Respinsar

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Recuerdo muy bien el día que aprendí a “respinsar”, me enseñó Coletas. Ella sabe muy bien lo que necesito en cada momento.

Aquella tarde llegué al jardín un poco nerviosa. Pronto me darían las notas de verano y no podía dejar de pensar en ello. Tenía muchas dudas sobre el examen de matemáticas que había hecho esa misma tarde. Eché un vistazo rápido buscando a Coletas, y, al no verla esperándome como de costumbre, la llamé poniendo las manos en la boca a modo de altavoz:

―¿Dónde estás, Coletas?

―Estoy aquí, Tana —me respondió muy tranquila desde su hamaca de rayas amarillas.

―¿Estabas dormida? Perdona si te he despertado —me disculpé.

―No me has despertado —me dijo―. Estaba “respinsando”.

―¿”Respinsando”? ¿Qué es eso?

―Juntar a Men con Res.

―Qué cosas tan raras dices; hazme un sitio —le dije acomodándome en la hamaca junto a ella―. Cuéntame, ¿qué es eso de juntar a Res con Men? No veo a nadie por aquí. ¿Quiénes son? ¿Las conozco? ―la interrogué dispuesta a averiguar qué era lo que quería contarme con esa nueva palabreja.

—Claro que las conoces, Tana —me dijo sonriendo―. ¿Jugamos a ver si lo adivinas?

― Sí. Dame pistas ―le respondí.

―Res es muy calladita, no hace ruido y trabaja en silencio hasta por la noche —explicó Coletas —. Men es muy activa; es como un torbellino, solo descansa cuando dormimos.  Ayuda mucho con las matemáticas, y con otras cosas. También distrae, hace llorar y reír…

―¿Y dices que las conozco? ―le pregunté extrañada.

―Sí; las conoces muy bien.

―¿Viven cerca de mi casa?

―Viven en tu casa, están siempre contigo.

―¿Son bichillos? ¿Como mosquitos, arañas o grillos? ―aventuré.

―Frío, frío.

―¿Cuántos años tienen?

―Los mismos que tú ―me dijo―, nacisteis el mismo día.

―¿Las veo todos los días?

―Son invisibles —me dijo muy misteriosa.

“¿Invisibles? Esto es demasiado”, pensé.

―Me rindo, Coletas. ¡¡Dímelo ya!! —dije poniendo las manos en alto—. Es tan misterioso que creo que no lo averiguaré en toda la tarde.

―Te lo diré; porque esta tarde te noto un poco despistada ―me dijo―.  Res, es la respiración y Men es la mente, esa que siempre está en el cuarto de los pensamientos atendiéndolos y escuchándolos. Respinsar, como la misma palabra dice, es llevar la mente a la respiración.

―Eso parece muy aburrido ―dije un poco desilusionada―. ¿Para qué sirve?

―Sirve para hacer descansar a Men. Atender pensamientos todo el día es muy trabajoso, sobre todos porque algunos son muy pesados y no sirven para nada.

―¿Y eso cómo se hace? —pregunté un poco harta de los pensamientos del examen de matemáticas.

―Al principio cuesta y parece aburrido, muchas veces Men vuelve al cuarto de los pensamientos porque no está acostumbrada a tanto silencio ―explicó Coletas―. Pero cuando se conocen, se escapa ella sola. A las dos les gusta estar juntas. Men se tranquiliza y descansa de tanta actividad.  Y Res se pone contenta, al fin y al cabo, a todos nos gusta que nos presten atención de vez en cuando.

Me animé a probarlo, total, estar pensando en que iba a suspender matemáticas tampoco era divertido.

Cerré los ojos, la mente estaba atendiendo pensamientos que no paraban de surgir “Seguro que suspendes”, “Tendrás que estudiar este verano”, “Creo que me equivoqué en el ejercicio segundo” …

Entonces, como me había explicado Coletas, saqué a la mente de la sala de los pensamientos de mi cabeza; cerré la puerta despacito y la llevé a mi respiración, donde no había charlas.

Sentí cómo entraba el aire fresquito de la tarde por mi nariz, cómo hinchaba mi barriga y mi pecho y cómo salía por la boca más caliente. Me fijé por lo menos cuatro veces y me sentí muy bien.

“Esto funciona”, pensé. Luego me concentré en relajar mis pies, sentí un hormigueo que subía por mis piernas y relajé también las manos.

No sé cuánto tiempo había pasado cuando Coletas me dijo bajito:

―Tana, ¿jugamos a algo?

Me olvidé por el resto de la tarde de la nota de matemáticas, que resultó ser bastante buena, y la pase jugando con Coletas a veo, veo, adivinanzas, subiendo a los arboles a por fruta… Ahora, muchas veces me sorprendo respinsando; en la parada del autobús, cuando camino, cuando me visto, o cuando espero a alguna amiga tardona. Como siempre, Coletas sabía lo que decía; no es nada aburrido eso de respinsar.

La receta

LA RECETA

 

-¿Dónde estás? –pregunto Tana  mirando a su alrededor.

– Estoy aquí  -contesto Coletas-.

Tana,  la encontró debajo de un gran naranjo   mirando al cielo. Era una tarde de primavera, hacia solo algunos minutos que  había caído un chaparrón. En el suelo  había   charcos. El aire estaba limpio y olía muy bien. 

 -¿Qué miras? -pregunto Tana corriendo a su lado. Quizás este viendo a un  pájaro hacer el nido  pensó-.  ¿Algún pájaro? -Le pregunto.

-No,  solo miro  las ramas de este naranjo, tienen una buena cosecha,  como todos los años.

-Se ve muy bonito – dijo Tana fijándose en  el cielo que asomaba detrás de las ramas-. Pero no veo las naranjas.

-Fíjate bien Tana, están  arropadas por las hojas.

Tana miro  con  atención,  y finalmente dijo:

-¡Ahora sí, ya las veo!, gracias por la pistilla Coletas. ¡Cuántas hay!  -exclamó  expresando  gran asombro-. Son del mismo verde que  la hoja, por eso no las podía ver,  ¡que pequeñas!

 – Ahora, tienen que engordar y cambiar de color. Es época de mucho trabajo para el árbol, por suerte,  luego tendrá sus vacaciones y podrá descansar – dijo Coletas.

-¡¡Vaya!! -Exclamo Tana-, No  sabía que los arboles trabajaban y tenían vacaciones.

 <<Así que, ahora estás trabajando – le dijo al naranjo muy bajito acercándose  a su tronco con curiosidad-,   pues no lo parece,   estas  muy tranquilo –pensó-.  Quizás trabaje por dentro  -se dijo-, y acerco  el oído al tronco   esperando oír algo parecido al  ruido  de maquinas,  cadenas o motores moviéndose.  Pero  para su sorpresa, oyó un murmullo. <<Parecen voces –dijo->>, y bastante más intrigada,  pego la oreja aún más

– ¡¡No puedo creerlo!! – exclamo  retirándose rápidamente-, ¡¡son quejas!!  <<Tanto trabajar, ¡qué gran injusticia!>>- escucho claramente.

Tana,  repuesta un poco del susto y la sorpresa,  comenzó  a darle  vueltas al tronco buscando la manera de  ver qué pasaba dentro. Miro por un agujerito que había a la altura de sus ojos, pero no vio nada, se subió a las ramas, desde  allí tampoco lograba ver.  Al fin,  encontró en el suelo muy cerca del tronco una rendija en la tierra. Agachada, metió el extremo de  una pajita por ella,  y miro  por el  otro  volviéndola en todas las direcciones.  Esto por fin  funciono. Lo veía claramente,  eran las raíces.  Bajo la tierra, se movían  de un lado a otro sin parar de trabajar, y quejándose todo el rato .  Por su derecha tres de ellas se quejaban del suelo.

 -No sé cómo vamos a hacer,  este año el suelo está fatal.

  -Hay muy pocos minerales.

 -¡Así no se puede! –Exclamaba la tercera-, esta muy duro.

Por la izquierda, otras tantas se quejaban del clima.

– Si  nos diera más el sol,

 -Si el aire no fuera tan frío.

 – Si lloviera un poco más.

– Si la lluvia fuese más fina…

 Se movían muy deprisa de un lado a otro,  incluso chocaban  y se hacían nudos.

– Perdona,  ya me quito -decía la del centro.

– Aquí hace falta un semáforo  -Opinaba otra de mal humor-, así no hay quien trabaje.

-Hay que ir con más cuidado. Tenéis que fijaros más – decía  una de las más gordas-, y  no  olvidéis lo más importante –dijo subiendo la voz-:   Seguir LA RECETA al pie de la letra – diciendo esto-,  señalo  hacia la base del tronco estirándose todo lo que pudo.

Tana, dirigió la pajita, no sin esfuerzo,  en la misma dirección, y vio un gran cartel  donde estaba escrita a fuego LA RECETA; En primer lugar los ingredientes con las cantidades exactas,  debajo las instrucciones, explicadas por orden  con todo detalle. Ahora sí que no entendía el motivo de tanta quejas. <<Solo tienen que seguir la receta, para hacer naranjas –pensó-,  parece fácil, entonces, ¿Por qué se quejan tanto? >>. Como era una niña muy curiosa,  decidió averiguarlo.

-Hola, ¿qué hacéis? Pregunto  a modo de saludo para romper el hielo.

-Lo que faltaba,  una curiosa -dijo la raíz más gorda -.  ¿Acaso  no lo ves?   Estamos trabajando. No nos distraigas podemos confundirnos con los cálculos.

-Y, ¿porque os quejáis tanto? ¿Cuál es el problema? ¿Necesitáis algo?

Una de las raíces de la derecha, le contesto muy amablemente.

-Lo que nos pasa, es que siempre tenemos mala suerte. Todos los años trabajamos para nada.  A nadie le gustan nuestras naranjas. Siempre se quedan colgadas en el árbol, y es muy pesado cargar con ellas. Dicen que  no son  dulces y que les falta jugo.  Ahora  tengo que trabajar – dijo mientras se alejaba murmurando-, siete gramos de potasio, 50 de magnesio.

-¿Habéis pensado en cambiar la receta? –Se atrevió Tana a preguntar-. A veces las recetas no están bien,  y hay que hacer cambios:   poner más de esto, menos de lo otro…

-Pero, ¿qué dices?  ¡¡Insensata!! -la interrumpió bruscamente de nuevo la  más gorda-. La receta  está bien y punto. ¡Faltaría más! ¡Qué desfachatez! –dijo bastante molesta y ofendida-. <<Qué locura, cambiar la receta, como se le ha podido ocurrir una cosa así>> -añadió hablando para ella misma-. Luego,  se paró un momento, <<tal vez –se dijo-, sería la solución>>, pero rápidamente cambio de opinión otra vez, << ni pensarlo,  no podemos correr riesgos,  ¿y si  sale peor? ¿Y si  lo perdemos todo? ¡¡No quiero ni pensarlo!!>>. Lárgate ya,  estas molestando -le grito a Tana-,  has conseguido que me enfade.

-Sí, ya me voy,  pero antes respóndeme una sola pregunta;  si no es la receta ¿Cuál crees que es la causa de que las naranjas no sean dulces y jugosas? – Volvió a preguntar Tana. (A ella,  por más que lo pensaba,  no se lo ocurría ninguna otra posible causa)

– Está clarísimo, niña preguntona, son  los demás, los de fuera,  nos quitan sol y agua, además nuestra tierra es más pobre que la suya,   y así no hay manera. Ahora déjanos, aquí dentro,  estamos muy ocupadas,  vete a otra parte, no puedes estar ahí todo el día,  nos estas tapando la entrada de aire.

Tana se levanto un poco mareada. A nadie le agrada escuchar tanto  grito y tanta queja. ¡Qué tardecita¡ –pensó-. ¿Dónde se habrá metido Coletas?

 

 

 

Flores

 

Flores, hay muchas flores.

El campo estos días está inundado de ellas, las hay de todos los colores, tamaños y formas. La flor del olivo,  la del durillo, el castaño de indias, de la retamas, las margaritas, el romero… mires donde mires hay flores, es un gran espectáculo pasear por el.  A todo el mundo le gustan las flores, creo que son los bebes de las plantas;   por eso, no es casualidad que me quede embobada mirándolas y sienta lo mismo que  cuando miro un bebe; algo así  como una mezcla de ternura,  asombro y alegría.  Cada árbol tiene su flor única, y dura poco tiempo, como una niñez.

 

 

Caminos del agua

 Los paseos del agua.

En estas fechas, me gusta andar  por los caminos del agua:  las cañadas, los arroyos, los ríos por donde corre, las albercas, las charcas donde descansa  y rebosa, las fuentes y manantiales, los pozos desde donde sube a la superficie, los aljibes naturales que la recogen, las acequias que la conducen, las cunetas de los caminos que les dejan su espacio.  En el campo el agua es libre, no viaja por tuberías escondidas, ni sale de los grifos,  ni se encuentra envasada en botellas de plástico.  Y tiene vida, como esa ranita que cogió mi hija en uno de nuestros paseos para hacerle la foto; y a su lado nace la yerba, y flores muy bonitas como el junquillo que en esta época  llenan las  cañadas. Hubo un tiempo, en que se usaba la energía del agua al correr , para moler el cereal y aún hoy podemos ver en las orillas de los arroyos muchos restos de molinos de grano donde los agricultores llevaban su cosecha a moler para hacer el pan. No hace tanto tiempo 55/60 años,  aún se lavaba la ropa en el rió. El tiempo va muy rápido últimamente, y no nos deja pensar  en que todos nosotros somos agua, mas o menos pura, mas o menos libres, que corre por la vida.

Por eso,  aunque hoy todos tenemos en casa agua corriente o domesticada, que nos resulta muy útil,   os recuerdo  que existe el agua  libre,  y desde aquí os animo a salir a encontraros con ella en su estado salvaje, a  seguir un arroyo, o buscar  una poza para bañarse cuando llegue el verano, o un charco para ver ranas y pájaros, buscar restos de molinos y lavaderos en las orillas.  Si vais con  niños os recomiendo llevar ropa de repuesto, sobre todo calcetines y zapatos.

La red primitiva.

La red primitiva.

Dicen que la cabra tira al monte, y  yo estoy empezando a pensar que tengo algo de cabra pues me pasa como a ella, siempre acabo en el  monte. Me encanta andar por los caminos de herradura de la sierra; en tiempos muy transitados,  algunos  casi perdidos y cubiertos de tanta vegetación,  que a  veces tengo la impresión de ir caminando por la selva. Hay tramos que conservan el empedrado que seguramente tendrían muchos de ellos en su origen. Mientras los recorro  no dejo de pensar, que esta red de caminos es el origen de las redes de comunicación actuales, pues por ella fluían personas, ideas y cosas. A menudo pasan por delante de las  casas de los campos, y no por casualidad. Me contaron que ello se debía, a que antiguamente cuando algún vecino iba al pueblo,  era muy corriente preguntar a los demás si necesitaban algo.  Me imagino que algunos enviaron cartas a las madres o las novias, otros pidieron  pescado “fresco” o pan tierno… Eran costumbres muy necesarias las de apoyarse y confiar unos en los otros, pues entonces  lo corriente era ir al pueblo cada mes o cada dos meses en bestias.  Para tener noticias del pueblo más frecuentemente,  y recibir  productos frescos, surgió en la red de caminos esta especie de  empresa de mensajería  gratis;  hoy por ti mañana por mi. Donde unas veces prestaban el servicio y otras lo recibían. 

Por otro lado no dejo de pensar; en que nuestra actual forma de comunicarnos y relacionarnos en la distancia, utilizamos cada vez menos la materia. Del  tangible camino empedrado y las bestia, que ya usaban los romanos,  hemos pasado, en muy poco tiempo, al móvil y las etéreas  ondas  ¿qué será lo próximo?

Y así, pensando y casi sin darnos cuenta, siempre acabamos en lo más alto.

A pesar de que el día era tormentoso y gris,  como corresponde a las fechas, las vistas eran preciosas, solo por ellas merece el esfuerzo de subir;  tengo que decir que en muchas ocasiones es considerable, pero se hace muy bien,  pues por el camino no dejas de ver y oír cosas tan asombrosas e interesantes que hacen que no notes el cansancio. Si además te gusta la  fotografía,  la naturaleza es perfecta para practicar esta afición. Ella te ofrece la posibilidad de hacer infinitas y preciosas fotografías de paisajes  como estas y seguramente mejores.

¡Pruébalo!

La primavera se asoma.

 

 

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Los almendros son los más impacientes y los  primeros que presienten la primavera;  enseguida sacan sus flores blancas. Durante el resto del año nos pasan totalmente desapercibidos, un árbol bastante simplón,  pero estos días destacan sobre el paisaje verde haciéndose visibles por muy escondidos o lejanos que estén. Salpican   las sierras y los caminos dando un toque de luz al ambiente,  que diría un decorador. Me recuerdan  a  los árboles de Navidad llenos de bombillas encendidas.

Además del toque luz  de los almendros, estos días son preciosos para pasear por el campo. El clima es el ideal, ni frió ni calor, “cero grados”, Las tardes van siendo más largas, el sol pasa más tiempo con nosotros y calienta, la brisa es fresquita y se agradece cuando estás haciendo ejercicio al aire libre.

Hoy Javier y yo subimos  a la sierra; buscábamos pinturas rupestres. Aunque no siempre las hay, nos gusta cuando descubrimos algunas como hoy,  y siempre nos merece la pena la subida, porque nos  encantan los lugares  donde se asentaban  nuestros  antepasados.  Todos tienen unas vistas asombrosas desde las terrazas que siempre presiden los abrigos y cuevas. En ellas, ademas de descansar  y tomar el sol, me imagino que   observando el valle,   recopilaban mucha información sobre  lo que pasaba en el. Sigo imaginando que en cada tribu existirían expertos con vista de lince, los cotillas oficiales o vigías encargados de mirar, a los que no se les escaparía ni un detalle;  cuantas reses había, donde comían o dormían, también quien se acercaba a su territorio, cuantos pasaban por el camino… No sabemos qué significan las rayas y símbolos que pintaban en los muros, ni quién sería el encargado de hacerlos, pero seguro que estaban muy organizados,  y que tenían muchos conocimientos y habilidades diferentes a los que tenemos en la actualidad, pero no menos importantes ni valiosos, pues gracias a ellos estamos hoy aquí y no nos hemos extinguido.  No me gusta verlos como personas atrasadas. Ellos conocían y sabían cosas que nosotros  desconocemos porque no las necesitamos hoy para sobrevivir.  Me gusta imaginarlos como hombres y mujeres fuertes, ágiles y rápidos, felices y divertidos. Me maravilla ver como hemos evolucionamos y me recuerda que aun  seguimos haciéndolo.

 

Beneficios de tener perro

 

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Una vez escuche que el mejor trato que había hecho la humanidad a lo largo de su existencia, era con el perro, pues le da lo que le sobra de comida, de tiempo, y de cariño y a cambio el perro,  se lo entrega todo. Hoy quiero que conozcáis a Gustavo, el es mi compañero de paseos y muchas veces el que me anima a salir con la cámara. Lo primero que hace cuando le abro la puerta  es darme las gracias,  mostrándome su alegría y su emoción saltando y ladrando a mi alrededor. Lo acaricio para tranquilizarlo y solo  entonces empieza a caminar calle arriba. Me espera en cada cruce para no despistarse, y muchas veces cuando nos metemos por veredas de animales o caminos borrados, el va delante mostrándome los pasos.Tengo que decir que si aparece un conejo o una liebre se olvida de todo y corre como un loco detrás de ella, es su instinto de cazador. Luego vuelve cansado pero contento a seguir con la ruta.

Ademas de mostrarme los caminos, sobre todos los de vuelta, me enseña muchas cosas. El vive el momento disfruta y no tiene en cuenta los días que no has podido sacarlo, no te pide explicaciones, ni pregunta donde has estado. Es muy reconfortante verlo siempre dispuesto a acompañarte a cualquier sitio y feliz.

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Nuestros hijos ya no viven en casa y  el,  para que no los echemos de menos hace las veces de hijo, y en la época del celo de las perras, cuando volvemos de los paseos, en lugar de entrar en casa, se despista y aprovecha para dar una vuelta. Algunos días vuelve de madrugada, nos llama por la ventana de nuestro dormitorio, y tenemos que levantarnos para abrirle la puerta. Entra con prisas y va derecho a la cocina a cenar y luego se acuesta.

Se considera un miembro mas de la familia y lo es, le encanta cuando vienen nuestros hijos a casa y es el primero que sale a recibirlos y parece disfrutar cuando estamos todos. Tener perro es precioso y desde aquí os animo a que compartáis vuestra vida con uno.

 

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Cómo localizar buitreras

En Extremadura viven gran número de buitres. Para saber cómo localizar buitreras solo hay que buscar  las manchas blancas de sus deposiciones,  en   los riscos mas altos de las sierras,  eso  delata  su presencia en ellas.

 

 

Los buitres, son aves carnívoras, como todas las rapaces, y además son carroñeras.  Viven en  riscos  altos de las sierras, desde donde dominan mucho territorio. Son los encargados de limpiar el campo de cadáveres. Ellos vuelan en circulo sobre el animal moribundo y cuando muere se lo comen todo, dejando solo los huesos. Una vez en su organismo, este se encarga de seleccionar lo que es digerible, haciendo que lo que no  es   sea regurgitado por el animal.  A este vomito se le llama egagrópila  y son bolas que contienen pelos,  piel y  huesos.

Me gusta acercarme lo mas posible a las buitreras  con mi cámara de fotos. Cuando ellos consideran que estoy invadiendo su zona de seguridad empiezan a salir de los recovecos y oquedades  de las rocas, donde descansan mimetizados. Es emocionante escuchar el sonido del batir de sus grandes alas sobre mi cabeza y verlos saltar al vació para elevarse por el cielo azul.

 

 

 

El alegrecimento

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Coletas estaba muy ocupada atendiendo a las plantas del huerto. Iba de un lado a otro sin parar:

―Lo estáis haciendo muy bien ―les decía a las matas de tomates que estaban cargadas.

<<Sujétame esta rama a la caña, se me está cayendo con tanto peso>>, le pidió una de ellas. <<Aquí, Coletas, te necesito>>, la llamaba el calabacín. <<Tápame bien el surco para que no se me escape el agua>>.  << Arráncame estas malas yerbas que no me dejan crecer>>, pedía la mata de la berenjena que era de la más elegantes.

―Tened paciencia ―decía Coletas.

<<Te necesito>>, gritaba la mata de pimientos.  <<A la cola, bonito, yo estoy primero>>, dijo el rábano que llevaba un rato esperando y estaba empezando a impacientarse.

―No os preocupéis, os voy a atender a todas.

Coletas se daba toda la prisa que podía. Cuando más desesperada estaba, oyó llegar a Tana corriendo por el camino.

―Sabía que estabas aquí.

―Menos mal que llegas, necesito que me ayudes, hoy las plantas están un poco estresadas.

―¿Qué les pasa? ―Tana echó un vistazo y dijo ―: ¿Dónde están sus flores?

― Ahora las flores son frutos: pepinos, calabacines, tomates…

― ¡Vaya es verdad!

― Puedes ir soltando el agua de la alberca para que beban mientras las atiendo, estos días son muy especiales para ellas, no creas que es fácil transformar las flores en frutos.

―Voy corriendo.

<<A quién se le habrá ocurrido inventar una cosa tan curiosa; primero la planta, luego la flor, y por último el fruto>>, pensó Tana << Hubiera sido más fácil que los frutos salieran de la tierra directamente sin más, pero entonces crecerían muy solos. Es mejor así todos necesitamos una familia>>, concluyó. Tana se quedó parada mirando el huerto desde lejos y, en su mente apareció un huerto animado. Le pareció que a sus oídos llegaban las voces alegres de los frutos riendo y jugando y las animadas charlas de las matas contándose las gracias y habilidades de sus hijos, entre sus típicas advertencias: << tened cuidado con el sol, estaros quietos un ratito, no discutáis, colocaros en vuestro sitio…>>. Era tan clara la visión, que le pareció real.

― ¿Qué haces Tana?  ¿Por qué no sueltas el agua?

―Perdona, me he distraído ―dijo la niña girando la llave de paso y volviendo a la realidad.

Después, se fue rápidamente al huerto para ponerse a las órdenes de Coletas, que le dio un azadón para que dirigiera el agua por los surcos. Se separaron para hacer su trabajo y no volvieron a cruzar ni una palabra en toda la tarde.

―Ya he terminado, ¿Te falta mucho?

Al oír esto, Tana que estaba asegurándose de que el agua había llegado a todas las plantas dijo sorprendida mirando el reloj.

―Qué rápido ha pasado el tiempo.

― Estas muy callada esta tarde ¿En qué piensas?

―No pensaba en nada. Me gusta mucho trabajar el huerto, y cuando algo me gusta no pienso.

―Me alegro, las plantas necesitan que las cuiden para dar frutos.  ¿Conoces la historia del alegrecimiento?

― ¿Alegre qué?

―A-le-gre-ci-mien-to ―repitió muy despacito Coletas.

―No, nunca la he oído.

Se fueron caminando hacia la alberca y cerraron la llave del agua, luego bebieron y se refrescaron la cara, en el chorro de agua fría y clara que caía a la alberca directamente desde la sierra.  Después, se sentaron en el brocal a descansar. Tana se descalzó y puso los pies debajo del chorro.

― ¡Que fría! ―exclamó, sacándolos rápidamente―. Este es un buen sitio para contarme tu historia.

―Sí, aquí estaremos bien. Hace muchos, muchos años ―empezó a contar Coletas poniendo voz de contar cuentos muy lejanos en el tiempo― los hombres se volvieron tan sofisticados y egocéntricos, que solo les interesaba la belleza de sus propios cuerpos y dejaron de apreciar y agradecer la belleza del resto de la naturaleza.  Este hombre ya no tenía gusto. Se alimentaba de una sustancia que extraían del interior de la tierra, y que contenía todo lo necesario para tener un cuerpo bello.

― ¿Una sustancia negra? ¡Qué asco! ¿Se la comían con cuchara? ―preguntó Tana imaginándose un plato sopero rebosando de papilla negra y maloliente.

―No, la transformaban en pastillas negras en grandes naves de hormigón. Ya no era necesario cultivar la tierra ni recolectar los frutos << No necesitamos a la naturaleza para nada>>, decían orgullosos.  Como nadie cuidaba a las plantas de la huerta, estas se fueron marchando poco a poco, y detrás de ellas el resto de las plantas y todos los animales.  En el campo solo había grandes fábricas de pastillas. Con el tiempo, llegó un día en que la naturaleza desapareció de la mayor parte de la superficie del planeta, refugiándose en los lugares donde habitaban los pocos hombres sabios que no las habían sustituido por pastillas.

― ¿Y qué pasó entonces? ―preguntó Tana.

―Al principio todo parecía marchar bien, pero poco a poco, los ríos, al no tener animales ni plantas en sus orillas a los que dar de beber, se hicieron subterráneos. El paisaje se volvió gris, sin color, como las pastillas de las que se alimentaban. Olía a gasolina.  La mayoría de los días, soplaba un viento fuerte y la tierra, como no tenía plantas donde sujetarse, volaba a gran velocidad por el aire azotando a las personas. Acristalaron las ciudades. Era necesario, usar mascarillas y ropa fuerte para salir de ellas, por lo que nadie lo hacía. Pero lo peor era que las personas, incluso los niños, se volvieron tristes y grises como las pastillas de las que se alimentaban, y sus queridos y mimados cuerpos empezaron a encorvarse. Esto  hizo saltar las alarmas.  Los científicos empezaron a investigar. Tardaron poco en descubrir lo que pasaba y elaboraron el siguiente informe:

 

En la belleza de la naturaleza se encuentra una sustancia llamada alegrecimiento.  Sin alegrecimiento, la vida se convierte en una pesada carga y nuestros cuerpos se encorvan.

 Necesitamos que vuelvan las plantas.

 

― ¿Y cómo lo arreglaron?

―Después de esto, todos salieron a buscar plantas en rincones e islas perdidas del planeta, donde se habían refugiado. Volvieron a plantarlas, para que se extendiesen otra vez por toda la tierra.  Poco a poco, volvieron los animales, resurgieron los ríos, y todo volvió a ser como en un principio.  Para que no volviera a pasar pusieron carteles en todos los campos, jardines y huertos que decían:

La alegría de vivir, nace de sentir agradecimiento por todo lo bello que te rodean. Cuida la belleza de este lugar.

―Uff menos mal ― dijo Tana, alegrándose del feliz final de la historia―.   Tengo hambre ¿Merendamos?  ―propuso, saltando del brocal y cayendo sobre la yerba mullida que crecía en los bordes de la alberca.

― ¿Qué tal unas moras? Dicen que tienen mucho alegrecimiento.

Las niñas rieron caminando descalzas hacia el moral.

 

 


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