues aunque parecía que la obedecían y corregían sus movimientos, como no cambiaba de partitura, en poco tiempo todas volvían al baile violento que les marcaba la partitura. Mientras ella no paraba de ir de un lado a otro corrigiendo a las rosas que estaban fuera,  y dirigiendo su horrible partitura que era la única culpable . La pobre que no entendía que lo que tenía que cambiar estaba dentro de ella  y no fuera,  estaba empezando a enfermar de agotamiento y sus pétalos empezaron a marchitarse y caer.

-Valla lio gordo tiene la directora en su jardín! ¿Cómo lo solucionó?- preguntó Tana.

-Un día, muy cansada y muy triste se rindió, soltó la batuta, y entonces la música dejo de sonar  “¿Qué ha pasado?” Se preguntó. En el jardín reinaba un gran silencio; la música del silencio original. Miró, todo era brillante y bonito en el jardín. Una gran paz inundaba todo. De repente volvió a dirigir con su partitura, y con ella volvió el caos. “¡¡Es mi partitura!!” Se dijo, “¡¡ellas bailan a su son!!. La solución es parar y dejar sonar al silencio.”

-Por fin se dio cuenta, me alegro –dijo Tana.

 -Ella también se puso muy contenta con su descubrimiento. Entonces miro su partitura detenidamente y se preguntó cómo había podido estar tanto tiempo dirigiendo esa música tan horrible, y hasta le entro un poco de risa. Tanto esfuerzo y sufrimiento intentando corregir a todas las rosas del jardín, cuando la solución era tan sencilla.

En los siguientes días, de vez en cuando, por la costumbre le venían acordes de la partitura que había estado dirigiendo los últimos años, pero como la conocía muy bien y estaba muy atenta, enseguida se daba cuenta y paraba. Y así, otra vez poco a poco tal como empezó, pero esta vez conscientemente, la música fue dejándose de oír en el jardín y transformo el baile de todas las rosas y haciendo que la armonía y la paz volvieran a él.

-Todo acabó bien y el jardín está precioso, su directora debe estar muy contenta –dijo Tana. -Ya lo creo, nunca más olvidara su experiencia, y aun se ríe acordándose de esos días de locura que su partitura le hizo pasar.

La vida

 

Una Tarde paseando por el jardín Tana le preguntó a Coletas.

-¿Qué es la vida?

-La vida es respirar.

-Solo respirar.

-Solo eso.

-Pero yo creía que la vida era diversión, juerga, amigos, fiesta, fama, dinero…

-Quien te contó eso te mintió. Nada de eso es vida. Eso, junto con los problemas forma parte del contenido, del mundo.

-Si no vives cada momento no vives. La vida es dar un paseo, comer, descansar en un banco, pintar un gato, leer un libro, estar con tus padres en silencio, tomar un vaso de agua, eso es estar vivo eso es vivir. El que no puede apreciar esos pequeños momentos,  el que no siente su respiración ni el silencio no vive, no está con la vida. Estar vivo es estar consciente de lo que está pasando en ese preciso momento y aceptarlo tal y como es. Nada te falta si respiras. Sentir la energía de tu cuerpo, el aire que entra y sale de él y poco más. Observa un árbol, está lleno de vida, vive, respira, se nutre, no hay nada más. Todo lo demás es historia, es tiempo pasado y futuro, todo lo demás no ocurre aquí, todo lo demás ya no existe. Deja de pedirle a la vida que te dé y dale tu presencia.  Si estas fuera de la vida, la vida no puede hacer nada por ti, siéntate con ella, atiéndela y tendrás tu recompensa en el contenido.

-Me gusta lo que dices.

-Las palabras son vanas. No arreglan nada. Si no lo pones en práctica no te servirán.

-¿Podemos practicar ahora?

-Bien Tana,lo entendiste. Solo puede ser ahora.

 

 

 

 

 

El niño luciérnaga

Flores en otoño

 

Este era un día soleado de otoño. Tana y Coletas estaban sentadas en un banco viendo caer las hojas de un olmo. De pronto Coletas preguntó.

―¿Qué pensara el árbol cuando se le caen las hojas? ¿Sentirá miedo o vergüenza al quedarse desnudo?

―El olmo no piensa, las plantas y los animales no pueden pensar ―respondió Coletas.

―Es verdad. A mí a veces me gustaría ser un árbol o un animal parar dejar de pensar. Sobre todo, cuando lo que pienso me hace sentir mal, pero no sé cómo hacerlo.

―En uno de mis viajes ―dijo Coletas―, conocí un pequeño país aislado dentro de un volcán apagado, en el que todos aprendieron a dejar de pensar, es una historia muy bonita.

―Quiero oirla Coletas.

Tana se puso cómoda y Coletas empezó su relato.

―Este era un país aislado totalmente del resto del mundo, no tenía contacto con ningún otro ni tampoco conocía la existencia de ellos.

―Entonces creían que estaban solos en la tierra.

―Sí, así era. Los habitantes de este volcán eran verdes, no sé bien por qué, y eran muy inteligentes. Conocían muchas leyes físicas y tenían todos los adelantos que puedas imaginar.

―¿Sabían más que nosotros? ―pregunto Coletas.

―Sí mucho más, ellos estaban más avanzados en todos los terrenos que nosotros. Sus ciudades eran muy bonitas, no tenían atascos y los médicos disponían de máquinas asombrosas para ver lo que pasaba dentro del cuerpo. Vivian muchos años y estaban muy sanos, pero había una cosa que no habían logrado; la paz.

―¿Quieres decir que  a pesar de lo listos que eran también se enfadaban entre ellos como nosotros?

―Así era ―dijo Coletas― Un día ―continúo contando― , nació un niño entre ellos con una rara enfermedad; brillaba mucho, era como si dentro tuviese una bombilla encendida. Lo dejaron en el hospital para estudiarlo.  A las pocas semanas después de muchas pruebas sin ningún resultado, lo mandaron a casa y decidieron observar como evolucionaba la enfermedad con el crecimiento. A los padres les dijeron que era una enfermedad rara y desconocida, a la que bautizaron como el síndrome de la luciérnaga.

Así pasaron los años. Todos se habían acostumbrado a verlo y a nadie le extrañaba su rara enfermedad. El niño luciérnaga se hizo famoso en todo el país. Era muy querido y admirado entre sus vecinos, pero no por su rara enfermedad.

―­¿Por qué se hizo famoso, Coletas?

―Por su Felicidad. Era considerado por muchos como el hombre más feliz del universo. Algunos científicos se fijaron en él y decidieron estudiarlo para ver si esto estaba relacionado con el síndrome de luciérnaga.

“Tenemos que hacerte unas pruebas”, le dijeron. Él accedió con mucho gusto, pues era muy amable y siempre estaba dispuesto a colaborar. Después de varios días de pruebas descubrieron que la única diferencia con el resto, era que en su cerebro había un pequeño error: la conexión neuronal con la que se emiten los juicios y las opiniones estaba desconectada, por lo que el niño luciérnaga carecía de pensamientos acerca de las situaciones y las personas. “No puede hacer juicios”, concluyeron los científicos, “su cerebro no le permite opinar”.

Algunos dijeron que para saber si esa era la causa de su felicidad deberían cortar esa conexión en personas tristes y deprimidas y ver si mejoraban. “Antes de dar ese paso, deberíamos hacer más pruebas”, dijo el más anciano. Todos estuvieron de acuerdo en seguir investigando.

Para ello inventaron unos cascos lectores de pensamientos conectados por ondas a una impresora.  Le pusieron uno al niño luciérnaga y otro a una persona normal para que se imprimiera todo lo que ocurría dentro de sus cabezas.

Nada más salir del hospital con sus cascos, se encontraron con un conocido al que estuvieron saludando. Al despedirse, mientras que el casco del niño luciérnaga no detectaba pensamientos,  el otro estaba echando humo; pensamientos  sobre la persona que habían saludado, su aspecto, la conversación que habían mantenido, su estado de ánimo… no paró hasta que llegó a la cola del supermercado donde habían entrado a comprar y entonces allí cambió los pensamientos por los de esa nueva situación; que si el cajero era torpe, que si la señora que tenía delante era una pesada… esa cabeza no paraba de crear opiniones mientras que la del niño luciérnaga seguía totalmente tranquila y quieta. Al final del día la impresora conectada al casco de la persona normal, se había quedado sin tinta y sin papel mientras que el del niño luciérnaga solo tenía algunos pensamientos prácticos y ninguna opinión.

Hasta los científicos quedaron asombrados de la cantidad de opiniones que se podían emitir en unas horas y decidieron probar con otras personas diferentes por si ese fuera un caso anormal. Después de varias pruebas comprobaron que todos tenían una cantidad alarmante de pensamientos.

Los científicos lo tenían claro que la falta de juicios y opiniones era la causa de la felicidad del niño Luciérnaga.

―¿El síndrome de la luciérnaga era una enfermedad buena?

―Sí, hacia a las personas felices, por eso decidieron pasar a la acción cortando la conexión neuronal a las personas más tristes y deprimidas. La operación fue un éxito y en todos los casos las personas, comenzaban a brillar como el niño luciérnaga.

―Todos pensando que el niño luciérnaga estaba enfermo y los que estaban enfermos eran todos menos él ―dijo Tana.

―Así fue,  nació un niño sano en un país donde todos estaban enfermos y no lo sabían.

“Gracias al síndrome de la luciérnaga hemos descubierto la cura de la tristeza”, dijeron los científicos. Pasaron un tiempo operando a todas las personas tristes y en poco tiempo la ciudad se llenó de personas luciérnagas, y como si de una epidemia se tratara, rápidamente se extendió la nueva forma de vivir por toda la ciudad. Ahora lo raro en el País del volcán era no brillar.

Las niñas se despidieron hasta otro día con un largo abrazo.

No sin mi maestra

No sin mi maestra.

 

Corría el mes de mayo del año 2018 y los niños de la guardería de Cabeza del Buey, un pueblecito de la provincia de Badajoz, estaban muy preocupados. Se rumoreaba por el patio, que para el año siguiente tendrían que abandonar su pequeño colegio, en el que tan bien lo pasaban, para ir al cole grande; también conocidos por todos como el de la puerta gigante. Pero lo peor y lo que más les preocupaba a los niños, era que Ana, su querida maestra no iría con ellos.

―Tenemos que hacer algo ―dijo Andrés a Matías durante el recreo, mientras esperaban turno para tirarse por el tobogán.

―Nos vemos detrás de la casita para hablar, díselo a los demás ―le respondió Matías.

En cinco minutos, todos los niños de la clase estaban reunidos en el punto acordado. La maestra, extrañada de que hubiese tanta tranquilidad en el recreo se acercó a ellos y preguntó.

―¿Qué pasa hoy niños?

―Nada, estamos hablando de nuestras cosas ― contestó Amparo poniendo cara de interesante.

La maestra se retiró sonriendo para que hablasen tranquilos.

―Le podemos escribir una carta diciendo que van a cerrar este cole y que tiene que irse al otro urgentemente ―sugirió Carmen.

―Hay un problema; no sabemos escribir ―dijo Diego.

―Es verdad, eso es un problema gordo ―apuntó Alberto.

Quedaron todos en silencio pensando por unos segundos, y de pronto Jesús dijo:

― ¡Ya lo tengo!, podemos traer ranas de la charca y soltarlas en la clase, seguro que le dan miedo y no querrá quedarse aquí.

A todos les pareció muy buena idea. Como era viernes, decidieron pasar el fin de semana cogiendo ranas en las charcas y arroyos del pueblo, y el lunes llevarlas al colegio para poner en marcha su fantástico plan.

Ranita de San Antonio.

Llegó el lunes y todos nerviosos se hacían señas en la fila, guiñándose los ojos y haciendo gestos con las manos. La mayoría traían una rana en su mochila. Una vez en la clase se pusieron de acuerdo para soltarlas todas a la vez.

―Una rana, una rana. ―gritó Carlota subiéndose a su silla.

―Una rana ―gritó Saúl desde el otro lado de la clase.

―Aquí hay otra ―chilló Sofía.

En un momento, La clase se llenó de ranas saltando por todos los rincones y niños corriendo y gritando.

La maestra, que iba de un lado a otro gritando también y cogiendo ranas no sin dificultad, pues, como todo el mundo sabe, esos bichitos son muy escurridizos, acabo despeinada y con la cara muy roja, pero por fin, consiguió meterlas a todas en un bote.

―¿Pero, qué ha pasado aquí? ¿Quién ha traído todas estas ranas? ―preguntó Ana colocándose el pelo en su sitio.

―Han venido ellas solas ―dijo Sofía muy deprisa.

―Entraron por la ventana ―continuó Alberto señalándola.

―Este cole es muy peligroso ―dijo Diego muy serio poniendo cara de preocupación.

―Es mejor que no vuelvas, deberías venirte con nosotros al cole grande ―dijo Andrés.

―Eso, eso, eso ―gritaron todos a la vez.

―Qué tonterías estáis diciendo. Las ranas son inofensivas. Me gustan mucho. Esta tarde las llevaremos al Arroyo de Buey que es donde tienen que estar, vamos a ordenar la clase entre todos, y después saldremos un ratito al patio―dijo Ana, la maestra.

Los niños no se dieron por vencidos, y en el patio siguieron hablando:

―Tenemos que hacer otra cosa, la maestra es muy valiente, lo de las ranas no ha servido ― habló Darío.

―Pero lo hemos pasado muy bien ―dijo Saúl con cara de malo.

―¿Y si le decimos que hay un fantasma? ―exclamó Zacarías.

―¡Claro! Eso es mejor ―dijo Amparo―seguro que los fantasmas sí le asustan.

Se volvieron a juntar detrás de la casita para decidir cómo hacerlo y en poco rato estaba todo planeado.

Al día siguiente en el momento acordado Zacarías se escondió debajo de la mesa y empezó a hacer ruidos como si fuera un fantasma.

―Uuuuhhh

―¿Señorita ha oído eso? ―preguntó Amparo.

―No he oído nada ―dijo la maestra.

―¡Más fuerte! Zacarías, no se oye ―dijo bajito Amparo agachándose y metiendo la cabeza debajo del pupitre.

―UUUUUHHHH― repitió Zacarías tan alto que retumbó en toda la clase.

―¡¡¡Un fantasma!!! ―gritó Alberto.

Entonces todos empezaron a correr gritando; un fantasma, un fantasma, un fantasma… La maestra los miraba asombrada.

―Todos a vuestras sillas ―ordenó.

Lo niños pararon de correr y se fueron colocando en su sitio poco a poco.

―Señorita esta clase es peligrosa hay un fantasma suelto ―dijo Darío sentándose

―Sí, lo hemos oído todos, da mucho miedo ―dijo Saúl

―Es mejor que no se quede aquí sola ―insistió Darío.

―Tiene que venirse con nosotros al cole grande ―dijo Diego.

―Eso, eso, eso ―dijeron todos gritando a la vez.

La maestra que sospechaba lo que pasaba los tranquilizó, y cambiando de tema les dijo:

―Tengo una buena noticia para vosotros, mañana iremos todos de excursión a un sitio muy bonito y os presentaré a alguien muy especial que estoy segura de que os va a gustar mucho.

―¿Dónde iremos? ―preguntaron.

―Es una sorpresa.

Al día siguiente todos los niños estaban preparados en la fila con sus mochilas muy nerviosos e ilusionados por la sorpresa que les había preparado su maestra.

La maestra los llevó dando un paseo hasta cole grande. Pararon justo delante de la gran puerta gris que tan poco les gustaba. La maestra dio unos golpes en ella. Estaban asustados y se sentían muy pequeños junto a esa puerta tan grande, tan seria y tan aburrida. Al cabo de unos minutos la puerta se abrió y todos pasaron agarrados a las piernas y las manos de su maestra mirando para todos lados. Para su sorpresa, detrás de la gran puerta, la cosa era mejor de lo que ellos imaginaban; había un patio con muchos columpios, y un jardín, lleno de árboles y plantas, para jugar. Los niños rápidamente dejaron el susto a un lado, se subieron a los columpios y empezaron a correr y a jugar por el jardín curioseando cada rincón. Después de un rato jugando la maestra los llamó. Formaron una fila y en orden, entraron en una clase muy bonita con ventanas grandes y muchos juguetes, dentro los estaba esperando una maestra muy simpática que los recibió muy contenta dándoles un abrazo a cada uno y llamándolos por su nombre. Los niños anduvieron por toda la clase mirando y tocándolo todo. Había muchos cuentos y puzles, los sacaron y jugaron en las mesas, en el suelo. Por toda la clase se oían risas y gritos. A la hora de marchar y después de recoger la maestra les dijo:

―Este es el cole grande y esta es vuestra nueva maestra. Aquí vendréis el año que viene.  ¿Qué os parece? ―les preguntó.

―Me gusta este cole ―afirmó Carlota.

―Se está muy bien ―dijo Sofía.

―Es muy divertido ―apuntó Alberto.

Lo niños siguieron opinando mientras salían, y todos estaban muy contentos.  Después de la visita no volvieron a tener miedo al nuevo cole y aunque les daba mucha pena separarse de su maestra, sabían que ella no podía ir con ellos, pues, tenía que quedarse en su sitio para enseñar a los niños más pequeños que llegarían a su clase cuanto ellos se fueran.

campo extremeño

Hola, hacia tiempo que no salía  con la cámara de fotos al campo y el sábado pasado me anime a hacerlo. Acompañando a mi marido, mi chico, mi pareja.. como cada uno quiera llamarlo, a un asunto de trabajo, llegue a este paraje; una finca sin arboles solo de matorral.  Había retama, lentisco, y acebuche principalmente. Ya sabéis que pasear por el campo es siempre un placer para mi que no me canso de recomendar a todo el mundo. En verano el color amarillo pajizo de lo seco, contrasta con el verde de los matorrales haciendo una combinación de colores que siempre me ha gustado mucho.

 

Hormigas, todo el día trabajando sin parar en fila india de acá para allá. Este año tendrán repletas sus despensas pues el verano se ha alargado mucho y ellas siguen trabajando, deben estar un poco cansadas,  este invierno no va a faltar nada dentro de su hormiguero. Como se lo  coman todo van a salir gordisimas.

 

 

 

También pude fotografiar otros bichos y animales aquella tarde,  que acabo paseando por Jerez de los Caballeros,  un pueblo precioso donde nació, entre otros,  el descubridor del pacifico Vasco Nuñez de Balbola. Para los que no lo conozcáis os animo a descubrir a este gran descubridor que tuvo una vida, llena de aventuras y, de lo mas curiosa e  interesante.